martes, 2 de diciembre de 2008

Reflexión I

¿Por qué me interesa tanto la movilización de los universitarios contra el Plan de Bolonia?

Es extraño: no creo que tengan ninguna posibilidad legal. Dudo que ellos no lo sepan. Las directivas europeas lo mismo nos obligan a arrancar viñedos u olivares, que nos ofrecen dinero a raudales para construir una autovía paralela a la autopista de pago. Es así. Desde el gobierno central y los autonómicos se les manipula, pero al final ellos mandan. Tanto que nuestra Constitución se queda a la altura de un Pulgarcito ante el libro gordo de Bruselas.

Sin embargo, los estudiantes se han se han plantado. ¿Cuánto tiempo hacía que la gente decía: "basta"? Ante un despido parece lógico y tras un atentado, todo el mundo se sensibiliza. Pero, ¿qué ha pasado para que un nutrido grupo de jóvenes decidan atrincherarse en las aulas y despachos de algunas universidades de Barcelona?

Pues pasa que se nos había olvidado, a mí el primero, que nada, absolutamente nada, es incontestable. Las épocas de los emperadores y los führers ya son parte de la historia maldita de la humanidad. Ahora, en teoría, debe reinar el diálogo entre todas las partes. Para eso pagamos un estado democrático, con sus 40 horas (teóricas) de trabajo semanal, con sus valores idiotas y capitalistas, su "quiero y no puedo", y todo hay que decirlo, su nevera bien llena (aunque sea de productos peores para la salud que la desnutrición).

Creo sinceramente que si en todas las universidades europeas los alumnos se plantasen de esta manera, algún pez gordo del palacio europeísta podría pensar: ¿Y si hablamos con los principales afectados antes de aplicar un plan que detestan?

Además, veo una peligrosa segunda dimensión en todo esto. El espíritu crítico del español medio ha aumentado mucho desde que el Franquismo se convirtiera en esta corporación dermoestética que es el PP. Por ejemplo, todos sabemos que los diputados que no van al Congreso son unos zánganos, o que al mismo Zapatero le gusta más agradar que agraciar. También sabemos que el PP desearía que la crisis se eternizase, y sabemos que los bancos tienen mucha caradura al hablar de crisis económica cuando sus beneficios económicos aumentan año tras año. Eso es así. Todo el mundo lo sabe, esté de acuerdo o no.

Sin embargo, la segunda peligrosa dimensión está en las cosas que suceden cada día, y que objetivamente no podrían funcionar peor. Sin embargo por culpa de nuestro mal endémico estos problemas se perpetúan hasta convertirse en costras. ¿Y cuál es ese mal? Seguro que al lector le suena: quejarse de algo durante mucho tiempo, pero no hacer nada para evitarlo, para acabar despotricando del tema con la seguridad de que jamás cambiará. Aunque si echásemos la vista atrás, sabríamos que en un inicio pudimos cambiarlo.

Por ejemplo (y desde luego, no es lo que más me preocupa), a mí no me da la gana que suban cada año el precio del transporte en Barcelona independientemente de la situación económica. Precisamente el año que viene el abono más demandado subirá el doble que el IPC. ¿Y qué voy a hacer? Nada. Excepto tragarme eso de que el transporte urbano en Barcelona es deficitario. ¡Pero si siempre vamos como sardinas en lata! Si eso es verdad, que contraten a un gestor competente... Pero ya he picado. Por supuesto que es mentira. Es un negocio rentable, por eso suben la tarjeta que más gente compra, para continuar expoliando al ciudadano.

Me gustaría llevarme una manta y un saco de dormir a las oficinas del TMB, pero sé que no lo voy a hacer. Por eso, quizá, admiro tanto a los estudiantes que han dicho no al Plan de Bolonia. Y si tienen razón legal, objetiva o del tipo que sea, me importa menos que el hecho importante: están ahí, defendiendo sus ideales.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Poema I

Regreso al origen


Extraño tanto mi tierra extraña,

con sus caricias frías,

sus cálidas fustigaciones,

y, en fin, con el sabor a infancia,

que evito visitarla en sueños

cada noche, por fría que sea,

para no herirme.

Pero habito en ella

hasta que el alba

me traslada a otro lugar

extraño.


Hasta ahora, la nostalgia

me helaba la sangre, y encontré

en la negación de mi simiente

la rima perfecta de una liberación.

Agua vaporosa y envenenada

que no había de beber;

pero que engullí como el ave

que surcó el Paraíso

por una flor estridente.

Un raudal de pétalos

destinados a pudrirse.
Y poco más.


Ahora ya lo sé,

el pasado nos pertenece,

como la sonrisa automática

cuando otra sonrisa aflora

entre el hormigón y el asfalto,

sea la cara de un niño

o una simple hormiga.


Volveré para no quedarme,

para un nunca pasajero,

y siempre que me embriague

con la brisa mediterránea,

descastada,

dejaré brotar su aroma por unas venas,

anegadas al capricho de haber nacido

en La Vila Joiosa y sólo en ese lugar.

Tan mágico que no habrá habitante

que se la merezca más que yo.


Por eso, quizá, vivo con la tranquilidad

de que la fama me pasará de largo.

Démosle fama pues a la ciudad

que truena dormida

y se deja mecer despierta.

