martes, 26 de noviembre de 2013

Y yo quería...

Dedicado, sí, otra vez, a Antonio Machado; y un poco a mi padre, que quería que fuera profesor a los veintitrés años para asegurarme el futuro... cuando había futuro. Por supuesto, me negué a obedecerlo. Doce años después cumplí parte de su sueño, que ya es un pedazo de mi sueño.


Que yo quería ser escritor, padre, que dar clases no me gustaba, que pensaba que era mediocre, que era muy fácil, que era conformarse.

Que me he dado cuenta de que no, de que no tenían razón aquellos que me sentenciaron: sin vocación, ¡no podrás dar clases! Pues las doy, padre, y te diré la verdad: hay momentos en los que me siento muy útil, pero muy poco importante.

martes, 19 de noviembre de 2013

Lo que importa a los españoles

Dado que el diario más leído en España sigue siendo el deportivo Marca, y ya hace décadas que no hay manera de que otro periódico de interés más general lo desbanque, hay que acudir a su página web para hacerse una idea de qué es lo que más preocupa a los españoles.

Y nos lo ponen fácil los amigos de Marca, porque tienen dos secciones, las de noticias más leídas y la de vídeos más vistos.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Simples recetas para humanizar el capitalismo (trece reglas de sentido común)

Como algunos sabéis, no tengo ni idea ni de micro ni de macroeconomía y, de hecho, soy incapaz de rellenar la declaración de la renta sin ayuda, pero hay algo que sí puedo hacer: usar el sentido común. Y esta vez no es el menos común de los sentidos, porque he tenido como punto de referencia en todo momento el blindaje de las necesidades básicas del más pobre de los ciudadanos.

Espero, con mucha curiosidad, las críticas de parte de aquellas personas, que cargadas de conocimientos técnicos sobre finanzas y esa seudociencia que es la economía, vendrán a tumbar una por una todas mis propuestas.

Soy consciente de que son vulnerables, pero también sé que en la mayoría de los casos, salvo errores flagrantes que cometa por ser demasiado ingenuo o ignorante, el espíritu de los críticos no tendrá en cuenta los valores en los que baso estas trece reglas: la igualdad de oportunidades para todo el mundo y la protección de los estratos sociales más débiles. Así que cualquier razonamiento o argumentación que vulnere lo anterior para mí no tendrá la más mínima consideración.

Cubierta la herida antes de que me apunten con la daga, empiezo:

1. Por ley, cada persona que esté capacitada para trabajar y quiera hacerlo, debe de tener un trabajo. No es una utopía dado que en una sociedad que tiene cubiertas las necesidades básicas de alimentación (o debería tenerlas, porque se derrocha y tira comida a destajo) las posibilidades de ocio son infinitas y, por tanto, pueden derivar en infinitos puestos de empleo. Además, cualquiera que tenga ojos podrá ver ausencia de personal tanto en servicios públicos como en empresas privadas (sinceramente, es demencial que para retirar un paquete en Correos uno se tire media hora teniendo en cuenta el índice de paro y lo mismo ocurre en las taquillas de las estaciones de autobuses y trenes, etc.).

martes, 5 de noviembre de 2013

En paz con nuestros mayores (los desheredados)

Hasta hace poco tiempo teníamos una ventaja sobre nuestros padres y abuelos. El mundo no ha cambiado demasiado en cincuenta o sesenta años, pero no hay duda de que los defectos del sistema se han exagerado, mientras que parece que los ideales de justicia, igualdad y libertad se han desvirtuado en los países donde mejor han ido las cosas (se da por supuesto que están instaurados y ése es precisamente el error).

Y digo que teníamos una ventaja, porque desde que nos creímos que habíamos conseguido instaurar el estado del bienestar, algo que sólo han rozado las clases medias de algunos países del norte de Europa, automáticamente los jóvenes nacidos en las décadas de los setenta, ochenta y noventa conseguimos sobrevivir en el mundo laboral sin perder la dignidad. Desde luego que algunos sufrimos para abrirnos camino en el mundo laboral, pero conozco pocos casos de maltrato. Al menos, siempre teníamos la posibilidad de marcharnos.