lunes, 24 de enero de 2011

En la colmena

Hace la tira de años Camilo José Cela retrataba la sociedad del Madrid de los años cuarenta como una colmena compuesta por celdas que, a pesar de estar intercomunicadas, se convertían en la cárcel de sus moradores.

Setenta años después, alguien podría escribir un libro similar sobre nuestro tiempo. Quizá, como le ocurrió al propio Cela, los escritores consagrados se han perdido en la inmensidad de su lujosa celda. Los que empezamos tenemos miedo a desentonar y, al mismo tiempo, queremos llamar la atención logrando un imposible equilibrio entre nuestra singularidad y los cauces bien definidos de lo que se escribe ahora.

miércoles, 19 de enero de 2011

Hasta pronto (me voy pero poquito)

Después de varias semanas de relativa intensidad, me voy a tomar un descanso.

En realidad, lo que voy a hacer es dedicar el tiempo que le vengo dando al blog a algunos proyectos literarios que he dejado parados (aparte de trabajar, estudiar y lidiar con los imprevistos de la vida).

Tanto si te han gustado mis artículos como si no, me sería de mucha ayuda que leyeras algunos de los posts anteriores.

Te agradezco tu tiempo y me encantaría encontrarme con tus comentarios, sean favorables, críticos o negativos.

En realidad, no pienso dejarlo del todo, pero no podré escribir artículos largos ni excesivamente documentados durante un tiempo. Si intervengo será para matar el gusanillo con artículos espontáneos y, seguramente, plagados de errores, erratas y con poca profundidad.

Confío en que lo entiendas. Cuando vuelva del todo, publicaré un aviso en el blog.

martes, 18 de enero de 2011

Quizá merezca la pena capear el temporal y, acaso, disfrutar del viejo amor

A partir de los treinta, ya no sólo pesan los desengaños amorosos de uno, sino los de las personas que quieres.

Algunos son inevitables e incluso positivos. Sin embargo, estoy convencido de que muchas rupturas se evitarían si los miembros de la pareja esperaran a que los nubarrones negros se disiparan. Y a veces es tan sencillo como dejar pasar el tiempo y mantener las distancias mientras la ira y el rencor se impongan a otros sentimientos.

Afianzar una relación cuesta mucho tiempo, muchas energías y todavía más esperanzas e ilusiones. Quebrarla, en cambio, es tan sencillo como dejarse llevar por el desencanto de una mala época.

Ocurre como con un ser humano. Piensa en todos los recursos que se han puesto en marcha para criar y educar a un adolescente. Piensa ahora en todo lo que tuvo que ocurrir para que dos personas decidieran concebir un hijo. Luego, intenta calcular todo el tiempo, dinero, recursos pedagógicos,cariño, etc. que ha sido necesario para hacer de un feto una persona. Sin embargo, un mal golpe en la nunca y, adiós... una vida menos.

La pareja ofrece una complejidad similar al funcionamiento del ser humano. Incluso más. Su fragilidad resulta directamente proporcional a la fortaleza que se le presupone. En este caso no me refiero al poderío físico, que por desgracia no dobla al de un individuo solitario; aquí estoy hablando de lo que hace a una pareja consistente: la complicidad, las vivencias compartidas y, su reverso negativo, la costumbre y el aburrido, muchas veces, día a día.

Por eso, al contrario de lo que mucha gente cree, las parejas deberían poner más de su parte cuando todo parece ir como la seda. Es muy difícil que todo se vaya al traste en los primeros meses cuando la mecha se acaba de prender. Sin embargo, qué duda cabe, la motivación mueve montañas.

Por otra parte, cuando una pareja se hunde, lo mejor que un amigo puede hacer es mantenerse al margen. Cualquiera que cometa el error de intervenir se arriesga a desbaratar el orden natural de los acontecimientos. En primer lugar, es difícil que alguien sea capaz de influir tanto en una persona como para que cambien sus sentimientos. No obstante, una de las más lamentables desgracias que podría ocurrirle al intermediario sería tener éxito. Imagínate por un momento que consigues que dos personas no se separen, dos personas que con el tiempo consuman un proceso de destrucción.

Claro que también podría ocurrir al contrario, que todo saliera bien. Una mala noticia para el entrometido ególatra que casi todos tenemos dentro: de ser así, el celestino no habrá hecho nada más que subrayar lo evidente, que la pareja ya sabía que debía mantenerse unida.

En efecto, las parejas deben seguir su curso natural. Sólo quería transmitir que me gustaría que, antes de romper, las partes implicadas tuvieran la serenidad para meditar y la valentía para actuar como deben. Sin presiones externas. Sin miedo.

Imagen vía: Amor.net

lunes, 17 de enero de 2011

Humoradas para pasar el rato

Por más años que viva, siempre tendré motivos para asombrarme. Estos días parece que a los españoles sólo les preocupa un asunto: la prohibición de fumar en los bares.

Antes fue el linchamiento a los controladores aéreos; durante el verano, los toros en Catalunya; ahora toca poner el grito en el cielo sobre los derechos de los fumadores pasivos o activos. Pues vamos para allá. Seré obediente.

Como era de esperar, en los medios de comunicación proliferan las opiniones de los indocumentados de siempre. Hay quien se atreve a vocear burradas como que la medida es antidemocrática. En el fondo, estoy convencido de que ni siquiera saben qué están diciendo. Al menos alguien con dos dedos de frente debería informarles, en los descansos de sus programas, que una ley que pasa por el parlamento y por el senado no puede ser antidemocrática.

Los no fumadores y amigos de la salud, aunque adictos al pitillo, alaban la medida. Los demás se cagan en los muertos del gobierno español.

Ni unos ni otros se detienen a pensar en la procedencia de la normativa. Si investigaran unos minutos sabrían que la Unión Europea lleva muchos años promoviendo este tipo de leyes que en países como el Reino Unido, Alemania o Irlanda ya llevan en vigor desde hace bastante tiempo. Y si le echaran imaginación, lo conectarían con el caso de un país muy poderoso que restringe el humo en casi toda su área geográfica: Estados Unidos. ¿Se entiende ahora el proceso?

