jueves, 23 de diciembre de 2010

Bloqueado (seguimiento de una depresión en toda regla)

David se sintió paralizado frente a la hoja en blanco. Por primera vez en mucho tiempo no encontraba nada de qué hablar.

Pensó por un momento en criticar la actualidad, pero supuso que el lector ya estaría harto de reflexiones sobre la ley Sinde, el debate de la jubilación a los 67 años o los buenos tiempos de la telebasura. Sin embargo, las conclusiones son demasiado obvias. Son temas planos, sin ninguna profundidad: David cree que todo el mundo está sacando tajada de la piratería excepto los top-manta (no habla de los mafiosos que los explotan) y el consumidor, porque hay más asistentes que nunca en los conciertos y en los cines. Retrasar la jubilación es inhumano y un contrasentido: el ser humano no es una máquina productiva que, como antes cotizaba al alta, se podía prejubilar a los 55. Y la telebasura prevalece porque responde a la demanda de evadirse sin gastar una neurona. ¿Tan simple?

A David no le cabía duda de que casi todos los temas sobre los que podía escribir tenían poco interés o ninguno. De pronto se sentía incapaz de descubrir nuevos caminos o de realizar piruetas con la escritura con algún pretexto. ¿Para qué?

Entonces, decidió optar por el camino fácil: analizaría los últimos estrenos de cine como Balada triste de trompeta, pero la película se autodefine demasiado bien y deja pocas interpretaciones en el aire. Además, es triste de cojones. No, mejor no hablar de cine últimamente. Todo excepto Nerds, Pa negre y Poesía le ha parecido deslucido. Ni siquiera esos tres títulos trascenderán más allá del momento en el que han brotado como patatas en la arena del desierto.

La música: un aluvión de títulos nuevos por escuchar. Casi todos suenan igual. Además, ahora está escuchando música clásica. ¿A alguien le interesa la opinión de un profano que descubre sinfonías con más de dos siglos de historia?

Libros: también está con los clásicos. David no se fía de las novedades, porque además cuestan un riñón. Aparte, está leyendo los mangas de Zetman: ¿adónde podría ir con eso? A ninguna parte. Justo donde quiere estar.

Pocas veces le ha ocurrido esto. Por lo menos no con tanta intensidad. Tiene la convicción absoluta de que los temas serios son bromas de mal en gusto. Sobre todo, se refiere a la política. David empieza a sospechar que la cultura es sólo una moda disfrazada de calidad para calmar necesidades impuestas.

Ni siquiera encuentra consuelo en las frivolidades: hablar del fútbol del Barça carece de atractivo. Es como cantar las excelencias de la capilla sixtina sin tener ni idea de arte. Sólo que el fútbol no es arte, sino un espectáculo. Tampoco los delirios consumistas lo animan: no le gustaría tener una televisión en 3D para ver películas con unas gafas puestas sobre las gafas de pasta. No le interesan los nuevos sistemas de videojuegos que detectan el movimiento ni nada que no sea una vivienda digna, inaccesible para su bolsillo.

Si no estuviera tan cansado, ya entrada la madrugada, saldría por las calles a respirar los sonidos de la realidad nocturna. Quizá volvería de otro humor, con el mismo bloqueo para escribir, pero más despierto, justo lo menos indicado para irse a la cama.

En el fondo, le gustaría observar a su novia mientras duerme, pero la cama está vacía. Se lamenta de haber perdido la oportunidad de hacerlo cuando sólo tenía que encender la lamparilla de noche y abrir los ojos. Tendrá que conformarse con los sueños.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Agotado

Una fuerza invisible me obligó el domingo pasado a salir por el centro de Barcelona. Estaban casi todas las tiendas abiertas. Había que comprar los últimos regalos, los que haces por compromiso, los que no hay manera de elegir porque en realidad no conoces de nada al destinatario.

Conclusión: llegué reventado a casa, como si hubiera corrido una maratón.

Sin embargo, tengo que hacer acopio de fuerzas, porque ahora viene la preparación de los paquetes, cada uno con su nombre, cada uno con su lazo. Será porque no tengo hijos, pero me parece un trabajo tedioso que voy a tener que hacer de una manera u otra.

A continuación, me pasaré por las casas de amigos y familiares a que me ofrezcan los mismos polvorones de siempre, el mismo turrón... Aunque no me gustan los dulces.

Luego, tendré que pensar qué hacer en Nochevieja, porque se supone que hay que hacer algo importante rodeado de gente.

A partir del día 1 de enero llegará la peor prueba: hacer balance del año que se ha ido y proponer mejoras para el próximo.

Puede que el año que viene, por primera vez en mi vida, me lo tome como un cambio artificial en el calendario, como la secuencia inevitable y natural que es en realidad. Lo haré muy tranquilo, porque estoy seguro de que ahora mismo hay otras personas trabajando para que me den ganas de ser padre, tocar la guitarra o aprender bailes de salón.

Lo peor de las Navidades no es la paliza de felicitar a las personas que casi nunca ves. Al fin y al cabo, toda excusa es buena para desear el bien. Lo peor es acumular tareas impuestas y, a su vez, terminar el año con una sensación enorme de culpabilidad. Por eso, sólo de pensarlo, estoy agotado.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Todo el mundo no tiene derecho a opinar en Internet

Lector, tú que me examinas hasta donde ni siquiera imagino, no te sulfures ante el título de este articulillo. No voy a jugar contigo con un embuste provocador ni tendrías que sacar tu espada que siempre esgrimes al ver en peligro la que consideras ley de leyes, la libertad de expresión.

Creo con tanta firmeza en la verdad que esconde el título que espero, por mi salud mental, que alguien me convenza de lo contrario, aunque sea por unos segundos, porque desconfío de las verdades absolutas. No me voy a explayar, porque la evidencia cae por su propio peso.

Digamos que tienes un hijo, un vástago futbolero como el padre, que recibe un ordenador portátil en miniatura por partida doble (el que tú le regalas y el que le obliga a comprar el instituto para que todavía se esfuerce menos).

Tu hijo se conecta a una página de un diario con todas las de la ley como Marca, Mundo deportivo, etc. Le interesa una noticia, hace clic en el texto y tiene acceso al consiguiente debate (imprescindible hoy en día para tejer la red social de marras). ¿Qué va a poder leer? Pues, entre varias teorías trasnochadas de seudoentrenadores y forofos, alusiones a la profesión más vieja del mundo, ofrecimientos sexuales con sarcasmo (nunca entenderé por qué los machotes insisten tanto en que todo el mundo se la chupe) y todo tipo de insultos vejatorios, descalificaciones y, en general, cosas que duelen a ojos de un adulto y que poco bien pueden hacer a tu hijo. ¿Exagero? Haz la prueba... pero contigo mismo.

Pongamos que tienes una hija y que abre una cuenta en Facebook y a los dos días tiene su perfil repleto de ofrecimientos de amistad que la invitan a doctorarse en escenografía pornográfica. ¿Es necesario? De nuevo, si no me crees, create un alter-ego con cuerpo de diosa y dieciocho añitos. Vas a flipar en colores.

Ahora estás tú frente al ordenador. Te apetece ver una página de ésas que llaman de adultos y que los viejos llaman de cochinadas (no se imaginan hasta qué punto). Resulta que con darle al botón correspondiente, ya tienes acceso a los contenidos pornográficos. Por supuesto, has declarado tener más de 18 años. ¿Hace falta algo más que tu clic sincero? O quizá la página principal te ha obligado a inventarte una fecha de nacimiento en la que puedes poner lo que te dé la gana con tal de entrar (esta versión es igual que la otra, pero más hipócrita si cabe). Ya estás dentro.

Tú, que sólo quieres alegrar la vista un rato con señoras o señores muy guapetones, te encuentras con varias ventanitas que te enseñan lo último en zoofilia, en sadomaso e incluso en pedofilia. Tanto si se te pone mal cuerpo como si no, imagina ese efecto en un menor.

La realidad es que Internet es muchas cosas, pero también es un nido de ratas que se aseguran de que se pierdan las formas, se arruine el buen gusto, se estandaricen maneras de ser y estar dudodas y, en general, dan rienda suelta a sus bajos instintos.

No creo que esté escribiendo un texto reaccionario. Sólo advierto de que los niños pueden aprender por la vía rápida (y condicionada a menudo por intereses económicos, o simplemente, por la mala educación) gestos, actitudes, palabras, maneras de entender el amor y el sexo que quizá le corresponda descubrir de una forma más natural, a una edad más tardía o que, simplemente, no merezca la pena que aprendan jamás. Al igual que nunca me ha llamado la atención ver cómo una señora fornica con un perro y ya tengo una edad. Acaso porque creo que algunos contenidos deberían llamarse "para adultos... con graves problemas mentales".

NOTA: Soy consciente de que el asunto tiene difícil solución, quizá por qué habría que abordarlo por separado. Lo intentaré en el futuro en la medida de lo posible. Aunque, dejaré una última reflexión: es un contrasentido que se censure tanto el erotismo y, no digamos la pornografía, en la televisión y que se pasen tantos pueblos en Internet.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Los modernos expertos en música

Jamás escucharán un disco de Lady Ga Ga, pero también juraron en los ochenta no pasar por el aro de Madonna, hasta que la crítica se ha rendido a su longevidad y la ha santificado. Ahora ya la respetan.

La crítica musical es la única del mundo que convierte la paja en oro cuando los músicos superan los 30 años de carrera. Los críticos de cine o los literarios hacen otras tonterías, pero rara vez incurren en este proceso de validación por agotamiento. Los modernos ni se lo plantean. Vale Hombres G como grupo de referencia y vale el disco más aburrido de Pet Shop Boys, Behaviour, como clásico. Vale todo lo que pase por la bendición de los medios de referencia.

Siempre están al día y si les comentas que te gusta una canción o un grupo de, digamos, hace dos años, tuercen el morro como si les hablaras de los tiempos de la tele en blanco y negro.

Van a los conciertos en los que apenas caben ellos y cuatro más. En realidad, van a tantos conciertos que siempre podrán decir en el futuro que a tal banda o a tal cantante lo descubrieron ellos cuando nadie les hacía caso. Sin embargo, omiten el hecho de que previamente alguien les señaló con el dedo que eran el no va más, llámese revista especializada o web de referencia.

La mayoría de estos modernos abomina de la música clásica o, simplemente, la ignoran. Citan a Neil Young sin reparar en que les quedan unos cuantos meses de estudio dedicado para abarcar su vasta obra. Y si no les gusta lo ocultan con vergüenza. Lo mismo les ocurre con Bob Dylan, Tom Waits, etc.

Otra costumbre de los modernos melómanos: todo lo que suena en español es horrendo. Lo "cool" se canta en inglés. En español sólo se admiten experimentos que no sigan ninguna línea melódica o canten con el trasero como Los planetas (¡oh, sacrilegio!) o Manos de topo (aquí pocos me llevarán la contraria).

