jueves, 23 de diciembre de 2010

Bloqueado (seguimiento de una depresión en toda regla)

David se sintió paralizado frente a la hoja en blanco. Por primera vez en mucho tiempo no encontraba nada de qué hablar.

Pensó por un momento en criticar la actualidad, pero supuso que el lector ya estaría harto de reflexiones sobre la ley Sinde, el debate de la jubilación a los 67 años o los buenos tiempos de la telebasura. Sin embargo, las conclusiones son demasiado obvias. Son temas planos, sin ninguna profundidad: David cree que todo el mundo está sacando tajada de la piratería excepto los top-manta (no habla de los mafiosos que los explotan) y el consumidor, porque hay más asistentes que nunca en los conciertos y en los cines. Retrasar la jubilación es inhumano y un contrasentido: el ser humano no es una máquina productiva que, como antes cotizaba al alta, se podía prejubilar a los 55. Y la telebasura prevalece porque responde a la demanda de evadirse sin gastar una neurona. ¿Tan simple?

A David no le cabía duda de que casi todos los temas sobre los que podía escribir tenían poco interés o ninguno. De pronto se sentía incapaz de descubrir nuevos caminos o de realizar piruetas con la escritura con algún pretexto. ¿Para qué?

Entonces, decidió optar por el camino fácil: analizaría los últimos estrenos de cine como Balada triste de trompeta, pero la película se autodefine demasiado bien y deja pocas interpretaciones en el aire. Además, es triste de cojones. No, mejor no hablar de cine últimamente. Todo excepto Nerds, Pa negre y Poesía le ha parecido deslucido. Ni siquiera esos tres títulos trascenderán más allá del momento en el que han brotado como patatas en la arena del desierto.

La música: un aluvión de títulos nuevos por escuchar. Casi todos suenan igual. Además, ahora está escuchando música clásica. ¿A alguien le interesa la opinión de un profano que descubre sinfonías con más de dos siglos de historia?

Libros: también está con los clásicos. David no se fía de las novedades, porque además cuestan un riñón. Aparte, está leyendo los mangas de Zetman: ¿adónde podría ir con eso? A ninguna parte. Justo donde quiere estar.

Pocas veces le ha ocurrido esto. Por lo menos no con tanta intensidad. Tiene la convicción absoluta de que los temas serios son bromas de mal en gusto. Sobre todo, se refiere a la política. David empieza a sospechar que la cultura es sólo una moda disfrazada de calidad para calmar necesidades impuestas.

Ni siquiera encuentra consuelo en las frivolidades: hablar del fútbol del Barça carece de atractivo. Es como cantar las excelencias de la capilla sixtina sin tener ni idea de arte. Sólo que el fútbol no es arte, sino un espectáculo. Tampoco los delirios consumistas lo animan: no le gustaría tener una televisión en 3D para ver películas con unas gafas puestas sobre las gafas de pasta. No le interesan los nuevos sistemas de videojuegos que detectan el movimiento ni nada que no sea una vivienda digna, inaccesible para su bolsillo.

Si no estuviera tan cansado, ya entrada la madrugada, saldría por las calles a respirar los sonidos de la realidad nocturna. Quizá volvería de otro humor, con el mismo bloqueo para escribir, pero más despierto, justo lo menos indicado para irse a la cama.

En el fondo, le gustaría observar a su novia mientras duerme, pero la cama está vacía. Se lamenta de haber perdido la oportunidad de hacerlo cuando sólo tenía que encender la lamparilla de noche y abrir los ojos. Tendrá que conformarse con los sueños.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Agotado

Una fuerza invisible me obligó el domingo pasado a salir por el centro de Barcelona. Estaban casi todas las tiendas abiertas. Había que comprar los últimos regalos, los que haces por compromiso, los que no hay manera de elegir porque en realidad no conoces de nada al destinatario.

Conclusión: llegué reventado a casa, como si hubiera corrido una maratón.

Sin embargo, tengo que hacer acopio de fuerzas, porque ahora viene la preparación de los paquetes, cada uno con su nombre, cada uno con su lazo. Será porque no tengo hijos, pero me parece un trabajo tedioso que voy a tener que hacer de una manera u otra.

A continuación, me pasaré por las casas de amigos y familiares a que me ofrezcan los mismos polvorones de siempre, el mismo turrón... Aunque no me gustan los dulces.

Luego, tendré que pensar qué hacer en Nochevieja, porque se supone que hay que hacer algo importante rodeado de gente.

A partir del día 1 de enero llegará la peor prueba: hacer balance del año que se ha ido y proponer mejoras para el próximo.

Puede que el año que viene, por primera vez en mi vida, me lo tome como un cambio artificial en el calendario, como la secuencia inevitable y natural que es en realidad. Lo haré muy tranquilo, porque estoy seguro de que ahora mismo hay otras personas trabajando para que me den ganas de ser padre, tocar la guitarra o aprender bailes de salón.

Lo peor de las Navidades no es la paliza de felicitar a las personas que casi nunca ves. Al fin y al cabo, toda excusa es buena para desear el bien. Lo peor es acumular tareas impuestas y, a su vez, terminar el año con una sensación enorme de culpabilidad. Por eso, sólo de pensarlo, estoy agotado.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Todo el mundo no tiene derecho a opinar en Internet

Lector, tú que me examinas hasta donde ni siquiera imagino, no te sulfures ante el título de este articulillo. No voy a jugar contigo con un embuste provocador ni tendrías que sacar tu espada que siempre esgrimes al ver en peligro la que consideras ley de leyes, la libertad de expresión.

Creo con tanta firmeza en la verdad que esconde el título que espero, por mi salud mental, que alguien me convenza de lo contrario, aunque sea por unos segundos, porque desconfío de las verdades absolutas. No me voy a explayar, porque la evidencia cae por su propio peso.

Digamos que tienes un hijo, un vástago futbolero como el padre, que recibe un ordenador portátil en miniatura por partida doble (el que tú le regalas y el que le obliga a comprar el instituto para que todavía se esfuerce menos).

