miércoles, 18 de mayo de 2011

Low cost world

Ayer hice el ridículo en clase cuando unos pantalones vaqueros comprados en Carrefour decidieron cederle todo el protagonismo a su cremallera, que perdió la vertical mostrando mis calzoncillos a rayas marrones. Los alumnos miraban en la misma dirección mientras explicaba cómo tenían que enfocar el guión de un spot televisivo. Sólo me di cuenta al final de la clase. Nadie me lo advirtió.

El otro día tiré por la borda mis pocos ahorros al viajar a Roma con una compañía low cost, Vueling. Al llegar al aeropuerto, nuestra única maleta (porque te cobran una burrada por cada fardo extra) se negó a aparecer en la cinta transportadora. Así que en lugar de encaminarnos hacia el hotel a las seis de la tarde, estuvimos de ventanilla en ventanilla y nos instalamos en la habitación a la hora de cenar, con la noche sobre las piedras del Coliseo. Al día siguiente, cambiamos todos los planes por encontrar calzoncillos, calcetines, bragas y demás enseres de mercería. Ni las sucesivas Zara ni los Calzedonia y todas esas franquicias que han tomado la Via Cavour nos lo pusieron fácil.

Vivimos en un piso de alquiler low cost, del que hace unos tres meses se desprendió el techo. Mi casero tiene una low humanity y en lo único que aventaja a cualquier petit-burgués catalán es en su prodigiosa facultad para sacar dinero sin trabajar. Al tener que arreglar el techo por unas humedades casi tan viejas como el edificio, no se le ocurrió perdonarnos el mes, a pesar de que podríamos habernos descalabrado. En cambio, dijo: "qué caro me está saliendo este piso".

Trabajo un tercio de jornada como profesor de instituto low cost. Me esfuerzo por motivarme porque sólo el gasto en comida y transporte equivale a un veinticinco por ciento de mi sueldo allí. Así que es fácil caer en la desesperación y terminar asustando a los alumnos con una visión desesperada de la realidad. Los niños no tienen la culpa. Quizá sus padres sí.

Soy un escritor low cost, es un decir, porque ahora mismo no valgo ni un céntimo, después de haber sido un redactor very low cost. Hace tiempo que me desangañé: mis cuentos y mis intentos de novela no pasarán de la categorá de hobby como quien cuida un acuario tropical en casa o hace como que toca el cajón flamenco con un taburete.

Cada paso que doy hacia atrás me sale caro, pero el hecho de darlo es extremely low cost. Los doy con suma facilidad. Sin embargo, la factura acaba llegando y tropezar a un precio bajo termina resultando tremendamente costoso para mí. Por otro lado, cada pequeño avance como persona, escritor, amigo, etc. es un vuelo lleno de turbulencias, largo, sin apenas espacio para estirar las piernas, con el temor a que me vuelvan a quitar la maleta.

En ocasiones como ésta, tengo la sensación de que mis quejas en el desierto producen un acto de empatía en alguien que escucha al otro lado. Puedo sonar estúpido, pero me anima.

A veces le resto importancia al asunto y entiendo que cada cual tiene sus problemas, sus ilusiones y sus ideales, y que más cerca ya de los cuarenta que de los treinta, mi fracaso personal es el fracaso de gran parte de mi generación.

2 comentarios:

Kemoth dijo...

.... es curioso como "low cost" o "Outlet" nos parece mejor (en calidad, cantidad o incluso precio) que "de saldo" ...

Ex yo tampoco estoy pasando por un buen ... ¿lustro? ... pero recuerda que cualquier tiempo pasado fuue PEORRR :(

David Navarro dijo...

Tienes razón, pero yo me conformaría con que un outlet tuviera ropa pasada de moda de verdad y a buen precio. Y que low cost no significara saltarse los derechos básicos de los consumidores.
Para mí los dos términos son inventos de estos cerebros del marketing que han conseguido que paguemos lo mismo que antes por productos de menos calidad.
Respecto a nuestros estados personales, ja saps on tens un amic. No ho arreglarem, però podem desfer-nos de la malla llet :-)