Y así van por el mundo, repitiendo como papagayos que un grupo de rock, pongamos Kings of Leon o Arcadian Fire (que me gustan a ratos, que están francamente bien, pero que no han aportado nada nuevo), es lo mejor que ha parido la industria discográfica. Y lo manifiestan en alto aunque no tengan ningún instrumento objetivo para validar la calidad de su música.

Y dirán que son el no va más, les guste o no. Eso sí, a la que pasen dos años más, ya no hablarán de ellos. La prueba del algodón revienta cuando les preguntas qué influencias ven en esos grupos. Normalmente te responde con grupos de hace menos de un año que no has oído en tu vida (y ellos recuerdan de milagro), o, en cambio, te sueltan el tópico de los Beatles, Rollings, etc. Como si realmente la música a la que santifican surgiera de la nada y hubiese llegado a descubrirnos algo.

En lo único que estaremos de acuerdo los modernos y yo es que Lady Ga Ga es un producto más de consumo rápido. Lo mismo que Madonna, aunque se le vean (¡por fin!)las arrugas.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Un tercio de profesor (por una educación peor)

Quizá el resto del mundo no lo sepa, pero para solucionar el desaguisado que se cuece (y se quema) cada día en la enseñanza pública, los que más saben de educación en Catalunya han inventado una jornada que ubica al profesor en sus tiernos 18 años, cuando se daba con un canto en los dientes por ganar cien mil pesetas (600 euritos de hoy).

A mí me ha tocado la china este año y tengo la suerte de haberme convertido en un fantasma que aparece de vez en cuando por los pasillos del instituto. Gracias a este empleo a tiempo succionado, tardo más tiempo en trasladarme hasta mi lugar de trabajo de lo que dura mi única clase del día. Pero no acaban aquí las ventajas.

Por ejemplo, he conseguido que mi presencia en la sala de profesores signifique cada día una novedad. Rara es la ocasión en la que algún colega de profesión me dé la bienvenida al centro y me pregunte por mi especialidad. También me he hecho popular entre los alumnos a los que no imparto clase porque siempre les llama la atención ver a un intruso de vez en cuando cargado de libros.

El gran milagro del Departament d'Educació es que, en la primera ocasión en que me dan un curso completo, todos creen que soy interino.

Y, claro, como trabajo un tercio del horario de los profesores, cobro un tercio. Como si fuera proporcional. Hasta los taxis tienen una tarifa por bajar la bandera. Nosotros no.

Por otra parte, y como todo el mundo debería saber, mi principal función en el aula se ve perjudicada. ¿Enseñar inglés? Ni hablar. Conseguir que de unos chavales consentidos o dejados de la mano de Dios (con excepciones, claro) se conviertan en seres humanos en plena evolución positiva. Cuesta ganarme la confianza de unos niños y niñas que de de tontos no tienen un pelo y que adivinan en mi extraña jornada laboral una precariedad de la que ni puedo ni quiero hablarles. Pero se nota.

Ya no hablemos de los trastornos económicos, sobre los que no me extenderé. Si mi bolsillo sufre, mi estabilidad emocional no lo es menos. Con una carga de títulos, cursos y experiencia a mis espaldas me veo relegado al vagón de quinta clase. Lo peor sucede cuando me visualizo sin billete en el futuro, ese monstruo que se presenta siempre cuando en el presente las cosas van mal.

Hoy en las noticias daban cuenta de un precioso centro Niemeyer de unos cinco millones de euros (confesos) y de un proyecto para fotografiar los fondos marinos que costará seis millones de euros. Sin embargo, en nuestra educación hay que escatimar recursos cada año, a pesar de que, diga lo que diga el estudio PISA, la educación se hunde. Si tienes hijos, sobrinos, o, simplemente, ojos en la cara, ya sabes de qué hablo.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

La tierra sin humanos (el mal ya está hecho)

A raíz de la pegada del libro El mundo sin nosotros, de Alan Weisman, han surgido varios proyectos televisivos. Entre ellos la serie de History Channel, La tierra sin humanos, y un documental canadiense emitido por National Geographic Channel, que en español han titulado La tierra sin humanos (Aftermath: Population Zero).

Aviso para navegantes: la comunidad científica ya ha tildado el libro y, por tanto, a sus hijos televisivos de especulación científica con pocos agarres reales.

Sin embargo, a mí me interesa reflexionar sobre el material que he visto, que es el documental La tierra sin humanos. ¿Merece la pena? Definitivamente. Más por su interés que por su factura técnica. De todas formas, con algún arreglo que otro, bien podría haber colado en los cines. Aparte de los cortes publicitarios típicos tras lo que se retoma la información anterior, el documental cojea a la hora de enfocar por igual procesos importantes como el desbordamiento de los ríos que otros detalles menos significativos, como el estado en el que quedará la torre Eiffel o la estatua de la libertad.

¿De qué va el documental? Pues a estas alturas ya te lo imaginarás: cómo quedaría el mundo si el ser humano desapareciera de repente. La conclusión a la que se llega es muy simple, por eso no me duele destripar su final. Aunque si no lo quieres saber, tienes derecho a no seguir leyendo.

El final es previsible: la naturaleza reconquista su lugar. Los bosques se abren paso entre el cemento hasta enterrarlo para siempre; los animales dejan de estar extintos, aunque algunas especies quedan trastocadas para siempre por culpa de la domesticación a las han sido sometidas durante siglos. Sin embargo hay otro elemento perturbador: la basura generada por el hombre, por ejemplo el plástico, quedará durante muchos siglos.

Aunque lo más preocupante son los residuos radioactivos. Pasarán miles de años hasta que desaparezcan para siempre. Quizá sus efectos tan continuados pasen de generación en generación de animales y plantas hasta perpetuarse en su genética en forma de mutación. Pero el documental ata en corto y no recorre este camino. En realidad, son muchas las variantes que decide no diversificar, porque cada vez que se abre un camino especulativo aparecen dos, tres, cuatro o cien senderos más, con cada vez menos objetividad. Por eso y porque el documental duraría décadas e implicaría a cientos de científicos.

Me quedo con el temor a ese peligro latente y callado que entrañan las centrales nucleares. Sé, a ciencia cierta, que algún día, en algún país, se volverá a vivir una tragedia como la de Chernóbil. Por no hablar del famoso botón que sobrevoló los despropósitos de la Guerra fría.

Ojo, yo no digo que tengamos que rezar cada noche a que no falle la central de turno. Digo, en cambio, que se vayan cerrando paulatinamente y saquemos la energía de alguna parte, aunque sea a costa de gastar un poco menos.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Adiós amigos (Dream is over)

Durante mucho tiempo me aferré a la idea errónea de que existía la amistad verdadera y, además, pensé que dependía de mí si aquellas amistades se mantenían o se acababan esfumando.

Cometí el error de culparme porque muchos amigos perdieron el interés por mí, por lo que vivía y por cómo lo vivía. Lo achacaba a mi carácter difícil, como si ellos fuesen ángeles...

Lo más grave es que también me culpé cuando fui yo el que perdió el interés por ellos, aunque por mi sentido de la lealtad nunca los dejara de lado (o, al menos, casi nunca).

También es cierto que he visto cómo, sorprendentemente, algunas amistades, muy pocas, se han fortalecido con la distancia y con el tiempo. Son pocos, pero se merecen todo mi cariño.

Sin embargo, no es menos verdad que he comprobado cómo los lazos que creía fuertes se desligaban con suma facilidad y con demasiada frecuencia.

Cuando me marché de La Vila Joiosa a Barcelona perdí un puñado de amigos. Cuando pasé por momentos realmente malos, me percaté de que había perdido muchos más de los que había imaginado en un primer momento. Incluso gente a la que trataba de animar desde la distancia, ocultando mis propios problemas. Éstos fueron los primeros en desaparecer de mi vida. Tan pronto en cuanto rehicieron su vida sentimental, se curaron de alguna enfermedad, se calmaron, etc. me dieron puerta. A mí y a todo el amor que había volcado en ellos.

Mientras, durante los cuatro primeros años en Barcelona me negaba a acostumbrarme a la idea de tener amigos de temporada, de esos con los que intimas mientras permaneces en un lugar de trabajo, o en un curso, etc. y que luego se esfuman sin que puedas hacer nada por evitarlo. Con la misma facilidad con la que me veía obligado a cambiar de trabajo, los nuevos amigos se desvanecían y aparecían otros. Me costó mucho afrontar aquellas pérdidas. De hecho, me centré más en el dolor que me ocasionaba perder a los nuevos amigos que en la ilusión de conocer gente nueva. Ahora es diferente: yo mismo empiezo a tratar a los nuevos amigos con precaución y distancia.

A los 35 años he visto que no soy el único que pone barreras antes de quedar dos o tres veces seguidas con la misma persona. Como si ese gesto fuese un contrato de amistad condenado al fracaso. La diferencia es que creo que muchas personas actúan así por desinterés. Yo lo hago para no sufrir.

Además, no creo que Barcelona sea una ciudad fácil para hacer amigos. Es muy difícil que un amigo te abra las puertas de su casa en Barcelona. Tanto como para mí lo es invitar a conocidos.

Respecto a los viejos amigos de La Vila Joiosa, observo con cada vez más indiferencia que cada cual ha ido haciendo su vida como si sólo existiera su pequeño entorno. La mayoría de los casados han centrado su vida social en un consenso, a mi juicio absurdo, con su pareja sobre las personas que deben frecuentar y las que no. Como si tuviéramos que pedir permiso a alguien para sentir el valor de una amistad. Como si alcanzar el dudoso sueño de la estabilidad sentimental y económica significara renunciar a la alegría de los viejos amigos.

Algunos, por suerte, se han mantenido más o menos igual, pero con cada vez menos tiempo. Menos tiempo para hacer una llamada, para enviar un e-mail y supongo que para acordarse de mí y de otras personas.

Antes me torturaba pensando en que era el único idiota que añoraba a los viejos amigos, el único que siempre estaba ahí, pendiente de sus tropiezos y alegrías, dispuesto siempre a escribir, hablar, escuchar.

Creo que finalmente lo han conseguido: veo que mi mundo se estrecha, como el suyo, pero también intento ampliarlo por otros terrenos, ahondando más en la calidad de las personas que me arropan y de las cosas que trato de hacer. En realidad, ya no sufro cuando un amigo experimenta una metamorfosis y se convierte en un apéndice de su mujer, su familia o su trabajo. A veces incluso me divierte la idea. Me gustaría entenderlo, pero no puedo.

Me da rabia, no lo niego, que estos desertores de la amistad hayan conseguido arrancarme la ingenuidad que mantenía casi intacta desde la infancia. Pero lo importante es vivir el presente, que para algo es lo único que existe.

Al fin al cabo, la vida es un largo viaje en tren: algunos paisajes se repiten, otros desaparecen para siempre y en alguno, no en todos los que te encandilan, consigues recrearte un tiempo.

NOTA: Dedicado a todos esos amigos que tanto dolor me causaron al defraudarme y que campean indiferentes a los viejos tiempos felices de antaño, instalados en una burbuja, a veces bonita, siempre impuesta, repetida, poco original y me temo que impostada. Vosotros os lo perdéis. ¿Y yo? Ya no pienso revisar el libro de las hojas muertas. Nunca más.