Tu hijo se conecta a una página de un diario con todas las de la ley como Marca, Mundo deportivo, etc. Le interesa una noticia, hace clic en el texto y tiene acceso al consiguiente debate (imprescindible hoy en día para tejer la red social de marras). ¿Qué va a poder leer? Pues, entre varias teorías trasnochadas de seudoentrenadores y forofos, alusiones a la profesión más vieja del mundo, ofrecimientos sexuales con sarcasmo (nunca entenderé por qué los machotes insisten tanto en que todo el mundo se la chupe) y todo tipo de insultos vejatorios, descalificaciones y, en general, cosas que duelen a ojos de un adulto y que poco bien pueden hacer a tu hijo. ¿Exagero? Haz la prueba... pero contigo mismo.

Pongamos que tienes una hija y que abre una cuenta en Facebook y a los dos días tiene su perfil repleto de ofrecimientos de amistad que la invitan a doctorarse en escenografía pornográfica. ¿Es necesario? De nuevo, si no me crees, create un alter-ego con cuerpo de diosa y dieciocho añitos. Vas a flipar en colores.

Ahora estás tú frente al ordenador. Te apetece ver una página de ésas que llaman de adultos y que los viejos llaman de cochinadas (no se imaginan hasta qué punto). Resulta que con darle al botón correspondiente, ya tienes acceso a los contenidos pornográficos. Por supuesto, has declarado tener más de 18 años. ¿Hace falta algo más que tu clic sincero? O quizá la página principal te ha obligado a inventarte una fecha de nacimiento en la que puedes poner lo que te dé la gana con tal de entrar (esta versión es igual que la otra, pero más hipócrita si cabe). Ya estás dentro.

Tú, que sólo quieres alegrar la vista un rato con señoras o señores muy guapetones, te encuentras con varias ventanitas que te enseñan lo último en zoofilia, en sadomaso e incluso en pedofilia. Tanto si se te pone mal cuerpo como si no, imagina ese efecto en un menor.

La realidad es que Internet es muchas cosas, pero también es un nido de ratas que se aseguran de que se pierdan las formas, se arruine el buen gusto, se estandaricen maneras de ser y estar dudodas y, en general, dan rienda suelta a sus bajos instintos.

No creo que esté escribiendo un texto reaccionario. Sólo advierto de que los niños pueden aprender por la vía rápida (y condicionada a menudo por intereses económicos, o simplemente, por la mala educación) gestos, actitudes, palabras, maneras de entender el amor y el sexo que quizá le corresponda descubrir de una forma más natural, a una edad más tardía o que, simplemente, no merezca la pena que aprendan jamás. Al igual que nunca me ha llamado la atención ver cómo una señora fornica con un perro y ya tengo una edad. Acaso porque creo que algunos contenidos deberían llamarse "para adultos... con graves problemas mentales".

NOTA: Soy consciente de que el asunto tiene difícil solución, quizá por qué habría que abordarlo por separado. Lo intentaré en el futuro en la medida de lo posible. Aunque, dejaré una última reflexión: es un contrasentido que se censure tanto el erotismo y, no digamos la pornografía, en la televisión y que se pasen tantos pueblos en Internet.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Los modernos expertos en música

Jamás escucharán un disco de Lady Ga Ga, pero también juraron en los ochenta no pasar por el aro de Madonna, hasta que la crítica se ha rendido a su longevidad y la ha santificado. Ahora ya la respetan.

La crítica musical es la única del mundo que convierte la paja en oro cuando los músicos superan los 30 años de carrera. Los críticos de cine o los literarios hacen otras tonterías, pero rara vez incurren en este proceso de validación por agotamiento. Los modernos ni se lo plantean. Vale Hombres G como grupo de referencia y vale el disco más aburrido de Pet Shop Boys, Behaviour, como clásico. Vale todo lo que pase por la bendición de los medios de referencia.

Siempre están al día y si les comentas que te gusta una canción o un grupo de, digamos, hace dos años, tuercen el morro como si les hablaras de los tiempos de la tele en blanco y negro.

Van a los conciertos en los que apenas caben ellos y cuatro más. En realidad, van a tantos conciertos que siempre podrán decir en el futuro que a tal banda o a tal cantante lo descubrieron ellos cuando nadie les hacía caso. Sin embargo, omiten el hecho de que previamente alguien les señaló con el dedo que eran el no va más, llámese revista especializada o web de referencia.

La mayoría de estos modernos abomina de la música clásica o, simplemente, la ignoran. Citan a Neil Young sin reparar en que les quedan unos cuantos meses de estudio dedicado para abarcar su vasta obra. Y si no les gusta lo ocultan con vergüenza. Lo mismo les ocurre con Bob Dylan, Tom Waits, etc.

Otra costumbre de los modernos melómanos: todo lo que suena en español es horrendo. Lo "cool" se canta en inglés. En español sólo se admiten experimentos que no sigan ninguna línea melódica o canten con el trasero como Los planetas (¡oh, sacrilegio!) o Manos de topo (aquí pocos me llevarán la contraria).

Y así van por el mundo, repitiendo como papagayos que un grupo de rock, pongamos Kings of Leon o Arcadian Fire (que me gustan a ratos, que están francamente bien, pero que no han aportado nada nuevo), es lo mejor que ha parido la industria discográfica. Y lo manifiestan en alto aunque no tengan ningún instrumento objetivo para validar la calidad de su música.

Y dirán que son el no va más, les guste o no. Eso sí, a la que pasen dos años más, ya no hablarán de ellos. La prueba del algodón revienta cuando les preguntas qué influencias ven en esos grupos. Normalmente te responde con grupos de hace menos de un año que no has oído en tu vida (y ellos recuerdan de milagro), o, en cambio, te sueltan el tópico de los Beatles, Rollings, etc. Como si realmente la música a la que santifican surgiera de la nada y hubiese llegado a descubrirnos algo.

En lo único que estaremos de acuerdo los modernos y yo es que Lady Ga Ga es un producto más de consumo rápido. Lo mismo que Madonna, aunque se le vean (¡por fin!)las arrugas.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Un tercio de profesor (por una educación peor)

Quizá el resto del mundo no lo sepa, pero para solucionar el desaguisado que se cuece (y se quema) cada día en la enseñanza pública, los que más saben de educación en Catalunya han inventado una jornada que ubica al profesor en sus tiernos 18 años, cuando se daba con un canto en los dientes por ganar cien mil pesetas (600 euritos de hoy).

