Gravity: a simple vista, una película de pocos personajes envueltos en un diálogo con muchos silencios. Sobre todo, el fruto de un guión sin estrabismos que, pese a su aparente simplicidad (o por eso mismo), funciona como un reloj. La apariencia de la sencillez de la propuesta oculta un rodaje ultracomplicado. Los efectos lo son todo, pero cada uno de ellos es necesario para crear un ambiente opresivo en el que el espacio (como lugar y como Universo) y el tiempo crean la tensión mientras que los actores, a menudo dos (disculpa la imprecisión, pero no quiero caer en el “spoiler”), luchan por la supervivencia (por la propia, por la ajena y, por momentos, parece que de la especie). Es por ello que la tecnología punta y los instintos atávicos casan a la perfección. Lástima que la música rompa el silencio de un cosmos en paz, pero Alfonso Cuarón, que en esta película se arriesga mucho, no quiere apostar ni un milímetro de la tensión para conseguir su propósito: mantener al espectador...
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