miércoles, 4 de noviembre de 2009

Miedo

Hace algunas semanas que ya no le tengo miedo al miedo. Es un paso adelante. Sin embargo, existe un peligro mayor. El sustituto ideal del miedo suele ser la ira.

Este post no va dirigido a las personas que utilizan la expresión "qué deprimente" cada vez que alguien rastrea en la verdad. Así que, por favor, vosotros los que despreciáis la parte inmunda de la existencia dejad de leer. Gracias.

Como iba diciendo, en el espectro negativo, si se me va el miedo al miedo, que es el peor de los miedos posibles, me puedo dar por satisfecho. Lo malo es que inevitablemente surge la ira. Por ejemplo, leo "Nocilla Dream" y algunos poemas sueltos de las vanguardias europeas (casualidades de la vida) y llego a una conclusión taxativa: no se deberían publicar poemas escritos desde la razón, sea en modo automático, inconsciente o gilipollas.

Sin saber por qué, también llego a otra conclusión: acaso, dejar de querer para salvaguardar mi salud (no demasiado buena) me aleja de la posibilidad de amar a otras personas con la misma intensidad que hace unos años. No sé si me explico. Imagínate que quieres mucho a una persona y que la dejas de querer porque te decepciona muchísimo. Quizá no la hayas dejado de querer. Quizá hayas parado el proceso en marcha para no sufrir. Es decir, que la puedes seguir queriendo aunque no lo sepas. Entonces, puede ser (lanzo una hipótesis) que te obligues a dejar de querer a esa persona con el tiempo. Es decir, has forzado un proceso natural para sobrevivir. Es la naturaleza la que manda. Con el tiempo, no obstante, lo que has ganado en salud tal vez lo habrás perdido en capacidad para querer.

Si esto es cierto. Si después de una ruptura traumática (vaya, un desengaño amoroso) uno aprende a querer menos a la humanidad, tal vez es que haya perdido la capacidad de sentir libremente. Sentir se siente igual, se exprese o no. El problema radica en la incapacidad de dar salida a los sentimientos, incluida la ira. Pues mejor, pensarán algunos. Yo no soy tan optimista. Si no les das salida, tampoco es probable que los recibas, incluido el cariño.

Para simplificar esta ecuación, he llegado a la conclusión de que en mis próximas rupturas sentimentales seguiré amando todo lo que pueda. Amaré cada vez menos a la persona que me haya decepcionado y amaré cada vez más a la persona que me ilusione. De manera, que pueda amar a dos, o tres, o cuatro personas a la vez en distintas magnitudes.

Tratad de explicarle esto a vuestras parejas actuales y luego ponedme una bomba lapa bajo el teclado.

Por cierto, Nocilla Dream como novela es una mierda. Como experimento es muy similar a todos los experimentos curiosos. Su capacidad de sorprenderte depende de tu ignorancia. Cuanto menos hayas leído más te llamará la atención. En cualquier caso, tiene su valor, porque ya de por sí es difícil publicar un bestseller, palabra que etimológicamente se refería a los libros que más venden y que ahora califica a la producción narrativa de baja calidad literaria o no, cuyo cometido principal es llegar a las masas. De todas maneras, hay algo en Nocilla Dream que no me gusta. El hecho de que no sea una novela, sino una colección de microcuentos más o menos enlanzados, me disgusta, pero me parece meritorio. Lo que no soporto es al posmoderno que se jacta de serlo. Yo soy posmoderno (heme aquí, en un blog contando mis miserias), pero nunca diré que me siento orgulloso. El autor de Nocilla Dream se siente superior a sus lectores, se esfuerza mucho en demostrarlo y produce un espejismo que debería acabar pagando la cuota del posmodernismo. O sea, que no pasará a la historia de la literatura, aunque da la sensación de que su artífice esté barajando esa posibilidad. Mejor para él.

miércoles, 17 de junio de 2009

Escribir ya no es lo que era

Hace mucho tiempo, escribir era algo así como un derroche, como cada vez que salía a correr por los caminos de tierra hasta el cementerio; más poéticamente, como cada vez que decía un "te quiero". Nada era premeditado. Todo era verdad, aunque sonara a bolero desgastado.

Luego, escribir se convirtió en una especie de oficio para sacar pecho, huir de los peligros de Hacienda, conocer gente extraña y pagar el alquiler, poco más. Y dejó de ser bonito. Artículos de esto y de lo otro. Todo perecedero. Papel cliché. Papel higiénico.

Hace más de un año me dio un colapso. Nadie se pone de acuerdo en los desencadenantes, pero yo sí los sé. Son demasiados en cantidad y en intimidad para contarlos. No descarto que algún especialista sepa todavía mejor yo los orígenes de mi ansiedad. Pero de lo que no dudo es de que sólo yo sé cuánto he sufrido.

