El verano es otra cosa en Vitoria. El sol se agradece porque no te lastima y el frío del invierno se transforma en el fresco necesario para que las tardes transcurran largas, sin ninguna limitación, por las calles, sus parques, o cualquiera de sus cientos de bares, cafeterías y tabernas. A la hora de comer, uno se da de bruces contra la realidad: lo de los pinchos vascos debe de ser una leyenda. Luego descubres que es más bien un secreto a voces. Pregunta a cualquiera de los gazteiztarras y te dirán dónde tienes que ir. Claro que la mayoría te dirán que el País Vasco es mayor de lo que te imaginas y que quizá harías mejor en buscar en Donosti o más allá. No pasa nada. Sobran los restaurantes. Lo que ya no está tan claro es que abunden los que te ofrecen un menú a prueba de crisis (por debajo de los diez euros), casi imposible que por ese precio encuentres calidad, tradición e innovación y ya es una quimera encontrar lo mejor de la cocina vasca y la gallega en su variedad de platos. ...
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