Actualización a 10 de marzo de 2011: cambio foto de grupo por algo más genérico a petición de uno de los integrantes de la imagen. La dichosa foto puede verse en mi espacio de Facebook, aunque sólo está disponible para amigos, conocidos y parientes.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Antes de cortar cabezas, usemos las nuestras

Si los controladores aéreos terminan en la cárcel por abandonar sus puestos de trabajo, no será en nombre de la justicia, sino del linchamiento público.

Claro que la montaron muy gorda. Por supuesto que han explotado en el peor momento, antes del puente más ansiado del año, y en la peor coyuntura, cuando más de la mitad de los españoles daría un dedo por estar en su situación laboral y económica. Pero eso no significa que tengan que renunciar a sus derechos.

Lo que quiero decir es que, independientemente de su estatus, deberían tener la oportunidad de realizar huelgas o, en cualquier caso, de llevar a cabo todas las reivindicaciones que, como grupo, creyeran convenientes. ¿O es que cobrar mucho dinero les obliga a esclavizarse? A fin de cuentas, fue el Gobierno de Aznar el que les subió los sueldos. ¿Tú te negarías a un incremento en la nómina?

Ojo, porque a mí me fastidiaron un viaje. Y eso es lo de menos. Peor lo han pasado otros y te aseguro que he seguido algunos casos por todos los medios de comunicación que me ha sido posible. Tampoco me hacía falta. Es fácil imaginar que entre los afectados se encontraban enfermos que necesitaban seguir un tratamiento, familias que no se encontraban desde hacía mucho tiempo, empresarios que se jugaban un gran capital, parejas que querían adoptar a un niño, gente que quería llevar el féretro de un ser querido a su lugar de origen, y todos los etcéteras que se te ocurran.

Considero que los controladores deben pagar los platos rotos. Pero se me ocurre algo mejor que martirizarlos con la amenaza de ponerlos entre rejas (aunque sé, a ciencia cierta, que el sentido común se impondrá y no pasarán por ese trago). Se me ocurre que, ya que tienen un buen sueldo, respondan con parte de su patrimonio a las pérdidas económicas. Y en el caso de que se encuentren indicios de mala fe en algunos trabajadores, que se les excluya de una profesión para la que quizá no estén ya preparados. Hay muchos más trabajos que pueden hacer. Enviarlos a la cárcel sería salvaje. Darles una indemnización y dos años de paro para que reorienten su carrera es equipararlos a cuatro millones de españoles que han tenido que pasar por un proceso similar: en cuanto no han sido útiles, se han ido a la puñetera calle.

Con todo, no quisiera que perdiéramos de vista unos cuantos datos:
-Es AENA la responsable última del desastre de los controladores.
-Son USCA, su sindicato mayoritario, y el Ministerio de Fomento los principales culpables de que no se haya solucionado el conflicto por medio del diálogo.
-Es el Gobierno, en última instancia, el único organismo que podría haber previsto una huelga encubierta, y el que ha tenido varios años para preparar un equipo militar capaz de sustituir a los trabajadores en rebeldía.
-Además, al Gobierno no le viene nada mal que toda la atención mediática se centre en el problema de los controladores, en los informes de WikiLeaks, etc., etc. Así no se habla del paro, por ejemplo. A la oposición, por lo visto, tampoco le parece mal. Así, ya pueden pedir más dimisiones y seguir acorralando a Zapatero.

Respecto al estado de alarma no creo que haya que poner el grito en el cielo. Los militares de hoy en día no tienen nada que ver con los del 23-F. Por tanto, me parece un mal menor. Supongo que es el factor que menos agravará el estrés de los controladores. Sobre todo, porque no les están apuntando con el fusil. Ahora mismo los controladores deben de estar pasando por un suplicio peor: saberse los enemigos número uno, contemplar la amenaza de la cárcel...

Lo importante de todo este embrollo es que los españoles no se vuelvan a dejar engañar. No queremos las cabezas de los controladores. Lo que queremos, en primera instancia, es que no vuelva a ocurrir un caos similar. Lo último que deseamos es que se produzca un linchamiento sólo porque la gran masa quiera sangre. En la Alemania de los años treinta, la mayoría optó por el nacionalsocialismo de Hitler. Eran muchos, estaban cabreados y durante décadas han tenido que arrepentirse de su gravísimo error.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Un consejo para que todo el mundo te odie

Yo casi lo he conseguido. Por tanto tú puedes.

No tiene secreto, ya lo verás, aunque es esencial deshinibirse, actuar sin tacto ni tino, y lanzarse a la yugular de tus conocidos.

Se trata de decir la verdad. Es tu verdad, de acuerdo, pero hasta que no cambies de opinión es lo más cercano que te hallarás de una posible verdad absoluta.

En plena era del individualismo, todas las personas que conoces, y las que no, se creen autosuficientes. La mayoría apenas duda, porque siempre conducen con la carrocería de "si lo creo, es así". Y lo hacen por la autopista del "cómo se debe hacer algo", que es una mezcla entre los valores de su familia (inconsciente o conscientemente) y su pareja (o persona más significativa) y la corriente mayoritaria de pensamiento. Como paracoches llevan el lema "somos libres de hacer lo que nos dé la gana", "cada cual es responsable de sus actos", "el fin justifica los medios" y "todas las opiniones valen lo mismo".

Ante tal panorama, acelera a fondo y atropella los deseos, creencias y teorías de tu amigo con el morro de un Mercedes.

Dale consejos si no los acepta. Critícalo si se cree infalible. Métete hasta los abismos de su interior si su lema es "vive y deja vivir". Proclama tu verdad como la única versión válida cuando tu amigo abogue por el relativismo. Y no dejes de hurgar en la herida hasta que te salpique de sangre.

Si aciertas; si le estás diciendo la verdad, te odiará con todas sus fuerzas. Si te equivocas de cabo a rabo le inspirarás tanta compasión que tal vez algún día, si su agenda y su relativismo moral autocomplaciente y egoísta se lo permite, incluso te aconseje un libro, un autor, una película, etc. Es lo más lejos que va a llegar.

Deséngañate, no te dará un consejo. No te va a decir su verdad, porque simplemente no le interesa romper las reglas. Sabe que si entra en tu juego, podrás meter las narices en su vida las veces que quieras. Sobre todo, sabe que atreverse a decirle la verdad a un amigo implica mucho valor, no pocos riesgos y una ingente cantidad de tiempo.

NOTA: La imagen corresponde al cartel de "Enemigo mío" un ejemplo de cine eficaz con cuatro duros, ideal para intolerantes y gente que sólo ve el último blockbuster.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Siempre regreso a casa

Por más que el viento me azote la espalda; por más que las sombras de la noche me hagan quebrar conchas y caracolas a media luz; a pesar de que el bravo mar se me imponga, dominante y lejano, con su rugido sobrenatural; o tal vez precisamente por eso, siempre busco el mar, siempre regreso a casa.

Los ríos, estancados en las ciudades, son dioses antiguos y grasientos, dispuestos a dejarse devorar por los siglos, la estanquidad y los residuos de sus fieles paganos.

El mar es otra cosa. Allá donde se le corta el paso con un dique, la fuerza del agua azul y verde se impone hasta arrancar las cicatrices de la roca. Cuando uno le da la espalda, el ancestral salitre envuelto en la brisa te obliga a olerlo, a girarte hacia su soplo húmedo. A dar la cara.

No soy de los que nada con frecuencia, ni mucho menos de los que gustan de navegar. El mar y yo firmamos un pacto hace mucho tiempo: él me escucha y yo lo observo. Poco más. Cuando me baño en sus aguas, lo hago con recelo -no se vaya a enfadar- y con mimo, por todos los que lo han traicionado.

Si he de buscar mi sitio tendrá que ser bajo la cruel dictadura de la humedad y la dolorosa visión de mares ahogados por especuladores y turistas destructivos(aficionados a la vida, naúfragos de sí mismos). Para todos ellos, el mar sabe ocultarse bajo una apariencia demoledora y gris. A mí, en cambio, me susurra sus delicadas formas donde quiera que vaya, porque si se le respeta, te deja formar parte de él.

Estos días Cádiz me espera, con su bahía inmortal. En Barcelona late mi corazón contra corriente, pero mi alma sigue aferrada a mi Vila Joiosa. Por eso, aunque esté lejos, siempre regreso a casa.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Fuera dudas sobre la pertinencia de la lucha de los miembros de WikiLeaks

La duda ofende y, en este caso, preocupa. Prácticamente todos los medios de comunicación del mundo debaten sobre la legitimidad de WikiLeaks para dejar en evidencia a los países poderosos.

Para cualquier demócrata que se precie, no hay lugar a dudas. Hoy en día pocos periodistas podrán presumir de realizar su trabajo a la altura de los miembros de WikiLeaks. Se trata de noticias contrastadas, muy difíciles de obtener y de un inmenso interés y repercusión. ¿Existe algún medio de comunicación o periodista independiente que haya hecho tanto por la transparencia de las gestiones de los países? Al contrario. Los emporios mediáticos se dividen en dos: los que desean tumbar a un gobierno y los que se enrocan para que nadie cambie el status quuo.

Está claro que a los gobiernos occidentales les escuecen estas filtraciones. De lo contrario no pondrían toda la carne en el asador para terminar con las filtraciones. A fin de cuentas, sólo iniciativas como la de WikiLeaks suponen una alternativa al pensamiento único y a la manipulación constante.

Con todo, ¿es bueno para los ciudadanos? Definitivamente sí. Tenemos derecho a conocer cualquier acción que nuestros representantes políticos emprendan. Incluso si está tipificada como secreta. De esta manera sabemos, por ejemplo, que los servicios de inteligencia son más ineptos de lo que nos quieren hacer creer.

Sólo por haber puesto sobre la palestra los abusos del ejército norteamericano en Iraq, los responsables de WiliLeaks merecen ver premiada su iniciativa. Caso aparte es que su fundador haya incurrido en algún delito. ¿Es culpable de violación? Que lo pague. Pero me temo que a este señor no lo han cazado por presunto violador sino por sacar a la luz las vergüenzas de nuestros representantes, poco acostumbrados a que se pongan en tela de juicio sus actividades subterráneas.

Bravo por WikiLeaks. Estoy ansioso porque salga un grupo similar centrado en la política española. Lo que nos vamos a reír y lo que algunos van a llorar.

martes, 7 de diciembre de 2010

Las otras dos Españas

De las dos Españas de siempre ya tendrás información de sobra, pero seguro que intuyes que en lo laboral también hay dos países en uno, el de los trabajadores normales y corrientes (en precario, con la amenaza constante de quedarse en el paro) y el de los funcionarios (los únicos que se benefician de todas las mejoras sociales y con empleo para siempre).

Al contrario de lo que se cacarea, los funcionarios no son todos unos chupópteros que se ríen de los ciudadanos que les dan de comer. Es verdad que algunos olvidan lo principal de su tarea: servir a los demás.

