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Mostrando las entradas etiquetadas como escribir

Manual del escritor novato (1)

Me llega hoy un e-mail desesperado de un escritor que no consigue publicar sus escritos. Me pide a mí, que tampoco consigo publicar mi novela, que le ayude. En su mensaje, enviado a otras muchas personas que figuran con sus correspondientes direcciones, tacha a las editoriales de elitistas y les coloca epítetos poco agradables. No entiende cómo se publican libros de tan baja calidad y, dado que el listón está bajísimo, no se explica por qué no le atienden con la deferencia que deberían. Además, explica que sus condiciones económicas son pésimas, se duele de tener ya cierta edad y manifiesta su enorme ilusión por vivir de la literatura. Por si fuera poco alega que no quiere utilizar Internet para publicitarse, porque le cuesta sobremanera moverse en este medio.

Y yo quería...

Dedicado, sí, otra vez, a Antonio Machado; y un poco a mi padre, que quería que fuera profesor a los veintitrés años para asegurarme el futuro... cuando había futuro. Por supuesto, me negué a obedecerlo. Doce años después cumplí parte de su sueño, que ya es un pedazo de mi sueño. Que yo quería ser escritor, padre, que dar clases no me gustaba, que pensaba que era mediocre, que era muy fácil, que era conformarse. Que me he dado cuenta de que no, de que no tenían razón aquellos que me sentenciaron: sin vocación, ¡no podrás dar clases! Pues las doy, padre, y te diré la verdad: hay momentos en los que me siento muy útil, pero muy poco importante.

La escritura sin la bolsa, sólo con la vida

Culpable por haber traicionado a la familia: una carrera universitaria y media más un máster igual a un futuro laboral incierto y una cuenta corriente exigua, arrastro también la culpa de mis antepasados que han dado la espalda a los designios divinos, a la Iglesia e incluso al sentido común transformándome en un ser inútil en general, molesto en particular. No contento con eso, me enfrento a la tradición familiar con sus mujeres y hombres con la espalda quebrada de tanto trabajar por poco; además, desafío cada día el axioma viril porque no levanto por mí mismo ni siquiera la parte del hogar que me correspondería cuando los hombres de mi familia siempre han soportado el peso de sus familias en sus fuertes pero, a su vez, frágiles espaldas.

Un blog en silencio

Cuando una persona conviene en no comunicar nada, puede deberse a dos causas: el ritmo de los acontecimientos en su vida la tienen absolutamente ocupada o, por el contrario, no hay nada que suceda a su alrededor que le parezca digno de mención. Es, pues, un estado de ánimo, porque siempre se puede decir, y por tanto, escribir algo a propósito de una realidad, un sentimiento, o llevar a cabo la pura creación literaria. Lo más sencillo del mundo es abrir el periódico y opinar. Hoy en día, acudir a un blog o a una noticia reenviada por Facebook o Twitter es definitivamente más rápido e igual de provechoso (no se sabrá nunca si la noticia es bulo o, en cambio, el bulo es noticia).

Que no te engañen los novelistas

La vida es pura fantasía. Incluso para los que pasan hambre y frío y no tienen la mala fortuna de estar enganchados a las nuevas tecnologías. Seguro que sueñan con un futuro mejor, mucho más bonito de lo que les espera aunque les salgan bien todos sus planes. E incluso creo que la realidad nunca será tan horrible como sus peores pesadillas. Hablo por hablar, claro. Da la sensación de que me pueda poner en la piel de la gente que apenas tiene nada y aquí está la magia del mensaje escrito, que es como mejor se plasma el pensamiento. Otra cosa es la emoción y una parte del cerebro que trabaja por conductos subterráneos. Ahí se expresa mejor el arte. Y cuando la escritura y el arte se encuentran ya sabemos lo que pasa: literatura.

Escribir mal y pronto

Es y no es. No conozco a nadie que pueda escribir bien cada vez que se lo proponga. En ese sentido, un blog que pretenda actualizarse con cierta frecuencia es una especie de destierramitos, bajahumos y, dicho con respeto a todos los que lo intentan, un cementerio para la literatura. Escribir con corrección sí se puede. Por supuesto. Un respeto para los profesionales de la redacción y mi admiración por los picapedreros del lenguaje que viven de otros menesteres y se dedican a la escritura con la devoción de un monje tibetano. Sin embargo, la literatura, el arte que logra insuflar vida a un conjunto de palabras, la magia por la que la razón y los sentimientos se encuentran en ese más allá que nadie puede definir excepto por imágenes lingüísticas, esto, la literatura. Esto es otra cosa.