Ahora quiero que escribir sea todo lo que yo ansío, excepto un sinfín de trabajillos para sacar pecho, pasar miedo y aborrecer la escritura. Por eso, el título es engañoso. Sigue siendo poco atractivo (se me dan fatal), pero tiene su trampa y a mí me gusta la sorpresa, la burla inocente y la mentirijilla. Escribir no es lo que era. Ahora mismo, al menos para mí, es mejor.

martes, 16 de junio de 2009

Raval 3

Está a punto de acabar mi experiencia educativa en el Raval de Barcelona. Al menos, la de este año.

Me había quedado en lo positivo del Milà i Fontanals. Pues bien, después de un breve tiempo la profesora titular me quitó de enmedio a punto de Semana Santa por un motivo "ético" (cito textualmente): irse de vacaciones.

Tanto me dolió que la fortuna quiso que me llamaran para el otro instituto del Raval, el Miquel Tarradell (ya es casualidad). Mi primera impresión fue tan adrenalítica que estuve toda la tarde sentado en el sofá mirando el televisor apagado. Imaginaos: un instituto antiguo en obras, compartido con un colegio de primaria, con rumores de cambios en la dirección y con una falta de disciplina entre los alumnos que ya me golpeó en la frente el primer día.

Ahora se acerca el final de este período y tengo que decir que las he pasado canutas. Eso estaba cantado. Sobre todo, he sentido pena. La pena de ver a uno críos jugando a ser mayores con actitudes chulescas, o simplemente, pasando de todo. Son inmunes a los castigos, amenazas y expulsiones. Y yo no voy a poder cambiarlos.

Sin embargo, de vez en cuando les llegas al corazón, como uno de los primeros días que me tocaba vigilar el patio y me atreví a jugar al fútbol con ellos. Ni que decir tiene que aquello parecía una batalla en vez de un partido amistoso. ¡Menos mal que metí un gol! Yo creo que muchos me vieron con mejores ojos, porque no hay que olvidar que al profesor titular lo erosionan, pero al sustituto se lo intentan merendar.

No he perdido oportunidad de hablar a solas con las más conflictivos, para tratar de enseñarles lo fácil que es mantener unas formas, por su propio bien, sin entrar en diatribas morales. ¿Queréis pragmatismo e inmediatez? Pues toma: si no te comportas como una persona educada, te vas al fondo de este mundo injusto e insolidario.

Por encima de enseñarles inglés, por encima de preparar estudiantes, sigo convencido en que mi especialidad será moldear personas. Y de paso aprendo yo también a ser más tolerante y a tomarme la vida menos en serio. El otro día, un boliviano muy gracioso, de apenas metro y medio, mofletudo, me dijo que había hecho el examen "a la suerte". Sonreía feliz, mientras yo le pedía que me diera un abrazo. Es cierto que sin esta anécdota la impresión que doy es de que todos los alumnos del Raval son iguales. Ni hablar. Lo que pasa es que los centros educativos se crean famas y de ese prejuicio depende que vengan alumnos con perspectivas de evolucionar felizmente o chiquillos que no quieren ni en su casa, o al menos que no pueden quererlos como merecen.

Creo en el cariño como mejor receta infantil, incluso antes de la disciplina severa y recta. Pero lo uno sin lo otro tiene el final asegurado.

Moraleja: final feliz para mí. Y si algún día escucho que algunos de los alumnos teóricamente difíciles de salvar no sólo han tirado "palante" sino que son felices, entonces me adjudicaré mi granito de arena, que apenas pesa, pero llena que da gusto.

Hay que quererse, ¡joroba!

jueves, 29 de enero de 2009

Personal III (Personal I, segunda parte)

Mi experiencia docente en el Raval

Esperaba a que se terminara mi sustitución en el IES Milà i Fontanals, pero parece que todavía estaré allí unos días más, y como ya he cumplido mis 9 semanas y media, haremos un homenaje a la pésima película seudo-erótica de los ochenta.

Convivir con chicos y chicas de cualquier país de Asia, especialmente de Filipinas, Pakistán y Bangladesh, es simplemente maravilloso. La mayoría desprende nobleza, y eso me gusta. A pesar de su situación económica, se nota que las familias se toman en serio la educación de sus pequeños. Puede que algunos no estudien, que hablen sin parar, pero tienen respeto a su profe.

Respecto a los latinoamericanos, no podría generalizar. Yo creo que todo depende de sus familias. Me da la sensación de que no tienen el mejor de los panoramas posibles y eso se nota. Ojo con los dominicanos y el inglés: lo tienen atrevesado por algún motivo que no logro entender. Yo les pongo de ejemplo al buen inglés de Juan Luís Guerra, pero me dicen... ¿Y ése quién es?