Cruce de sierras

y caminos de arena.

Mi tierra,

y con lo que yo la quiero,

de nadie más que mía.


David Navarro, diciembre de 2008


Apostilla: Nótese que mi estilo poético anda más cerca de Los morancos que de Ángel González, pero tenía que intentarlo.

martes, 18 de noviembre de 2008

Personal I

La prueba del progresista

¿Qué define a una persona progresista? ¿Su voto? Desde luego que no. Ejemplos extremos son Bono y Gallardón, pero los encontramos a diario en cualquier bar: los de izquierdas maldiciendo a los inmigrantes; los de derechas, que no ven mal las bodas homosexuales.

¿Sus lecturas? Ni hablar. Mi antiguo capataz (no se le puede denominar de otra manera) acudía al despacho con El País bajo el brazo, aunque lo que realmente habría querido traer es un látigo de siete puntas.

Los progres para mí son los que mantienen una pose a base de fetiches, como ir a conciertos de Bruce Springsteen sin que les guste Bruce Springsteen, pero que se revelan como fariseos del progresismo al invertir en acciones mientras despotrican contra el capitalismo o al apuntar a sus hijos a colegios privados, para que no se mezclen con la chusma.

Pero no nos vayamos del tema. Yo creo que lo que define a un progresista es su respuesta en la adversidad. O sea, ¿qué hacemos cuándo uno de los motivos de la queja de la derecha se manifiesta ante nosotros y nos toca las meninges?

Dentro de nada, me va a tocar pasar esa prueba. Voy a dar clases en un instituto donde prácticamente ningún alumno habla bien español o catalán, y que además tiene fama de complicado.

Deseo con todas mis fuerzas que en todo momento sepa ver las necesidades de todos ellos, que son las mismas que las mías. Sí, sonaba ingenuo en voz de The Beatles, pero “all we need is love”.

Si salgo airoso de mis clases en este instituto significará que he madurado como profesor, y que quizá he tenido suerte con los grupos. Pero nada más.

La prueba del siete para probar mi tolerancia y respeto a todos los seres humanos es que salga feliz de esta experiencia, y que consiga, quizá, que haya un poco menos de marginalidad en este mundo.

Pero volveré a poner los pies en la tierra. Dada mi inexperiencia como profe, lo único que deseo es que no haya víctimas. Es broma. Yo creo que todo saldrá muy bien, todo lo bien que puede salir con un profe novato y unos niños en edad del pavo. Ni más ni menos.

La sinceridad crea polémica, pero mis muchos amigos, los que me conocen, sabrán entender que ahora mismo me sitúe en un plano demasiado analítico. Normalmente prefiero darle vueltas al Cola-Cao, porque de tanto remover, a veces un tema baladí se acaba convirtiendo en una problemática. Y tengo el cartel de cerrado por vacaciones a todas las preocupaciones estúpidas (disculpen las molestias). Aunque si vuelvo con más exploraciones por la conciencia lo haré en forma de literatura, o de broma. Por eso mismo, porque es demasiado serio.

Tratado enciclopédico-masculino del 2008 en 365 segundos

Empezó cálido el año, al menos en el Mediterráneo. Luego se enfrío para jorobarnos la Semana Santa. Y el verano nos calentó más de la cuenta. Ahora hace un frío que pela y parece que cualquier año pasado fue mejor.

Mentira.

A principios de enero seguíamos obsesionados con esa palabra que no rima con nada, Euribor. Y España se volvió a partir en dos: los que rezaban para que la puñetera cifra dejara de subir; y los que esperaban que subiera tanto que reventara la burbuja. Al final, empate, o la de “El perro del hortelano”.

Pero este año han pasado más cosas: la crisis, el aumento del paro, la crisis, el triunfo de Obama, la cris…, y el resto del mundo, igual. En Europa, preocupados porque no podremos comprarnos la segunda tele de plasma. En África, casi toda Asia y parte de Latinoamérica, se nos mueren de hambre.

En la tele ya no dan las noticias, las matan a cuchillazos. Y de postre, historias de piratas (somalíes). En la ficción, encefalograma plano. El modelo de serie sigue siendo “Aída”, y el programa estrella es otro cruce rabioso entre “Gran Hermano” y “Operación Triunfo”. Ah, y el fútbol que no falte. ¡Campeones, campeones! Tanto animamos a la selección que pasamos de la peor sequía en años a inundaciones catastróficas.

Por cierto, estamos en crisis. Y hay quien lo celebra. Rajoy consiguió por fin que Zapatero dijera la palabrita, y los empresarios pueden hacer lo que siempre, pero a lo bestia.

A todo esto, ya casi no nos acordamos de que ZP ganó las elecciones. Sí, en mitad de una campaña electoral eterna, le votamos de nuevo.

Es una pena. “Ojitos” pasará discretamente por los almanaques. Y el “barbas”, ni te cuento. Poco han podido hacer contra la pareja estrella: Obama y… sí, ¡la crisis! Pero el 2008 casi pasa a la historia como el ocaso del capitalismo salvaje. Lástima que Bush sacara su viejo colt e impusiera su ley en el Saloon de Washington.

¿Y el año que viene? Huelga a la española. Por la mañana rezaremos para que no nos despidan y por las noches nos iremos de copas como si fuera la última.

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