A mí me ha tocado la china este año y tengo la suerte de haberme convertido en un fantasma que aparece de vez en cuando por los pasillos del instituto. Gracias a este empleo a tiempo succionado, tardo más tiempo en trasladarme hasta mi lugar de trabajo de lo que dura mi única clase del día. Pero no acaban aquí las ventajas.

Por ejemplo, he conseguido que mi presencia en la sala de profesores signifique cada día una novedad. Rara es la ocasión en la que algún colega de profesión me dé la bienvenida al centro y me pregunte por mi especialidad. También me he hecho popular entre los alumnos a los que no imparto clase porque siempre les llama la atención ver a un intruso de vez en cuando cargado de libros.

El gran milagro del Departament d'Educació es que, en la primera ocasión en que me dan un curso completo, todos creen que soy interino.

Y, claro, como trabajo un tercio del horario de los profesores, cobro un tercio. Como si fuera proporcional. Hasta los taxis tienen una tarifa por bajar la bandera. Nosotros no.

Por otra parte, y como todo el mundo debería saber, mi principal función en el aula se ve perjudicada. ¿Enseñar inglés? Ni hablar. Conseguir que de unos chavales consentidos o dejados de la mano de Dios (con excepciones, claro) se conviertan en seres humanos en plena evolución positiva. Cuesta ganarme la confianza de unos niños y niñas que de de tontos no tienen un pelo y que adivinan en mi extraña jornada laboral una precariedad de la que ni puedo ni quiero hablarles. Pero se nota.

Ya no hablemos de los trastornos económicos, sobre los que no me extenderé. Si mi bolsillo sufre, mi estabilidad emocional no lo es menos. Con una carga de títulos, cursos y experiencia a mis espaldas me veo relegado al vagón de quinta clase. Lo peor sucede cuando me visualizo sin billete en el futuro, ese monstruo que se presenta siempre cuando en el presente las cosas van mal.

Hoy en las noticias daban cuenta de un precioso centro Niemeyer de unos cinco millones de euros (confesos) y de un proyecto para fotografiar los fondos marinos que costará seis millones de euros. Sin embargo, en nuestra educación hay que escatimar recursos cada año, a pesar de que, diga lo que diga el estudio PISA, la educación se hunde. Si tienes hijos, sobrinos, o, simplemente, ojos en la cara, ya sabes de qué hablo.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

La tierra sin humanos (el mal ya está hecho)

A raíz de la pegada del libro El mundo sin nosotros, de Alan Weisman, han surgido varios proyectos televisivos. Entre ellos la serie de History Channel, La tierra sin humanos, y un documental canadiense emitido por National Geographic Channel, que en español han titulado La tierra sin humanos (Aftermath: Population Zero).

Aviso para navegantes: la comunidad científica ya ha tildado el libro y, por tanto, a sus hijos televisivos de especulación científica con pocos agarres reales.

Sin embargo, a mí me interesa reflexionar sobre el material que he visto, que es el documental La tierra sin humanos. ¿Merece la pena? Definitivamente. Más por su interés que por su factura técnica. De todas formas, con algún arreglo que otro, bien podría haber colado en los cines. Aparte de los cortes publicitarios típicos tras lo que se retoma la información anterior, el documental cojea a la hora de enfocar por igual procesos importantes como el desbordamiento de los ríos que otros detalles menos significativos, como el estado en el que quedará la torre Eiffel o la estatua de la libertad.

¿De qué va el documental? Pues a estas alturas ya te lo imaginarás: cómo quedaría el mundo si el ser humano desapareciera de repente. La conclusión a la que se llega es muy simple, por eso no me duele destripar su final. Aunque si no lo quieres saber, tienes derecho a no seguir leyendo.

El final es previsible: la naturaleza reconquista su lugar. Los bosques se abren paso entre el cemento hasta enterrarlo para siempre; los animales dejan de estar extintos, aunque algunas especies quedan trastocadas para siempre por culpa de la domesticación a las han sido sometidas durante siglos. Sin embargo hay otro elemento perturbador: la basura generada por el hombre, por ejemplo el plástico, quedará durante muchos siglos.

Aunque lo más preocupante son los residuos radioactivos. Pasarán miles de años hasta que desaparezcan para siempre. Quizá sus efectos tan continuados pasen de generación en generación de animales y plantas hasta perpetuarse en su genética en forma de mutación. Pero el documental ata en corto y no recorre este camino. En realidad, son muchas las variantes que decide no diversificar, porque cada vez que se abre un camino especulativo aparecen dos, tres, cuatro o cien senderos más, con cada vez menos objetividad. Por eso y porque el documental duraría décadas e implicaría a cientos de científicos.

Me quedo con el temor a ese peligro latente y callado que entrañan las centrales nucleares. Sé, a ciencia cierta, que algún día, en algún país, se volverá a vivir una tragedia como la de Chernóbil. Por no hablar del famoso botón que sobrevoló los despropósitos de la Guerra fría.

Ojo, yo no digo que tengamos que rezar cada noche a que no falle la central de turno. Digo, en cambio, que se vayan cerrando paulatinamente y saquemos la energía de alguna parte, aunque sea a costa de gastar un poco menos.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Adiós amigos (Dream is over)

Durante mucho tiempo me aferré a la idea errónea de que existía la amistad verdadera y, además, pensé que dependía de mí si aquellas amistades se mantenían o se acababan esfumando.

Cometí el error de culparme porque muchos amigos perdieron el interés por mí, por lo que vivía y por cómo lo vivía. Lo achacaba a mi carácter difícil, como si ellos fuesen ángeles...

Lo más grave es que también me culpé cuando fui yo el que perdió el interés por ellos, aunque por mi sentido de la lealtad nunca los dejara de lado (o, al menos, casi nunca).

También es cierto que he visto cómo, sorprendentemente, algunas amistades, muy pocas, se han fortalecido con la distancia y con el tiempo. Son pocos, pero se merecen todo mi cariño.

Sin embargo, no es menos verdad que he comprobado cómo los lazos que creía fuertes se desligaban con suma facilidad y con demasiada frecuencia.

Cuando me marché de La Vila Joiosa a Barcelona perdí un puñado de amigos. Cuando pasé por momentos realmente malos, me percaté de que había perdido muchos más de los que había imaginado en un primer momento. Incluso gente a la que trataba de animar desde la distancia, ocultando mis propios problemas. Éstos fueron los primeros en desaparecer de mi vida. Tan pronto en cuanto rehicieron su vida sentimental, se curaron de alguna enfermedad, se calmaron, etc. me dieron puerta. A mí y a todo el amor que había volcado en ellos.

