martes, 12 de septiembre de 2017

Los desafectos

Todo parece ir bien cuando uno se despreocupa. Pero la calma total suele ser mala consejera. Uno no advierte que la ausencia de vibraciones no es la felicidad, sino lo contrario al amor. Lo más probable es que haya un desafecto en curso.

El otro suele no enterarse. Cuando se le notifica, o lo descubre, qué tragedia, y qué pesado resulta subir con la cruz a cuestas por todas las etapas del duelo incluyendo la negación. Hasta resignarse suele rebelarse. Nadie me puede dejar de querer, es la consigna. Algunos se agazapan en su desafecto hasta que el otro siente igual, pero son los menos. El desafecto suele llegar por sorpresa, aunque haya expertos en anticipar desgracias.

sábado, 19 de agosto de 2017

Ante el horror

Antes del atentado de las Ramblas sabíamos que los actos terroristas generan mucho dolor. Pero una cosa es saber algo, y otra muy distinta, interiorizarlo.

Al barcelonés de a pie, no a los ricos de Pedralbes ni a los futbolistas del Barça, el tramo de las Ramblas que va desde Canaletes al Liceu le trae recuerdos del día a día. Porque para los ciudadanos de Barcelona ese espacio no es el pretexto turístico para acabar sentado ante una sangría de polvos y una paella precocinada. Y no digamos para los viejos que conocieron unas Ramblas totalmente integradas con Ciutat Vella.

La gente que no vive en Barcelona no entiende que cruzamos la Rambla muchas veces al mes, muchísimas al año, y que tenemos asociados a este tramo muchos recuerdos.

De entenderlo, nadie escribiría que los terroristas han atentado contra el capitalismo o la globalización representada por un turismo masivo.

Por favor, las Ramblas eran de los ciudadanos antes de que pusieran el Burger King o la tienda oficial del Real Madrid, antes incluso de las estatuas humanas.

Precisamente los barceloneses estamos hasta los mismísimos de encontrar las Ramblas atestadas de gente que ha hecho del paseo emblemático una muesca más de su colección de destinos turísticos por los que pasar sin pena ni gloria. Nos sentimos extraños en nuestra propia ciudad mientras vemos, impotentes, cómo se forja un símbolo de un paseo que pertenece, antes que a nadie, al pueblo.

No he querido ver muchas de las imágenes, ni en foto ni en vídeo, que van saliendo sobre la matanza indiscriminada, porque detrás de cada niño herido o muerto se encuentran los niños que forman parte de mi vida, de mi familia, y de mis amistades.

Ahora lo que me preocupa es volver a esas ramblas, con sus pros y sus contras, y que se borren todos mis recuerdos anteriores a esas imágenes, y sólo vea muerte y lágrimas donde antes veía sonrisas, esperanzas y prisas por ir al teatro.

Me da miedo también que se me instale el miedo en el subsconciente, y que tenga que girar la cabeza cada cierto tiempo en busca de una señal imaginaria de que va a volver ocurrir otra desgracia.

Algunos podrán pensar que le estoy otorgando la victoria a los terroristas, y muchos proclaman eso de que no hay que tener miedo, sino que hay que hacer vida normal, y todo eso. Estoy seguro que la mayoría lo dice con buenas intenciones, pero me temo que nada será como antes. En el fondo, creo que es mejor que no demos la espalda a la realidad y que no pretendamos que no ha sucedido nada.

Desde luego, que hay que volver a pasear por las Ramblas (si nos dejan las aglomeraciones) y a demandar que vuelva la magia de antaño, cuando el turismo venía en dosis sostenibles, o al menos, veías unos extranjeros más respetuosos, menos borrachos, menos calcinados por el sol, y con un mejor criterio para escoger su vestuario o la enésima copa de sangría de polvos industriales.

Yo creo que también hay que demandar responsabilidades a los que durante tantos años, y sabiendo la amenaza que se cierne sobre Europa, no han consentido en poner bolardos o cualquier sistema que impida que una furgoneta circule por un lugar peatonal.

Pienso también que un lugar por el que transitan miles de personas a diario podría estar más vigilado, ya que veo con sorpresa como hasta dos guardias de seguridad custodian las tiendas de trapitos de lujo de Passeig de Gràcia, o la Diagonal.

