jueves, 31 de marzo de 2011

Libertad condicional (entre el pozo y el péndulo)

Todos los temas en este país tienen que pasar por el binomio PP-PSOE.

No hay forma de dar tu opinión en contra de la versión oficial del partido en el que te hayan ubicado. En cuanto dejas caer tu libre opinión, alguien te recuerda que el partido (tu supuesto partido) recomienda lo contrario. ¿Y qué? ¿Desde cuándo cobro una nómina del PP o del PSOE?

martes, 29 de marzo de 2011

El fenómeno de la cristinización

Del estereotipo de macho ibérico fomentado por el franquismo apenas quedan resquicios: la mayoría, ya entrados en años, se han visto anulados por el éxito de las películas de Torrente.

Aquel protohombre español se caracterizaba por ostentar un poderío físico y una rudeza que hacían pensar en la parte más animalesca del ser humano. Por supuesto, lo peor de la idea base estaba en los imitadores: bajitos, regordetes, luciendo pelambrera, jactándose de su machismo e incultura general y caracterizados por una forma de vestir hortera y un vocabulario malsonante.

Los tipos duros de hoy en día han cambiado los sacos de cemento por las sintéticas pesas del gimnasio, los filetes por los complejos vitamínicos y el vello corporal por una piel depilada y supuestamente tersa.

domingo, 27 de marzo de 2011

Breve recordatorio sobre la calidad humana de nuestros periodistas

Piqueras tiene sus prioridades.
El día 11 de marzo, cuando el terremoto más grave en muchos años sacudió Japón y provocó el posterior tsunami, el espacio de noticias de Pedro Piqueras arrancó con una ligera mención al cataclismo. Eso sí, prometió retomar la noticia enseguida. Antes tenía que tratar otro asunto más grave. O al menos, eso creyeron sus espectadores.

¿Acaso se trataba de las revueltas en los países islámicos? Ni hablar, en uno de los días más negros de 2011, se postergó la información sobre el terremoto para hablarnos de la pugna de tres falsos vaqueros semidesnudos que exhiben sus encantos en Times Square (Nueva York), donde hacen las delicias de los turistas a cambio de la voluntad.

viernes, 25 de marzo de 2011

Pasamos de las 5.000 visitas: os merecéis un premio

Estoy muy feliz de que hayáis recibido este blog con tanta generosidad. Tanto que es posible que haga algo que en principio nunca se me habría ocurrido: se trata de publicar una novela en el blog.

¿Cómo? Con el formato clásico de las novelas que surgieron con la prensa en el siglo XIX, por medio de entregas semanales. Serán capítulos breves para que se puedan leer del tirón.

Incluso a mí me extraña haberme decantado por este formato. Hace unos años habría preferido comprarme un submarino para torpedear los yates de los editores.
Es cierto que podría autoeditar la novela, gastarme un dineral enviándola a concursos o guardarla en un cajón hasta que la fortuna me sonriera. Pero, ¿de qué sirve si en el fondo lo que importa es que se lea?

Dejadme qué piense el mejor modo de presentarla y muy pronto la tendréis aquí. Ah, una cosa importante, lo que sí tengo claro es que los comentarios que colguéis resultarán muy útiles: las ideas que me interesen servirán para mejorar (espero) una novela que se gestará con vosotros como testigos. Para no interferir, me abstendré de responder a vuestros comentarios.

Más noticias próximamente...

Aullando a la normalidad

 La loba piensa: "nunca serás normal"
Quiero pensar que soy normal, que cuando hago cosas raras, las hago dentro de mi normalidad.

De un tiempo a esta parte me da por querer congraciarme con todos mis enemigos, que no son pocos, y que no casan con mi autoconcepto de buena persona. Quiero pensar que es normal, porque a más gente le ocurre. Es decir, uno pierde y gana amigos sin querer. Por ataques deliberados me habré granjeado un par de enemigos en toda mi vida. Por errores habré perdido muchas amistades (sin odio ni rencor). Y algún enemigo me ha caído porque era inevitable. Supongo que el mío no es un caso especial.

jueves, 24 de marzo de 2011

El programa que más odié en 2010

Viene un personaje anónimo, normalmente un tipo, y se sienta en un plató rodeado de público. Una presentadora con mucho kilometraje en esto de la telebasura lo prepara para una sesión de preguntas sobre su vida privada.

En teoría, son cuestiones que el propio sujeto ha confesado en uno o diversos tests previos. El caso es que siempre destacan situaciones humillantes para el concursante o los miembros de su familia, amigos o amantes, presentes entre el público y con una cámara muy atenta a sus reacciones.

En efecto, se llama El juego de tu vida y lo presenta la pérfida Emma García, tan bella como oportunista y poco provista de ética (Su programa A tu lado organizó el secuestro del horario televisivo infantil hasta que Sálvame le dio el relevo).

martes, 22 de marzo de 2011

Nos han llevado a la guerra de la mano y tan contentos

Estamos en guerra y casi no nos ha dado tiempo a sorprendernos. Esta vez lo han organizado de maravilla. Felicidades a los belicistas, incluido nuestro Gobierno.

Tan bien les ha salido la jugada que, a pesar de su lógica aplastante, cuesta relacionar este ataque a Libia con la venganza prometida por Bush tras el 11S.

Primero, las revueltas islámicas, aparentemente populares. Luego, la catástrofe del terremoto y el tsunami y el desastre nuclear de Japón. Como llovía sobre el suelo empantanado, una parálisis mundial por la crisis económica, nadie se opondría a la caza del chivo expiatorio. Ahora le ha tocado a Gadafi.

domingo, 20 de marzo de 2011

La casa del abuelo

Estaba allí sentado. Como si esperara a que el tiempo le diera la razón, bajo su techo de parra, en un sillón viejo, en su patio.

Le vi y él me vio, o al menos eso pensé porque no me saludó en cuanto entré por el sendero como solía hacer. Aceleré el paso para que no se levantara del sillón hundido en el suelo de retazos. Me acordé de cuando era al revés y él salía de la casa enseguida que escuchaba el sonido del coche, fuera mi padre o yo.

A pesar de que le temblaban las piernas, sintiendo su esfuerzo en las manos arrugadas sobre el bastón y el brazo del sillón, mi abuelo se levantó.

sábado, 19 de marzo de 2011

Se busca: intérprete de sueños


Las noches que duermo poco sueño con un cóctel de todo lo que me ha llamado la atención durante las últimas horas. Por suerte, cuando entro en esas fases de recopilación de datos, durante el sueño soy consciente de que aquello no va muy en serio. La prueba es que me despierto varias veces y luego continúo con la historia, como si inconscientemente decidiera seguir... a ver qué pasa.

Otros sueños, llamémosles pesadillas, se me repiten cada cierto tiempo y, a pesar de que siempre presentan los mismos elementos, me crean una gran angustia. No es que sean particularmente terroríficas, es que me las creo de principio a fin.

jueves, 17 de marzo de 2011

Torrente 4: la caspa por la pasta o viceversa

Sale una tarde lluviosa, te sienta mal la siesta, no se te ocurre nada qué hacer y acabas en el cine.

Normalmente revisas la cartelera antes de ir a un multisalas o a otro. Sin embargo, ese sábado tienes que hacer un par de recados y aprovechas para hacerlos. Muy cerca cae un multicines y le dices a tu pareja: ¿nos arriesgamos? Y os arriesgáis.

Tengo que decir ahora que en el ambiente flota una amenaza más que real. Como dije antes, hay días que no estás para darle muchas vueltas a la cabeza. Deberías haber hecho cuentas: con el estreno de Torrente 4, ninguna película que quiera competir en taquilla se atreverá a salir al ruedo este fin de semana.

La encerrona está cantada: en el cine, y a las diez y cuarto, sólo puedes optar entre tres películas. Ya has visto las otras dos porque llevan casi dos meses en cártel. Por descarte, y cabizbajo, pides un par de entradas para Torrente 4.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Rango, una rareza con poso

Qué tiempos aquellos, nada memorables, en los que la única película de animación de estreno venía firmada por Walt Disney y aterrizaba puntual cada Navidad. El resto del año, a pan y agua.

