viernes, 15 de abril de 2011

El empollón y el lince: destinos distintos

Freak, en inglés, es bicho raro.
Cuando en los ochenta empezaron a cobrar forma las medidas necesarias para proteger al lince ibérico nadie tenía ni idea de que otra especie estaba ya en peligro de extinción. Me refiero al empollón.

Denostado por todos, repelido incluso por los profesores, los empollones cumplían un papel básico en toda civilización judeocristiana: el chivo expiatorio. Si los demás sacábamos notas malas, y el empollón repetía con un diez, la culpa era suya. Por haber subido el listón demasiado.

Además, el empollón suscitaba teorías de todo tipo: la más sencilla explicaba por qué se le veía tan poco en el patio. En realidad, todo apuntaba a que se dedicaba a hacerle la pelota a los profesores. Otras teorías tomaban parte de su anatomía, preferentemente la cara o toda la cabeza, para hablar de operaciones, experimentos e incluso conexiones extraterrestres.

Estéticamente, un buen empollón parecía recién sacado del armario del tiempo. Vestía como los protagonistas de nuestras viejas fotos, con esos jerseys de cuello de pico y ganchillo de colores pardos, pasados de moda. Y tenían preferencia por los zapatones en lugar de las zapatillas deportivas. Tampoco le hacían asco a esos sacos llamados pantalones de pana. Unas buenas gafotas les iban que ni de perilla. Y a los doce años ya gastaban su primer bigote, cuando no un aparato dental.

En realidad, no surgían de la nada. Eran inadaptados sociales, pero en positivo, y la culpa la tenían sus padres. Un exceso de celo en su educación los había convertido en esclavos del saber y en argonautas de la perfección en sus deberes. Como se les retiraba cualquier distracción poco cultural de su alcance, sus aficiones retroalimentaban su función principal en la vida, que era saber más y más.

Pues bien, en algún momento el empollón se extinguió, y supongo que tuvo que ver con las primeras generaciones de peterpanes puestos a ser papás.

En los nuevos niños y su educación no cabía un ser apocado y apartado del modus vivendi general. Lo principal era estar integrado. Por tanto, los papás lucharon por generar niños asimilados en el sistema.

Sin embargo, ningún niño es igual a otro. Unos tienen más capacidad para los estudios y otros, menos. ¿Cómo se configuró el nuevo sabelotodo? Con muchísima empatía, la verdad, aunque, por supervivencia, también tuvo que bajar el pistón. De manera que pronto los listos de la clase empezaron a usar los tacos, la vestimenta y las costumbres de los más vagos.

Como entre los rezagados también destacaban algunos por su menor sociabilidad, caracterizada por una afición excesiva al ocio solitario: escuchar música, jugar a videojuegos, etc., y esta tendencia ya venía de serie con algunos padres: la sociedad creó un molde para ellos, el freakismo.

 El listo de la clase, tan espabilado para evitar caer en la ignonimia, aprovechó esa categoría para unirse a un grupo que le venía bien. Detrás de cada freaky, se puede ocultar cualquiera sin llamar mucho la atención. Sólo tiene que cumplir con varias de las indicaciones de esta corriente cada vez menos minoritaria: poco aprecio por el deporte, problemas de sociabilidad, imagen descuidada, infantilismo, etc.

La parte buena es que el membrete "freaky" aparta de la marginalidad a un grupo de chavales que hace apenas una generación llevaban un estigma difícil de soportar. Lo malo es que las clases se quedan sin alumnos que actúen de locomotoras, como modelos de esfuerzo y disciplina.

Lo raro, y esto merece un verdadero estudio sociologico en condiciones, es que gran parte de los jóvenes reivindiquen su derecho a participar del movimeinto freaky. En realidad, un cajón de sastre demasiado revuelto para identificar referentes y objetivos.

Habrá que dedicarle un día del calendario al empollón, puesto que ya nunca más volverá a campear por los colegios e institutos. Sin embargo, el lince ibérico, fuera de toda moda, un bicho que interesa a cuatro locos, empieza a asegurarse un futuro si es que queda mucho futuro por delante, que eso nunca se sabe. Resulta paradójico, o a mí me lo parece, que el lince sobreviva, cuando nadie se acuerda de él, y la gente hable del empollón, a pesar de que lleva muerto y enterrado muchos años.

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