Desconfía de los escritores (sobre todo de los flacos)

No le huyas por cabrón, sino por flaco. La mayoría de los escritores escriben sentados. Es un hecho. Algunos se tumban para dar rienda suelta a su necesidad de contar. En cualquier caso, convendrás conmigo que no es una tarea la suya que comporte mucho esfuerzo físico. Más que cambiar de canal con el mando, pero aun así, se puede decir que escribir es una actividad sedentaria. Además, los escritores ofician todo el tiempo. Son una especie de drogadictos o de religiosos ultras, que viene a ser lo mismo. Por eso, si un escritor está más de una hora sin hacer nada acabará escribiendo lo que sea.

El yerno, que no escriba

Fíjate que no está el horno para pagar el alquiler, imagínate tú las ganas de descendencia que tengo. Más o menos como Yoda o Rajoy, al que obligaron. Pobre. Sin embargo, estaba pensando que si tuviera una hija le pediría de rodillas que nunca se enamorara de un escritor. Ni de un purasangre ni de un mediocre, que somos la mayoría. La calidad de los escritos no define a la persona que los firma, ni siquiera al autor. Todos los escritores comparten un material defectuoso que, incrustado en sus cerebros, provoca graves alteraciones de la realidad y un sinvivir a quien los rodea. Mírame, en vacaciones y lo que me cuesta sintonizar con ese deseo que invade a todo el mismo de tostarse en la arena, de acostarse a las tantas consumiendo cócteles extraños y, en fin, de veranear a troche y moche. A mí me llevas a un bar y me da por fijarme en los clientes: ¿en qué trabajarán si trabajan? ¿y para qué vienen aquí en el caso de disponer de una vivienda digna? Y otras preguntas m...

Sorpresas en la autoedición

Buena foto. ¿Qué tal como portada? La impaciencia lleva un reloj con agujas de plomo. Después de tres años para concluir la novela Raval Sunrise, pasan tres semanas sin noticias de un editor o un agente literario y ya he empezado a plantearme otras opciones como, por ejemplo, la autopublicación. En ésas estaba cuando entré en Bubok.es. Los internautas hablaban maravillas del portal en los foros y, en efecto, nada más entrar compruebas que el sitio se deja navegar la mar de bien, pero la primera sorpresa me la llevé cuando vi... más de 800 obras en el apartado de narrativa, casi todo novelas. Elegí una obra al azar y vi que en papel costaba doce euros y en formato electrónico era ¡gratis! La descargué, antes de sacar conclusiones, y me encontré con un engendro de novela delirante y la mar de chistosa muy a su pesar.

Mi fracaso profesional ("cry with me" + bonus track "a gift for my enemies")

Lo sé, la imagen es una horterada, pero tiene su gracia. Todo lo que he sido capaz de hacer para ganarme la vida está en mi currículum. Soy licenciado en traducción y he traducido bastante, pero en algún momento la tecnología me sobrepasó y no supe adaptarme, o no quise, y ahora ya es difícil subirme al carro. Ninguna agencia de traducción, porque no es costumbre en las empresas españolas, me formará en el programa que utilicen para conseguir un trabajador eficiente y agradecido. No lo harán. La verdad es que sólo traduciría por dinero. Profesionalmente. Lo mejor que pudiera. La pasión la pongo escribiendo. Escribo desde que en el instituto (tenía unos 16 en 1992, echa cuentas) me dio por ensayar cuentos, novelas, poemas y todo lo que podía traspasar al papel. Cuando terminé la universidad, aparte de traducir, me empeñé en convertirme en un redactor freelance todoterreno. Escribí mucho sin encontrar ningún hueco donde publicar. Sólo cuando engordé mi currículum se me abrió alguna ...

¿Merece la pena escribir una novela?

Lo podría adornar más o menos pero la respuesta seguiría siendo no. Un no categórico. Sin paliativos ni excusas ni letra pequeña. Cualquier otra actividad me habría reportado más beneficios. Incluso acariciarme el ombligo. Ya no hablemos de hacer declaraciones de la renta para los vecinos o entrenarme en un gimnasio. Son centenares de horas, incontables momentos que me he pasado escribiendo, tachando, borrando, reescribiendo.

Si nadie me leyera

Cuando escribo en la mesa de un café o en el salón con la luz del patio de vecinos, me imagino a los de afuera viéndome como lo que soy: un tipo que se crece con las frases que va recreando, pero que fuera de ellas, vaga perdido por las calles como si el mundo se fuera a rebelar en cualquier momento contra su (mi) insignificancia.