Ahora estamos viviendo una época que nos sitúa en el otro extremo. Hay tanta oferta de estrenos de dibujos animados que las familias se las ven y se las desean para elegir una u otra (aunque dispusieran de tiempo y de dinero, no las podrían ver todas).

Si de algo nos podemos quejar los que disfrutamos con el buen cine, sea en color, blanco y negro, dos dimensiones, con personas o con dibujos, es que se está imponiendo una especie de película que trata de abarcar todos los públicos. Una especie de rémora globalizada cuya máxima aspiración suele ser, como dije de El discurso del rey, que no disguste a nadie.

No es el caso de Rango, una película de animación arriesgada. Puro arte, dinamita en manos de un cinéfilo y una decepción para las familias palomiteras que busquen un entretenimiento más de domingo por la tarde.

martes, 15 de marzo de 2011

Pervertir la historia para legitimar lo abominable

Nadie se pone de acuerdo: ¿Hitler estaba loco o “sólo” era un ser maligno? Quizá la tendencia a separar los temas en dicotomías ayude poco a arrojar luz. Más bien, todo lo contrario. Puede que un desequilibrio determinado, o en el caso del dictador una centena, conduzca irremisiblemente a la maldad. Desde luego, la ambición exagerada está muy lejos de la inocencia, que se presupone pura.

Sin embargo, también un ser inocente puede causar el mal, aunque nadie crea que se trata de un ente malvado.

No es lo mismo ser malo que actuar mal. Falta el ingrediente básico: la mala fe.

En el caso de otro despiadado nazi, Heinrich Himmler (recién muerto en la foto), las dificultades para llegar a una conclusión más o menos definitiva se multiplican. Este Comandante en jefe del tercer Reich y Ministro del Interior escapa de la definición de inocencia que todos tenemos en mente. Tampoco parece posible que un hombre totalmente enajenado pudiera situarse durante tantos años a la cabeza del régimen nacionalsocialista.

Sin embargo, todo parece confirmar que, cuando Himmler creó la Ahnenerbe, una sociedad secreta dedicada al estudio del origen del pueblo alemán, él estaba convencido de que se embarcaba en una misión importante.

Aparte de promover los experimentos más inhumanos con presos y colaborar activamente en el exterminio sistemático de judíos, homosexuales, comunistas y gitanos, a Himmler le obsesionaba la idea de justificar la superioridad de la novísima raza aria respecto a las demás.

Él mismo, guiado por sus científicos predilectos, se metió en un callejón sin salida al inventar una extinta raza nórdica como origen del pueblo alemán. Los pocos vestigios de civilizaciones antiguas de los escandinavos y germanos contrastaban con el amplio muestrario paleontológico, artístico y literario de otras civilizaciones mucho más distantes geográficamente, desde los sirios a los egipcios pasando por los chinos, mongoles, indios o japoneses.

Sólo el miedo de sus colaboradores justifica un sinfín de teorías sin sentido que debían encajar con la negación de Himmler a asumir que el hombre venía del mono y que, además, se empeñaba en ligar al hombre de Cromañón con la pretendida raza nórdica y, a ésta, con una raza asiática capaz de generar un acervo cultural inédito en el Norte y Centro de Europa.

La sociedad secreta de Himmler, a pesar de los recelos del fúhrer y de las urgencias de la Segunda Guerra Mundial, siguió operando en todo el mundo. Entre sus misiones estaba establecer los límites de la Atlántida, encontrar el martillo de Thor y otras muchas sandeces.

Himmler llegó a creerse, a pies juntillas, que los padres de Buda fueron dos nórdicos de pura cepa. Y encontró en tan noble origen la justificación de que fuera necesario recorrerse medio mundo para recoger muestras de los ancestros de los arios. Al parecer, los nórdicos se habían visto obligados a mezclarse con los nativos asiáticos para no correr riesgos genéticos con los descendientes.

Por cierto, una supuesta super-raza nórdica en la que no cabrían ni Himmler ni su admirado Hitler. De hecho, yo diría que pocos miembros de la cúpula de oficiales nazis podría merecer tan dudoso honor. Sin embargo, Himmler consiguió demostrar que durante más de 400 años sus antepasados no se habían cruzado con ningún judío hasta que topó con un apellido muy similar al actual Coen o Cohen, de origen semita, y le fabricó un origen nórdico.

Sin duda, Himmler fue uno de los mayores criminales de la trágica era nazi. Por eso contrasta todavía más que apoyara decenas de investigaciones carentes de sentido y carísimas mientras su imperio empezaba a desmoronarse.

Al final, el misterio que más llama la atención es que Himmler sea, a la vez, uno de los arquitectos de los planes más terroríficos de la historia, un hombre extremadamente ordenado y culto, y un supersticioso capaz de creerse un sinfín de tonterías sin base ni fundamento.

De todas maneras, a mí la figura de Himmler me interesa menos que hacer hincapié en la infinidad de recursos que este asesino empleó en una tarea aparentemente quijotesca. ¿Por qué lo haría? ¿Estaba loco? ¿Es que no le importaba tirar el dinero incluso cuando estalló la guerra?

Para mí está claro: el régimen nazi estaba perpetrando tales salvajadas que sólo una justificación histórica podía calmar algunas conciencias.

Por eso, en las mesas de novedades de las librerías siempre encontrarás el típico libro que asegura haber buceado en la historia para dar las claves de, por ejemplo, la guerra civil española. Si lees el currículum del autor o autores encontrarás alguna conexión con la COPE, o el grupúsculo de Pío Moa, Federico Jiménez y Pedro J. Ya no necesitas leer más. ¿Merece la pena gastarte el dinero y emplear tu tiempo para soportar que alguien te convenza de que la Guerra Civil no la iniciaron Franco y sus falangistas?

Pero surgen más dudas: ¿para qué querran convencer a los incautos de una mentira del pasado? Ahí es donde nos toca temblar: quizá sólo estén preparando el caldo de cultivo para crímenes futuros (o presentes). Imagínate: si lograran que todos los españoles creyeran que la democracia va en contra del espíritu patriótico, de la raza y de nuestra condición de españoles, tendrían vía libre para otro levantamiento. Aunque seguramente se conforman con que gane el PP y les regale más emisoras, más canales y más cargos bien renumeados. De paso, si retocan la Constitución para restarnos libertades, mejor que mejor.

Por eso cuando me encuentro con libros, artículos y discursos de este tipo me dan ganas de fabricar una máquina del tiempo y llevarme a Garzón a la época de la transición española para que todos los franquistas paguen sus abusos con la cárcel.

Con la misma máquina del tiempo, me encontraría con Heinrich Himmler en la Alemania de, digamos, 1939 y le diría: señor asesino, encuentre usted el Santo Grial, Excalibur e incluso el anillo de Tolkien, porque de todas maneras los nazis sois todos unos hijos de perra. Luego, seguramente me freirían a tiros, pero eso ya es otra historia.

lunes, 14 de marzo de 2011

A un amigo

Cuando menos te lo esperas, cuando ya estás preparado para escribir un artículo tóxico sobre la sociedad del desastre, te llama un amigo por teléfono y te dice que hará treinta kilómetros por la noche, a eso de las nueve, tras un día agotador de trabajo, y antes de otra jornada infernal en un instituto. Sólo por charlar un rato contigo.

No debería ser una sorpresa que este amigo se ofrezca a regalarte su tiempo a pesar de la inmejorable compañía de sus dos niños pequeños y su mujer. Al fin y al cabo, ya lo ha hecho alguna vez. Será que uno se ha a acostumbrado a jugar en la liga (ficticia o no) de los que reciben disgustos o el simple ninguneo.