Mientras, durante los cuatro primeros años en Barcelona me negaba a acostumbrarme a la idea de tener amigos de temporada, de esos con los que intimas mientras permaneces en un lugar de trabajo, o en un curso, etc. y que luego se esfuman sin que puedas hacer nada por evitarlo. Con la misma facilidad con la que me veía obligado a cambiar de trabajo, los nuevos amigos se desvanecían y aparecían otros. Me costó mucho afrontar aquellas pérdidas. De hecho, me centré más en el dolor que me ocasionaba perder a los nuevos amigos que en la ilusión de conocer gente nueva. Ahora es diferente: yo mismo empiezo a tratar a los nuevos amigos con precaución y distancia.

A los 35 años he visto que no soy el único que pone barreras antes de quedar dos o tres veces seguidas con la misma persona. Como si ese gesto fuese un contrato de amistad condenado al fracaso. La diferencia es que creo que muchas personas actúan así por desinterés. Yo lo hago para no sufrir.

Además, no creo que Barcelona sea una ciudad fácil para hacer amigos. Es muy difícil que un amigo te abra las puertas de su casa en Barcelona. Tanto como para mí lo es invitar a conocidos.

Respecto a los viejos amigos de La Vila Joiosa, observo con cada vez más indiferencia que cada cual ha ido haciendo su vida como si sólo existiera su pequeño entorno. La mayoría de los casados han centrado su vida social en un consenso, a mi juicio absurdo, con su pareja sobre las personas que deben frecuentar y las que no. Como si tuviéramos que pedir permiso a alguien para sentir el valor de una amistad. Como si alcanzar el dudoso sueño de la estabilidad sentimental y económica significara renunciar a la alegría de los viejos amigos.

Algunos, por suerte, se han mantenido más o menos igual, pero con cada vez menos tiempo. Menos tiempo para hacer una llamada, para enviar un e-mail y supongo que para acordarse de mí y de otras personas.

Antes me torturaba pensando en que era el único idiota que añoraba a los viejos amigos, el único que siempre estaba ahí, pendiente de sus tropiezos y alegrías, dispuesto siempre a escribir, hablar, escuchar.

Creo que finalmente lo han conseguido: veo que mi mundo se estrecha, como el suyo, pero también intento ampliarlo por otros terrenos, ahondando más en la calidad de las personas que me arropan y de las cosas que trato de hacer. En realidad, ya no sufro cuando un amigo experimenta una metamorfosis y se convierte en un apéndice de su mujer, su familia o su trabajo. A veces incluso me divierte la idea. Me gustaría entenderlo, pero no puedo.

Me da rabia, no lo niego, que estos desertores de la amistad hayan conseguido arrancarme la ingenuidad que mantenía casi intacta desde la infancia. Pero lo importante es vivir el presente, que para algo es lo único que existe.

Al fin al cabo, la vida es un largo viaje en tren: algunos paisajes se repiten, otros desaparecen para siempre y en alguno, no en todos los que te encandilan, consigues recrearte un tiempo.

NOTA: Dedicado a todos esos amigos que tanto dolor me causaron al defraudarme y que campean indiferentes a los viejos tiempos felices de antaño, instalados en una burbuja, a veces bonita, siempre impuesta, repetida, poco original y me temo que impostada. Vosotros os lo perdéis. ¿Y yo? Ya no pienso revisar el libro de las hojas muertas. Nunca más.

Actualización a 10 de marzo de 2011: cambio foto de grupo por algo más genérico a petición de uno de los integrantes de la imagen. La dichosa foto puede verse en mi espacio de Facebook, aunque sólo está disponible para amigos, conocidos y parientes.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Antes de cortar cabezas, usemos las nuestras

Si los controladores aéreos terminan en la cárcel por abandonar sus puestos de trabajo, no será en nombre de la justicia, sino del linchamiento público.

Claro que la montaron muy gorda. Por supuesto que han explotado en el peor momento, antes del puente más ansiado del año, y en la peor coyuntura, cuando más de la mitad de los españoles daría un dedo por estar en su situación laboral y económica. Pero eso no significa que tengan que renunciar a sus derechos.

Lo que quiero decir es que, independientemente de su estatus, deberían tener la oportunidad de realizar huelgas o, en cualquier caso, de llevar a cabo todas las reivindicaciones que, como grupo, creyeran convenientes. ¿O es que cobrar mucho dinero les obliga a esclavizarse? A fin de cuentas, fue el Gobierno de Aznar el que les subió los sueldos. ¿Tú te negarías a un incremento en la nómina?

Ojo, porque a mí me fastidiaron un viaje. Y eso es lo de menos. Peor lo han pasado otros y te aseguro que he seguido algunos casos por todos los medios de comunicación que me ha sido posible. Tampoco me hacía falta. Es fácil imaginar que entre los afectados se encontraban enfermos que necesitaban seguir un tratamiento, familias que no se encontraban desde hacía mucho tiempo, empresarios que se jugaban un gran capital, parejas que querían adoptar a un niño, gente que quería llevar el féretro de un ser querido a su lugar de origen, y todos los etcéteras que se te ocurran.

Considero que los controladores deben pagar los platos rotos. Pero se me ocurre algo mejor que martirizarlos con la amenaza de ponerlos entre rejas (aunque sé, a ciencia cierta, que el sentido común se impondrá y no pasarán por ese trago). Se me ocurre que, ya que tienen un buen sueldo, respondan con parte de su patrimonio a las pérdidas económicas. Y en el caso de que se encuentren indicios de mala fe en algunos trabajadores, que se les excluya de una profesión para la que quizá no estén ya preparados. Hay muchos más trabajos que pueden hacer. Enviarlos a la cárcel sería salvaje. Darles una indemnización y dos años de paro para que reorienten su carrera es equipararlos a cuatro millones de españoles que han tenido que pasar por un proceso similar: en cuanto no han sido útiles, se han ido a la puñetera calle.