Me congratulo, en cambio, de que haya sangre suficiente en los hospitales y de que los taxistas se hayan convertido en un ejemplo de la solidaridad, que estoy seguro de que es extensible al noventa por ciento de los barceloneses.

Me da pena que algunos amigos sigan la comba de los fanáticos nacionalistas que quieren cobrar ventaja del atentado y mezclan sus deseos de independencia con la desgracia echando culpas a unos y dispensando de responsabildiad a otros. Es injusto, indemostrable y poco oportuno. Roza la crueldad.

Constato que el amplio sector de población ignorante, de los que el Franquismo adoctrinó, pero también de los que no leen un libro porque no les merece la pena el esfuerzo, sacan su lado xenófobo y nos recuerdan que todas las ayudas públicas van destinadas a las del pañuelo, o a los moros, como si todos nosotros fuéramos igual de cristianos, y todos los cristianos fueran asesinos cuando uno de ellos o mil cometen un atentado. Supongo que en los años del terrorismo etarra les habría gustado ver cómo un tsumani se llevaba por delante a todo el pueblo vasco.

Sé, porque aunque quiera no soy tan ingenuo, que no aprovecharemos la oportunidad para que los responsables políticos se confiesen y entonen el mea culpa porque hay muchas medidas de política exterior que están potenciando la desigualdad en muchos países, y de ahí al odio sólo hay un paso. También en política interior puede que estén fallando cuando hay muchísimos ejemplos de segundas y terceras generaciones de personas que se sienten fuera del sistema.

Me produce tristeza que alguien que lea el párrafo anterior pueda pensar que estoy dándole la razón a los terroristas, o comprendiendo, o autorizando sus crímenes. Lo suyo no merece comprensión ni empatía, pero sí que obliga al estudio y la reflexión. De lo contrario nos estamos quedando con la parte visceral del ojo por ojo diente por diente, y sin quererlo, nos estamos pareciendo a ellos.

Me horroriza pagar las consecuencias de esto viendo cómo mis impuestos, los de todos, se van a armamento, o somos los que no atentamos los que sufrimos las consecuencias de más restricciones a nuestras libertades.

La verdad es que los violentos, los terroristas y los militaristas, lo tienen a huevo para proseguir con su guerra.

También es tiempo para que se envalentonen los cobardes, que es lo que son los xenófobos en el fondo.

Tiempo para ser insolidario y mandar a su país a las familias que sólo buscan salir adelante.

Para dejar que se ahoguen los desesperados.

Para olvidar que todos somos aves de paso e inocentes hasta que se demuestre lo contrario.

Podemos aprender. En realidad yo mismo no me lo acabo de creer. ¿Podemos?

domingo, 25 de junio de 2017

La ficción es la libertad

Perdonad que insista, pero en el campo de las ideas ir cambiando todo el rato de argumento no me parece una muestra de riqueza. Al contrario.

El caso es que hay que separar la parte creativa y literaria de la escritura, y el resto, que es básicamente, todo lo que conforma la puesta en circulación del texto para su lectura.

Para lo primero, nada mejor que la ficción. Nado muy a gusto en las aguas imperfectas que voy trazando gracias a lo que capto y querría captar, a lo que otros captan, o lo que no captan. Es mi captura del mundo. Es mi libertad.

jueves, 2 de marzo de 2017

De la vida y la muerte

Tantas veces me he caído, y otras tantas me he levantado. Creo que aunque suene ingenuo hay que apelar a la Naturaleza cuando cada día nos ofrece un espectáculo de resurgimiento. Renace la hierba desde el pedregoso manto que parece incapaz de dar vida. Y, sin embargo, de la dureza de la masa inerte brota la vida a cada instante.

Hablo de un renacimiento simbólico, claro. Recuperarse de los varapalos de la vida está en el adn de los seres humanos y, seguramente, de cada ser vivo.

De lo que quiero hablar es de la incesante renovación en el espíritu y, más tarde (sin viceversa), en el pensamiento.

miércoles, 17 de agosto de 2016

El corazón del verano

De niño los días de verano se abrían eternamente y la noche llegaba tan callando como innecesaria. A veces, cuando esperábamos frente a la pantalla alargatijada del cine de verano, sólo entonces, nos preguntábamos qué demonios le pasaba a la luna que no salía a cumplir con su turno de noche, que era el único que tenía.

Como si el sol y la luna fueran en realidad dos currantes que se ocuparan al cincuenta por ciento del cielo.