Por eso no sabes cómo agradecérselo y la culpabilidad te pierde. Hasta tal punto que le dices que no arranque el coche, que se quede en casa con su pijama y su familia, que no merece la pena. Te hace caso, pero al día siguiente, una hora antes, te llama de nuevo y esta vez no te queda ninguna duda: no tienes ningún derecho a poner tu ego-culpabilidad por delante.

Merece la pena comentar un gesto así: una persona de la que te sientes orgulloso, porque crees que trata de esforzarse en todo lo que hace, y porque consideras que realiza más cosas por los demás que por sí mismo; una persona, a todas luces mejor que tú, decide venir a visitarte.

Es cómodo tratar a alguien así. No necesitas esforzarte, porque nunca estarás a la altura. Así y todo, ya que sólo puede quedarse media hora, eliges un bar agradable en lugar del local apestoso cerca de tu casa.

Cuando se marcha, uno se cuestiona su propia pequeñez. La gente tiende a imaginarse virtudes inexistentes en las personas que saben hablar o escribir. Sin embargo, no les da por atribuirle cualidades extraordinarias a los que nadan muy bien, cocinan de cine o controlan a la perfección el bricolaje.

Jaume, que así se llama mi amigo, me conoce desde antes que me diera por sacar a la luz lo que escribo. Yo no sé si me verá diferente si algún día consigo escribir bien y que me publiquen y todo eso. De todas maneras, nunca me he propuesto dármelas de lo que no soy con nadie y menos con amigos como él. Qué estupidez.

Estoy en una etapa en la que observo más que hablo. Y lo que observo, principalmente, es que la gente con la que he tratado de madurar va cosechando sus frutos: parejas que se consolidan, hijos que crecen, cierta tranquilidad económica, mayor sabiduría, un sitio fijo en el que vivir, etc.

De lo anterior poco o nada tengo. En cambio, de eso mismo mi amigo Jaume puede dar ejemplo. Por eso, mientras cojo de la mano a una chica maravillosa (cuyo aguante también escapa a mi comprensión), intento explicarme cómo puede ser que personas como Jaume hagan un solo kilómetro para ver a tipos como yo.

Al menos esta vez no se me ocurre atribuirme el mérito. En lugar de mirarme el ombligo, pienso en una forma de transmitirle mi agradecimiento y, ahora mismo, me gustaría ser un poeta competente para brindarle un mejor homenaje que estas líneas.

NOTA: Dedicado a Jaume Oliver, buen traductor, buen profesor y mejor persona.

sábado, 12 de marzo de 2011

Phil, no te merecemos

Hace pocos días se retiraba uno de los maestros indiscutibles de la música contemporánea. El otro día Phil Collins anunció que dejaba la escena y apenas mereció una breve mención dentro del amplio saco de curiosidades de los noticiarios, junto al oso que irrumpe en una tienda de Wisconsin.

Parecía que el programa de Buenafuente (8-3-11) iba a arreglar el desaguisado, pero su humor de fina seda blanca se convirtió en una estriada media de carnaval. Berto lo imitó sin gracia mientras aparecían imágenes destacando en varios planos la calva de Phil Collins como si se tratara de la alopecia más rara del mundo (¿dónde estaban cuando todo el mundo decía que Xavier Deltell era el doble español de Phil Collins). Peor aún, como si no hubieran salido nunca a la calle (de calvas ridículas andan sobradas las calles), o no se hubieran fijado en ejemplos de calvas realmente extrañas como la de Zidane.

Tampoco hicieron gracietas a propósito de su sordera, que ya puestos, siempre da juego en un músico, al igual que resultan cruelmente graciosos los pintores ciegos.

De toda su carrera musical los poco inspirados guionistas del Terrat hicieron chistes a costa de Sussudio y su significado, y se mofaron de la fácil melodía de Another day in Paradise. Fácil en los ochenta, ¿ahora quién compone una pieza así?

Ninguna mención a su paso por Genesis, nada sobre su colección de himnos inmortales, ni sobre su honrosa despedida del show business.

Seguramente ignoran que en 2010 sacó un disco titulado Going back, y que es un monumento al ritmo más genuino de la revolución del rock negro. En su último disco homenajea el sonido motown de los sesenta y setenta con tanta solvencia que demuestra que hay que ir por la vida con algo más que un oído afinado para construir un álbum tan soberbio. Es cierto, todas las canciones son clásicos. O sea, no ha compuesto ni un solo de los temas. Es más, sus más feroces críticos no vieron con buenos ojos que casi calcara las versiones gracias a la participación de los genuinos The Funk Brothers.

Sin embargo, a Phil Collins no le perdonaron que cantara temas de otros. Un aspecto que los críticos nunca tendrían en cuenta a Elvis Presley o Frank Sinatra, que en sus extensas carreras no llegaron a componer ni un cinco por ciento de los temas. Todo lo contrario que Phil Collins. Por no hablar de su diligencia a la hora de tocar un instrumento.

Creo que tengo derecho a cabrearme. Vaya mierda de despedida le dieron a Phil Collins en las televisiones. Como si no se tratara de un artista que ha transitado desde el rock progresivo hacia el rock pasando por el pop, el R&B, el soul y la composición para bandas sonoras.

Confundido, enciendo la radio y veo bastante improbable que Rihanna, Duffy, Lady Gaga y compañía escriban algo que se parezca a In the air tonight, Mama, Home by the sea, Invisible Touch, etc. Ni siquiera creo que igualen una interpretación como la que el señor Collins nos regala en su último álbum de (Love is like a) Heatwave cuando los signos de su sordera, la vértebra dislocada y los problemas nerviosos ya eran evidentes (sobre todo para tocar la batería).

Sin embargo, mañana, pasado y al tercer día se hablará de ellas justo antes de los deportes. Si los Jonas Brothers, Justin Timberlake o el recién llegado y totalmente prescindible Justin Bieber se lo permiten. Y nosotros a a cerrar la boca porque ya no nos cabe más mierda.

A todo esto el disco Going Back merece mucho la pena. Sólo por la selección de temas ya podría pasar por una de las mejores recopilaciones del sonido motown. Además, suena de muerte.

viernes, 11 de marzo de 2011

El fútbol del Barça: una obra de arte

Fíjate en la foto: puede que no ilustre a la perfección el artículo, pero los dos, en lo suyo (el fútbol), son artistas. Dos de los mejores maestros de este deporte, que a veces parece más que un juego físico y mental.

Entiendo a los que identifican el fútbol con un montón de prejuicios: los fanatismos, la comedura de tarro, el deporte hecho espectáculo antideportivo, el circo de las vanidades, el opio del pueblo ateo, la comidilla de los que no leen libros, etc.

Estoy de acuerdo: el fútbol puede ejemplificar todo lo anterior. Sin embargo, también es el deporte que practican tus hijos y que les hace sentirse bien; o la tabla de salvación de los que no tienen más motivos de satisfacción; o el entretenimiento más al alcance de los analfabetos funcionales; o un estupendo pasatiempos para las mentes que necesitan relajarse.

O, si se trata del Barça de Guardiola, una obra de arte.

Es fácil afirmarlo si te gusta el fútbol y, además, sientes los colores del Barça.

Pero tienes que creerme: yo no soy de los que se tragan cualquier partido. Soy incluso de los indeseables que dejaron de ver partidos del Barça cuando lo entrenaba Rexach y Serra Ferrer. Si tuviese asiento en el Camp Nou, seguramente me uniría a una de las peores aficiones del mundo y no aplaudiría hasta que mi equipo se llevara el gato al agua. Soy exigente y vago, como los que llenan el campo del Barça.

Tampoco soy un analfabeto. Sin embargo, aunque no derrocho imaginación cuando llega el momento de planificar mi tiempo libre, tengo más recursos que ver, por decreto ley, un partido de fútbol.

No obstante, creéme si te digo que este Barça te ofrece la coordinación exacta entre jugadores muy distintos entre sí, pero que parecen coordinados por una fuerza invisible. Su juego ofrece una gran riqueza de recursos tácticos y, cada uno de ellos, la más excelsa expresión técnica de lo que una persona puede hacer con un balón.