No me voy a pronunciar sobre la ley. El humo me perjudica como a cualquier ser viviente, pero no sólo el de los cigarrillos, sino también el de los coches, fábricas, etc. y sin embargo no veo que los tertulianos y los editoriales de los periódicos se pronuncien sobre la paradoja que representa apostar por el transporte público delante de los micrófonos y bombardearnos con el drama de los concesionarios que venden cada vez menos coches. ¿En qué quedamos? ¿Hay que usar el autobús o cambiar de coche cada tres años y pico?

Entre tanta insensatez, alguien comentó en televisión que existe una contradicción sospechosa entre el negocio que el Gobierno hace del tabaco (por no hablar de las tabacaleras) y el acoso y derribo a un colectivo que podría pasar por el grupo de enfermos más numerosos del planeta. ¿O acaso el tabaquismo no se puede considerar una epidemia en toda regla?

Los más críticos, los dueños de los locales de ocio, se callarán en cuanto los adocenados ciudadanos acudan en tropel a llenar de humo sus terrazas. Y, por supuesto, los ayuntamientos se pondrán las botas a la hora de vender licencias.

El homus ibericus, en unas pocas décadas, se adaptará al frío del viento invernal y será capaz de pasearse en camiseta de manga corta por las estaciones de esquí.

Ventajas genéticas aparte, hay un tema que me preocupa, y esto va en serio: de un tiempo a esta parte veo que cada vez más los gobiernos occidentales hincan la rodilla ante los dictados de los países poderosos, el FMI y otras mafias, y no les tiembla el pulso para prohibir, condenar e ilegalizar todo lo que se considere dañino.

Es el camino rápido. En lugar de fomentar el buen criterio del ciudadano, los gobiernos prefieren ejercer de tutores y cerrar bajo llave todos los peligros que nos acechan en un mundo cada vez más complejo.

De ahí a acabar abusando de este tipo de medidas sólo hay un paso. En ese sentido, hemos retrocedido unos cuantos pasos con respecto a los años ochenta, que es cuando los españoles empezaron a creer en las libertades.

¿Significa todo esto que estoy en contra de la prohibición de fumar en bares y similares? Si es tu conclusión, es que no he sabido explicarme. No va por ahí mi crítica. Seré claro: ¿tiene derecho el gobierno a imponer el tipo de cliente a los bares y restaurantes? No lo tengo nada claro. De hecho, me siento insultado. ¿Acaso no deberían ponerse de acuerdo hosteleros, empleados y clientes en qué medidas tomar para conseguir que toda la ciudadanía salga satisfecha? Al fin y al cabo, los dueños de los bares se juegan su dinero; los empleados, su salud; y los clientes, aparte de sus pulmones, su capacidad de elegir con sensatez.

Me da la sensación de que en las alturas del poder nos toman por incapacitados intelectuales. Digo yo que con tanto bar y restaurante, podría haber tantos para fumadores como para no fumadores. Y en la medida en la que los no fumadores ejercieran su derecho a entrar a espacios limpios de humo, el propio mercado se inclinaría a apostar por este tipo de espacios.

Para llegar a esta conclusión, los que dirigen nuestras vidas deberían confiar un poco en nosotros. Aunque tampoco iría mal que los no fumadores se pusieran las pilas y no aceptaran el chantaje comercial de los dueños de los establecimientos, convencidos de que es más rentable aceptar el tabaco que prohibirlo.

Seguramente lo que de verdad me inquieta es que esta reflexión y las millones que se están llevando a cabo en las últimas semanas no sirven más que para desahogarnos. A la vista está que el Gobierno (losgobiernos), en lo sucesivo, seguirá cortándonos la electricidad cuando taparnos los enchufes no les asegure cien por cien que algún despistado se chamusque el dedo. Y a la inversa, si mañana deciden que nuestra democracia está en peligro y que merece la pena invadir Qatar, entonces tendremos otro asunto para perder el tiempo con debates de baja estofa.

Imagen vía: CBCNews

jueves, 13 de enero de 2011

Di adiós a los dilemas y, de paso, al sufrimiento existencial

Los dilemas no son para tomárselos a broma. En realidad, cualquier elemento que te haga dudar, en el fondo te está poniendo en peligro. Se trata, pues, de elementos distorsionadores de eso que tanto te ha costado encontrar: el equilibrio. En mi caso, por el bien de mi salud y la de mis convecinos, he conseguido aislar los puntos conflictivos que más de una vez han llevado mi existencia a la zozobra y los he separado en binomios para facilitar la elección que deshaga el posible dilema.

Por ejemplo, cuando voy de viaje y no quiero complicarme buscando un buen restaurante. Llega el primer dilema: ¿McDonald's o Burger King?.

Dado que las hamburguesas de McDonald's huelen a colonia y las patatas me saben a cartón, he decidido optar por Burger King. Bien es cierto que la carne de esta cadena tampoco es un regalo para el olfato. A mí las hamburguesas me huelen a carne pasada. No mucho, dos o tres días, pero pasada. Sin embargo, lo prefiero al aroma a colonia. Por lo mismo que nunca me pondría un perfume que oliese a picadillo.

Con todo, el principal motivo para descartar McDonald's tiene que ver con la crisis de conciencia que me provoca enterarme de que con un menú tamaño Mickey Mouse me estoy llevando al estómago más de la mitad de las calorías que necesito para todo el día. Otros habrá que valoren la claridad informativa de McDonald's, pero yo no. Cuando me llevo a la boca un menú de comida basura lo último que necesito es que me lo restrieguen por la cara.

Otro dilema que he resuelto es el de la Coca-Cola vs Pepsi. Reconozco que en este caso me he dejado llevar por un mal aplicado principio de justicia poética. ¿Cuál se vende más? Pues yo prefiero siempre a la parte débil.