El caso lamentable de los controladores aéreos es una muestra más de que el ser humano siempre funciona del mismo modo: al principio, lucha por mejorarse; después se asienta; luego, se aferra a sus derechos olvidando parte de sus deberes y, finalmente, vierte todas sus energías en mantener el status quo, descuidando incluso su trabajo. De forma muy resumida, los funcionarios tienden, por naturaleza, a olvidar cuál es su función.

Sin embargo, me parece absurdo que la opinión pública aplauda los recortes a los funcionarios, incluyendo a los controladores, porque en el fondo lo que el Gobierno está haciendo es llegar al equilibrio económico y social de los españoles por la vía rápida e injusta de eliminar derechos. Cuando en realidad lo que debería hacer es poner los mecanismos necesarios para mejorar las condiciones del resto de trabajadores, de forma que un electricista cobrara unos 2.000 euros, que es lo que viene a cobrar el más novato en el Reino Unido (y si el Financial Times opina que España debe rebajar los sueldos de sus trabajadores es preferible leer otras publicaciones menos malignas como el Hola o el 10 minutos).

¿Estas mejoras son aplicable también en un contexto de crisis? Te reto a que me digas un período de cinco años consecutivos en el que los gobiernos de turno no hayan usado las hipotéticas crisis como excusas. Además, si la crisis es global, ¿por qué en casi todos los países europeos un trabajador cobra como mínimo el doble que un español?

Por favor, no caigamos en la trampa que nos plantean los poderosos. Ante una decisión tajante de por parte de los poderes, te recomiendo siempre un análisis crítico concienzudo. Si dos fuerzas contrarias, en este caso PSOE y PP, están de acuerdo en una medida... tiembla. Ojo, que no digo que Gobierno y oposición deban andar siempre a la gresca. Pero tampoco vamos a ser tan ingenuos para pensar que el PP ejerza una oposición responsable sin que saque su buena tajada al respecto. A la vista está que no (sin que el PSOE de Zapatero se haya ganado el Cielo).

Respecto a los controladores, tampoco quiero resultar ambiguo. No cabe duda de que esos irresponsables, de la mano de sus representantes sindicales, han hecho muchísimo daño. Ya todos sabemos que económicamente son unos privilegiados, pero, al fin y al cabo, también deberíamos recapacitar en dos cuestiones: la primera, no tienen derecho a huelga y, la segunda, ellos no tienen la culpa de cobrar tanto. Con esto último quiero decir que la cuantía del sueldo no garantiza a ningún trabajador que rinda al máximo en cualquier circunstancia.

En cualquier caso, reitero que no estoy de acuerdo en la actuación de los controladores. La han líado y gorda (a mí me han fastidiado un viaje, pero eso es lo de menos). De todas maneras, José Blanco debería haber negociado con mano izquierda y menos "ordeno y mando". Y si finalmente pensaba recurrir a los militares, desde febrero de 2010 ha tenido tiempo de sobra de formar a parte del ejército para poder sustituir a los controladores en huelga encubierta. O sea, que no todo es blanco y negro, excepto el apellido del ministro de Fomento. Cualquier conclusión simplista y monocroma de una cuestión intrincada resulta sospechosa. En este caso se han equivocado los unos y los otros. Y el PP, intentando meterle un gol al Gobierno, también.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Yo también apuesto por la desacralización del Valle de los caídos

Según informaba la agencia EFE la semana pasada, los integrantes del Foro por la Memoria de Toledo pidieron que la basílica del Valle de los caídos fuese desacralizada con el fin de que deje de ser un "centro de peregrinación del fascismo internacional" y se convierta en un memorial y en un monumento "a la libertad y a la democracia".

Se manifestaron con motivo del aniversario de la muerte del dictador Franco y a mí me parece una petición sensata.

Un lugar que fue símbolo del autoritarismo, que segó la vida de muchos reclusos, la mayoría por motivos políticos, y que, desde luego, no picaban piedra por gusto, está más cerca de un verdadero templo de los horrores que de un basílica cristiana.

No veo motivo alguno para demoler ninguna parte del monumento. Una acción bárbara sólo nos podría equiparar a otros bárbaros, por ejemplo, los talibanes. Sin embargo, es preciso desproveer a templo de cualquier analogía con la represión, el dolor y la muerte.

Y con más motivo cuando, como declaró el presidente del Foro por la Memoria de Toledo, las tumbas de Franco y José Antonio congregan a fascistas de todas las partes del mundo.

Al contrario que a esta plataforma, a mí no me sobra la cruz, me sobra el homenaje en democracía del totalitarismo. El día que se devuelvan los muertos a sus cementerios legítimos, e incluyo aquí a los presos republicanos enterrados en la roca y a los divinizados enemigos de la Democracía, se podrá escribir a la entrada del recinto que se trata de un monumento laíco, porque ninguna iglesia puede permitir que sus fieles rindan pleitesía a ideas y personas en las antípodas de Jesucristo. Sobre todo, me gustaría que el monumento perviviera para dejar constancia de que los demócratas estamos en contra de la destrucción, de las dictaduras y de la guerra.

El misterio de los termostatos inoperantes (nonoticia)

¿Nunca te has preguntado por qué en los cines, cafés y oficinas públicas hace tanto frío en verano y se sufre un calor tan angustioso en invierno?

Tenemos un rey, quizá parezca anacrónico, pero en lo demás estamos al día. De hecho, existen pruebas que demuestran que en nuestro país existen esos aparatitos que regulan la temperatura desde hace décadas. Nos referimos, claro está, a los termostatos. Así lo atestigua el instalador Paco, "sí, doy fe. Lo que es existir, existen". De acuerdo, existen... ¿Pero por qué nadie los usa en España? Hemos desentrañado el misterio.

La voz de alarma la ha dado en la UE un funcionario belga que pasó de los 45 grados en el andén del metro de Barcelona a los 15 en el interior del vagón. Hay fuentes que vinculan la polvareda que ha creado su posterior resfriado a la baja de seis meses que lleva paralizado el cuerpo de traductores del flamenco al tailandés, un brazo burocrático clave en el contexto globalizado.

Sin duda, el resfriado más largo del mundo, tal y como se denomina a la enfermedad que sufre Grands Tosses, ha propiciado un encuentro que hará historia: el próximo lunes el recinto ferial de Alicante congregará a ciento quince especialistas, la mitad expertos en frío y calor y la otra mitad parapsicólogos (y un pastelero), para averiguar las causas de los cambios bruscos de temperatura que sacuden los cimientos de la salud de los españoles.

Obama, el presidente casi negro y casi blanco de los EE.UU., ha dado el visto bueno a la cima de expertos, aunque no se fía, y por eso ha enviado un espía camuflado entre los asistentes, según se ha filtrado en la página web de Yahoo!, sección mascotas. La duda es: ¿detectarán los asistentes del congreso al infiltrado? No es el único problema al que se enfrentan.

Según la DGT, autobuses y camiones cisterna cargados de farmacéuticos han colapsado las principales carreteras hacia Alicante. El portavoz de la asociación libre de boticarios anticonceptivos ha desmentido la noticia, pero lo cierto es que en el estado español ya han cerrado más de tres mil farmacias sin que haya una explicación oficial al respecto.

Precisamente, en los foros de motos de Internet hay voces críticas que señalan a un farmaceútico, experto en patentes, como el culpable de que en ningún local del estado sepan usar el termostato. En un bar de Alicante, dos guiris captaron una conversación de un pastelero con acento yanqui refiriéndose al caso. Por lo han contado las dos extranjeras en todas las televisiones locales de la provincia de Alicante, siempre según la versión del supuesto pastelero, el malvado farmacéutico podría haber cambiado el manual de instrucciones genérico de todos los termostatos para que el consumo de antiestamínicos en España se mantuviera estable todo el año.

Tal vez así se explique por qué narices tenemos que resfriarnos en pleno verano y quedarnos en ropa interior en invierno.

Hemos contactado con muchos de los dueños de espacios considerados de alto riesgo para coger un resfriado. En concreto, el señor Balanyús, propietario de decenas de cines y teatros en Catalunya y parte de Andorra, ha confesado que nadie en su empresa conocía el uso del termostato. “Todo parecía lógico”, afirmó, “si en la calle hacía frío, le metíamos calor a las salas, y en cuanto venía el verano, todo el fresquito del mundo. ¿No es lo que la gente pide?”

El portavoz del PP ha dicho que la culpa es de Felipe González. Luego se ha retractado y ha culpado a ZP.


Cachondeo News.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Los hurones de las ramblas

Esto pasó más o menos como cuento a continuación: me encontraba paseando por las ramblas. Era lunes por la mañana y la calidez del día animaba a la gente a charlar unos con otros, o sentarse en alguna de las baratísimas y típicas terrazas.

Qué tapas servían con las cervezas. Me costó dios y ayuda decidirme por una de las terrazas. Al final creo que acerté. Nada más verme sentado me atendió un chico muy rubio y simpático de las Corts, que me recomendó visitar el Raval como si fuera un turista. Estuvimos charlando un rato. Incluso se sentó a mi lado para comentar la armonía que se vivía en el barrio, que tanta mala fama tuvo hasta principios del siglo XXI. Hice un comentario sobre lo maravilloso que era disfrutar de la mezcla de culturas. El chico se sorprendió. Claro, era demasiado joven para haber vivido otros tiempos. Después salió su jefe, un pakistaní, y se tomó una cerveza con nosotros. Al cabo de un buen rato, el jefe le dijo que ya era hora de irse a casa. Trabajaban de diez a doce. Sin embargo, al joven le apetecía echar una hora más. Al pakistaní le pareció bien.

En la mesa de al lado, unos trabajadores de la construcción avisaban al patrón de que ya era hora de ponerse al tajo, pero el patrón decía que no, que ahora invitaba a jamón ibérico.

Al cabo de diez minutos, todavía seguían allí los obreros, riendo, comiendo y bebiendo. Luego, me fijé en dos chicas rumanas con un par de bebés en sus carritos que parecían buscar sitio. Sin pensármelo dos veces, les invité a sentarse a mi mesa y estuvimos hablando un rato sobre lo bien que se vive en Rumanía desde que la Unión Europea se había ido a hacer puñetas.

Como las tapas copiosas que traía el rubio de las Corts sólo hacían que abrirme el apetito, me despedí de las rumanas. Al despedirme me fijé que los obreros habían desaparecido de la terraza sin acabarse el jamón. El rubio me dijo que me llevara un par de lonchas sin problemas; para engañar al estómago. Le di las gracias y me marché.

Cuando subía por las ramblas, me acerqué a un puesto de animales para ver cómo una veterinaria desparasitaba a una pandilla de hurones que corrían juguetones por entre las jaulas abiertas del resto de animales. Nada más emprender la marcha, un taxista detuvo el coche, se bajó y me alcanzó con el brazo. Me preguntó si iba en dirección a Lesseps y le respondí que sí. El taxista insistió en llevarme gratis porque, de todas maneras, tenía que pasar por allí. Insistí en que me apetecía pasear un poco más y el taxista se despidió, preocupado por el resto de vehículos, parados tras su coche, aunque todos esperaban pacientemente, como si no existieran las prisas.