En conjunto, el F.C. Barcelona es una máquina de crear jugadas imposibles como si fuera lo más normal del mundo. Como una escena de Velázquez o un paisaje de Turner. O una sinfonía de Chaikovski. O una película de Ozu. O... lo que tú consideres arte con mayúsculas desde la aparente proximidad.

Te puedes quedar con la belleza plástica a vista de pájaro de los toques de balón de unos jugadores que, por lo pronto, parecen jugar de memoria cuando de repente sacan su genio inconfundible. Te puedes diplomar en fútbol avanzado y observar cómo se posicionan y se ayudan cuando el balón queda muy lejos.

O puedes fijarte en el jugador que más te guste: lo más sencillo, apetecible y recomendable es seguir a Messi. Cuando alguien definió a Romario como futbolista de dibujos animados se precipitó: Messi estaba en camino.

En grupo, o jugador por jugador, el Barça ahora mismo te ofrece arte. No sé cuándo podrás volver a ver un fútbol de este calibre si te lo pierdes. Podría acabarse este mismo año. Ojalá que no. Aprovecha y disfruta de las exhibiciones de este Barça. Luego, si te apetece, debatimos sobre los muchísimos defectos del fútbol como producto de consumo. Incluso podemos estar de acuerdo en que el Barça debería estar menos politizado y en muchas otras cuestiones. Permíteme, de todas maneras, que me despida destacando el arte que despliega un equipo irrepetible.

Propón tus temas

Dime sobre lo que quieras que hable y si me veo capaz, aceptaré el reto. Ojo, siempre desde mi punto de vista. Intentaré verlo también desde tu lado de la valla, pero no aceptaré imposiciones sobre la posición que debo adoptar.

Cada semana buscaré tus propuestas entre los comentarios. Para que tenga sentido, haré algo que nunca he hecho: usar la goma de borrar con cualquier propuesta que no vaya en serio. Incluso si son chistes graciosos: los borraré sin piedad.

Sé feliz y pónmelo difícil con los temas. ¿Quieres un premio? Ve a Gran Hermano. Allí no necesitas leer ni escribir.

jueves, 10 de marzo de 2011

La Vila Joiosa, un pueblo de cine (todavía)

Mi abuela, a sus ochenta y tantos años, todavía recordaba una fecha clave para la historia de La Vila Joiosa, la inauguración de la estación de tren, de la mano del rey Alfonso XIII.

Todo el pueblo fue hasta allí para ver a su Majestad, aunque muchos sólo se encontraron con ellos mismos y un ambiente de feria, con organillos y puestos de dulces. Al menos es lo que recuerdan.

Cuando iba al colegio, a finales de los ochenta, casi todos los maestros contaban la misma historia: La Vila Joiosa era una ciudad desde que el rey Alfonso XIII le había cedido ese privilegio.

Ignoro si coincidieron en el tiempo la inauguración de la primera estación de ferrocarril y la decisión de otorgarle el rango de ciudad a La Vila Joiosa. Incluso es posible que Alfonso XIII, siendo uno de los más cobardes borbones y un pésimo político, enviara a un doble a mi pueblo y ni siquiera se enterara nunca del cambio cualitativo para los vileros.

Sé que me muevo en terrenos pantanosos si digo que para mí La Vila (La Vila Joiosa es el nombre real, Villajoyosa es la criminal traducción franquista, pero todos lo conocen como La Vila) es, desde que tengo uso de razón, un pueblo. Para mí no tiene una carga negativa, pero si me lo preguntan, no tengo miedo a negarlo: la Vila Joiosa cumple con los peores defectos de los pueblos:

-Cuenta con tres o cuatro caciques localizados. Se les llama de usted y se les reverencia más que se les odia.

-La corruptela política no sabe de partidos y se traspasa de familia en familia. Antes, en tiempos de Franco, se elegían a dedo, ahora se les vota.

-La gente carece de espíritu crítico y quien lo tiene lo ejerce en la intimidad de su casa o tras la barra de un bar. Hasta cierto punto: no conviene amargarse.

-Se valora siempre más lo de fuera que lo de dentro. Misteriosamente, esta idea convive con otra aparentemente contraria: no se vive mejor en ningún otro sitio y el pueblo cuenta con tres o cuatro aspectos insuperables en el resto del planeta (en el caso de La Vila, las fiestas de Moros y Cristianos, el chocolate y supongo que algún plato local o quizá el clima). Creo que en las personas se le denomina complejo de inferioridad.

-La gente se sitúa en dos bandos: los vileros de toda la vida y los forasteros (aunque lleven viviendo cincuenta años o más). Los de toda la vida hablan un valenciano horrible, pero si algún día un forastero intentara hablarlo lo tacharían de impostor a la primera. Por tanto, los forasteros hablan en castellano con un deje extraño. De un tiempo a esta parte se está gestando un grupo despreciado por unos y otros, quizá dos: los extranjeros (los ricos, caprichosos y petulantes; y los pobres, delincuentes y despreciables).

-Por último, para no resultar odioso porque podría seguir y seguir, señalaré el elemento más llamativo: todo el mundo cree que si las cosas se hacen de una manera determinada tal vez no exista un cambio posible.

Dicho esto, reconozco que estas características no son exclusivas de La Vila (ya lo destaco arriba, pero lo repito por si acaso alguien quiere malinterpretarme a toda costa). Puede que haya un par de puntos muy discutibles, pero a poco que un vilero reflexione sobre su realidad tendrá que aceptar que se dan casi todas las circunstancias. Lo más subjetivo de lo anterior es, sin duda, que yo, porque así lo creo, denomino pueblos a todos los villorrios, aldeas o ciudades que cumplan con gran parte de los puntos expuestos.

Si algún lector de la Vila se siente maltratado en su orgullo quizá sienta curiosidad también sobre los motivos por los que este vilero desagradecido, transplantado para más inri en Barcelona, dedica un artículo a cagarse en la madre patria (desde luego, nada más lejos de mi intención).

Seguramente le vengan a la cabeza varios motivos posibles:

a) Un tal señor Orts andaba detrás de unos terrenos que me han expropiado para construir unos apartamentos que no se venderán en muchos años.

b) Me molesta que el PP, a pesar de habernos colocado durante dos legislaturas a un alcalde tramposo, siga gobernando a golpe de nepotismo y de corrupción. Puede que incluso me moleste que mis queridos vileros sean los culpables por haberles vuelto a regalar su conciencia en forma de voto.

c)Alguien me ha dado la tabarra en la barra de un bar sobre lo poco que evoluciona el pueblo, mientras meneaba la cucharilla de su carajillo, el mismo que se bebe cada día a la misma hora en el mismo bar desde hace veinte años.

d)Alguien ha respondido “ellos no tienen nuestras fiestas” tras escuchar mi comentario sobre lo bien que se lo han montado en Altea y El Campello para lograr tener unos paseos marítimos de calidad.

e) He ayudado a cruzar la calle a una señora y en lugar de darme las gracias, cuando me despedía en correcto valencià, me ha mirado con cara extraña y me ha preguntado: Tu “eres” foraster?

f) Un lector de este artículo cree que es imposible lograr que La Vila cree empleo o, algo mucho más fácil, que el paseo marítimo sea peatonal y, como mínimo, tan amplio y agradable como hace años. No se puede imaginar, de hecho, que las mejoras aplicadas a varios pueblos de la zona sean trasladables a La Vila.

g) Ninguna de las anteriores.

En efecto, la respuesta es la g. Nada de esto me ha sucedido en mi última visita a la Vila. A lo mejor lo explico y me acusan de frívolo. Me importa poco y la verdad es que todo este texto surge a partir de un sábado por la noche en la que se me ocurre ir con mi pareja a los cines La Vila a un estreno cinematográfico. En el total de las cuatro salas, a las diez y media de la noche, hay dos personas. Nosotros dos.

