martes, 15 de marzo de 2011

Pervertir la historia para legitimar lo abominable

Nadie se pone de acuerdo: ¿Hitler estaba loco o “sólo” era un ser maligno? Quizá la tendencia a separar los temas en dicotomías ayude poco a arrojar luz. Más bien, todo lo contrario. Puede que un desequilibrio determinado, o en el caso del dictador una centena, conduzca irremisiblemente a la maldad. Desde luego, la ambición exagerada está muy lejos de la inocencia, que se presupone pura.

Sin embargo, también un ser inocente puede causar el mal, aunque nadie crea que se trata de un ente malvado.

No es lo mismo ser malo que actuar mal. Falta el ingrediente básico: la mala fe.

En el caso de otro despiadado nazi, Heinrich Himmler (recién muerto en la foto), las dificultades para llegar a una conclusión más o menos definitiva se multiplican. Este Comandante en jefe del tercer Reich y Ministro del Interior escapa de la definición de inocencia que todos tenemos en mente. Tampoco parece posible que un hombre totalmente enajenado pudiera situarse durante tantos años a la cabeza del régimen nacionalsocialista.

Sin embargo, todo parece confirmar que, cuando Himmler creó la Ahnenerbe, una sociedad secreta dedicada al estudio del origen del pueblo alemán, él estaba convencido de que se embarcaba en una misión importante.

Aparte de promover los experimentos más inhumanos con presos y colaborar activamente en el exterminio sistemático de judíos, homosexuales, comunistas y gitanos, a Himmler le obsesionaba la idea de justificar la superioridad de la novísima raza aria respecto a las demás.

Él mismo, guiado por sus científicos predilectos, se metió en un callejón sin salida al inventar una extinta raza nórdica como origen del pueblo alemán. Los pocos vestigios de civilizaciones antiguas de los escandinavos y germanos contrastaban con el amplio muestrario paleontológico, artístico y literario de otras civilizaciones mucho más distantes geográficamente, desde los sirios a los egipcios pasando por los chinos, mongoles, indios o japoneses.

Sólo el miedo de sus colaboradores justifica un sinfín de teorías sin sentido que debían encajar con la negación de Himmler a asumir que el hombre venía del mono y que, además, se empeñaba en ligar al hombre de Cromañón con la pretendida raza nórdica y, a ésta, con una raza asiática capaz de generar un acervo cultural inédito en el Norte y Centro de Europa.

La sociedad secreta de Himmler, a pesar de los recelos del fúhrer y de las urgencias de la Segunda Guerra Mundial, siguió operando en todo el mundo. Entre sus misiones estaba establecer los límites de la Atlántida, encontrar el martillo de Thor y otras muchas sandeces.

Himmler llegó a creerse, a pies juntillas, que los padres de Buda fueron dos nórdicos de pura cepa. Y encontró en tan noble origen la justificación de que fuera necesario recorrerse medio mundo para recoger muestras de los ancestros de los arios. Al parecer, los nórdicos se habían visto obligados a mezclarse con los nativos asiáticos para no correr riesgos genéticos con los descendientes.

Por cierto, una supuesta super-raza nórdica en la que no cabrían ni Himmler ni su admirado Hitler. De hecho, yo diría que pocos miembros de la cúpula de oficiales nazis podría merecer tan dudoso honor. Sin embargo, Himmler consiguió demostrar que durante más de 400 años sus antepasados no se habían cruzado con ningún judío hasta que topó con un apellido muy similar al actual Coen o Cohen, de origen semita, y le fabricó un origen nórdico.

Sin duda, Himmler fue uno de los mayores criminales de la trágica era nazi. Por eso contrasta todavía más que apoyara decenas de investigaciones carentes de sentido y carísimas mientras su imperio empezaba a desmoronarse.

Al final, el misterio que más llama la atención es que Himmler sea, a la vez, uno de los arquitectos de los planes más terroríficos de la historia, un hombre extremadamente ordenado y culto, y un supersticioso capaz de creerse un sinfín de tonterías sin base ni fundamento.

De todas maneras, a mí la figura de Himmler me interesa menos que hacer hincapié en la infinidad de recursos que este asesino empleó en una tarea aparentemente quijotesca. ¿Por qué lo haría? ¿Estaba loco? ¿Es que no le importaba tirar el dinero incluso cuando estalló la guerra?

Para mí está claro: el régimen nazi estaba perpetrando tales salvajadas que sólo una justificación histórica podía calmar algunas conciencias.

Por eso, en las mesas de novedades de las librerías siempre encontrarás el típico libro que asegura haber buceado en la historia para dar las claves de, por ejemplo, la guerra civil española. Si lees el currículum del autor o autores encontrarás alguna conexión con la COPE, o el grupúsculo de Pío Moa, Federico Jiménez y Pedro J. Ya no necesitas leer más. ¿Merece la pena gastarte el dinero y emplear tu tiempo para soportar que alguien te convenza de que la Guerra Civil no la iniciaron Franco y sus falangistas?

Pero surgen más dudas: ¿para qué querran convencer a los incautos de una mentira del pasado? Ahí es donde nos toca temblar: quizá sólo estén preparando el caldo de cultivo para crímenes futuros (o presentes). Imagínate: si lograran que todos los españoles creyeran que la democracia va en contra del espíritu patriótico, de la raza y de nuestra condición de españoles, tendrían vía libre para otro levantamiento. Aunque seguramente se conforman con que gane el PP y les regale más emisoras, más canales y más cargos bien renumeados. De paso, si retocan la Constitución para restarnos libertades, mejor que mejor.

Por eso cuando me encuentro con libros, artículos y discursos de este tipo me dan ganas de fabricar una máquina del tiempo y llevarme a Garzón a la época de la transición española para que todos los franquistas paguen sus abusos con la cárcel.

Con la misma máquina del tiempo, me encontraría con Heinrich Himmler en la Alemania de, digamos, 1939 y le diría: señor asesino, encuentre usted el Santo Grial, Excalibur e incluso el anillo de Tolkien, porque de todas maneras los nazis sois todos unos hijos de perra. Luego, seguramente me freirían a tiros, pero eso ya es otra historia.

2 comentarios:

Mateo dijo...

No soy neonazi, ni apoyo sus métodos, pero realmente me llena de indignación como se sataniza a "los perdedores" de una guerra. Alemania había sufrido de tal manera después de la 1º guerra mundial que era como para que muchos se volvieran locos. Yo los veo como una cabeza de turco de los intereses económicos mundiales. No actuaron bien, como nadie en ninguna guerra, pero siempre se preocupan en divulgar la parte morbosa como teniendo un especial interés en mantenerlo vivo, me gustaría saber que hacían los queridos aliados en sus campos de prisioneros.
Todos los grandes imperios conquistadores han hecho atrocidades, lo que pasa es que quedan lejos, casi en el olvido. Mira nuestros queridos antepasados, por que no hablamos de Pizarro o Hernan Cortes, ¿son heroes o putos ladrones asesinos violadores de niñas?

David Navarro dijo...

Hola Mateo. A mí no me convence el argumento de que no se debe culpar a alguien porque los hay peores (no se puede hablar mal de Franco porque existió un tal Mussolini; ni de Hitler por Stalin; ni de Castro por Gadafi, etc., etc.).
Los cerebros nazis me parecen la perversión en estado puro y su fracaso en conseguir dotar a su idea de estirpe elegida de un fundamento racional me parece una ironía que, desde luego, no sirvió para evitar todo el daño que hicieron.