Ya cerca de mi destino, el metro de Plaça Catalunya, me fijé en los escaparates de las tiendas de ropa, cada cual diferente y con el nombre de su propietario. Se habían preparado para la campaña navideña y, por supuesto, habían bajado los precios hasta un cincuenta por ciento. En una de las tiendas vi un belén realizado con maniquíes de hombres y mujeres de todo tipo: gordos, altos, casi enanos...

Mi estómago volvió a avisarme y me dirigí hacia la boca del metro. Instintivamente fui a buscar en el bolsillo del pantalón el billete, pero recordé que esos eran otros tiempos. Hace muchos años te cobraban un dineral por trayecto. Ahora es gratis.

Antes también habría sido imposible pasear un lunes por la mañana por las ramblas. Y mucho menos tomarse algo en sus terrazas sin que te cobraran una millonada por una copa enorme de sangría con pajita a la caribeña. Antes, ésa es la verdad, Barcelona daba miedo: los inmigrantes trabajaban como esclavos, los españoles y catalanes, otro tanto de lo mismo, aunque miraban a los “otros” por encima del hombro. Los extranjetrs, en general, te daban miedo porque en la televisión decían que siempre intentaban robar, sobre todo las rumanas con niños. En los andamios, los obreros se dejaban la piel y en los puestos, los animales se contagiaban de todas las enfermedades posibles. Para colmo, los comercios eran las mismas franquicias de los centros comerciales; ya se sabe, para un mismo público, para la gente delgada y no demasiado baja.

Qué alivió sentí al subirme al vagón, descongestionado, porque pasaban trenes cada medio minuto. Al sentarme sentí un escalofrío, porque a pesar de lo a gusto que me sentía en esta nueva sociedad, no dejaba de darle vueltas al infierno que supuso vivir en una era en la que toda tu vida te la podías pasar recelando de los demás, trabajando de sol a sol y con la constante insatisfacción de no encajar con las tallas de las franquicias de ropa, de no tener el coche del vecino, de no llegar a fin de mes a pesar de trabajar tanto, de encapricharse en comprarte por Navidad un hurón desnutrido en las ramblas.

Menos mal que a un iluminado se le ocurrió hacer un pacto global para usar la tecnología por el bien común y trabajar lo justo para que todos tuviéramos lo necesario: una vivienda, comida y gente a la que repartir cariño.

En un santiamén llegué al apartamento, me tomé la cápsula del mediodía y me acerqué a casa de la vecina por si quería hacer el amor.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Más allá de nosotros mismos. Quizá la vida.

Cualquier día te despiertas y descubres que la persona que bosteza frente al lavabo no es ese ser que tienes en mente cuando no te ves ni te piensas. Porque, no vamos a negarlo, sueles soñar despierto que tienes una mirada especial, el rostro bien perfilado, el cuerpo fuerte pero flexible, y, además, te sientes distinto porque crees que nadie tiene tus gustos, tus pensamientos o tu sentido de la vida.

Sueñas constantemente en cómo eres tú, sin saber que estás dentro de un sueño. A veces te levantas a media noche, te lavas la mano frente al espejo del baño y crees que tu rostro ha cambiado por el cansancio o quizá es que tu vista te engaña. El caso es que estás convencido de que esa cara sólo es la tuya en los momentos íntimos de tu derrota física y psíquica. No te paras a pensar ni por un momento que otros te verán así, con las bolsas de los ojos marcadas, el labio inferior algo vago y un enjambre de imperfecciones en la piel que sólo tu espejo delata. O eso crees.

Luego vuelves a la cama con la certeza de que descansarás hasta que te despiertes con tu verdadera cara, que es muy similar a la de algún actor, cantante o deportista. Asumirás, no obstante, que el efecto del sueño te enseñará una versión tuya desmejorada que al contacto con el aire de la calle se resarcirá.

En circunstancias normales, te sientes tan diferente al resto de personas que no te explicas como paseas por los parques y los bulevares sin que nadie repare en ti.

Al mismo tiempo, te dedicas a reinventar cada día a tus familiares, amigos e incluso ídolos para que se parezcan a una imagen borrosa de la realidad, que, de nuevo desde tu punto de vista, se aproxima a la perfección.

Y si te sacude la adversidad, es porque sólo a ti te puede golpear la vida de esa manera. Si, en cambio, realizas una proeza, le darás mucha importancia los primeros días, pero luego conseguirás neutralizar su efecto y conseguirás que el logro se convierta en el peldaño para un hito superior y, probablemente, inalcanzable.

Pasa la vida y no piensas en la muerte. Tal vez te libres. Sí, lo has llegado a pensar. Esas ideas nunca se plasman con los andamiajes de una reflexión. Surgen y ya está.

Nunca admitirás, eso jamás, tu derrota, aunque a medida que pasen los años averigües que no sabes nada sobre ti, ni sobre el ser humano ni sobre ese gran concepto que es la vida.

Por eso hay científicos que creen en dioses. Por eso hay gente que se pudre en los arrabales de las grandes ciudades y no consigue alcanzar la fe en ninguna religión por más colmillos que les hinque la vida..

Tal vez algún día seas capaz de ver la cúpula celeste y sus decenas de gamas de colores. Ojalá descubras en el aire aparentemente inerte los sonidos de los animales, el crepitar de los árboles o los susurros del viento.

Incluso es posible que uno de estos días mires a ese mismo cielo, pero por la noche, y entiendas que todos esos astros han estado casi siempre ahí, y que siguen ahí por algún motivo que, obviamente, van más allá de ti y de tu corto entendimiento.

martes, 30 de noviembre de 2010

La ansiedad duele

No fue hasta la primera crisis de ansiedad (ataque de pánico o como se le quiera llamar) que le tomé respeto a esta enfermedad. Hasta entonces era uno más de los temas que veía reflejados de forma superficial en las revistas que compraba mi madre. Sin embargo, se trata de un trastorno muy cabrón y que afecta a mucha más gente de la que crees.

En primer lugar, te puede asaltar en cualquier momento. O sea, que la ansiedad es traicionera.

Además, puede que nadie lo note aparte de ti. Por lo tanto, tendrás que conformarte con la comprensión del médico de cabecera y cuatro personas más.

Para colmo, viene y va cuando quiere, pero sólo desaparece tras muchísimo tiempo de tratamientos de todo tipo, tanto psicológicos como psiquiátricos.

¿Causas? Predisposición genética, estrés continuado, falta de ejercicio, mala alimentación y, sobre todo, tu punto de vista sobre la vida.

Los pesimistas lo tenemos mal. Los dubitativos también. Sólo se libran de la ansiedad las personas que se multiplican para ir al gimnasio, se autorrealizan con miles de actividades complementarias al trabajo, y van con el viento a favor por la vida tal y como está montada (ascender en una profesión, formalizar socialmente tu situación y seguir creciendo en el sentido capitalista: comprar, desear más y, en la vejez, tener mucho dinero amasado para los hijos).

Hay una especie de ser humano que me molesta muchísimo que es el "echao palante". Ésos que suben de categoría como la espuma, que se codean con los jefes de personal y que finalmente se convierten en uno de ellos... Los mismos que luego aplican sin escrúpulos la ley de la selva, mientras se basan en la letra pequeña de otra ley, la de la relatividad, para asegurarte que todo vale, que te está dando la patada por tu bien, aunque no lo sepas ver.

La ansiedad mal tratada deriva en depresión y lo peor de todo es que el sistema, tal y como está implantado en Occidente, no admite gente que no esté al cien por cien de sus facultades. Incluso los propios médicos desconfían de un paciente ansioso. Será que hoy se ha levantado obsesivo compulsivo o paranoíco. Será lo que el doctor quiera.

Hay solución y esperanza, pero eso lo trataré otro día. Por ejemplo, un día que lo visualice. Hoy no.

lunes, 29 de noviembre de 2010

La crisis y el miedo, claves en la debacle de la izquierda catalana

Tras los resultados de las elecciones catalanas, habrás leído o escuchado análisis mucho más cualificados que el mío. Si bien es cierto, que los intereses de los grupos mediáticos siempre van ligados a algún partido, o contra alguna fuerza política. Y esta circunstancia no se da en mi caso.

Lo primero que se me ocurre, sin entrar en profundidad, es que Catalunya ha dado un giro brusco a la derecha porque la labor del tripartito no ha convencido al electorado. José Montilla ha tenido la dignidad de anunciar su retirada de la primera línea política. De momento, Joan Puigcercós no va a seguir su ejemplo.

Ya se vaticinaba la caída de ERC, pero la estrategia del partido de cara a los comicios ha acentuado el fracaso. Las formas de Puigcercós, heredero del personalismo político de Carod-Rovira, no han tenido el tirón que sólo él se esperaba. Además, su apuesta bravucona (somos valientes, decía uno de los eslóganes) y radical por la independencia ha llegado en el peor de los momentos, justo cuando la gente está angustiada por la economía y el paro.

Sin embargo, Puigcercós no sólo ha agravado la situación de su partido sino que ha conseguido movilizar el voto de los otros catalanes, los que se sienten fuera del sistema basado en la autodeterminación y la utilización de la cultura autóctona como espada y escudo al mismo tiempo.

Así se entiende el éxito de una Alicia Sánchez-Camacho que no ha dado pie con bola. La estrategia vía Madrid de hacer leña del árbol caído entre los catalanes que se consideran desplazados (no hablan catalán, apenas tienen para llegar a fin de mes y se sienten amenazados por los inmigrantes) ha triunfado. Es el voto del miedo, pero también el de la constatación de que el tripartito, sobre todo ERC, ha conseguido crear dos Catalunyas en el Estado de las dos Españas.

Artur Mas, por su parte, ha sabido jugar sus cartas y se ha limitado a contenerse ante los pulsos de unos y otros. La gente lo toma por un hombre de estado, un político de la vieja escuela, con honor. Luego hará y dirá lo que todos esperamos de él: abrocharse el cinturón, consolidar una mayor autonomía económica para Catalunya, etc. Eso sí, sin descolgarse del poder español, que reside en Madrid. ¿Servilismo interesado? Tal vez.

Claro que todas estas conclusiones, resumidas para no aburrirte, oh paciente lector, podrían irse al traste si introducimos dos variables:

La primera, que una participación del 59 por ciento, por mucho que todos extiendan la patraña de que es una proporción positiva, no representa los deseos del pueblo. Aunque, nadie se puede apuntar este tanto. Y menos el tripartito.

La segunda, que quizá todo lo que acabo de escribir y otros análisis similares que te llegarán por todas partes no sirvan absolutamente para nada. Cabe la posibilidad de que el electorado que se interesa por Catalunya se haya decantado por CIU, pero también es posible que gran parte de los votantes hayan mostrado su furia por la crisis en la que está sumida España y hayan castigado a Montilla y compañía como si fuesen Zapatero y su comparsa.