Con todo, no quisiera que perdiéramos de vista unos cuantos datos:
-Es AENA la responsable última del desastre de los controladores.
-Son USCA, su sindicato mayoritario, y el Ministerio de Fomento los principales culpables de que no se haya solucionado el conflicto por medio del diálogo.
-Es el Gobierno, en última instancia, el único organismo que podría haber previsto una huelga encubierta, y el que ha tenido varios años para preparar un equipo militar capaz de sustituir a los trabajadores en rebeldía.
-Además, al Gobierno no le viene nada mal que toda la atención mediática se centre en el problema de los controladores, en los informes de WikiLeaks, etc., etc. Así no se habla del paro, por ejemplo. A la oposición, por lo visto, tampoco le parece mal. Así, ya pueden pedir más dimisiones y seguir acorralando a Zapatero.

Respecto al estado de alarma no creo que haya que poner el grito en el cielo. Los militares de hoy en día no tienen nada que ver con los del 23-F. Por tanto, me parece un mal menor. Supongo que es el factor que menos agravará el estrés de los controladores. Sobre todo, porque no les están apuntando con el fusil. Ahora mismo los controladores deben de estar pasando por un suplicio peor: saberse los enemigos número uno, contemplar la amenaza de la cárcel...

Lo importante de todo este embrollo es que los españoles no se vuelvan a dejar engañar. No queremos las cabezas de los controladores. Lo que queremos, en primera instancia, es que no vuelva a ocurrir un caos similar. Lo último que deseamos es que se produzca un linchamiento sólo porque la gran masa quiera sangre. En la Alemania de los años treinta, la mayoría optó por el nacionalsocialismo de Hitler. Eran muchos, estaban cabreados y durante décadas han tenido que arrepentirse de su gravísimo error.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Un consejo para que todo el mundo te odie

Yo casi lo he conseguido. Por tanto tú puedes.

No tiene secreto, ya lo verás, aunque es esencial deshinibirse, actuar sin tacto ni tino, y lanzarse a la yugular de tus conocidos.

Se trata de decir la verdad. Es tu verdad, de acuerdo, pero hasta que no cambies de opinión es lo más cercano que te hallarás de una posible verdad absoluta.

En plena era del individualismo, todas las personas que conoces, y las que no, se creen autosuficientes. La mayoría apenas duda, porque siempre conducen con la carrocería de "si lo creo, es así". Y lo hacen por la autopista del "cómo se debe hacer algo", que es una mezcla entre los valores de su familia (inconsciente o conscientemente) y su pareja (o persona más significativa) y la corriente mayoritaria de pensamiento. Como paracoches llevan el lema "somos libres de hacer lo que nos dé la gana", "cada cual es responsable de sus actos", "el fin justifica los medios" y "todas las opiniones valen lo mismo".

Ante tal panorama, acelera a fondo y atropella los deseos, creencias y teorías de tu amigo con el morro de un Mercedes.

Dale consejos si no los acepta. Critícalo si se cree infalible. Métete hasta los abismos de su interior si su lema es "vive y deja vivir". Proclama tu verdad como la única versión válida cuando tu amigo abogue por el relativismo. Y no dejes de hurgar en la herida hasta que te salpique de sangre.

Si aciertas; si le estás diciendo la verdad, te odiará con todas sus fuerzas. Si te equivocas de cabo a rabo le inspirarás tanta compasión que tal vez algún día, si su agenda y su relativismo moral autocomplaciente y egoísta se lo permite, incluso te aconseje un libro, un autor, una película, etc. Es lo más lejos que va a llegar.

Deséngañate, no te dará un consejo. No te va a decir su verdad, porque simplemente no le interesa romper las reglas. Sabe que si entra en tu juego, podrás meter las narices en su vida las veces que quieras. Sobre todo, sabe que atreverse a decirle la verdad a un amigo implica mucho valor, no pocos riesgos y una ingente cantidad de tiempo.

NOTA: La imagen corresponde al cartel de "Enemigo mío" un ejemplo de cine eficaz con cuatro duros, ideal para intolerantes y gente que sólo ve el último blockbuster.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Siempre regreso a casa

Por más que el viento me azote la espalda; por más que las sombras de la noche me hagan quebrar conchas y caracolas a media luz; a pesar de que el bravo mar se me imponga, dominante y lejano, con su rugido sobrenatural; o tal vez precisamente por eso, siempre busco el mar, siempre regreso a casa.

Los ríos, estancados en las ciudades, son dioses antiguos y grasientos, dispuestos a dejarse devorar por los siglos, la estanquidad y los residuos de sus fieles paganos.

El mar es otra cosa. Allá donde se le corta el paso con un dique, la fuerza del agua azul y verde se impone hasta arrancar las cicatrices de la roca. Cuando uno le da la espalda, el ancestral salitre envuelto en la brisa te obliga a olerlo, a girarte hacia su soplo húmedo. A dar la cara.

No soy de los que nada con frecuencia, ni mucho menos de los que gustan de navegar. El mar y yo firmamos un pacto hace mucho tiempo: él me escucha y yo lo observo. Poco más. Cuando me baño en sus aguas, lo hago con recelo -no se vaya a enfadar- y con mimo, por todos los que lo han traicionado.

Si he de buscar mi sitio tendrá que ser bajo la cruel dictadura de la humedad y la dolorosa visión de mares ahogados por especuladores y turistas destructivos(aficionados a la vida, naúfragos de sí mismos). Para todos ellos, el mar sabe ocultarse bajo una apariencia demoledora y gris. A mí, en cambio, me susurra sus delicadas formas donde quiera que vaya, porque si se le respeta, te deja formar parte de él.

Estos días Cádiz me espera, con su bahía inmortal. En Barcelona late mi corazón contra corriente, pero mi alma sigue aferrada a mi Vila Joiosa. Por eso, aunque esté lejos, siempre regreso a casa.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Fuera dudas sobre la pertinencia de la lucha de los miembros de WikiLeaks

La duda ofende y, en este caso, preocupa. Prácticamente todos los medios de comunicación del mundo debaten sobre la legitimidad de WikiLeaks para dejar en evidencia a los países poderosos.

Para cualquier demócrata que se precie, no hay lugar a dudas. Hoy en día pocos periodistas podrán presumir de realizar su trabajo a la altura de los miembros de WikiLeaks. Se trata de noticias contrastadas, muy difíciles de obtener y de un inmenso interés y repercusión. ¿Existe algún medio de comunicación o periodista independiente que haya hecho tanto por la transparencia de las gestiones de los países? Al contrario. Los emporios mediáticos se dividen en dos: los que desean tumbar a un gobierno y los que se enrocan para que nadie cambie el status quuo.