Cuando salgo de la película no tengo humor para comentarla. Sólo pienso en aquellos años maravillosos de los cuatro cines de verano y los dos de invierno. Me entristece pensar en los largos años que pasaron desde que se cerró el último cine, el Mediterráneo, hasta que el grupo Colci abrió los multicines La Vila. Creo que fueron cinco años. Quizá más.

Recuerdo que los adolescentes teníamos que hacer peregrinaciones en autobús a Benidorm para ver una película de estreno. Todos los vileros estaban de acuerdo: una ciudad no era posible sin la variable “cine” en su callejero. La alegría de la inauguración de las cuatro salas actuales duró un par de años. El último lleno absoluto debió de coincidir con los Oscar de Titanic.

Siento vergüenza ajena y propia cada vez que se apaga la luz en cualquiera de las cuatro salas de los Cines La Vila y descubro que estoy solo. A veces hay dos personas más. Otras veces somos cinco o seis. Si la película goza de buena reputación, no hay nadie más que yo. Y acabo saliendo del cine a las doce de la noche sin saber si es culpa mía o del pueblo entero que la única persona que todavía mantiene su puesto de trabajo en los cines se haya quedado hasta las tantas para poner una sola película a una sola persona.

A todo esto, si a alguien se le ocurre pensar que no quiero a mi pueblo, uno de los dos acaba de fracasar: o yo no sé escribir o el lector no sabe leer. Cualquier otra opción me resulta inconcebible, porque nadie se preocupa por criticar algo que no le interese lo suficiente. Aparte, en pleno siglo XXI prefiero pensar que ya no quedan muchas personas que vean el mundo en blanco y negro.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Falsedad y ficción: nada que ver

A raíz de las críticas recibidas por el post anterior, un monólogo hecho con prisas y sin mucha convicción (la verdad sea dicha); me gustaría compartir una reflexión.

Cualquier ficción, por elementos imaginarios que incluya, debe contener una gran dosis de verdad.

Supongo que hay que ser un grandísimo escritor para poder acometer un texto sin poner parte de uno mismo en lo que se escribe.

Tengo la sensación, de todas formas, que esa impostura sólo está en manos de muy pocos genios. Se me ocurren ejemplos muy representativos. Pocos dirían, sin ver la portada, que "El tesoro" lo escribió el mismo autor de "Los santos inocentes" o "El camino". Al igual que le sucede a Delibes, García Márquez no está a la altura de sí mismo cuando escribió "Memoria de mis putas tristes".

No es que busque excusas, ni siquiera me consuela. Sólo trato, con toda la modestia de la que un escritorzuelo insignificante es capaz, de hallar las huellas de la escurridiza verdad.

Por eso supongo que nadie en su sano juicio confía encontrarse una visión auténtica del mundo en un libro escrito a cuatro manos. Por eso, además, los bestsellers fabricados en cadenas de montaje, a partir de pastiches y los consejos de los expertos en marketing, dejan menos poso que una gota de agua destilada.

martes, 8 de marzo de 2011

Un monólogo por pelotas (de fútbol)

Con la costumbre que tienen en este país de hacerlo todo por pelotas, no me extraña que el fútbol tenga tanto éxito.

Hay gente que debe sentirse en la gloria antes de empezar los partidos, cuando ruedan por el césped decenas de bolas duras, como de cuero, golpeadas por hombres toscos, con las piernas robustas y peludas.

Desde luego que los hombres lo disfrutan. Yo creo que en el fondo buscan reafirmar su masculinidad. Y no me extraña que se utilicen el fútbol como escudo. Es el único deporte en el que nadie sale del armario. ¿Cuántos jugadores gays puedes nombrar? Que se sepa con toda seguridad, ni uno solo. Y haberlos haylos... Todo el día haciendo rondos, pases cortos, abdominales para luego acabar en la ducha... Si el roce hace el cariño, los jugadores de fútbol deben estar enamoradísimos.

Sin embargo, las que mejor se lo pasan son las mujeres.

Primero, si su pareja o amante se va al fútbol, eso ya es una alegría para ellas: ya tienen un motivo para chantajear al futbolero. Y eso vale su peso en oro.

Si el susodicho lo ve en la tele también cuenta: son minutos de la intimidad que el troglodita del hombre se atreve a robarle al tiempo de la pareja.

Algunas son muy listas, porque se quedan en el sofá y al final acaban viendo el partido. Sí, sí, puede que se pongan de morros con una revista entre las manos, pero de vez en cuando miran y, al final, lo disfrutan.

¿Y qué es lo que ven las mujeres? ¿Jugadorazos con una técnica y un posicionamiento táctico envidiables? Nada de eso. Ellas ven lo que hay: veintitantos hombres jóvenes de muy buen ver en calzones.

Las chicas (heterosexuales, se entiende) no necesitan disimular: se lo pasan pipa viendo a esos gladiadores del balompié y de vez en cuando se pueden permitir un piropo. A lo mejor piensan en el vecino cuando se maravillan por los glúteos de tal futbolista, pero el chico ni se lo imagina: ¿Y cómo se va a ligar ésta a Ronaldo? Cómo no lo secuestre...

Por tanto, las mujeres vuelven a demostrar su inteligencia con un plan sin fisuras: se ganan el derecho a una revancha, ven el partido, se regalan la vista y, para colmo, se desahogan con los piropos. Algunas incluso aprovechan la oportunidad para fantasear con otros hombres con la técnica de la gamba inventada por el barón: le quitas la cabeza al futbolista y le echas imaginación.

¿Es o no es un buen negocio? La cosa no queda ahí. ¿Qué pasa cuando pierde el equipo de un hombre? Una hecatombe.

Primero, el disgusto.

Luego, molestias estomacales, o sea, diarreas, cagalera, oro negro, etc. Por la noche, problemas para dormir, y por la mañana, para levantarse.

Y, durante todo el día... lo peor: el cachondeo de los compañeros de trabajo del equipo rival, los titulares del periódico que se ceban, porque mira que se ceban... Claro, ¿y de qué van a hablar si no? Los hombres, digo.

Lo que pasa es que esos temas metabolizan muy mal en el hombre. Un buen seguidor de su equipo somatiza cada gol y cada penalti fallado. Sacarle una tarjeta roja a su jugador favorito es como darle un pastel de cactus a un muerto de sed.

Ahora bien, ¿conoces alguna mujer con problemas de insomnio porque su equipo pierda un partido? Pues en la tele he visto a algunas llorar... En efecto, pero eso es porque saben desahogarse.

Los hombres prefieren insultar a todo lo que se mueve en el césped y cagarse en los pantalones en cuanto no tienen al hombrecillo del pito delante.

Si ese malestar se prolonga hasta la noche siguiente, la mujer obtiene dos recompensas: el sofá enterito y el mando de la tele. Además, sigue manteniendo su bono de la revancha, porque ésos, amigos, no caducan nunca.

Si la mujer tiene realmente mala leche puede levantarse del sofá, ver al hombre retorciéndose en la cama y decirle: ¿lo ves? Por culpa del fútbol otra noche que te quedas sin sexo y una falta más que te pongo. Ahora por pelotas que toda esta semana vemos en la tele lo que a mí me guste y, en cuanto a lo otro, a dos velas. Y por pelotas que será así.

pd: Pelín machista, simplón. No sé, es lo que me inspira la Paramount.
pd2: El autor del monólogo no piensa necesariamente como el personaje. De hecho, es mucho más bruto.
pd3: (22:05 pm.) Hasta hoy el único texto que ha merecido multitud de comentarios en Facebook al ser considerado el peor monólogo publicado hasta la fecha. Qué cabrones mis amigos los lectores que sólo comentan para hacer pupa. Es broma. Prometo mejorarlo. Más información en un próximo pd4.

lunes, 7 de marzo de 2011

Revueltas populares... ¡Y un cuerno!