A la hora de irme de vacaciones: ¿playa o montaña? Estarás pensando que dependerá de la estación del año, de la finalidad del viaje, del alojamiento, etc. Craso error por tu parte. Yo ya resolví el dilema hace tiempo y así no tengo que enfrentarme a la disyuntiva cada vez. Mi opción es siempre playa. La montaña está llena de peligros y en invierno hace muchísimo frío y en verano, mucha calor. En la playa, mientras no te lleves la cartera ni traspases la línea de la orilla, lo único que te puede fastidiar el día es un grupo de niños o la arena. Cala rocosa apartada del mundo, y asunto resuelto.

Un dilema cruel que también he resuelto tiene como protagonistas a las dos grandes marcas de helados, Frigo, y la del nombre impronunciable que me da pereza buscar en Google. Sin duda, la opción es Frigo. ¿Por qué? Pues porque con el precio de un “jaguen das” me puedo comprar cuatro de Frigo. Si tienes experiencia en el mundo de los helados, sabrás que el sentido del gusto sólo funciona al primer bocado. Con el frío, cualquier atisbo de sabor se debe a tu imaginación.

Seguiría dando solución a los dilemas que más me afligen, pero no me gustaría influir en tus decisiones más trascendentales. Lo mejor es que aprendas por ti mismo a separar el mundo en dos facciones y tomes partido por una u otra.

¿Te da miedo a equivocarte? No deberías preocuparte: es imposible acertar. Puesto que nunca sabrás en realidad qué te estás comiendo o bebiendo en esta sociedad de consumo, no te queda más remedio que aprender a perder siempre, pero con el menor sufrimiento posible. Los dos sabemos que la opción realmente buena sería huir del mundanal ruido y construir un aljibe para beber agua de lluvia. Luego, con el agua sobrante podrías alimentar tus propios árboles, verduras y hortalizas. ¿Es eso lo que quieres? Pues, nada, a deshacer dilemas tontos y vivir la vida moderna que son cuatro días.

Nota del autor (de quién si no): Ya publicaré más dilemas resueltos para mentes vagas y personalidades escuetas.

lunes, 10 de enero de 2011

Que alguien nos salve de la telebasura (por favor, sálvame)

Esto de la telebasura me recuerda a la tortura que consiste en horadar la cabeza del prisionero con constantes y, aparentemente inocuos, goteos. En algún país asiático todavía la practican, pero tampoco hay que ir tan lejos para saber qué ocurre con la dichosa gota: cualquier aficionado a la geología te podrá explicar que las sucesivas gotas terminan siempre en erosión (las más pertinaces en agujero).

Los que vamos de listos hemos creído durante mucho tiempo que la gota de los programas televisivos que basan su éxito en exprimir la parte más visceral y oscura de nuestras entrañas -incluyendo la mierda- se puede evitar sin tener que echar mano de un buen paraguas. Uno, ingenuo, cree que se aparta de la tubería que derrama el líquido corrosivo día tras día y ya está.

Sin embargo, quizá no estemos ante una cantidad determinada de tuberías que gotean y que se pueden esquivar con mayor o menor pericia a lo Mario y Luigi. Me temo que nos están atacando con un aspersor y en la medida en que el veneno se filtra por las conversaciones de nuestros amigos, las frases de los más pequeños, las portadas de los periódicos, los programas de radio y, por supuesto, Internet en toda su enormidad; es decir, ante una invasión en toda regla ya no hay paraguas que valga.

Uno, para no ser antipático, para que no le tachen de la lista, tiene que reír las gracias a los demás o, por el contrario, saltar todos los obstáculos con un “no lo he visto” o un más insolente pero eficaz “no me interesa”.

En cualquier caso cualquier tipo de resistencia agota e implica, no lo olvides, que alguien te está atacando o, por lo menos, provocando.

Dudo de la capacidad de resistencia de la gente, porque dudo de mi propia capacidad de resistencia. A fin de cuentas me sé, casi sin querer, la biografía de Belén Esteban, las preferencias sexuales de Jorge Javier, la horrible canción de Karmele... Y la prueba de que la porquería me llega hasta la coronilla es que ya nombro a algunos de estos personajes por sus nombres de pila como si fueran conocidos o incluso amigos. ¿A que da miedo?

sábado, 8 de enero de 2011

Descreídos

Siempre me ha parecido que las personas religiosas o muy espirituales tienen una ventaja sobre el resto: la tranquilidad que les da saber que están viviendo una etapa de tránsito. Supongo que los instintos primarios les ganarán la partida alguna vez y que se enfrentarán a la vida como todos los demás, con preocupación, angustia, ilusión o euforia.

De lo contrario andarían todo el tiempo en una burbuja y no se molestarían en bregar con los problemas mundanos. Al fin y al cabo, si sólo estamos de tránsito, ¿qué sentido tiene sufrir de insomnio por una enfermedad o una necesidad económica?

Por otra parte, también se me ocurre que habrá una gran parte de este grupo de personas, religiosas o espirituales, que querrán vivir a tope, precisamente por eso, porque no les da miedo romperse la crisma en un barranco perdido.

El caso es que siempre me he preguntado qué pasa por las cabezas de ese tipo de personas, cómo se toman el día a día. El otro lado, el de los descreídos, es el que mejor conozco. Y sé por experiencia propia que resulta duro, en ocasiones, enfrentarse a la lucha diaria sin la seguridad de la trascendencia en otras vidas.

Pienso en los creyentes que han tenido que asistir a la desmitificación de muchos milagros, que se han enterado de que tal santidad en realidad era demasiado mezquina y que, hoy por hoy, pueden adquirir una visión global de la historia de las religiones y comprobar que, para bien o para mal, todas las civilizaciones han tenido sus divinidades desmentidas e incluso satirizadas por culturas más avanzadas. Sólo cabe pensar en el Monte Olimpo, el culto al Sol, las danzas de la lluvia, las bulas papales del medievo, la Santa Inquisición, las ablaciones que todavía se cometen hoy en día, etc.

