Manolo, al natural. Me cuesta imaginarme pasando sueño y frío en el exterior de un hotel para que al final, de lejos, salgan los jugadores de un equipo de fútbol, baloncesto o lo que sea, y con suerte firmen un par de autógrafos. Tampoco me veo pasando la noche a las puertas de un estadio para poder estar más cerca de un ídolo del rock. En cambio, echo de menos un tipo de idolatría quimérica y constructiva, que ya sé que suena a imposible, pero que a mí me sirve, como otros muchos sueños, para ir tirando. Me explicaré mejor con ejemplos.
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