Qué bonito es cerrar los ojos y creerse las historias que, en apariencia, acaban bien. Estos días la gente escenifica sus dosis de sonrisas y lágrimas, necesarias para espantar sus propia miserias, al abrigo de ese consolador enorme al que llamamos familiarmente tele.

Pobres los musulmanes que claman por su libertad y reciben los porrazos de los dictadores. Malditos mandatarios fanáticos, últimamente tan sádicos.

¿Últimamente? Algunas dictaduras en los países mal llamados islámicos (peor si se les llama árabes) tienen más años que los manifestantes que se congregan en las plazas.

Muchos de los lectores de este artículos apenas eran unos niños cuando Estados Unidos y sus aliados conspiraron para quebrar las frágiles democracias en los países más interesantes estratégica o comercialmente y colocar a gente de su confianza. Gente que conspiraba por el poder desde hacía mucho tiempo y que se sumaron al intercambio de favores con las grandes potencias sin dudarlo.

En el caso de Libia, a cambio de petróleo, por supuesto. Sin embargo, desde que se dio la voz de alarma: los recursos fósiles se agotan y, esta vez, de verdad, dejaron de resultar útiles. Máxime con toda la maquinaria industrial decidida a impulsar, por fin, alternativas al petróleo, desde los coches eléctricos a las energías menos contaminantes.

Qué curioso, si es verdad que las revueltas de Oriente Medio y África han surgido de forma espontánea entre el pueblo, que la situación privilegiada de la corona marroquí apenas se haya alterado un ápice. Resulta que Mohamed VI colabora con la administración estadounidense de forma eficaz.

Qué oportuno el Gobierno, el de España, al difundir la noticia de que ya no van a vender más armas a Libia. O sea, que hasta ahora sí le vendían armamento a Gadafi. ¿Desde cuándo? ¿A cuántos países más con regímenes autoritarios están ayudando a blindarse?

Todo en política internacional es un gran casino en el que la banca siempre gana. Con Obama, o sin él, Estados Unidos, Reino Unido, China, Rusia, Alemania y, siguientes, por orden económico-militar, manejan la banca. Lo que ocurre es que ya nos hemos vuelto ciegos de tanto mirar a los ojos de la injusticia.

Imagínate por un momento que Libia tuviese una base militar en una isla canadiense (Estados Unidos tiene una en Creta) y que pasease sus buques bélicos a pocas millas de las costas estadounidenses (Estados Unidos lo está haciendo por el Mediterráneo). Ya sé que cuesta, pero si te gusta ir por la vida con la verdad por delante, es el único camino. Me refiero a cuestionarse las versiones oficiales, no a dejarse adoctrinar por un servidor, desde luego.

Aunque, puedes dormir tranquilo, España se ha sabido colocar en el bando de los vencedores.

sábado, 5 de marzo de 2011

Primos: Sánchez Arévalo también ríe (y hace reír)

Tras su debut con Azul oscuro, casi negro (gran película, pero durísima), pocos se imaginaban que el tercer trabajo de Daniel Sánchez Arévalo fuera una desternillante película. Y es que no sólo de Amenábar vive el cine español. Hay talento para dar y tomar. Lástima que no se estabilice una industria del cine en España. Lástima también de los pícaros y caraduras que se dedican a vivir de rentas y de subvenciones.

De todas maneras, ir al cine porque la película que echan es española me parece absurdo. Tan ridículo como dejar de ir a ver films de Estados Unidos o de cualquier lugar del mundo.

El patriotismo y el cine se llevan especialmente mal. Como la literatura, como el arte en general.
Sin embargo, la comedia que propone Primos te dará más motivos de satisfacción que la última producción hollywoodiense en la que dos neoyorquinos se disputan su amor en el Caribe. Básicamente porque conoces a muy poca gente que se mueva entre Nueva y York y los Ángeles, se codee con supermodelos y pase los fines de semana en el Caribe.

Primos es una comedia española en el sentido que comentaba antes: todos los referentes forman parte de nuestro acervo común. Por supuesto exagerados, porque si no maldita la gracia que tendría.

Con todo, uno de los aciertos del film es que no abusa de los arquetipos. El trío protagonista, aunque podría pasar a primera vista por una nueva versión del bueno, el bruto y el raro, va más allá, dentro de lo que el género permite. De hecho, Daniel Sánchez Arévalo jugaba con fuego con este material, pues al trabajar tan bien sus personajes, al conseguir conferirles vida y profundizar en sus dramas y sus miserias, podría haber compuesto un dramón involuntario.

También tiene mérito que haya sabido darle una importancia similar a los tres personajes. Lo habitual (y lo más fácil) es que el protagonista principal, el primo al que dejan plantado en la boda, acabara cobrando protagonismo en detrimento de sus dos primos. Sin duda, él es el eje principal de la historia, pero los otros dos no funcionan como meras comparsas: tienen sus propias problemáticas.

Esta comedia presenta otra ventaja. Veamos, lo habitual es que una película ideada para provocar la carcajada del público recurra sobre todo a un mecanismo cómico, sea el gag tipo slapstick, más físico, sea el enredo de la trama, los juegos de palabras, etc.

Sánchez Arévalo incorpora una gran variedad de recursos cómicos sin descuidar el trasfondo humano de algunos personajes. Este logro, de nuevo, sería casi imposible si no hubiera compuesto un universo perfectamente verosímil.

¿Es una comedia redonda? Quizá por pretenderlo tanto no lo consiga. En cualquier caso, resulta del todo gratificante, pero se le pueden achacar un par de problemas: el principal es la urgencia con la que se rematan todas las subtramas de forma previsible. La verdad es que nadie puede dudar de cómo terminarán cada una de las historias que se inician. No es que quiera disculpar al director y guionista, pero sólo las obras maestras del género cómico consiguen evitar la poderosa atracción del final feliz que se vislumbra desde el inicio.

Tengo un segundo pero. Para mi gusto, eso de que el primer amor siempre se imponga a las nuevas oportunidades me deja un regusto conservador. Creo que es involuntario. Desde luego no se puede relacionar con el tópico de las ventajas del pueblo frente a la ciudad. Ahí el realizador ha estado muy hábil: no muestra un entorno urbano cosmopolita en ningún momento, por lo que no hay comparación posible.

Además, el pueblo, a pesar de su belleza (es Comillas, nada más y nada menos), dista mucho de parecer idílico: la gente de pueblo puede encajar mal a los visitantes y, sobre todo, puede sentenciar moralmente a sus propios vecinos. En ese sentido, el pueblo funciona como metáfora del espacio lúdico de los tres protagonistas, pero también como cárcel (preciosa) de los que tienen que vivir allí los 365 días del año.

Después de todas estas disquisiciones, lo importante: ¿hace reír? Sí, mucho. Y sonreír también. Porque si algo deja esta película es un buen sabor de boca que no va reñido con el realismo, o, mejor dicho, con lo verosímil.

Sólo por la primera secuencia de la película ya merece la pena. Nada más y nada menos que el conjunto de escenas rodadas en una iglesia donde más tacos se dicen por minuto. Ojo, estoy hablando de la historia del cine.

¿Y qué decir de los actores? Quim Gutiérrez y Antonio de la Torre lo bordan, pero el resto no le va a la zaga. Mérito también del director, pero, por encima de todo, de los magníficos profesionales de los que ha sabido rodearse. Nada que envidiar a Adam Sandler, Jennifer Aniston y compañía. Nada de nada.

viernes, 4 de marzo de 2011

Triunfar en los lances amorosos después de los treinta

No eres demasiado guapo ni locuaz. Por eso necesitas este tipo de consejos. Has superado los treinta y te encuentras solo. Ya no es que eches de menos el calor de una caricia o el placer del sexo. ¡Te aburres como una ostra! No soportas las reuniones de segundones como tú, que hablan y hablan, y beben y beben sin llegar a ninguna parte. Tampoco te encuentras cómodo al ir de after en after buscando un plan salvaje, inmediato y efímero. Te apetece, pero no compensa.