Por otra parte, también están los que se recrean en un mundo donde coexisten varias dimensiones, los muertos se comunican con nosotros en forma de fantasmas, los extraterrestres nos visitan e incluso la Naturaleza responde a nuestros actos.

Con este fenómeno de los espíritus, brujas, fantasmas, demonios, etc., me ocurre como con su reverso, la religión. A la mínima que indago sobre algún caso encuentro que la ciencia actual ya tiene su respuesta, y que los endemoniados de hace unos años no eran más que pobres enfermos mentales, y que los avistamientos de ovnis podrían ser fruto de la imaginación o un mero fenómeno óptico.

Pongo estos dos tipos de personas, los religiosos y los amantes de lo esotérico, tan aparentemente alejados, en la misma balanza porque me dan envidia. Creen sin paliativos. Están convencidos de que detrás de una muerte hay una presencia que nos advierte o nos persigue, que los lugares se impregnan de las experiencias vividas y que el demonio acecha a los que creen, con lo que automáticamente se convierten en religiosos.

Algunos vemos con escepticismo la historia de las religiones y las creencias profanas y las consideramos una respuesta innata al temor a la muerte, y por tanto no tenemos más remedio que pensar en otras fórmulas para seguir en la lucha. Me refiero a ver más allá del hoyo en el cementerio o las cenizas devoradas por los peces.

Últimamente incluso esas balas en la recámara se me están oxidando: trascender a partir de una obra después de muerto me parece una quimera de los que vivimos; delegar nuestra resistencia a desaparecer en nuestros hijos y nietos, una causa bonita pero inútil; criogenizarse, otro cuento para desesperados. En fin, que me gustaría que la semilla de mis débiles creencias arraigaran y me llevaran a cualquier lugar, con tal de dejar de ser un descreído.

Mientras tanto, abogo y abogaré siempre porque los países desarrollados pongan todo su saber, dinero y esperanza en erradicar la muerte para quien crea, como yo, que en este mundo el peso más difícil de arrastrar es conocer el final de la historia de antemano.

viernes, 7 de enero de 2011

Los cinco peores jefes que me ha tocado sufrir

Quizá sea el artículo más largo que publique en el blog. Quizá os sirva de algo. Quizá sólo me sirva a mí para eliminar de una vez por todas el resentimiento. En cualquier caso, os presento a los cinco peores jefes de mi vida... hasta ahora.

5 Empezamos por el quinto. Es el responsable de una revista de cine. Aceptó mis colaboraciones sin hacerme ninguna prueba. Aquello me mosqueó un poco, pero como en el fondo me beneficiaba no dije nada y seguí trabajando, con una particularidad: el tipo sólo me enviaba e-mails con los artículos que necesitaba; en cambio se negaba a pasarme algo básico para un trabajador autónomo, las tarifas por los distintos tipos de artículos. Tampoco me comunicaba nada tras recibir los textos (lo normal es que se quejen de que va corto, largo, etc.).

Lo más curioso es que ni siquiera llegó a decirme el número de caracteres aproximados de cada tipo de artículo, algo básico en el mundo de las revistas. Ni siquiera supe nunca si mi trabajo le parecía adecuado. El caso es que un día le apreté pidiéndole de una vez por todas cuánto y cuándo iba a cobrar por mi trabajo y no le sentó nada bien. A pesar de haber cumplido mi sueño, trabajar para una revista de cine, salí muy escaldado y la relación se enfrió hasta que me despedí cordialmente de él. Y hasta ahora.

4 En uno de mis primeros trabajos tuve que pasar por la experiencia de ser teleoperador. Todo el mundo hablaba de una de las jefas con mucho temor, como si fuera a comerse a alguien. La verdad es que ya durante los primeros días la vi salir de una especie de pecera desde donde lo vigilaba todo para soltar un montón de gritos que hacían que la gente saliera huyendo de la máquina de café para atender el teléfono.

A mí sólo me echó una bronca personalmente y fue porque me encontró recostado sobre una de las nuevas sillas. Empezó a gritarme: ¿La quieres romper? ¿La quieres romper? Y se fue encolerizada.

A medida que la empresa creció, la señora se volvió cada día más invisible, aunque sé de buena tinta que tras su firma se escondieron los ascensos más increíbles y los despidos más crueles.

Luego, un gran grupo absorbió la empresa y ella no hizo más que poner palos en las ruedas del comité de empresa. Bueno, aparte consiguió una buena indemnización por despido. Toda solidaridad y altruismo.

3 El tercero en la lista controla uno de los grupos hoteleros más importantes de Benidorm, manda bastante en el PP regional y me tocó sufrirlo como jefe supremo en mi primer trabajo con contrato, como recepcionista de un camping.

Lo primero que me llamó la atención es que cuando nos contrataron no había camping: apenas una caseta y un restaurante a medio hacer. Por eso quizá me obligó a pasar por uno de sus hoteles sin entender ni jota del sistema informático. Como detalle de su buena disposición me hizo trabajar una Nochevieja desde las doce hasta las cuatro de la mañana a pesar de que ya había gente de sobra en la recepción del hotel.Pasaron unas semanas y me dijeron que volviera al camping con los demás. El trabajo era surrealista: no había ni una sola caravana... en parte porque todavía no habían preparado las instalaciones eléctricas ni las tomas de agua de las parcelas.

Además, me obligaban a vestir un peto absurdo para hacer publicidad de un castillo medieval en el que la limpiadora del camping hacía de condesa en los fines de semana.

El mandamás me echó dos broncas muy cabreado. La primera, porque al descolgar el teléfono no reconocí su voz, aunque en aquel momento todavía no lo había visto nunca.
La segunda, porque desconocía cómo se activaban las luces del descampado -que yo creí que funcionaban de forma automática- en mi primera semana en el turno de tarde.