Esta última valoración significaría que la gente no sabe votar, o no le interesa. También implicaría que los catalanes culpan a Zapatero de haber gestionado mal la crisis. En cuanto al PSC, a pesar de los desmarques de última hora de José Montilla, la sombra del PSOE es muy alargada, pero no tanto para dejar en la penumbra los hilos del gran titiritero instalado en la calle Ferraz de Madrid.

Sobre Ciutadans no hablo. Me parece una farsa de un tipo (Rivera) muy hábil. A ICV su escaso papel en el Govern le ha dañado seriamente. Si en su partido prefieren interpretarlo como la inercia de la caída de Izquierda Unida, y de toda la izquierda en general, creo que se equivocan. Joan Herrera ha transmitido algo muy distinto a lo que nos suelen decir Gaspar Llamazares y Cayo Lara: soluciones pragmáticas, desde la solidaridad y la conciencia de clase baja y media, sin demagogia del siglo XIX.

Nos guste o no, Artur Mas ya ha ganado las elecciones tres veces. Justo es que, por fin, le toque gobernar. Es lo que los catalanes han querido y se debe respetar. Pienso de todas formas que Puigcercós ha destrozado la baraja, que el PSC no ha sabido administrar su ventaja con tantos años en el poder, y que Rajoy (o Sánchez-Camacho) han jugado sucio hurgando en los más bajos instintos de las clases sociales más necesitadas.

De lo que no cabe duda es de que la brecha de la sociedad catalana está abierta. Ahora depende de los movimientos de los partidos volver a consensuar temas tan importantes y tan de sentido común como la necesidad de cuidar la lengua y cultura propias, que a la vista de las votaciones, ha quedado en entredicho.

Desde luego, los deseos de independencia de los catalanes quedan más cerca de los sueños de algunos políticos que de la realidad. Así que tendrán que pasar muchos años hasta que vuelva otro Carod Rovira a prender una antorcha que se ha quedado a casi nada de extinguirse.

Por otra parte, las declaraciones de Alicia Sánchez-Camacho nada más conocerse los resultados definitivos no deja lugar a dudas de la inutilidad de su voto para los que creen en el futuro de Catalunya. Sencillamente, hizo la lectura que algunos sospechábamos: ésta es una victoria del PP en su conjunto y el próximo paso es hacerse con el gobierno español. ¿Y qué tiene eso que ver con el pueblo catalán? Algo, desde luego, porque a día de hoy son también ciudadanos españoles, pero ¿sabía su electorado que votaba a Rajoy en lugar de a Alicia?

Lo del partido de Joan Laporta me parece muy extraño. Por más que se le ha hecho el vacío en prensa, radio y televisión han superado a Ciutadans. Tiene mérito lo de su partido, aunque desconfío del criterio de quienes lo han votado. ¿Pero quién soy yo? Uno que opina. Sólo eso.

Por fortuna, lo de Anglada ha quedado en una peligrosa anécdota que en algunas comarcas ha conseguido un cinco por ciento de los votos. ¿Para cuándo una ley que prohíba la exaltación de la xenofobia? Si se legisló a la carta para taponar la salida política de ETA, ¿no se debería legislar para impedir que partidos neofascistas suban al poder?

España está por hacer y Catalunya se ha quebrado en dos.

Ver post anterior sobre las elecciones catalanas.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Si te crees muy inteligente, atrévete con un test de cultura general

Siempre he tenido interés por saber qué preguntan en los test de cultura general. Sobre todo porque muchas pruebas y oposiciones los incluyen como requisito. Ayer en la biblioteca ojeé un voluminoso tomo con decenas y decenas de preguntas.

Después de ojearlo, me ha picado la curiosidad y he intentado responder a algunas preguntas de los diferentes bloques. Mi sorpresa ha sido mayúscula: soy mucho más inculto de lo que pensaba y, algo todavía más grave, ¿cómo se apaña la gente para aprobar esos exámenes?

Después del salto citaré algunos ejemplos. Si alguno de los lectores se sabe la mitad de las respuestas, entonces, bravo por los compiladores de preguntas y un cero para mí.

Empezamos por la Historia. Al azar surgen preguntas como: ¿dónde está la Cueva de la Menga? En otra página nos instan a identificar un “bello ejemplar de vaso campaniforme”, y más adelante, la gran cuestión, ¿qué son los hipogeos? Una de las más fáciles es cómo se llamó el último sha de Persa y, por citar una de las imposibles, os reto a que digáis qué demonios es un/una Nínive, pero sin utilizar Internet ni enciclopedias de ningún tipo.
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Desanimado, me he pasado a la literatura, pero la tranquilidad me ha durado poco. Empiezan hablando de los apálogos y continúan preguntando desde qué siglo a qué siglo se escribió el Antiguo Testamento. Para no salirnos de la religión, una que ni Octavio Aceves: qué “famoso personaje colaboró con Cisneros en la Biblia complutense”·. De más actualidad son preguntas como “la obra más conocida de Camus es” (pura objetividad), y otras más sencillas nos interrogan por el autor de “las moscas”.

También nos preguntan por dos buenos poetas vascos fallecidos actualmente y que escriben en castellano (¿podría ser usted un poco más explícito?). Además, hay que saber qué poeta canta la figura de Don Juan de Austria, por no hablar de referencias a La Farsalia o Las etimologías, de San Isidro. Vamos, todo lo que un catedrático de literatura de todas las especialidades debería saber... y no sabe porque ya está en los manuales.

Desde luego, el tomo de las santas narices aprieta y ahoga. Se supone que en la sección de Geografía hay que saber si la meseta castellana es más alta que la de Bolivia y, como muestra de la seriedad de la propuesta nos interrogan por el país que edita más números de prensa diaria. No menos importante debe parecerle al editor si es la URSS (disuelta siete años antes de la edición) o Canadá el país que recoge más madera, y, para colmo, luego cuelan una pregunta similar sobre el caucho. Para compensar, te retan a saber qué es un afelio.

Ni la Historia del arte se libra de la arbitrariedad de las cuestiones. Sólo un ejemplo, durante varias páginas el libro se ceba con la ubicación de un extenso catálogo de castillos, a saber, Turégano, Niebla, Oropesa, Escalona, etc., etc.

Pues seré un inculto, pero a mí ese tipo de exámenes me parecen de una memez tremenda. Propongo volver a incluir en los temarios de la ESO la lista de los reyes godos o replantear estas pruebas para que realmente implanten en las cabezas despejadas eso tan etéreo que es la cultura general.

Fuente: edición de 1998 de un texto al que no pienso hacer propaganda.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Cuentos de miedo buscan título

Algunos ya saben que llevo un tiempo dándole vueltas a unos cuentos de terror. Los he rescrito en dos ocasiones y voy a por la tercera. Por razones de espacio y de higiene intelectual no puedo publicarlos todos ni aquí ni en ninguna otra plataforma.

Sin embargo, sí que puedo plantearos el principio de uno de los cuentos. Se titula Mortal y persa. Os tenéis que imaginar el final. Y si queréis entrar en el juego os pediré sólo dos cosas:

-Sugeridme un título para una colección de 15 cuentos (y medio) en los que no salen zombis ni nada por el estilo. ¿Qué tienen en común? Digamos que son miedos casi todos desplazados de mi infancia y adolescencia y aplicados a personajes más adultos. A mí me gustaría que fueran miedos universales en personajes individuales. Pero eso os lo dejo a vosotros. Retomo la petición: ¿Qué título le pondríais a la colección de cuentos?

-La segunda cosa que os voy a pedir es que me escribáis a la dirección de correo de mi perfil con vuestras sugerencias de todo tipo. Sobre todo si sabéis qué loco editor se atrevería con este material.

Sin más, después del salto, un pedazo de mi cuento Mortal y persa.

MORTAL Y PERSA

El gato persa se me echó encima. En cuanto abrí la puerta. Por instinto, lo rechacé con el antebrazo mientras me cubría la cara. Primero reaccioné inconscientemente, de puro miedo; luego, me lo quité de encima por mi alergia a los felinos. En cualquier caso, al gato no le hizo gracia y se puso a maullar con insistencia, pero no me atacó; se limitó a sentarse en la silla. Su lugar favorito, supuse, pues estaba lleno de pelos. Muchos pelos.

Mi primer día como cuidadora social y no tuvo otra ocurrencia el compañero que debía guiarme que pedirse el día libre. Tal y como estaba mi situación económica, aquel trabajo tenía que durarme. Así que arranqué el motor del coche destartalado del ayuntamiento y me puse en marcha hacia la casa de campo, a pesar de que no había conducido en casi diez años. Tampoco me desenvolvía demasiado bien en la zona rural donde vivía Atanasio. Era nueva en el pueblo y apenas me manejaba por las calles comerciales del centro. El campo, como los lugareños llamaban a todo lo que no estaba asfaltado, era otro mundo incluso para los vecinos de Villajoyosa. ¡Y yo que pensaba que esto sólo pasaba en la Galicia de la que huí! Mientras trataba de encajar el coche por el camino de tierra, la situación del hombre al que iba a cuidar me hizo pensar en mi propias circunstancias.

El cambio de aires que todo mi entorno me aconsejó. La corazonada de que mi lugar podría estar junto al soleado mediterráneo. Todo mi catálogo de buenos propósitos se fue por la chimenea de mi casa en el pazo, lejos de cualquier sitio.

Atanasio vivía en un lugar remoto. Solo. Le habían diagnosticado un cáncer y, para colmo, su mujer, con sus sesenta años a cuestas, lo había abandonado. Ella y la única hija del matrimonio. Con ese panorama, lo raro es que me sintiese cómoda al volante.

Debieron de ser los nubarrones, el húmedo frío o la noche sin dormir, pero cuando me interné por aquella senda apta sólo para patrullas rurales, regresé sin querer a Galicia. Mejor dicho, a mi nefasto recuerdo del pazo gallego que me vio nacer.

Por más que intentara centrarme en el camino, me asaltaban los recuerdos de la noche en que murieron mi marido Javier y mi hijo Javi, asesinados por un par de ladrones sanguinarios. La misma noche en que, una hora antes, había recibido la llamada angustiada de mi tía Aurora, que vivía en la otra punta del pazo. La noche en la que toqué a su puerta varias veces bajo la atenta mirada de su gato persa, sentado en la mecedora, y en la que me acordé de que mi tía Aurora estaba en Madrid en casa de su hija. Me lo había dicho un día antes, pero yo no me acordaba.

Y el gato parecía feliz, y yo conduje de vuelta a casa asustada por mi falta de memoria, pinché una rueda y no supe cambiarla, por lo que a duras penas llegué a casa dos horas más tarde. Cuando bajé del coche, toda mi vida se había ido a la deriva (continúa).

jueves, 25 de noviembre de 2010

Elogio a Dinamarca

Dinamarca es un país que conozco bien y que tengo en mucha estima, porque además de ser un ejemplo de nación acogedora y civilizada, me unen a ella lazos culturales e incluso de sangre.