Tienes un pasado. Conociste el amor con todas sus consecuencias y aunque juraste no volver a picar, te desdices y te sientes desengañado. ¿Cómo recuperas el tiempo perdido? Me temo que nadie te puede ayudar en eso, pero sí que puedes seguir los consejos a un treintañero desengañado.

El treintañero desengañado del amor no tiene que darse por vencido. Ahí afuera le esperan oportunidades doradas.

Bien es sabido que las mujeres más selectivas acaban por desistir en su empeño ilusorio y que su reloj biológico les marca el aquí y ahora cuando menos se lo esperan. Por eso, aquella compañera de estudios inaccesible, de repente se casa con un tipo del montón como tú. Nada que aconsejarte en ese caso: tienes que estar en el lugar y momento adecuados.

También se pueden encontrar solteras de vocación a las que el amor siempre les ha sido esquivo. Entre ellas hallarás más de un tesoro oculto, pero la mayoría tendrá una razón secreto para haberse mantenido lejos del mundanal amorío. Alerta, por tanto, no te vayas a quemar. Sugerencia: por más sencilla que veas la conquista, anda con diez ojos.

La forma más aparentemente fácil de enamorar a una chica llena de virtudes es aparecer justo después de que rompa con su amante de toda la vida. Nada de eso. Ojo, porque en un primer momento se te acercarán por desquite, e incluso por venganza, por lo que tendrás que actuar con precaución.

Ni se te ocurra compararte con el hombre que las ha dejado. De hecho, puede que que te estés enfrentando con un enemigo invencible: el amor de su vida.

En estos momentos te estarás preguntando, ¿qué se ha tomado este David Navarro? A mí nunca se me ha acercado ninguna chica virtuosa, por más rebotada que saliera de una relación fallida.

Claro que no, porque no ha perdido la dignidad ni el orgullo femenino. Tiene el corazón roto, pero eso la hace todavía más peligrosa, no más accesible.

Necesita a alguien, un varón en este caso, al que utilizar para demostrarse a sí misma de que puede enamorar a un hombre capaz de borrar de la faz de la Tierra el recuerdo de su ex compañero.

Pero, ¿y si se trata del tan temido amor de su vida? Entonces, tendrás que aplicarte a fondo y convertirte en el reverso del amor idealizado: la bestia por antonomasia, el macho perfecto.

Por tanto, haz pesas en el gimnasio, vístete de negro, masca tabaco si es necesario. Muéstrate fuerte, independiente, valiente, chulesco. En fin, rudo, pero siempre cortés y atento con ella.

El instinto manda cuando la sangre hierve y ella busca, consciente o inconscientemente, venganza. Qué mejor triunfo que dejarse llevar por un amor salvaje frente al desengaño.

Si consigues que se fije en ti, muéstrate duro como una piedra. Si quisiera un sustituto de su ex, sabría cómo volver con él. En la mayoría de los casos es así. Asume tu papel, pues, y sigue interpretándolo durante un tiempo.

¿Hasta cuándo? Hasta que ella crea haberte ablandado y descubra en ti tu verdadero yo. Entonces, habrás conseguido tu objetivo. ¿Riesgos? Muchos. El primero y principal para tu persona es que te acabes perdiendo y no sepas encontrarte. El segundo, y muy frecuente, que sólo seas un eslabón en la vida amorosa de tu pretendida.

Si no asumes la posibilidad de acabar convertido en otro modelo de persona o te provoca pavor terminar tirado como una colilla, entonces, dedícate a objetivos menos excelsos o busca consejos en otra parte.

jueves, 3 de marzo de 2011

Las trampas de la felicidad

Durante un tiempo me torturé tratando de recordar las situaciones más agradables que había vivido. Me lo había pedido mi psicoterapeuta, y por el dinero que me sacaba por hora, más me valía ponerme a ello con verdadero entusiasmo.

Luego, llegaba el momento de la consulta y me veía incapaz de darle una respuesta sincera, así que, para no parecer un ser anodino y triste, me inventaba situaciones, más o menos basadas en mis recuerdos y en algún que otro tópico, las tardes de playa en verano (detesto la playa), conducir por la noche (no conduzco), acampar en mitad de un bosque (me aterrorizan los animales silvestres).

Así, fui malgastando el tiempo y el dinero sesión tras sesión hasta que no pude más. Tras recibir una bronca por parte de la psicoterapeuta, “si no pones de tu parte, va a ser imposible”, se lo confesé: cada vez que intento recordar algún momento bonito, me bloqueo.

Es más, desde que me lo pediste, creo que se me han disparado los niveles de ansiedad. La psicoterapeuta soltó el bolígrafo de entre los dedos, asomó sus enormes ojos verdes por encima de las gafas metálicas y me miró muy seria: “¿Qué estarías haciendo ahora si no tuvieras esta cita, si te encontraras sin nada qué hacer y si nadie te molestara?”

Nunca he sido una persona imaginativa, pero el sábado anterior me había ocurrido más o menos la situación que me planteaba.

Nieves no estaba en casa. Había salido a hacer un cursillo fuera de la ciudad y yo no tenía nada que hacer, ni me apetecía organizar ningún plan con nadie. Así que le conté lo que hice a la psicoterapeuta: como no me apetecía moverme de casa, me quedé en la cama leyendo un libro buenísimo.

A mitad de la mañana me preparé un zumo natural de fresas para acompañar la tostada con aceite. Luego, estuve cantando en un karaoke de andar por casa y (titibué, con algo de vergüenza) me grabé con el ordenador hasta que quedé satisfecho. (Me preguntó qué canción y le dije la verdad: “Everyday I Write the book”. Después creo que jugué a la videoconsola, sí, a la consola, a uno de esos juegos en los que matas nazis sin parar. Hacia las dos se me antojó comida china, me vestí y bajé hasta un restaurante que no está muy lejos. Por el camino me compré una revista de cine...

La psicoterapeuta me dejó que siguiera contando detalles de un día cualquiera de esos a los que hasta entonces no le había dado importancia. La verdad es que seguí narrando por inercia y entonces no le vi el mayor provecho. Sin embargo, una hora después, cuando volvía en el autobús hacia casa me acordé del momento más dulce de aquel día: el momento en el que supe que faltaba muy poco para que volvieras.

Me encontraste recostado en el sofá, medio dormido, y a pesar de parecer cansada, no dejaste que me levantara y me diste un beso. Luego, me llamaste para irme a dormir y descubrí que no sólo habías hecho la cama sino que habías puesto sábanas limpias. Ahora mismo no puedo pensar en un instante más hermoso.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Monólogo sobre las teterías

Nuestros padres iban a cenar a sitios recomendados porque no existía Internet, pero una vez salían del coche, no se les ocurría meter la nariz en la lista de precios. Entraban y punto.

Una vez dentro, se repartían los papeles: la mamá se quejaba de lo carísimo que era todo, mientras que al papá le tocaba aguantar estoicamente como si le importara un pito el precio. La paciencia del hombre se ponía a prueba a la hora del postre cuando ella se acababa pidiendo el postre más caro. Toda la noche quejándose de los precios y se pide el helado de cinco sabores. La verdad es que al padre le salía el humo por las orejas, por eso para disimular se fumaba un pitillo. De paso, le servía para relajarse antes de que ella dijera: "Pues valdrá diez euros, pero este helado no sabe a nada".

Casi siempre sus peores temores se cumplían con la cuenta, pero ni uno ni el otro renunciaban a tomarse el café allí mismo. Incluso con las heridas de las puñaladas en carne viva, seguían en el lugar del crimen. Con un par. ¿Quién les iba a decir a nuestros padres que apenas veinte o treinta años después se impondría una ley impepinable? Prohibido tomar el café en el mismo sitio de la comida o la cena.