Está claro que a los gobiernos occidentales les escuecen estas filtraciones. De lo contrario no pondrían toda la carne en el asador para terminar con las filtraciones. A fin de cuentas, sólo iniciativas como la de WikiLeaks suponen una alternativa al pensamiento único y a la manipulación constante.

Con todo, ¿es bueno para los ciudadanos? Definitivamente sí. Tenemos derecho a conocer cualquier acción que nuestros representantes políticos emprendan. Incluso si está tipificada como secreta. De esta manera sabemos, por ejemplo, que los servicios de inteligencia son más ineptos de lo que nos quieren hacer creer.

Sólo por haber puesto sobre la palestra los abusos del ejército norteamericano en Iraq, los responsables de WiliLeaks merecen ver premiada su iniciativa. Caso aparte es que su fundador haya incurrido en algún delito. ¿Es culpable de violación? Que lo pague. Pero me temo que a este señor no lo han cazado por presunto violador sino por sacar a la luz las vergüenzas de nuestros representantes, poco acostumbrados a que se pongan en tela de juicio sus actividades subterráneas.

Bravo por WikiLeaks. Estoy ansioso porque salga un grupo similar centrado en la política española. Lo que nos vamos a reír y lo que algunos van a llorar.

martes, 7 de diciembre de 2010

Las otras dos Españas

De las dos Españas de siempre ya tendrás información de sobra, pero seguro que intuyes que en lo laboral también hay dos países en uno, el de los trabajadores normales y corrientes (en precario, con la amenaza constante de quedarse en el paro) y el de los funcionarios (los únicos que se benefician de todas las mejoras sociales y con empleo para siempre).

Al contrario de lo que se cacarea, los funcionarios no son todos unos chupópteros que se ríen de los ciudadanos que les dan de comer. Es verdad que algunos olvidan lo principal de su tarea: servir a los demás.

El caso lamentable de los controladores aéreos es una muestra más de que el ser humano siempre funciona del mismo modo: al principio, lucha por mejorarse; después se asienta; luego, se aferra a sus derechos olvidando parte de sus deberes y, finalmente, vierte todas sus energías en mantener el status quo, descuidando incluso su trabajo. De forma muy resumida, los funcionarios tienden, por naturaleza, a olvidar cuál es su función.

Sin embargo, me parece absurdo que la opinión pública aplauda los recortes a los funcionarios, incluyendo a los controladores, porque en el fondo lo que el Gobierno está haciendo es llegar al equilibrio económico y social de los españoles por la vía rápida e injusta de eliminar derechos. Cuando en realidad lo que debería hacer es poner los mecanismos necesarios para mejorar las condiciones del resto de trabajadores, de forma que un electricista cobrara unos 2.000 euros, que es lo que viene a cobrar el más novato en el Reino Unido (y si el Financial Times opina que España debe rebajar los sueldos de sus trabajadores es preferible leer otras publicaciones menos malignas como el Hola o el 10 minutos).

¿Estas mejoras son aplicable también en un contexto de crisis? Te reto a que me digas un período de cinco años consecutivos en el que los gobiernos de turno no hayan usado las hipotéticas crisis como excusas. Además, si la crisis es global, ¿por qué en casi todos los países europeos un trabajador cobra como mínimo el doble que un español?

Por favor, no caigamos en la trampa que nos plantean los poderosos. Ante una decisión tajante de por parte de los poderes, te recomiendo siempre un análisis crítico concienzudo. Si dos fuerzas contrarias, en este caso PSOE y PP, están de acuerdo en una medida... tiembla. Ojo, que no digo que Gobierno y oposición deban andar siempre a la gresca. Pero tampoco vamos a ser tan ingenuos para pensar que el PP ejerza una oposición responsable sin que saque su buena tajada al respecto. A la vista está que no (sin que el PSOE de Zapatero se haya ganado el Cielo).

Respecto a los controladores, tampoco quiero resultar ambiguo. No cabe duda de que esos irresponsables, de la mano de sus representantes sindicales, han hecho muchísimo daño. Ya todos sabemos que económicamente son unos privilegiados, pero, al fin y al cabo, también deberíamos recapacitar en dos cuestiones: la primera, no tienen derecho a huelga y, la segunda, ellos no tienen la culpa de cobrar tanto. Con esto último quiero decir que la cuantía del sueldo no garantiza a ningún trabajador que rinda al máximo en cualquier circunstancia.

En cualquier caso, reitero que no estoy de acuerdo en la actuación de los controladores. La han líado y gorda (a mí me han fastidiado un viaje, pero eso es lo de menos). De todas maneras, José Blanco debería haber negociado con mano izquierda y menos "ordeno y mando". Y si finalmente pensaba recurrir a los militares, desde febrero de 2010 ha tenido tiempo de sobra de formar a parte del ejército para poder sustituir a los controladores en huelga encubierta. O sea, que no todo es blanco y negro, excepto el apellido del ministro de Fomento. Cualquier conclusión simplista y monocroma de una cuestión intrincada resulta sospechosa. En este caso se han equivocado los unos y los otros. Y el PP, intentando meterle un gol al Gobierno, también.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Yo también apuesto por la desacralización del Valle de los caídos

Según informaba la agencia EFE la semana pasada, los integrantes del Foro por la Memoria de Toledo pidieron que la basílica del Valle de los caídos fuese desacralizada con el fin de que deje de ser un "centro de peregrinación del fascismo internacional" y se convierta en un memorial y en un monumento "a la libertad y a la democracia".

Se manifestaron con motivo del aniversario de la muerte del dictador Franco y a mí me parece una petición sensata.

Un lugar que fue símbolo del autoritarismo, que segó la vida de muchos reclusos, la mayoría por motivos políticos, y que, desde luego, no picaban piedra por gusto, está más cerca de un verdadero templo de los horrores que de un basílica cristiana.

No veo motivo alguno para demoler ninguna parte del monumento. Una acción bárbara sólo nos podría equiparar a otros bárbaros, por ejemplo, los talibanes. Sin embargo, es preciso desproveer a templo de cualquier analogía con la represión, el dolor y la muerte.

