sábado, 20 de noviembre de 2010

La cuestión agonizante en la España actual (un borrador)

Se supone que la globalización es ya un hecho. Algunos le encuentran sólo virtudes; otros sólo defectos. Muy pocos vislumbran el principal problema: la globalización no deja lugar a alternativas.

Ya ocurrió antes en el mundo occidental con la conversión masiva -y forzosa- al cristianismo de centenares de miles de personas. Ignoro cómo actuaron otras religiones para captar fieles, pero aviso: no creo en milagros.

Digamos que la globalización tiene algunas ventajas con respecto a la imposición de una doctrina religiosa. Sin embargo, dudo de que estas ventajas presenten alguna diferencia a largo plazo con respecto a la conversión forzosa.

Si en siglos anteriores, se perseguía a los infieles hasta matarlos, expulsarlos o convertirlos; ahora todos nacemos ya con el logotipo de las marcas que consumiremos impreso en el ADN. La globalización entra silenciosa en la sala de partos, que es como todas las salas de partos del mundo occidental, y los aparatos y las medicinas pertenencen a las mismas marcas y a los mismos patrones, y los médicos llevan el mismo corte de pelo y hablan de las mismas series de televisión, de los mismos destinos de vacaciones en los mismos meses y todo lo que engloba al nacimiento de una nueva vida lo protege con unos valores que, de tan universales, ya nadie sabe de dónde proceden.

Sin duda, las teorías macroeconómicas han ayudado a generar en la sociedad una sensación paradójica, muy parecida a la que debieron de sentir los primitivos religiosos. El dios del dinero no tiene rostro ni nombre y comete muchas injusticias. Sin embargo, no podemos renunciar a él. O eso creemos.

En particular, yo creo que necesitaremos un par de siglos o una tercera guerra mundial para librarnos de esta religión pagana.

El caso es que parece que las cosas suceden porque sí, pero con un propósito oculto que sí que existe pero que la mayoría de las personas no podemos distinguir por pura incapacidad.
A este pensamiento han ayudado otras teorías mal digeridas como la del caos, el efecto mariposa y todas estas explicaciones seudomatemáticas que vienen a sugerir que todo ocurre por algún motivo. Lo que ocurre es que descifrarlo es casi imposible.

Sin embargo, la realidad es mucho más prosaica que el lirismo que desprende este liberalismo matemático y casi arcano. Cuando nos alertan de una inminente crisis económica global, yo no creo que una mariposa haya despertado una alergia en un inversor de Japón y éste haya dejado de comprar o vender sus acciones y aquello haya arrastrado a las bolsas de todo el mundo.
Ni tan siquiera me trago que la economía mundial dependa de algo tan futil y obsceno como los parqués donde los especuladores apuestan a los caballos.

En cualquier caso, retomo lo anterior: si la economía falla, es que por lo menos una persona con responsabilidad sobre el dinero de otros ha fallado. La economía liberal puede basarse en principios naturalistas como la estupidez de que todo tiende al equlibrio. Mentira. Cuando decenas de niños mueren de hambre en un país africano junto a sus padres decapitados, no hay equilibrio que valga. Las posibilidades de que esto mismo le pase a una familia suiza deben de ser más de un millón de veces menor. Pero esto sería jugar con las estadísticas, que es la demagogia de siempre, sólo que en forma de números, que parece que mienten menos.

Aquí, en este país, la popular “crisis económica” se acuñó mucho después de que explotara. Es decir, que si es verdad que estalló una tormenta mundial, en España los rayos caían de punta desde hacía mucho tiempo. Fue cambiar al euro y la vida se encareció, ya que los salarios se quedaron muy por debajo. Es decir, la gente que cobraba cien mil pesetas pasó a cobrar al mes siguiente 600 euros, pero lo peor del caso es que el precio de la barra de pan pasó de 50 pesetas a 50 céntimos de euro. Todos sabemos qué supuso ese cambio desproporcionado en los coches, las viviendas, etc.