Qué destacar de los daneses que no sepamos todos... Son trabajadores, cordiales y saben pasárselo bien cuando es el momento. Es decir, saben ser y estar en cada momento. Esto no lo pueden decir todos los europeos.

¿Y sus gentes? Ellas y ellos igualan en altura y belleza a cualquier ciudadano del mundo. De acuerdo: el canon estético actual les sopla de de cara, pero ¿en alguna época alguien habló de la endeblez física de los daneses? Al contrario. Por citar épocas recientes, remontaron las curvas y las permanentes de los ochenta y han superado el período de auge y esplendor del falso bronceado y lo latino impostado.

Además, por seguir con los placeres de la carne, ¿quién no ha soñado con los suculentos platos daneses, sus cervezas tibias y la conjunción de lo natural y lo urbano? Por no hablar de su contacto con el mar y los barrios bohemios, siempre con medio pie en la vieja Europa y el otro medio en la callada, pero susurrante, Escandinavia.

En fin, para qué voy a seguir mintiendo: no tengo ni puñetera idea de lo que ocurre en Dinamarca. Nunca he estado allí. No he conocido en mi vida a un danés o danesa. Por tanto, eeconozco mi ignorancia total en cuanto a sus problemas, sus virtudes y sus defectos. Sin embargo, este artículo viene obligado por las circunstancias. Lo explico: en las estadísticas del blog aparecen cada día cinco usuarios fieles que se conectan desde Dinamarca. ¿Y a qué se debe este misterio?

Todo son preguntas. ¿Españoles nostálgicos del humor casposo? ¿Daneses que tratan de aprender español (con el mejor de los métodos: detectando errores en textos como los míos, plagados de faltas y sobrados de ausencias)? Me temo que la fantasía me haya vuelto a secuestrar y que todo se deba a algún motivo más pragmático, por ejemplo, que el servidor de Internet que utilizan algunos de mis amigos y familiares (los únicos que me leen) pase por Dinamarca porque a la compañía trillonaria le resulta más barato así, pero eso ya no es materia de ensueño. Por tanto, ahora no me interesa pensar que sucede algo tan horropilante.

Lo que queda claro, y lo digo en serio, es que en cuanto salga del bache económico, tendré que visitar Dinamarca, o al menos Copenhague, para superar el tópico, es decir, que allí vive una sirenita inmóvil y que los daneses gozan de un nivel de vida muy superior al nuestro. Así que amigos daneses(pensemos ahora que de verdad comparto mis divagaciones con la gente de Dinamarca), nos vemos por vuestro país cuando "low cost" signifique "barato" y mi sueldo se corresponda con el empeño y preparación que, modestia aparte, aporto.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

18 comidas, una película para comérsela

Un reparto coral, seis minihistorias que se cruzan por la ciudad de Santiago y alrededores, y la improvisación en las secuencias como aliciente extra. Esto es lo que ofrece, a priori, uno de esos films que pasan de puntillas por las salas, pero que merecen ser revisadas, disfrutadas y elogiadas.

Como todas las películas compuestas a partir de pequeños retazos de vida, los personajes se funden con el todo, que en este caso es la certeza de que en este mundo se ríe y se llora y, cuando no ocurre ni una cosa ni la otra, se vive en un “standby” rutinario, como la lluvia que riega Galicia.

Lo mejor de este film, que probablemente ya haya desaparecido de las carteleras (por eso habrá que rescatarla en DVD), es que te sientes partícipe de las alegrías y de las decepciones de los personajes. Sólo hay un momento de moralina en todo el metraje, que no voy a desvelar. Pero eso es un milagro en el cine actual. Cualquier peliculucha de tres al cuarto se empeña en darnos lecciones, casi todas reaccionarias.

Jorge Coira, el director, consigue trasladar la atmósfera de la Galicia actual a una pantalla y lo hace a partir de personajes con alma. Claro está que la labor de casting, inmejorable, también ayuda lo suyo. Entre el elenco, Luis Tosar, el mejor actor español de su generación, y una retahila interminable de artistas en estado de gracia entre los que destaca una sorprendente (para un servidor) Esperanza Pedreño y un dúo cómico del que deberían preparar ya un spin-off en forma de serie.

Son 18 comidas, 6 historias en torno al desayuno, comida y cena, que te reconcilian con el cine cocinado a fuego lento, con cariño. Lo de los diálogos improvisados (90 horas de rodaje, con un guión previo, pero libertad para los actores) es el gancho para los cinéfilos, pero el espectador de a pie notará los parlamentos tan provistos de sentimiento que ni se dará cuenta. Y éste es uno de sus ingredientes estrella. Por no hablar de la cuidada mezcla entre humor y drama, siempre en su justa medida.

Tan buena es la película que hasta Sergio Peris-Mencheta me acaba cayendo bien en un papel en el que no me lo habría imaginado ni harto de orujo.

Ojo también a la original web de 18 comidas. Si después de ver esta película crees que el cine español lo tiene perdido, a lo mejor hay que producir más películas gallegas.

Yo sigo apostando por mirar con mil ojos a quién se le dan las ayudas. Bravo por los que apostaron por 18 comidas y un suspenso para los que hicieron posible el desastre de la mayoría de los últimos estrenos españoles (a todo esto, mucho más caros y publicitados que 18 comidas).

martes, 23 de noviembre de 2010

Primer permiso de top-manting en el Valle de los Caídos (nonoticia)

Al parecer, el inmigrante ilegal se cansó de recorrer las ciudades de España con discos y DVD piratas de Bisbal, Hannah Montana y compañía. En un momento, según el protagonista de esta historia, “de bajón que te cagas”, el senegalés Mamadou Martínez se enteró por la radio de que el Gobierno había echado el cerrojo al Valle de los Caídos.

Como no vendía ni una puñetera copia, decidió comprar varios discos y películas de saldo con la idea de hacer negocio en el Valle de los Caídos. Tuvo que hacer autoestop para llegar, porque se había quedado sin un céntimo. Una vez allí, se instaló en la explanada frente a la basílica cargado películas de cine de barrio y discos folclóricos.

Tal y como Mamadou había supuesto, los españoles salieron de sus cavernas y empezaron a peregrinar en masa hacia el monumento franquista. El senegalés lo vio claro desde el principio: “En cuanto a un español le prohíben algo, lo hace aunque no le guste. Y si son fachas, con más motivo. Éstos siempre están cabreados (risas)”.

Las fuerzas de seguridad del Estado se presentaron frente a la manta de Mamadou al tercer día y, cuando procedieron a su detención, un guardia civil, cojo de nacimiento, propinó una patada a los discos de Mamadou. Primero con una pierna. Luego, con la otra. Sus compañeros estaban dispuestos a apalear al senegalés ante una multitud expectante. Sin embargo, de pronto, el guardia civil, que había recuperado la movilidad en su pierna derecha, se dirigió hacia sus compañeros gritando que había ocurrido un milagro.

Uno por uno, los agentes de la benemérita se convencieron del espectacular cambio. Enseguida, la muchedumbre se contagió de la euforia del guardia civil y llevaron en hombros a Mamadou ante el abad, que le permitió dormir en la sacristía.

Al día siguiente, acudió mucha más gente al Valle de los Caídos. Casi un tercio de los cinco mil visitantes acudieron a aclamar al senegalés. La presencia de tanto público y, sobre todo, de las cámaras de televisión impidió el arresto de Mamadou, y el abad hizo el resto al convertirlo al catolicismo. No se quedó de ahí. Al final de la solemne misa pidió públicamente que dieran de alta en la seguridad social al senegalés que, además, tenía sangre española, no era negro del todo, y se sabía el padre nuestro (el antiguo).

Tras los resultados de una encuesta desfavorable al PSOE, el Ministro de trabajo aseguró en la SER que daría carta de legalidad a la profesión del senegalés, siempre que pirateara productos de RTVE que, recalcó, “no necesita ninguna fórmula para autofinanciarse. Puede con todo”.

Así, casi sin quererlo, Mamadou Martínez se convirtió en el primer trabajador del ramo top-manting. De momento, esta maniobra ha servido al PSOE para seguir cerrando la basílica del Valle de los Caídos con el objetivo secreto de cambiar el cadáver de Franco por el de Pablo Iglesias. Aunque se trata de un rumor, al parecer las dos familias estarían de acuerdo con el trueque. Incluso se habla de una alternancia de féretros con períodos de 10 años.

Ahora es la RAE la que amenaza con cerrar sus puertas si se acuñan términos como top-manting. Su propuesta de denominar a la ocupación de estraperlo africano y de estraperlista mantero han sido recibidas por sorna por el portavoz del Gobierno. Ante la pregunta de un periodista por el plantón de la RAE, el propio portavoz ha declarado: “Si quieren cerrar, que cierren. Total, allí no va nadie”.

Cachondeo News

sábado, 20 de noviembre de 2010

La cuestión agonizante en la España actual (un borrador)

Se supone que la globalización es ya un hecho. Algunos le encuentran sólo virtudes; otros sólo defectos. Muy pocos vislumbran el principal problema: la globalización no deja lugar a alternativas.

Ya ocurrió antes en el mundo occidental con la conversión masiva -y forzosa- al cristianismo de centenares de miles de personas. Ignoro cómo actuaron otras religiones para captar fieles, pero aviso: no creo en milagros.

Digamos que la globalización tiene algunas ventajas con respecto a la imposición de una doctrina religiosa. Sin embargo, dudo de que estas ventajas presenten alguna diferencia a largo plazo con respecto a la conversión forzosa.

Si en siglos anteriores, se perseguía a los infieles hasta matarlos, expulsarlos o convertirlos; ahora todos nacemos ya con el logotipo de las marcas que consumiremos impreso en el ADN. La globalización entra silenciosa en la sala de partos, que es como todas las salas de partos del mundo occidental, y los aparatos y las medicinas pertenencen a las mismas marcas y a los mismos patrones, y los médicos llevan el mismo corte de pelo y hablan de las mismas series de televisión, de los mismos destinos de vacaciones en los mismos meses y todo lo que engloba al nacimiento de una nueva vida lo protege con unos valores que, de tan universales, ya nadie sabe de dónde proceden.

Sin duda, las teorías macroeconómicas han ayudado a generar en la sociedad una sensación paradójica, muy parecida a la que debieron de sentir los primitivos religiosos. El dios del dinero no tiene rostro ni nombre y comete muchas injusticias. Sin embargo, no podemos renunciar a él. O eso creemos.

En particular, yo creo que necesitaremos un par de siglos o una tercera guerra mundial para librarnos de esta religión pagana.

El caso es que parece que las cosas suceden porque sí, pero con un propósito oculto que sí que existe pero que la mayoría de las personas no podemos distinguir por pura incapacidad.
A este pensamiento han ayudado otras teorías mal digeridas como la del caos, el efecto mariposa y todas estas explicaciones seudomatemáticas que vienen a sugerir que todo ocurre por algún motivo. Lo que ocurre es que descifrarlo es casi imposible.