Y con más motivo cuando, como declaró el presidente del Foro por la Memoria de Toledo, las tumbas de Franco y José Antonio congregan a fascistas de todas las partes del mundo.

Al contrario que a esta plataforma, a mí no me sobra la cruz, me sobra el homenaje en democracía del totalitarismo. El día que se devuelvan los muertos a sus cementerios legítimos, e incluyo aquí a los presos republicanos enterrados en la roca y a los divinizados enemigos de la Democracía, se podrá escribir a la entrada del recinto que se trata de un monumento laíco, porque ninguna iglesia puede permitir que sus fieles rindan pleitesía a ideas y personas en las antípodas de Jesucristo. Sobre todo, me gustaría que el monumento perviviera para dejar constancia de que los demócratas estamos en contra de la destrucción, de las dictaduras y de la guerra.

El misterio de los termostatos inoperantes (nonoticia)

¿Nunca te has preguntado por qué en los cines, cafés y oficinas públicas hace tanto frío en verano y se sufre un calor tan angustioso en invierno?

Tenemos un rey, quizá parezca anacrónico, pero en lo demás estamos al día. De hecho, existen pruebas que demuestran que en nuestro país existen esos aparatitos que regulan la temperatura desde hace décadas. Nos referimos, claro está, a los termostatos. Así lo atestigua el instalador Paco, "sí, doy fe. Lo que es existir, existen". De acuerdo, existen... ¿Pero por qué nadie los usa en España? Hemos desentrañado el misterio.

La voz de alarma la ha dado en la UE un funcionario belga que pasó de los 45 grados en el andén del metro de Barcelona a los 15 en el interior del vagón. Hay fuentes que vinculan la polvareda que ha creado su posterior resfriado a la baja de seis meses que lleva paralizado el cuerpo de traductores del flamenco al tailandés, un brazo burocrático clave en el contexto globalizado.

Sin duda, el resfriado más largo del mundo, tal y como se denomina a la enfermedad que sufre Grands Tosses, ha propiciado un encuentro que hará historia: el próximo lunes el recinto ferial de Alicante congregará a ciento quince especialistas, la mitad expertos en frío y calor y la otra mitad parapsicólogos (y un pastelero), para averiguar las causas de los cambios bruscos de temperatura que sacuden los cimientos de la salud de los españoles.

Obama, el presidente casi negro y casi blanco de los EE.UU., ha dado el visto bueno a la cima de expertos, aunque no se fía, y por eso ha enviado un espía camuflado entre los asistentes, según se ha filtrado en la página web de Yahoo!, sección mascotas. La duda es: ¿detectarán los asistentes del congreso al infiltrado? No es el único problema al que se enfrentan.

Según la DGT, autobuses y camiones cisterna cargados de farmacéuticos han colapsado las principales carreteras hacia Alicante. El portavoz de la asociación libre de boticarios anticonceptivos ha desmentido la noticia, pero lo cierto es que en el estado español ya han cerrado más de tres mil farmacias sin que haya una explicación oficial al respecto.

Precisamente, en los foros de motos de Internet hay voces críticas que señalan a un farmaceútico, experto en patentes, como el culpable de que en ningún local del estado sepan usar el termostato. En un bar de Alicante, dos guiris captaron una conversación de un pastelero con acento yanqui refiriéndose al caso. Por lo han contado las dos extranjeras en todas las televisiones locales de la provincia de Alicante, siempre según la versión del supuesto pastelero, el malvado farmacéutico podría haber cambiado el manual de instrucciones genérico de todos los termostatos para que el consumo de antiestamínicos en España se mantuviera estable todo el año.

Tal vez así se explique por qué narices tenemos que resfriarnos en pleno verano y quedarnos en ropa interior en invierno.

Hemos contactado con muchos de los dueños de espacios considerados de alto riesgo para coger un resfriado. En concreto, el señor Balanyús, propietario de decenas de cines y teatros en Catalunya y parte de Andorra, ha confesado que nadie en su empresa conocía el uso del termostato. “Todo parecía lógico”, afirmó, “si en la calle hacía frío, le metíamos calor a las salas, y en cuanto venía el verano, todo el fresquito del mundo. ¿No es lo que la gente pide?”

El portavoz del PP ha dicho que la culpa es de Felipe González. Luego se ha retractado y ha culpado a ZP.


Cachondeo News.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Los hurones de las ramblas

Esto pasó más o menos como cuento a continuación: me encontraba paseando por las ramblas. Era lunes por la mañana y la calidez del día animaba a la gente a charlar unos con otros, o sentarse en alguna de las baratísimas y típicas terrazas.

Qué tapas servían con las cervezas. Me costó dios y ayuda decidirme por una de las terrazas. Al final creo que acerté. Nada más verme sentado me atendió un chico muy rubio y simpático de las Corts, que me recomendó visitar el Raval como si fuera un turista. Estuvimos charlando un rato. Incluso se sentó a mi lado para comentar la armonía que se vivía en el barrio, que tanta mala fama tuvo hasta principios del siglo XXI. Hice un comentario sobre lo maravilloso que era disfrutar de la mezcla de culturas. El chico se sorprendió. Claro, era demasiado joven para haber vivido otros tiempos. Después salió su jefe, un pakistaní, y se tomó una cerveza con nosotros. Al cabo de un buen rato, el jefe le dijo que ya era hora de irse a casa. Trabajaban de diez a doce. Sin embargo, al joven le apetecía echar una hora más. Al pakistaní le pareció bien.

En la mesa de al lado, unos trabajadores de la construcción avisaban al patrón de que ya era hora de ponerse al tajo, pero el patrón decía que no, que ahora invitaba a jamón ibérico.

Al cabo de diez minutos, todavía seguían allí los obreros, riendo, comiendo y bebiendo. Luego, me fijé en dos chicas rumanas con un par de bebés en sus carritos que parecían buscar sitio. Sin pensármelo dos veces, les invité a sentarse a mi mesa y estuvimos hablando un rato sobre lo bien que se vive en Rumanía desde que la Unión Europea se había ido a hacer puñetas.

Como las tapas copiosas que traía el rubio de las Corts sólo hacían que abrirme el apetito, me despedí de las rumanas. Al despedirme me fijé que los obreros habían desaparecido de la terraza sin acabarse el jamón. El rubio me dijo que me llevara un par de lonchas sin problemas; para engañar al estómago. Le di las gracias y me marché.

