jueves, 29 de enero de 2009

Personal III (Personal I, segunda parte)

Mi experiencia docente en el Raval

Esperaba a que se terminara mi sustitución en el IES Milà i Fontanals, pero parece que todavía estaré allí unos días más, y como ya he cumplido mis 9 semanas y media, haremos un homenaje a la pésima película seudo-erótica de los ochenta.

Convivir con chicos y chicas de cualquier país de Asia, especialmente de Filipinas, Pakistán y Bangladesh, es simplemente maravilloso. La mayoría desprende nobleza, y eso me gusta. A pesar de su situación económica, se nota que las familias se toman en serio la educación de sus pequeños. Puede que algunos no estudien, que hablen sin parar, pero tienen respeto a su profe.

Respecto a los latinoamericanos, no podría generalizar. Yo creo que todo depende de sus familias. Me da la sensación de que no tienen el mejor de los panoramas posibles y eso se nota. Ojo con los dominicanos y el inglés: lo tienen atrevesado por algún motivo que no logro entender. Yo les pongo de ejemplo al buen inglés de Juan Luís Guerra, pero me dicen... ¿Y ése quién es?

He tenido problemas de disciplina, no lo voy a negar, pero los más graves han sido con chicos catalanes, como me temía. He realizado una pequeña investigación y resulta que estos chavales tienen tele, ordenador, Internet y lo que les dé la gana en sus habitaciones. Algunos además andan con malas compañías del barrio, pero saben ocultarlo debidamente a sus padres, que siempre ven angelitos donde yo a veces he visto diablos.

Por lo demás, el equipo directivo del IES Milà i Fontanals trabaja a destajo para hacer de su instituto el mejor lugar posible. Y yo estoy encantado con ellos, y con el departamento de inglés, donde sólo hay gente estupenda, y eso es algo inusual.

Respecto a mi labor como profesor, no creo que sea ni el típico ni el mejor. Me dejo llevar por la intuición, improviso mucho y todas mis clases tienen más de ética que de inglés. Ya que a algunos les cuesta horrores aprender nociones muy básicas, prefiero atacar la raíz del problema, y darles confianza, cariño, y consejos... muchos consejos.

Por las batallitas, y porque me veo reflejado en mis alumnos, me encuentro viejo. Tanto que en mi selección de canciones, en las películas infantiles que les pongo, percibo que me he quedado en alguna otra época. Espero reenganchar con los tiempos, antes de que llegue el momento de que esta reflexión me importe un pimiento.

martes, 6 de enero de 2009

Poema II

El autómata tonto

De pronto te veo al trasluz
de un pensamiento vano
y descubro que vivo
para merecerte.
Algunas veces, más
de las que quisiera,
(lo confieso)
se me olvida
quién me da el aire
que respiro
cuando me asfixio.
Es como quererte
sin notarme el pulso.
Lo hago a menudo.
Así es, así de tonto.
Pero, te juro que no sé
si te lastimo o me ignoras,
hasta verlo en tus ojos.
Es otro de tus milagros.
Recupero la vista
y quiero ahogarme
en la lágrima que cae,
resbaladiza y clara,
tan dulce si no fuera tuya…
pero amarga como la corteza
de un olmo seco
al que quisiera subirme.
Aunque disimule bien,
tu mal me deja sin resuello.
Y te alejo, te tacho, te borro,
y convierto el “nosotros”
en un “yo más tú” culposo
que me duele más a mí
que a ti, amor,
y que tú no lo sabes,
pero es sólo la estrategia
más tonta, por automática,
para no ver mi tontería
en tus ojos de agua clara.

Personal II


El pasado
No es sano, te deja en un estado de letargo ridículo y te impide avanzar, pero lo cierto es que a algunos el pasado no deja de perseguirnos.

Lo he etiquetado como personal, pero… ¿Hay alguien que se libre totalmente del pasado?

Se puede materializar en forma de culpabilidad, rencor, nostalgia o todo eso a la vez, y sobre todo, puede tener ojos, sonrisa y manos que en un tiempo agarraste muy fuerte para que no se fuera. Pero ahora sólo está en el pasado.
Y casi siempre, lo que se quedó en el pasado, se quedó en su lugar correcto. Algo me dice que si mereciera le pena que esa sensación, aquella casa o la persona en cuestión estuvieran ahora mismo en mi propia dimensión, entonces simplemente estarían.

A veces idealizo los elementos del pasado, otras veces, me alegro de haberlos perdido de vista. Y cuando pienso en los cambios que me suceden casi cada día, perdón, cada día, pero no soy consciente, entonces más seguro estoy de que esos ojos pueden haberse apagado, o aún peor, pueden brillar con una felicidad que yo nunca vi, y, cosas de la vida, es posible que no les encuentre maldita la gracia.

Claro que, pensándolo bien, debe haber muchísima gente a la que esto nunca le ocurra. Gente que no necesite expresarse por medio de la palabra, porque los pensamientos no se le amontonan, o porque disponen de la capacidad para tocar la música que les impide pensar bien, y, por tanto, no necesitan crear frases rítmicas (tocan el clarinete y punto). O, simplemente, gente que ya encontró la respuesta a su existencia, equivocada o no, y deciden beberse la vida a tragos largos, mezclando, y sin repetir licor, si puede ser.

Espero algún día imitar a mis muchas amigas que saben sacarle provecho al apego al pasado, reparando sólo en los momentos felices y releyendo cartas o revisando álbumes repletos de fotos. Yo, en los momentos en los que me pesa el pasado, iría como un proscrito a la foto en digital que más daño pudiera hacerme. (Ahora no pasaré por ese zarzal, ya le he rendido mis honores al masoquismo con este texto).

De repente, me pregunto, ¿por qué nunca he visto a un hombre repasando un álbum de fotos? Dejo el tema antes de que alguien tuerza el asunto y me señale la parte machista que cohabita con mi respeto total a todos los seres de este mundo, incluido el yo meditabundo. Y aprovecho para agradecer a este blog la libertad de escribir sin revisar, porque bastante tengo con los flash-backs de los, perdón, cojones.