Pasó el tiempo y nuestros políticos se aprovecharon de que todo parecía ir viento en popa para potenciar una burbuja inmobiliaria que sólo podía beneficiar a los bancos, con casi todo el mundo endeudado hasta las cejas. Nadie hizo nada para detenerla. Explotó cuando ya no quedaba suficiente gente a la que endeudar y cuando el suelo y los materiales de obra se habían subido a la estratosfera.
En países como España, donde la industria anda siempre de capa caída, la agricultura es deficitaria y se vive prácticamente de la construcción y de un turismo enfocado a las clases bajas de los países más ricos, las consecuencias se hicieron notar enseguida.

Empezó a subir el paro. Cuando oficialmente nos habíamos “contagiado” (como si se tratara de un virus) de la crisis mundial, ya había unos índices brutales de desempleo. ¿A qué se dedicaban mientras los ministros de economía? O fueron incapaces de preveer las consecuencias de sus políticas o mintieron como bellacos.

Los grandes líderes mundiales, que son una decena y poco más, pusieron el grito en el cielo: el capitalismo ya no es la panacea. Sin embargo, el señor Bush, bien aconsejado por los que de verdad gobiernan, gobernaban y gobernarán su nación (y el mundo), dijo que no pasaba nada, que si el sistema (hay que ser maligno para culpar de los errores humanos a una palabra abstracta) había quebrado, la obligación de todo mandatario responsable (y capitalista) era sufragar con el dinero público a los bancos.

El propio Obama firmó el documento. Una cifra escandalosa de miles y miles de millones de dólares.

La Unión Europea hizo lo propio y, por su cuenta, cada país actuó de igual manera: millones de euros a bancos y gobiernos corruptos.

Lo que no tiene precio es la cara de idiota del ciudadano cuando poco a poco salieron los datos de los resultados económicos de las entidades bancarias, principales beneficiadas de la inyección de dinero de todos. Algunas incluso habían superado los datos de años anteriores.

La injusticia es flagrante: si yo llevo a la quiebra a mi empresa, recae sobre mí todo el peso de la ley. No obstante, si los directivos bancarios o gestores políticos de turno emplean mal el dinero de la ciudadanía, lo desvían o se lo meriendan, el Estado (nosotros) les damos más dinero para que continúen así. Y lo más penoso es que la ciudadanía sólo se siente atacada cuando se entera de las primas, sueldazos y pensiones de los directivos. Lo consideran injusto. ¿Y no es injusto que tengamos que vivir a golpe de martillo pilón mientras otros juegan a los dados con nuestro futuro y le echan la culpa a la macroeconomía, al sistema, a la coyuntura y a los ciclos naturales?

En España ha llovido mucho desde el final de la transición, que yo sitúo en el intento de golpe de estado de Tejero en 1981, y hemos tenido gobiernos de izquierda, de derechas y de centro izquierda, con o sin mayoría absoluta.

Porque la situación no ha cambiado en todos estos años, porque el verdadero cambio necesita unos timoneles que no navegan en ningún partido político, mi propuesta es el voto en blanco.
Voy más lejos aún: propongo también que, siempre desde el ejercicio de la libertad de conciencia de cada uno, se deposite lo mínimo en los bancos, se consuma lo mínimo y se trabaje sólo lo necesario para vivir.

Las protestas de los neoliberales de pro caerán en saco roto. Podrán patalear cuanto quieran. No dudarán en insultar a quien tome estas decisiones. Pero no debemos olvidar, que cuando ellos hablan de la ruina de la economía, en realidad se refieren al ocaso de su situación de privilegio.

Queremos una vivienda digna, como la de nuestros padres y abuelos. Queremos llegar a fin de mes. Queremos una educación de calidad. Queremos una cobertura sanitaria en condiciones.

Si el progreso significa trabajar de ocho a ocho cada día; comprar el último I-Pod; viajar una vez al año a un resort en Tailandia o Cancún; pagar alquileres desproporcionados o hipotecas insufribles; descuidar nuestra cultura y la educación de nuestros hijos, etc.; entonces yo no veo el progreso por ninguna parte.

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