Cuando subía por las ramblas, me acerqué a un puesto de animales para ver cómo una veterinaria desparasitaba a una pandilla de hurones que corrían juguetones por entre las jaulas abiertas del resto de animales. Nada más emprender la marcha, un taxista detuvo el coche, se bajó y me alcanzó con el brazo. Me preguntó si iba en dirección a Lesseps y le respondí que sí. El taxista insistió en llevarme gratis porque, de todas maneras, tenía que pasar por allí. Insistí en que me apetecía pasear un poco más y el taxista se despidió, preocupado por el resto de vehículos, parados tras su coche, aunque todos esperaban pacientemente, como si no existieran las prisas.

Ya cerca de mi destino, el metro de Plaça Catalunya, me fijé en los escaparates de las tiendas de ropa, cada cual diferente y con el nombre de su propietario. Se habían preparado para la campaña navideña y, por supuesto, habían bajado los precios hasta un cincuenta por ciento. En una de las tiendas vi un belén realizado con maniquíes de hombres y mujeres de todo tipo: gordos, altos, casi enanos...

Mi estómago volvió a avisarme y me dirigí hacia la boca del metro. Instintivamente fui a buscar en el bolsillo del pantalón el billete, pero recordé que esos eran otros tiempos. Hace muchos años te cobraban un dineral por trayecto. Ahora es gratis.

Antes también habría sido imposible pasear un lunes por la mañana por las ramblas. Y mucho menos tomarse algo en sus terrazas sin que te cobraran una millonada por una copa enorme de sangría con pajita a la caribeña. Antes, ésa es la verdad, Barcelona daba miedo: los inmigrantes trabajaban como esclavos, los españoles y catalanes, otro tanto de lo mismo, aunque miraban a los “otros” por encima del hombro. Los extranjetrs, en general, te daban miedo porque en la televisión decían que siempre intentaban robar, sobre todo las rumanas con niños. En los andamios, los obreros se dejaban la piel y en los puestos, los animales se contagiaban de todas las enfermedades posibles. Para colmo, los comercios eran las mismas franquicias de los centros comerciales; ya se sabe, para un mismo público, para la gente delgada y no demasiado baja.

Qué alivió sentí al subirme al vagón, descongestionado, porque pasaban trenes cada medio minuto. Al sentarme sentí un escalofrío, porque a pesar de lo a gusto que me sentía en esta nueva sociedad, no dejaba de darle vueltas al infierno que supuso vivir en una era en la que toda tu vida te la podías pasar recelando de los demás, trabajando de sol a sol y con la constante insatisfacción de no encajar con las tallas de las franquicias de ropa, de no tener el coche del vecino, de no llegar a fin de mes a pesar de trabajar tanto, de encapricharse en comprarte por Navidad un hurón desnutrido en las ramblas.

Menos mal que a un iluminado se le ocurrió hacer un pacto global para usar la tecnología por el bien común y trabajar lo justo para que todos tuviéramos lo necesario: una vivienda, comida y gente a la que repartir cariño.

En un santiamén llegué al apartamento, me tomé la cápsula del mediodía y me acerqué a casa de la vecina por si quería hacer el amor.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Más allá de nosotros mismos. Quizá la vida.

Cualquier día te despiertas y descubres que la persona que bosteza frente al lavabo no es ese ser que tienes en mente cuando no te ves ni te piensas. Porque, no vamos a negarlo, sueles soñar despierto que tienes una mirada especial, el rostro bien perfilado, el cuerpo fuerte pero flexible, y, además, te sientes distinto porque crees que nadie tiene tus gustos, tus pensamientos o tu sentido de la vida.

Sueñas constantemente en cómo eres tú, sin saber que estás dentro de un sueño. A veces te levantas a media noche, te lavas la mano frente al espejo del baño y crees que tu rostro ha cambiado por el cansancio o quizá es que tu vista te engaña. El caso es que estás convencido de que esa cara sólo es la tuya en los momentos íntimos de tu derrota física y psíquica. No te paras a pensar ni por un momento que otros te verán así, con las bolsas de los ojos marcadas, el labio inferior algo vago y un enjambre de imperfecciones en la piel que sólo tu espejo delata. O eso crees.

Luego vuelves a la cama con la certeza de que descansarás hasta que te despiertes con tu verdadera cara, que es muy similar a la de algún actor, cantante o deportista. Asumirás, no obstante, que el efecto del sueño te enseñará una versión tuya desmejorada que al contacto con el aire de la calle se resarcirá.

En circunstancias normales, te sientes tan diferente al resto de personas que no te explicas como paseas por los parques y los bulevares sin que nadie repare en ti.

Al mismo tiempo, te dedicas a reinventar cada día a tus familiares, amigos e incluso ídolos para que se parezcan a una imagen borrosa de la realidad, que, de nuevo desde tu punto de vista, se aproxima a la perfección.

Y si te sacude la adversidad, es porque sólo a ti te puede golpear la vida de esa manera. Si, en cambio, realizas una proeza, le darás mucha importancia los primeros días, pero luego conseguirás neutralizar su efecto y conseguirás que el logro se convierta en el peldaño para un hito superior y, probablemente, inalcanzable.

Pasa la vida y no piensas en la muerte. Tal vez te libres. Sí, lo has llegado a pensar. Esas ideas nunca se plasman con los andamiajes de una reflexión. Surgen y ya está.

Nunca admitirás, eso jamás, tu derrota, aunque a medida que pasen los años averigües que no sabes nada sobre ti, ni sobre el ser humano ni sobre ese gran concepto que es la vida.

Por eso hay científicos que creen en dioses. Por eso hay gente que se pudre en los arrabales de las grandes ciudades y no consigue alcanzar la fe en ninguna religión por más colmillos que les hinque la vida..

Tal vez algún día seas capaz de ver la cúpula celeste y sus decenas de gamas de colores. Ojalá descubras en el aire aparentemente inerte los sonidos de los animales, el crepitar de los árboles o los susurros del viento.

Incluso es posible que uno de estos días mires a ese mismo cielo, pero por la noche, y entiendas que todos esos astros han estado casi siempre ahí, y que siguen ahí por algún motivo que, obviamente, van más allá de ti y de tu corto entendimiento.