Un día, un compañero de recepción robó veinte mil pesetas. Lo echaron. Sin embargo, al cabo de unos meses me enteré que lo habían readmitido como jefe de animación del hotel principal. Aguanté casi seis meses en aquel camping demencial. Prometí no trabajar nunca más para ese tirano y espero que se hunda con todo su imperio de cartón piedra, de sueldos miserables y de especulaciones inmobiliarias a la sombra de sus amigos, los políticos de la derechona.

2 Entre una revista y otra, la primera como subdirector, la segunda como director, me apunté a una oferta de Infojobs para trabajar de redactor en una conocida empresa de contenidos informáticos.

Pasé las pruebas y las entrevistas y todo parecía de cine: los horarios flexibles, el buen rollo con la gente, el material de trabajo, etc. Excepto por el sueldo, una ruina, todo eran ventajas, hasta que conocí la verdadera cara de mi coordinador.

Este personaje, la verdad, trabajaba como una bestia y con bastante eficacia, aunque con ninguna brillantez (sus textos más que anodinos parecen entierros de letras). Con todo, tenía (tiene) un defecto peor: una maldad casi rayando con la psicopatía. Al principio me dio una charla extensa sobre el funcionamiento de los programas y durante una semana me dedicó una hora cada día para enseñarme el complejo sistema.

Sin embargo, a la segunda semana empezó a molestarse porque le preguntara. Primero no me respondía y me dejaba con la duda. Luego, me culpaba de no tener iniciativa. Cansado de este humillante trato, decidí buscarme la vida y empecé a tomar decisiones. Entonces, empezó a censurarme los artículos sin motivos justificados y ya al cabo de un mes, el colmo, se tomó a burla mis preocupaciones para hacer bien el trabajo. En serio, le preguntaba algo y se quedaba de brazos cruzando mientras me observaba tratando de solucionar un problema. El tipo se reía en mi cara y yo tenía que aguantar.

No contento con estos desplantes, estableció unas normas: no se le podía preguntar nada ni siquiera vía mensajería instantánea. Aparte, todo su buen rollo inicial se fue al garete: le propuse jugar con él al fútbol para limar asperezas y al confesarle que no jugaba demasiado bien, me dijo que no le interesaba.

Por si fuera poco, el cacharro de ordenador que me tocó más tarde en (mala) suerte se estropeaba cada dos por tres y ¿a quién echaba la culpa? A mí. Por suerte para mi salud mental uno de los técnicos me dijo meses más tarde de dejar la empresa que ese mismo ordenador había dado muchos problemas después. O sea, otro ataque gratuito.

Lo que más me hirió fue que en una fiesta, tras decirme indignado que le habían acusado de perseguir a las chicas de la oficina (y era verdad), se mofó de mí asegurándome que todo el mundo se metía conmigo. ¿A dónde quería llegar con eso? ¿Se pensaba que de verdad me iba a minar la autoestima con estos comentarios?

Tampoco fui muy inteligente al compartir mis discrepancias con la, en principio, encantadora responsable de recursos humanos. Resultó ser muy buena amiga de mi coordinador y en lugar de poner solución al conflicto me ayudó a cavar mi tumba. Las últimas semanas antes de recibir una oferta para dirigir la revista (uno de los peores errores de mi vida, ver siguiente jefe) llegué a la conclusión de que al coordinador no le hacía gracia que le corrigiera sus propios textos y es que ¡yo tengo dos títulos de corrector de textos! Por tanto, mi intención era únicamente mejorar la calidad de lo que salía publicado. Nunca quise herir su ego. Ahora con el tiempo veo que fue el principal motivo para que ese coordinador rencoroso me tachara para siempre de su lista. Apenas tenía estudios y, por supuesto, carece de formación lingüística. Pues bien, no le gustaba que su compañero, yo, tuviera otro perfil.

¿Más pruebas? Me fui de buenas de la empresa y cuando vi que las cosas iban mal en la editorial intenté volver en cuanto vi otra oferta de Infojobs. El muy simpático dio el visto bueno a los diferentes pasos del sistema para, al final, rechazar mi candidatura (las ofertas de Infojobs funcionan así, superando cribas). Le pedí explicaciones, pero no me contestó. En la segunda selección, al poco tiempo, volví a postular y esta vez me rechazó en el primer paso. Intenté ponerme en contacto con él o con la jefa de recursos humanos y no obtuve ninguna respuesta. Finalmente, pude hablar con él por teléfono y pareció cordial. Un espejismo: un buen amigo me contó que se había estado burlando de mi insistencia con su amiga, la de recursos humanos. Me trató de pesado entre risas.
Afortunadamente llegué a la conclusión de que este coordinador, por rápido que haga su trabajo, es incapaz de sociabilizar con nadie que no sea un montón de chips y megabytes. Con lo que resulta que es un coordinador incapaz, porque no consigue más que desunir a su grupo de trabajo. Además, no le cuesta nada sacar su parte más cruel para destrozar al compañero (para él, si piensa, se convierte en un rival). Dicen que la empresa en la que estuve y en la que sigue este sujeto es una de las que mejor tratan a sus empleados. Sin personas como él tal vez se acercaría a la verdad.

1 El primer puesto corresponde a la experiencia que más me ha escocido. También es la más reciente. Por eso puede resultar un poco larga. Trataré de ser sintético, pero resulta imprescindible apuntar algunos detalles para que nadie crea que todo es fruto de un delirio.

El peor de mis jefes me jorobó bien en dos fases. En primer lugar, trabajé como segundo de a bordo de la revista que dirigía. Pasé unas pruebas y en cuanto me contrató empezó a aprovecharse de mi buena disposición. A las tres semanas descubrí que cada mes trabajaría, como mínimo, durante todo un fin de semana. Cuando pedí unos días de compensación apenas recibí uno y con muy malos modos: me trataron de aprovechado. En realidad, mi jefe directo, él, no me mostraba nunca los dientes. Siempre usaba al administrador de la empresa para darme los recados, que a su vez usaba a la gerente de la editorial que a lo largo de los años me dirigió media decena de frases. El caso es que nunca más volví a recibir un solo día de compensación y trabajar durante los fines de semana se convirtió en una horrible costumbre. Y no, tampoco me lo recompensaron con dinero.