No te preocupes, porque si en tu círculo no se ha establecido la norma, alguien del grupo te lo preguntará tarde o temprano: ¿Tomamos el café aquí (con desánimo) o mejor en otra parte (con sonrisa de oreja a oreja y moviendo la cabeza de arriba abajo como los perritos de los coches)? Ni te resistas. No merece la pena.

Porque esa moda es como una hipoteca, ni con el divorcio te la quitarás de encima. De manera que ya no hay manera de tomarse el café en el mismo sitio que cenas o comes. Tiene que ser siempre en otra parte. Y claro, normalmente te llevan a sitios donde sólo pueden servirte un café y cuatro cosas más. Eso para un no cafetero, que también existimos, es un drama.

Además, los no cafeteros somos muy flexibles a la vez que tradicionales. En un restaurante gallego, esperamos un orujo, en un mexicano, un tequila, en un chino… La cuenta, por favor. Que no, que no, gracias, es que estoy a dieta de chupitos de licor de flores.

Pues todo esto ha empeorado por culpa de las teterías. Me cachis en la mar con la especialización. Antes uno iba al bar para todo. Un bocata, al bar. Un vino, al bar. Un té, en las series inglesas que echaban en el bar El fútbol se veía en el bar; las partidas de cartas se jugaban en el bar. Yo en el bar he visto películas enteras. He leído libros allí, sí lo que nunca he hecho en una biblioteca, lo he hecho en el bar.

Ahora ya no es así. Hay bocaterías, locales especializados en deportes, vinacotecas (que mira que el nombre es feo), cervecerías, el club del jubilado… Y encima te ponen las películas pero les quitan el volumen y te lo cambian por un mix con Bisbal y compañía. ¿Pero para qué ponéis la película? ¿Para fastidiármela si me la alquilo algún día?

Pues bien, uno de esos sitios especializados es la tetería. Lo primero que tienen que saber sobre ese lugar es que siempre lo regenta gente rara. Normalmente son extranjeros que te entienden a medias, o gente del país, como la mojama, pero igual de secos.

Otro tema, la música de las teterías. Sólo pinchan canciones que no se pueden tatarear. Variedad hay, eso sí, pero nunca se pueden cantar, a no ser que hayas pasado un trimestre con los monjes de Silos o sepas mucho japonés.

Luego, aunque a mí esto no me afecta, en las teterías están en contra del café. Le han declarado la guerra perpetua a Juan Valdés y su burra. El otro día a un amigo se le ocurrió pedir un cortado y la señora, que era francesa, se puso como un demonio: “Tenemos 73 tipos de té naturales, no como esos de bolsitas que compra la gente ¿y pide un café?”. Claro, mi amigo se tomó un té, el más caro, más que nada para que no lo expulsaran.

Luego, lo que más me molestó es que todo ese enfado es una excusa, porque realmente odian el café. Tengo pruebas: tienen refrescos, hasta caipirinhas sirven algunos, pero de café nada. Y dije que no me afecta, hombre, pues sí, porque si vas con un grupo de más de una persona, siempre te sale algún cafetero, y a esos como les des un té, ya los tienes cabreados toda la noche. Sobre todo, porque en esos locales tienen la costumbre de sentarte en sitios inverosímiles como los puffs para luego hacerte estudiar. ¿Pero quién se puede sentar cómodamente en un puff? ¿Y si te van a poner a estudiar, no sería mejor una silla de despacho?

En serio, te obligan a hacer los deberes. En las teterías las cartas tienen tantas páginas que es imposible acabártelas antes de que venga el camarero. Además, algunos, por si no fuera suficiente con la cantidad de tés distintos que existen, se dedican a bautizarlos por su cuenta. Que si té de la luna, que si nocturno té del desierto… ¿Cómo que té nocturno del desierto? Ponga el nombre en latín, teinis noctambulus desirtus, o lo que sea, que nos enteremos todos.

En otras teterías el nombre está en su idioma original, con lo cual ya no pispas una. Yo siempre digo: éste. Y me pregunta la camarera: ¿El Wan-Chung-Wai o el Ajarafgagshi?

¿Y las descripciones de los tés? En serio, tienen que usar una plantilla: “muy aromático y refrescante, con reminiscencias a la cereza, la caña de bambú y un toque de chocolate amargo”. El otro: “muy refrescante y aromático, con reminiscencias a la manzana Golden, el pepito de lomo y un toque de vino de garrafón”. Pero, ¿esto cómo se come? Bueno, ¿cómo se bebe?

Aquí llega la madre del cordero. Imagínese, en una mesa de cuatro, aunque ninguno tiene especial interés por un té en concreto y, por supuesto, nadie entiende ni jota de la carta, ¿cuántos tés distintos se piden? Pues cuatro, por supuesto. Y el camarero, mosca perdido, te trae luego cuatro teteras distintas, a cada cual más difícil de manejar, y encima te dice: éste, cuatro minutos, éste otro, cinco minutos y medio… Y a veces se lía, “éste creo que es el té japonés con cardamono, no, igual, es el té marroquí de la India”. Yo creo que lo normal es que nos acabemos bebiendo el té que no es. De todas formas, ¿quién lo va a notar? Oiga, ¡qué me ha puesto té fucsia del Himalaya en vez de rojo de Camboya!

Entre tanto ceremonial, las teteras de museo, los cantos gregorianos y el olor a incienso por un momento me siento en mitad de una misa. Por eso aprovecho para hacer algo que nunca se puede hacer en mitad de una misa: irme al baño. Además, merece la pena la excursión porque en las teterías los baños son, por defecto, raros hasta decir basta. Cortinillas por todas partes que se te enredan, grifos oxidados, piletas casi planas en las que salpica el agua… Un sinvivir. Y como te bebes casi un litro de agua en menos de media hora, todo el mundo allí, peleándose por el urinario a la altura de un niño de seis años, que es otra moda que no entiendo.

¿Nos estamos volviendo locos o qué? ¿A santo de qué bajan la altura de los urinarios si cada vez somos más altos? Al final, uno que es muy pudoroso, se tiene que arrimar tanto a la cerámica del urinario que acabas dando pasando el parabrisas por donde no debías. O eso, o arriesgarte a que luego toda la sala comente la longitud de tu amiguito en vez de preocuparse por el minutaje del té o, ya que estamos, adivinar si le ha tocado la tetera correcta.

A todo esto, te pones a sudar con la tetera delante y esperando con el cronómetro a que se cumpla el tiempo. Para colmo, una duda te nubla el entednimiento: ¿me estaré bebiendo un té ajeno? Y lo del tiempo no es ninguna tontería. Está demostrado por el instituto… Bueno, que está demostrado. Con el tiempo justo, la teína te despierta. Si te pasas del tiempo, te duerme. Vaya, lo que aprende uno en las teterías. Claro, ya que te hacen estudiar con la carta…

Luego, lo inevitable: te quemas, tiras la mitad, y te bebes lo que queda. Y la verdad es que el sabor no es para tanto. Algunos de bolsa están mejor conseguidos. Eso sí, no te cuestan tres euros y pico como en la mayoría de las teterías. Claro, es que puedes repetir, suelta uno… Hombre, cualquiera le devuelve la tetera a medio terminar. ¿Y si se equivocan y se la sirven a alguien? Ya se habrá pasado de tiempo y se dormirá como un tronco. Y como encima no sirven cafés...

Total, estás cansado de la tetería, y, después de pagar una pasta, le pides a la dueña si te puedes llevar lo que sobra en un vaso de plástico. Madre mía, qué mirada. Aquellos no son ojos, son metralletas. Y eso en los bares de toda la vida no pasaba. Pedías un vaso y te ofrecían hasta el hielo y una cañita. Oiga, a mí me gustaban los bares de antes incluso con sus mesas pegajosas y sus charlas sobre fútbol. Eso sí que era lujo y no las teterías.

David Navarro 2008

NOTA: copiado tal cual de un par de folios arrugados. Pendiente de revisar, de ensayar en voz alta y de vender. ¿Alguien lo quiere comprar?