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Mostrando las entradas etiquetadas como amistad

Estábamos tan amigos

A día de hoy se puede saber mucho sobre nosotros si utilizamos el verbo estar. Estamos aquí o allá, incluso estamos trabajando en un lugar u otro, y estamos felices, tristes o seguros de algo. En cambio, "qué somos" es una pregunta que se siguen haciendo filósofos, científicos y religiosos sin llegar a ningún acuerdo. Llama la atención que la amistad en español vaya asociada al verbo ser. Somos amigos, o lo éramos. Casi como si se tratara de un matrimonio donde uno es marido y la otra es mujer. Sin embargo, también están casados. Están casados hasta que estén separados o divorciados. Pero son marido y mujer a pesar de la distancia o de la escasa relación. Son dos puntos de vista complementarios.

Un amigo para siempre

Seguramente son cosas de la publicidad. Me viene a la mente ahora un anuncio bastante malo que ponen a todas horas. Se trata de un utilitario de los más baratos que podemos encontrar en un concesionario. Da igual la marca. Da igual el coche. El caso es que veamos a dos amigos dentro del coche. El que va de copiloto le dice al otro que está saliendo con su ex. El piloto se cabrea y lo lanza a la carretera. Sin embargo, el otro se humilla y le envía un mensaje de voz recordándole que siempre estarán juntos. En la pantalla del salpicadero del coche se ve a los dos protagonistas cuando eran pequeños, felices. Era 1986 y, por algún motivo, escribieron algo en inglés sobre la foto que vemos escaneada. Será mentira, pues, pero de vez en cuando me lamento de no tener un alma gemela masculina. Un amigo de los que nunca fallan, de esos que tienen llaves de tu casa y se presentan en el salón sin avisar, de esos con los que compartes ropa si es que hay algún tío de mi edad que haga es...

Eras mi mejor amigo

No soy ninguno de estos dos fulanos, pero la foto es maja. Eras mi mejor amigo. Teníamos diez, once, doce, trece años, no lo olvides, y entonces íbamos juntos a todas partes y, cuando necesitaba contar contigo, ahí te tenía. No podíamos ser más distintos. Tú aprobabas sin dificultades, aunque a veces dabas un traspiés, y lo que nos reíamos, porque ni tú te lo esperabas. Eras bueno en deportes. Yo, un patoso. Eras más fuerte y alto que la media. Yo, normal, tirando a debilucho. A los dos nos gustaba llevar la contraria al régimen establecido y recuerdo haber criticado a todos los maestros y a los niños de sobresaliente alto. No éramos de hacer la pelota, no, y detectábamos enseguida a los que iban en ese plan para neutralizarlos.

A un amigo que se fue y no murió en el intento

Morir y nacer; nacer y morir. Así sucesivamente. La metamorfosis de amigo a conocido es un proceso natural que en algunos seres humanos, pongamos mi caso, produce un agudo malestar. No debería causar dolor alguno, pues se trata del orden natural de las cosas. En realidad, los ingredientes de la vida mutan continuamente. Más peligroso es el momento en el que descubrimos realidades estancadas, aparentemente inmutables. Como en los estanques en los que el agua no fluye, los organismos se pudren y el propio agua pierde sus propiedades o, mejor dicho, adquiere otras que le dan ese aspecto putrefacto e insalubre. En realidad, cientos de miles de gérmenes y bacterias se reúnen allí donde creemos que no ocurre nada.

La amistad, KO por (el) Sistema

Por favor, que ninguno de mis amigos se vea amenazado por mi artículo. Para mí la amistad es uno de esos temas tabú que me interesan especialmente y no puedo ni quiero defenderme de susceptibilidades ajenas. ¿Queda aclarado? Pues, adelante. Que entre tantos libros de autoayuda que acorralan al resto de secciones de las librerías no haya apenas referencia a la amistad debería dar que pensar. Si el Sistema nos impele a sacar lo mejor de nosotros mismos; si el miedo al futuro corona nuestras cabezas; si la moda que impera es lo personalizable, lo diferente y si sólo formamos piña cuando alguien, sin abusar, nos convoca para gritar un mismo lema; entonces, es complicado eso de cultivar la amistad. Decía alguien que un amigo es que el te critica en persona y te elogia por la espalda. ¿Pero quién dedica su tiempo a buscar soluciones a los posibles problemas de un amigo? ¿Quién se atreve a decírselo a sabiendas de que el otro le recordará que nadie es perfecto?

Seguidillas arromanzadas a la reconciliación con un viejo amigo (JJ)

Son amigüitos, que diría ella. Las ansias de ver al amigo son sólo eso, ansias, y desesperar ante el reloj es mi sola desgracia. En los adentros de cada uno, el tiempo está enterrado y cuando uno cava en la piedra se estanca en el duro fango.

Los amigos y la esperanza

Friends will be friends, temazo de Queen. En alrededor de veintitrés horas he recibido dos llamadas y dos encuentros con amigos, que han sumado en total siete muestras de interés por mi existencia. Es mucho. Cada uno, a su manera. Desde la llamada de cuatro minutos aproximadamente hasta la velada nocturna de seis horas, pasando por un encuentro fugaz en un parque, con niños de por medio, con lo que mi importancia quedaba relegada a un tercer o cuarto plano, ya que los pequeños siempre acaparan las atenciones y, además, había un rencuentro entre tres amigos al que asistía como testigo.

La dosis de hipocresía razonable

Me pregunto cuál es esa dosis. Hasta qué punto tengo que fingir que me importa la gente que, en realidad, me incordia con su sola presencia. Empezamos por la familia. Afortunadamente no es mi caso: me hablo poco con los que no tengo confianza y nada con los que aborrezco. Pero, ¿cuánta gente se ve obligada a tragarse yernos, suegras y cuñados? En su justa medida, es necesario aplicar la misma receta que con la carne humana. Por más hambre que tengamos, practicar el canibalismo no merece la pena. Vaya, que si forzamos la máquina de caer bien a la familia podemos acabar en galeras.

A un amigo de veinte años

La amistad es arte. Por eso es frágil. Querido amigo de veinte años: Como sabes, y si no llevo mal las cuentas, te llevo dieciséis años. Eso significa que cuando yo me di el primer beso con mi primera novieta, tú estabas a punto de nacer. Sin embargo, hemos compartido casi dos años en la universidad de igual a igual, aunque en alguna ocasión he sido pasto de tus burlas por no combinar bien la ropa, por no aguantar hasta las tantas en la discoteca, por estar un poco fuera de onda...

A un amigo

Cuando menos te lo esperas, cuando ya estás preparado para escribir un artículo tóxico sobre la sociedad del desastre, te llama un amigo por teléfono y te dice que hará treinta kilómetros por la noche, a eso de las nueve, tras un día agotador de trabajo, y antes de otra jornada infernal en un instituto. Sólo por charlar un rato contigo. No debería ser una sorpresa que este amigo se ofrezca a regalarte su tiempo a pesar de la inmejorable compañía de sus dos niños pequeños y su mujer. Al fin y al cabo, ya lo ha hecho alguna vez. Será que uno se ha a acostumbrado a jugar en la liga (ficticia o no) de los que reciben disgustos o el simple ninguneo. Por eso no sabes cómo agradecérselo y la culpabilidad te pierde. Hasta tal punto que le dices que no arranque el coche, que se quede en casa con su pijama y su familia, que no merece la pena. Te hace caso, pero al día siguiente, una hora antes, te llama de nuevo y esta vez no te queda ninguna duda: no tienes ningún derecho a poner tu ego-culpabi...