Después de año y medio de salir siempre más tarde de lo normal, de llevarme trabajo a casa, etc., al tipo le dio por desconfiar de mi rendimiento y se convirtió en mi perro guardián. Sin embargo, el día que la gerente le pidió un movimiento para salvar la revista se quedó callado durante varias semanas y tomó una decisión: dejar morir la revista. Le dijeron o haces algunos cambios o tendremos que cerrarla. Y se cerró. Conclusión: terminé en la calle junto a mis compañeros. Él, el responsable principal del fracaso de la revista, se quedó en la editorial y no sólo eso, sino que ascendió. Lo peor es que el último día le prometí que si emprendía otro proyecto le acompañaría.

Todavía carecía de una perspectiva clara de su culpabilidad en todo el asunto y realmente le había tomado cariño. Por eso se lo prometí con el corazón.

Un pésimo día, cuando estaba aburrido pero tranquilo en una empresa con muy buen ambiente (ver el segundo peor jefe), me llamó para dirigir una revista que otra persona había abandonado por exceso de presión. Me costó mucho decidirme y gente de su entorno me aconsejó no aceptar la propuesta. Sin embargo, pensé que era una buena oportunidad. Sería director de una revista. Yo, un chico de pueblo recién llegado a Barcelona. Por pura soberbia, piqué, y lo pagué muy caro.

Durante las negociaciones este personaje se mostró encantador y me contó las mil maravillas del proyecto. En cuanto acepté el cargo, todo cambió. El mismo día, el primero de todos, me abroncó en un aparte por no involucrarme suficientemente en el proyecto. Todo estaba por hacer y la culpa era mía. Me quedé tan sorprendido que ni siquiera le pude replicar que era mi primer día y que yo no tenía culpa de que faltaran tres semanas para el cierre sin que nadie hubiera hecho ni una sola gestión.

Con el tiempo la cosa fue a peor. Como responsable de publicaciones se supone que tenía que supervisar mi trabajo, pero enseguida dio a conocer su verdadera función: hacer y deshacer a su antojo.

Yo me rompía los cuernos logrando que los colaboradores trabajasen con cada vez menos presupuesto y que los medios hiciesen caso a una revista que salió sin publicidad alguna, y él me criticaba todo lo que hacía, primero en privado, y luego delante del resto de compañeros. Además, en cada cierre de número se dedicaba a ralentizar el ritmo y romper toda mi planificación por culpa de uno de sus muchísimos defectos: el buen hombre es obsesivo compulsivo hasta un grado máximo. Todo el mundo lo sabe menos él. Por poner un ejemplo, es capaz de tirarse cuatro horas con un par de páginas durante la madrugada y dormirse al día siguiente sobre el teclado. Y si incumple la fecha del cierre, que debería ser sagrada, cosa que hacía casi siempre, comete la osadía de pedir retoques ínfimos en una letra de la portada cuando tiene a medio equipo a las diez o las once de la noche en la redacción a pesar de que su jornada termina a las seis y media.

Luego, el asunto se agravó, porque le dieron la dirección de otra revista. Entonces, empezó a darme más trabajo por el mismo dinero, el que ya tenía más parte de lo que su equipo debería de hacer y no hizo. Y mis jornadas laborales se eternizaron. Y mi frustración por su descontento se hizo infinito. Para resumir aquella pesadilla tengo que decir que nunca nadie me ha presionado tanto, a pesar de que creía que había una amistad entre los dos, a pesar de que acudí en su ayuda en cuanto me requirió.

El caso es que me hizo mobbing en toda regla: me cambió de ordenador y de sistema operativo unas cuantas veces, incluso intentó trasladarme a una habitación aislada del resto. Me negué y me lo hizo pagar. Aumentó sin miramientos mi carga de trabajo hasta que no pude más: dirigía una revista, me encargaba de dos secciones de la suya, de la corrección de varias páginas y, además, tenía que echar una mano en una línea de libros nueva editando volúmenes enteros. Los últimos meses asistí a mi trabajo con una ansiedad del quince que traté de ocultar, convencido de que mi deber era hacer el trabajo lo mejor posible. Podría haber pedido una baja, pero no lo hice.

Un día no pude más y me largué. Ni siquiera agoté los quince días de rigor (el administrador me mostró con todo lujo de cálculos el dinero que había perdido por hacerlo de esto modo). Antes, mi traicionero jefe y el administrador intentaron coaccionarme para que trabajara casi gratis desde casa y les dije que no. Me trataron de sinvergüenza. Bueno, la verdad es que él sólo asintió los improperios del administrador que, como ejemplo de su eficacia, no sabía siquiera el número de conexiones de Internet que su empresa había contratado por no hablar de sus envíos por e-mail de muy mal gusto y de sus intrincadas formas de cargarse a los empleados mediante la difamación, el espionaje y lo que hiciera falta (una vez llegó a contratar a una recepcionista durante cuatro horas. Después se dio cuenta de que no era la persona idónea, a pesar de que ya en la espera para la entrevista toda la redacción se había dado cuenta de que no tenía los modales básicos).

Como anticipé a mis compañeros, una vez me libré de esa empresa maldita, mi jefe consiguió que cerrasen mi revista, la suya y otra que dirigió durante apenas un par de meses cubriendo una sustitución (la cabecera principal de la editorial y que llevaba un montón de años en la casa). Todo un récord.

Supongo que en su currículum destacará con letras gordas que ejerció de jefe de publicaciones. La realidad es que como jefe de publicaciones apenas se mojó tomando un par de decisiones y todas desembocaron en desastre. Supo nadar, guardar la ropa y ahogar a los que no se espabilaron.

No tuvo reparos en lamerle el culo a quién le interesaba, esquivar a los trabajadores con mucho más carácter que yo (permitiéndoles no pegar ni golpe) y aprovecharse de los tontos como un servidor, que cuando van al trabajo, intentan dar lo mejor de sí.