Las más de las veces la diferencia entre el día y la noche era la posibilidad de esconderse mejor en el parque.

Como en invierno, la llamada a la cena venía siempre a destiempo. Siempre queríamos jugar más.

Poco ha cambiado desde entonces. Hablo por hablar, porque de entrada nada hace sospechar que con el calentamiento climático se haya avanzado la noche al día.

Sin embargo, hay una diferencia. Como adulto más o menos formado empiezo a encontrar los días de verano más cortos porque desde el mediodía hasta las seis de la tarde todas las horas me sobran y trato de matar la espera leyendo, viendo películas o durmiendo. En realidad, duermo más de lo que quisiera y casi se diría que hiberno en verano.

Por tanto, salgo a la luz cuando los rayos de sol caen débiles sobre las espaldas de los pobres veraneantes. Y por más que intente alargar el día, ya no puedo alargarme más de la una de la mañana, por lo que me levanto bien tarde al día siguiente.

Y vuelta a empezar.

Casi que uno querría ser niño otra vez o, al menos, tener veinte años menos.

martes, 31 de mayo de 2016

Hacia el ocaso

El sendero hacia el camposanto sigue estando allí, aunque por delante han levantado dos manzanas de chalets.

Me gustaba pasear por ese camino porque se podía escuchar el silencio entre los chasquidos del viento contra las ramas.

Ya no es igual. No es que moleste el ruido de la gente que habita las casas. Más bien no vive nadie durante la mayor parte del año. Sin embargo, los coches van y vienen. Como si obligaran a sus dueños a no estarse quietos ni un segundo.

miércoles, 20 de abril de 2016

Estábamos tan amigos

A día de hoy se puede saber mucho sobre nosotros si utilizamos el verbo estar. Estamos aquí o allá, incluso estamos trabajando en un lugar u otro, y estamos felices, tristes o seguros de algo.

En cambio, "qué somos" es una pregunta que se siguen haciendo filósofos, científicos y religiosos sin llegar a ningún acuerdo.

Llama la atención que la amistad en español vaya asociada al verbo ser. Somos amigos, o lo éramos. Casi como si se tratara de un matrimonio donde uno es marido y la otra es mujer. Sin embargo, también están casados. Están casados hasta que estén separados o divorciados. Pero son marido y mujer a pesar de la distancia o de la escasa relación. Son dos puntos de vista complementarios.

jueves, 14 de abril de 2016

Un amigo para siempre

Seguramente son cosas de la publicidad. Me viene a la mente ahora un anuncio bastante malo que ponen a todas horas. Se trata de un utilitario de los más baratos que podemos encontrar en un concesionario. Da igual la marca. Da igual el coche.

El caso es que veamos a dos amigos dentro del coche. El que va de copiloto le dice al otro que está saliendo con su ex. El piloto se cabrea y lo lanza a la carretera.

Sin embargo, el otro se humilla y le envía un mensaje de voz recordándole que siempre estarán juntos. En la pantalla del salpicadero del coche se ve a los dos protagonistas cuando eran pequeños, felices. Era 1986 y, por algún motivo, escribieron algo en inglés sobre la foto que vemos escaneada.

Será mentira, pues, pero de vez en cuando me lamento de no tener un alma gemela masculina. Un amigo de los que nunca fallan, de esos que tienen llaves de tu casa y se presentan en el salón sin avisar, de esos con los que compartes ropa si es que hay algún tío de mi edad que haga ese tipo de cosas.

martes, 12 de abril de 2016

Eras mi mejor amigo

No soy ninguno de estos dos fulanos, pero la foto es maja.
Eras mi mejor amigo. Teníamos diez, once, doce, trece años, no lo olvides, y entonces íbamos juntos a todas partes y, cuando necesitaba contar contigo, ahí te tenía.

No podíamos ser más distintos. Tú aprobabas sin dificultades, aunque a veces dabas un traspiés, y lo que nos reíamos, porque ni tú te lo esperabas.

Eras bueno en deportes. Yo, un patoso.

Eras más fuerte y alto que la media. Yo, normal, tirando a debilucho.

A los dos nos gustaba llevar la contraria al régimen establecido y recuerdo haber criticado a todos los maestros y a los niños de sobresaliente alto. No éramos de hacer la pelota, no, y detectábamos enseguida a los que iban en ese plan para neutralizarlos.