He tenido problemas de disciplina, no lo voy a negar, pero los más graves han sido con chicos catalanes, como me temía. He realizado una pequeña investigación y resulta que estos chavales tienen tele, ordenador, Internet y lo que les dé la gana en sus habitaciones. Algunos además andan con malas compañías del barrio, pero saben ocultarlo debidamente a sus padres, que siempre ven angelitos donde yo a veces he visto diablos.

Por lo demás, el equipo directivo del IES Milà i Fontanals trabaja a destajo para hacer de su instituto el mejor lugar posible. Y yo estoy encantado con ellos, y con el departamento de inglés, donde sólo hay gente estupenda, y eso es algo inusual.

Respecto a mi labor como profesor, no creo que sea ni el típico ni el mejor. Me dejo llevar por la intuición, improviso mucho y todas mis clases tienen más de ética que de inglés. Ya que a algunos les cuesta horrores aprender nociones muy básicas, prefiero atacar la raíz del problema, y darles confianza, cariño, y consejos... muchos consejos.

Por las batallitas, y porque me veo reflejado en mis alumnos, me encuentro viejo. Tanto que en mi selección de canciones, en las películas infantiles que les pongo, percibo que me he quedado en alguna otra época. Espero reenganchar con los tiempos, antes de que llegue el momento de que esta reflexión me importe un pimiento.

martes, 6 de enero de 2009

Poema II

El autómata tonto

De pronto te veo al trasluz
de un pensamiento vano
y descubro que vivo
para merecerte.
Algunas veces, más
de las que quisiera,
(lo confieso)
se me olvida
quién me da el aire
que respiro
cuando me asfixio.
Es como quererte
sin notarme el pulso.
Lo hago a menudo.
Así es, así de tonto.
Pero, te juro que no sé
si te lastimo o me ignoras,
hasta verlo en tus ojos.
Es otro de tus milagros.
Recupero la vista
y quiero ahogarme
en la lágrima que cae,
resbaladiza y clara,
tan dulce si no fuera tuya…
pero amarga como la corteza
de un olmo seco
al que quisiera subirme.
Aunque disimule bien,
tu mal me deja sin resuello.
Y te alejo, te tacho, te borro,
y convierto el “nosotros”
en un “yo más tú” culposo
que me duele más a mí
que a ti, amor,
y que tú no lo sabes,
pero es sólo la estrategia
más tonta, por automática,
para no ver mi tontería
en tus ojos de agua clara.

Personal II


El pasado
No es sano, te deja en un estado de letargo ridículo y te impide avanzar, pero lo cierto es que a algunos el pasado no deja de perseguirnos.

Lo he etiquetado como personal, pero… ¿Hay alguien que se libre totalmente del pasado?

Se puede materializar en forma de culpabilidad, rencor, nostalgia o todo eso a la vez, y sobre todo, puede tener ojos, sonrisa y manos que en un tiempo agarraste muy fuerte para que no se fuera. Pero ahora sólo está en el pasado.
Y casi siempre, lo que se quedó en el pasado, se quedó en su lugar correcto. Algo me dice que si mereciera le pena que esa sensación, aquella casa o la persona en cuestión estuvieran ahora mismo en mi propia dimensión, entonces simplemente estarían.

A veces idealizo los elementos del pasado, otras veces, me alegro de haberlos perdido de vista. Y cuando pienso en los cambios que me suceden casi cada día, perdón, cada día, pero no soy consciente, entonces más seguro estoy de que esos ojos pueden haberse apagado, o aún peor, pueden brillar con una felicidad que yo nunca vi, y, cosas de la vida, es posible que no les encuentre maldita la gracia.

Claro que, pensándolo bien, debe haber muchísima gente a la que esto nunca le ocurra. Gente que no necesite expresarse por medio de la palabra, porque los pensamientos no se le amontonan, o porque disponen de la capacidad para tocar la música que les impide pensar bien, y, por tanto, no necesitan crear frases rítmicas (tocan el clarinete y punto). O, simplemente, gente que ya encontró la respuesta a su existencia, equivocada o no, y deciden beberse la vida a tragos largos, mezclando, y sin repetir licor, si puede ser.

Espero algún día imitar a mis muchas amigas que saben sacarle provecho al apego al pasado, reparando sólo en los momentos felices y releyendo cartas o revisando álbumes repletos de fotos. Yo, en los momentos en los que me pesa el pasado, iría como un proscrito a la foto en digital que más daño pudiera hacerme. (Ahora no pasaré por ese zarzal, ya le he rendido mis honores al masoquismo con este texto).

De repente, me pregunto, ¿por qué nunca he visto a un hombre repasando un álbum de fotos? Dejo el tema antes de que alguien tuerza el asunto y me señale la parte machista que cohabita con mi respeto total a todos los seres de este mundo, incluido el yo meditabundo. Y aprovecho para agradecer a este blog la libertad de escribir sin revisar, porque bastante tengo con los flash-backs de los, perdón, cojones.