Lo cierto es que como compañero y ex amigo, jamás dio la cara por mí ni por sus más íntimos amigos. Al contrario. ¿Hay algo peor que la deslealtad? Me da la sensación que siempre ocupará el primer puesto en este siniestro ranking de los peores jefes de mi vida. En el fondo, lo que más me jode es que se suele ir de rositas de todas partes y a la mayoría de la gente confunde su indumentaria de pijo, su cara de niño bueno y su capacidad para hacer creer a todo el mundo que trabaja más que nadie sólo porque se queda durante noches enteras en el despacho. Lo que pocos saben es que a la mañana siguiente sólo ha conseguido terminar cuatro o cinco páginas, lo que los demás hacemos en un par de horas. Por no hablar de que si se queda toda la noche, al día siguiente duerme hasta el mediodía y viene a medio gas. ¿Tiene sentido?

Tan quemado sigo con este siniestro personaje que he estado tentado de poner su nombre, porque a quien le toque como jefe o como mero compañero le espera la peor de las maldiciones. Y no se lo deseo a nadie.

Para terminar, un juramento: nunca dejaré que nadie se sobrepase conmigo, abuse de mi tiempo y dinero, o juegue con mis sentimientos. Por muy jefe que sea. Os aconsejo tolerancia cero con los jefes desalmados.

jueves, 6 de enero de 2011

El discurso del rey, una buena película

Olvida todo lo que hayas leído u oído sobre esta película. No es más que una historia de superación personal. Cualquier parecido con The Queen es pura coincidencia. El film de Friars sí tenía varias lecturas y una gran carga crítica con su buena dosis de mala leche. En El discurso del rey, en cambio, sabrás el final desde el principio y tendrás que usar una excavadora si pretendes ver cualquier atisbo crítico.

Con todo, es una gran película. ¿Me contradigo? No, sólo he dicho que es muy previsible y conformista. Se adapta como un calcetín al sistema. El guión no podría molestar ni al mismísimo Torquemada y seguramente en Hollywood lo utilicen como plantilla para próximos proyectos.

El mérito del film, pues, no está en la historia que cuenta. Se trata del cómo no del qué. Por un lado, las interpretaciones de los protagonistas (Firth y Rush) son memorables. Aviso: ver esta película en una versión doblada debería estar penado por la ley, aunque por suerte el estudio de doblaje ha hecho un excelente trabajo si es que no tienes más remedio que verla con esa tara.

El segundo aspecto que destaca es la labor del director. Simplemente alucinarás pensando que has estado en el Reino Unido de entreguerras. Vas a visitar Buckinhanm, la abadía de Westminster, un parque de Londres (diría que Regent's Park), Downing Street, la residencia real en Escocia, etc. Sin embargo, si ves la película dos veces descubrirás que en el fondo todo es pura magia cinematográfica. Sin un despliegue de medios atronador el realizador consigue lo más complicado en una película de época, la atmósfera, y con las localizaciones justas. Ni una más.

Aparte, excepto la pareja de protagonistas, los necios son muy huecos; los malos. malísimos y los buenos, dulce de leche. Se mitifica a figuras ya míticas, como Churchill; se ningunea a los ninguneados por la historia, como Chamberlain y se omiten rumores más que contrastados como que el hermano de Jorge V no decidió abdicar de motu propio.

De todas maneras, si obvias la posible lección de Historia y no buscas la enésima patada a la entrepierna de la flema británica, disfrutarás de una película muy bien realizada y mejor actuada.

miércoles, 5 de enero de 2011

Toda la verdad sobre los efectos positivos de los centros comerciales en el ser humano

Los voy a enumerar cuidadosamente... hmmm, déjame pensar... vale, ya está: ninguno.

En efecto, los centros comerciales generan puestos de trabajo y potencian el consumo... pero ¿eso es positivo? Trabajar no lo es, desde luego. Las necesidades no son positivas ni negativas, si acaso son necesarias. Tampoco resulta provechoso cobrar poco por echar muchas horas en trabajos que no suelen culminar las aspiraciones profesionales de casi nadie.

Ahora vamos con el consumo. Cuando una persona entra en un centro comercial automáticamente se despiertan necesidades consumistas que o bien se encontraban en estado de letargo o bien surgen de los cantos de sirena del entorno.

Pero, pensaréis muchos, el Gobierno, el Financial Times, el Banco Mundial, es decir, todos los organismos importantes del planeta están de acuerdo en que resulta imprescindible estimular el consumo. Las teorías macroeconómicas en las que se basan les dan la razón. Yo no.

Si el Sistema se tiene que sustentar gracias a los veinte o cuarenta o cien euros que nos gastamos un solo día en el centro comercial sin que en realidad necesitemos para nada restar ese dinero de nuestra estrecha economía, algo huele a podrido.

Pongamos como ejemplo un centro comercial cualquiera, el de Glòries en Barcelona. El gran reclamo original es un Carrefour, pilar primigenio del centro, que ahora se encuentra rodeado por una miríada de galerías de tiendas de las franquicias de siempre, de manera que para hacer la compra semanal es necesario pasar por todo un repertorio de tiendas. No es que resulte imposible acceder al Carrefour, comprar las cosas básicas y largarse, pero requiere de unas dotes estratégicas que no creo que nadie se tome la molestia en emprender. Otro asunto es que comprar en Carrefour suponga realmente un ahorro (teniendo en cuenta la calidad). Me faltan datos y ganas para dar una respuesta satisfactoria.

Volvamos al entorno del centro comercial. En el exterior suena una música extraña. Se parece a la célebre banda sonora de La guerra de los mundos de Jeff Wayne, pero no acaba de ligar una melodía. Es, cuando menos, inquietante. A mí me hace sentir como en una especie de espacio de nadie, poco humanizado. ¿Una técnica para aumentar las ventas? No creo que los responsables de los centros comerciales dejen nada al azar.

