Alguna vez me ha ocurrido que al remontar la cuesta de un camino, con el cielo turbio, he intentado volver a ver aquel penacho gris donde alguien colocó una cruz y, por lo que sea, no lo he podido distinguir. Esto me ocurrió varias veces. Luego dejé de recorrer el mismo camino, porque se me antojó monótono y, de esa manera, olvidé para siempre que algunas veces me recreaba en la contemplación del penacho con la cruz plateada. De alguna forma la cruz y el penacho dejaron de existir. Supongo que también me borré del paisaje si es que alguien, desde los cerros aledaños, me veía pasear de vez en cuando.
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