Sin embargo, la realidad es mucho más prosaica que el lirismo que desprende este liberalismo matemático y casi arcano. Cuando nos alertan de una inminente crisis económica global, yo no creo que una mariposa haya despertado una alergia en un inversor de Japón y éste haya dejado de comprar o vender sus acciones y aquello haya arrastrado a las bolsas de todo el mundo.
Ni tan siquiera me trago que la economía mundial dependa de algo tan futil y obsceno como los parqués donde los especuladores apuestan a los caballos.

En cualquier caso, retomo lo anterior: si la economía falla, es que por lo menos una persona con responsabilidad sobre el dinero de otros ha fallado. La economía liberal puede basarse en principios naturalistas como la estupidez de que todo tiende al equlibrio. Mentira. Cuando decenas de niños mueren de hambre en un país africano junto a sus padres decapitados, no hay equilibrio que valga. Las posibilidades de que esto mismo le pase a una familia suiza deben de ser más de un millón de veces menor. Pero esto sería jugar con las estadísticas, que es la demagogia de siempre, sólo que en forma de números, que parece que mienten menos.

Aquí, en este país, la popular “crisis económica” se acuñó mucho después de que explotara. Es decir, que si es verdad que estalló una tormenta mundial, en España los rayos caían de punta desde hacía mucho tiempo. Fue cambiar al euro y la vida se encareció, ya que los salarios se quedaron muy por debajo. Es decir, la gente que cobraba cien mil pesetas pasó a cobrar al mes siguiente 600 euros, pero lo peor del caso es que el precio de la barra de pan pasó de 50 pesetas a 50 céntimos de euro. Todos sabemos qué supuso ese cambio desproporcionado en los coches, las viviendas, etc.

Pasó el tiempo y nuestros políticos se aprovecharon de que todo parecía ir viento en popa para potenciar una burbuja inmobiliaria que sólo podía beneficiar a los bancos, con casi todo el mundo endeudado hasta las cejas. Nadie hizo nada para detenerla. Explotó cuando ya no quedaba suficiente gente a la que endeudar y cuando el suelo y los materiales de obra se habían subido a la estratosfera.
En países como España, donde la industria anda siempre de capa caída, la agricultura es deficitaria y se vive prácticamente de la construcción y de un turismo enfocado a las clases bajas de los países más ricos, las consecuencias se hicieron notar enseguida.

Empezó a subir el paro. Cuando oficialmente nos habíamos “contagiado” (como si se tratara de un virus) de la crisis mundial, ya había unos índices brutales de desempleo. ¿A qué se dedicaban mientras los ministros de economía? O fueron incapaces de preveer las consecuencias de sus políticas o mintieron como bellacos.

Los grandes líderes mundiales, que son una decena y poco más, pusieron el grito en el cielo: el capitalismo ya no es la panacea. Sin embargo, el señor Bush, bien aconsejado por los que de verdad gobiernan, gobernaban y gobernarán su nación (y el mundo), dijo que no pasaba nada, que si el sistema (hay que ser maligno para culpar de los errores humanos a una palabra abstracta) había quebrado, la obligación de todo mandatario responsable (y capitalista) era sufragar con el dinero público a los bancos.

El propio Obama firmó el documento. Una cifra escandalosa de miles y miles de millones de dólares.

La Unión Europea hizo lo propio y, por su cuenta, cada país actuó de igual manera: millones de euros a bancos y gobiernos corruptos.

Lo que no tiene precio es la cara de idiota del ciudadano cuando poco a poco salieron los datos de los resultados económicos de las entidades bancarias, principales beneficiadas de la inyección de dinero de todos. Algunas incluso habían superado los datos de años anteriores.

La injusticia es flagrante: si yo llevo a la quiebra a mi empresa, recae sobre mí todo el peso de la ley. No obstante, si los directivos bancarios o gestores políticos de turno emplean mal el dinero de la ciudadanía, lo desvían o se lo meriendan, el Estado (nosotros) les damos más dinero para que continúen así. Y lo más penoso es que la ciudadanía sólo se siente atacada cuando se entera de las primas, sueldazos y pensiones de los directivos. Lo consideran injusto. ¿Y no es injusto que tengamos que vivir a golpe de martillo pilón mientras otros juegan a los dados con nuestro futuro y le echan la culpa a la macroeconomía, al sistema, a la coyuntura y a los ciclos naturales?

En España ha llovido mucho desde el final de la transición, que yo sitúo en el intento de golpe de estado de Tejero en 1981, y hemos tenido gobiernos de izquierda, de derechas y de centro izquierda, con o sin mayoría absoluta.

Porque la situación no ha cambiado en todos estos años, porque el verdadero cambio necesita unos timoneles que no navegan en ningún partido político, mi propuesta es el voto en blanco.
Voy más lejos aún: propongo también que, siempre desde el ejercicio de la libertad de conciencia de cada uno, se deposite lo mínimo en los bancos, se consuma lo mínimo y se trabaje sólo lo necesario para vivir.

Las protestas de los neoliberales de pro caerán en saco roto. Podrán patalear cuanto quieran. No dudarán en insultar a quien tome estas decisiones. Pero no debemos olvidar, que cuando ellos hablan de la ruina de la economía, en realidad se refieren al ocaso de su situación de privilegio.

Queremos una vivienda digna, como la de nuestros padres y abuelos. Queremos llegar a fin de mes. Queremos una educación de calidad. Queremos una cobertura sanitaria en condiciones.

Si el progreso significa trabajar de ocho a ocho cada día; comprar el último I-Pod; viajar una vez al año a un resort en Tailandia o Cancún; pagar alquileres desproporcionados o hipotecas insufribles; descuidar nuestra cultura y la educación de nuestros hijos, etc.; entonces yo no veo el progreso por ninguna parte.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Dar ejemplo en tiempos de crisis

A dos semanas escasas de las elecciones catalanas, los ciudadanos queremos saber cuánto dinero se van a gastar los partidos políticos en sus campañas.

Y no sólo en Catalunya ni en este momento, sino en los procesos electorales que vengan, haya crisis o no. Y a algunos no nos vale la excusa de que los partidos reciben financión privada. ¡Y un carajo! Sólo los bancos tienen la llave de la caja fuerte del dinero y todo el mundo sabe que sus gestores son responsables en gran medida de la crisis.

Además, ¿qué valores transmite la publicidad electoral? Sólo hay que echar una ojeada al videojuego del PP catalán en el que una tal Alicia Croft se carga inmigrantes sin papeles. ¿Tenemos que pagar también esa porquería?

No hace falta ir tan lejos. Bastante suplicio implica encontrarse la calle llena de carteles horribles o escuchar a todo momento valentonadas exclamadas a ritmo de mitin.

Creo que tenemos que pedir las cuentas claras de la publicidad electoral antes de que arranquen las campañas, antes y después. Y poner límites. Que le echen imaginación. Porque si empiezan metiendo el brazo en la hucha del pueblo, ¿qué harán cuando entren en la caja fuerte?

jueves, 18 de noviembre de 2010

Es duro sobrevivir a nuestros fantasmas

Al menos es lo que sucede a mi alrededor. Tengo la sensación de que paso más tiempo con los muertos que con los vivos. Al principio, los difuntos que calaban en mí eran personajes célebres. Hoy en día me sonrojo al pensar en la calidad humana de los muertos que contribuyeron a forjar mi forma de pensar, mi sentido de la ética y el de la estética.

Son seres que alguna vez consideré inmortales sin haberlo llegado a cavilar de ninguna manera, por supuesto. El grado de incredulidad ante sus muertes, tengo que reconocerlo, ha disminuido con el paso del tiempo. Recuerdo con estupor la muerte de Paquirri, que sucedió poco antes de que muriese mi primer ser querido, mi abuelo. A él le encantaban los toros. Y a los nueve años fui incapaz de encajar tanto un deceso como el otro. Suena increíble, ¿verdad?

Lo cierto es que a día de hoy son ya muchos los seres queridos que han abandonado esta vida y, sobre todo de mis abuelos, me acuerdo a cada instante. Pero voy a seguir hablando de esos otros muertos que me llegaron por la tele, la radio, el cine o los libros.


Con el paso de los años, fueron cayendo mitos que, por suerte, todavía no me habían influido lo suficiente como Billy Wilder. Recuerdo también con extrañeza las muertes de personajes que intuía importantes como Borges, pero que no llegaba a imaginarme su alcance. Lo mismo me ocurrió con John Lennon.

En realidad, y aunque pueda caer en el ridículo, en mi infancia me afectaban más las muertes de los personajes a los que se les daba más relieve en los telediarios, caso de Jomeini, por ejemplo. Eran seres que me habían acompañado desde siempre y que un buen día desaparecían del mapa. ¿Cómo puede entender ese antimilagro un niño?

La primera muerte que viví como una explosión fue, no podía ser de otra manera, durante mi adolescencia. Se fue Freddie Mercury y me costó encajar que nunca más saldría un disco interpretado y compuesto por él. Aunque, milagros del marketing, años después han seguido recogiendo restos y sacando material que no sé si un artista de su perfeccionismo habría soportado.

Con el paso del tiempo, a las pérdidas de familiares y amigos se han unido otras que han significado en mí un punto de retorno. Podría hablar de la extinción total de la Generación del 27, primero con Pepín Bello, y luego con Francisco de Ayala; o de las muertes de Paul Newman o José Luis López Vázquez. Todos estos nombres, y muchos más, pasan a engrosar las filas de un ejército de rostros en blanco y negro que me visitan de tanto en tanto.

Hace poco murió Miguel Delibes. Y de pronto todo el mundo habla de sus obras. Incluso he tenido que escuchar estupideces como que El camino es un libro anodino y perogrulladas como que Los santos inocentes es estupendo (seguro que sólo han visto la película).
El caso es que han tenido que pasar casi treinta y cinco años para descubrir que si llego a viejo tendré que abrirme paso en un mundo de caras nuevas con la constante presencia de los fantasmas del pasado.

Sin embargo, existen otro tipo de fantasmas, fruto del desencuentro o de la distancia, del olvido nunca, que son la encarnación en colores difusos de los seres que alguna vez han significado algo para mí y que ya no tengo cerca, pero viven, afortunadamente, en algún otro lugar. Esta pléyade de gestos, voces y miradas, a menudo mal representadas en alguna foto, también me acompaña allá donde voy. No siempre, claro. Pero siguen todos ellos un curioso orden a la hora de presentarse en turnos más o menos estacionales, más o menos caóticos. Habitan aquellas zonas, ahora lo entiendo, casi subliminales de mi memoria y se presentan de imprevisto para mis sentidos, pero con un verdadero motivo, que de momento no estoy en disposición de averiguar.

Vuelven algunos fantasmas en blanco y negro que todavía no son lo que serán y se me aparecen en forma de García Márquez, Paul Auster o Elvis Costello... ¿Cómo saldré adelante cuando ya no existan más que en el ejército de las sombras?

Quizá lo anterior sirva para distraerme del verdadero drama: seguir viviendo sin el cariño de la gente que te vio crecer.