Otro detalle: en la parte central, en una especie de ondanada se emplazan casi todos los restaurantes. La calidad media es muy baja y, sin embargo, están llenos en un domingo. La mayoría pertenecen a marcas de comida rápida de sobra conocidas. En el centro, casi desnudo, de la terraza hay un solo columpio, que resulta ser una especie de silla en la que los críos dan decenas de vueltas hasta marearse. Esta escasez de juegos infantiles provoca que los niños corran de un lado a otro hacia las galerías o entre las mesas de los “restaurantes”. Una estructura ornamental empinada y dura como una roca se convierte en la atracción favorita de los más pequeños. Supongo que alguno se habrá roto un par de huesos, pero por supuesto carezco de datos.

Otra particularidad que la gente pasa por alto, pero que cae por su propio peso: ¿Se puede ir a un centro comercial sin dinero? No. Quizá unos minutos, pero todo está montado para que el visitante/cliente no encuentre ningún espacio tranquilo en el que sentarse a charlar con sus compañeros o, simplemente, relajarse.

Algunos diréis: yo he ido muchas veces al centro comercial sólo para mirar tiendas. Sé que decís la verdad aunque quizá os falle la memoria: ¿cuántas veces realmente os habéis ido sin comprar ni consumir absolutamente nada? Aunque tengáis esa estimable fuerza de voluntad, quiero compartir esta reflexión con vosotros: casi todo el mundo que cree que va sólo a mirar al centro comercial, lo que está haciendo es seleccionar lo que comprará en su próxima visita.

¿Quiero decir con este artículo que los centros comerciales deberían evitarse como la peste? En absoluto. En el fondo, he utilizado vuestra paciencia lectora para examinar a qué se debe mi propia animadversión por estos lugares. Si me meto en el terreno personal y puramente subjetivo, extraigo otras conclusiones que quizá sólo se puedan extender a cuatro gatos (raros, como yo): detesto las multitudes que andan como pollos decapitados, no soporto las franquicias de ropa de baja calidad a precios apenas un poco más económicos, odio la comida basura y, por encima de todo, creo en un mundo en el que se pueda salir a respirar aire puro sin gastarse un solo céntimo. Por no hablar de la música, de la publicidad y del aire viciado que me llevo a casa tras pasar por uno de estos centros comerciales.

Tal vez podría haber escrito este artículo con una sola frase: “no me gustan los centros comerciales”, pero a mí me interesa el por qué, que no debe confundirse con la verdad. Como mucho será mi verdad y aquí la comparto con vosotros.

sábado, 1 de enero de 2011

Esperanzado

2011 empieza como terminó el año anterior y me temo que en el plano mundial nos esperan los mismos ingredientes: globalización a saco, mentiras mediatizadas, injusticias sin asomo de vergüenza y poco margen para creer que nos van a dejar asomar la cabeza bajo la pesada losa de la crisis, que es una excusa real, pero una excusa al fin y al cabo para jodernos la vida.

Sin embargo, creo en el ser humano. Lo digo de veras. Matizo: no creo en la confraternización de los pueblos ni en llegar a dar y recibir amor como un predicador. Es más sencillo que todo eso: veo en los cuatro amigos de siempre, y sobre todo, en mi familia y mi pareja los asideros suficientes para dar las gracias por estar vivo.

Y una forma muy sencilla, quizá poco épica y notoria, de demostrarlo es dejarme querer por ese puñado de personas y devolverles el cariño como bien pueda.

Estas palabras no tendrían ningún interés para ti, lector o lectora, que sigues mis parrafadas con infinita paciencia si no fuera porque lo que vale para mí también sirve para ti. Y viceversa.

Te contaré lo que me ha ocurrido al escuchar cientos de veces eso de que la felicidad está en las cosas pequeñas. Realmente pensaba que este dicho se refería a los amaneceres, las plantas en las orillas de los caminos, las mariposas, etc. Y la verdad... pueden resultar agradables, pero no eran suficientes para insuflarme esa tranquilidad y ese ánimo al alza que yo asocio con la felicidad.

Ahora lo entiendo de otra manera: es verdad que disfrutar de las cosas sencillas ayuda, pero creo que ese dicho se refiere a la importancia que tiene fijar la vista, y no sólo la vista sino todos los sentidos, en lo más cercano y concreto.

Es decir, en lugar de frustrarnos por no poder conseguir un ascenso en el trabajo o una casa con jardín, vamos a sacarle partido a lo que sí tenemos. Sin conformismos. Siempre con nuestras metas, pero sin amarguras innecesarias. Al fin y al cabo vivimos con lo puesto. Como dice la canción de El último de la fila: “mi patria en mis zapatos, mis manos son mi ejército”. Y, además, añado que si pisas el mismo suelo que yo, quizá podamos acabar bailando, y que si me das la mano, a lo mejor me olvido de que tengo un arma en potencia y te doy un abrazo y, por ésas, te transmito el calor que nos ayuda a vivir.

El camino depende de cada persona. A mí las cosas me satisfacen hasta cierto punto. Pronto me acaban aburriendo. Los triunfos que a veces he ansiado ahora me producen un desinterés casi exagerado. La paz la encuentro sobre todo en los gestos de las personas que me quieren. De todas maneras, si he de ser sincero, sólo me siento plenamente feliz cuando soy yo el que toma conciencia de estar amando, de una forma sencilla pero práctica, a esas personas que me importan.

A pesar de que puedo estar soltando una perogrullada, no me avergüenzo de ello. A mí sólo me gusta mentir para decir la verdad, mi verdad, y para esto vengo utilizando los mecanismos de ficción que voy aprendiendo. En este blog alterno ficciones poco elaboradas (ni mejores ni peores, sólo menos trabajadas) con estos testimonios sinceros (sin apenas filtros). No engaño a nadie ni quiero dar lecciones ni pretendo irme con la conciencia tranquila a la cama. De todas maneras, si a alguien le sirve mi experiencia, ya me doy por satisfecho.

Quién sabe, quizá yo mismo un día de éstos tenga que releer este texto para que la luz se abra paso entre las tinieblas.