miércoles, 2 de marzo de 2011

Monólogo sobre las teterías

Nuestros padres iban a cenar a sitios recomendados porque no existía Internet, pero una vez salían del coche, no se les ocurría meter la nariz en la lista de precios. Entraban y punto.

Una vez dentro, se repartían los papeles: la mamá se quejaba de lo carísimo que era todo, mientras que al papá le tocaba aguantar estoicamente como si le importara un pito el precio. La paciencia del hombre se ponía a prueba a la hora del postre cuando ella se acababa pidiendo el postre más caro. Toda la noche quejándose de los precios y se pide el helado de cinco sabores. La verdad es que al padre le salía el humo por las orejas, por eso para disimular se fumaba un pitillo. De paso, le servía para relajarse antes de que ella dijera: "Pues valdrá diez euros, pero este helado no sabe a nada".

Casi siempre sus peores temores se cumplían con la cuenta, pero ni uno ni el otro renunciaban a tomarse el café allí mismo. Incluso con las heridas de las puñaladas en carne viva, seguían en el lugar del crimen. Con un par. ¿Quién les iba a decir a nuestros padres que apenas veinte o treinta años después se impondría una ley impepinable? Prohibido tomar el café en el mismo sitio de la comida o la cena.

No te preocupes, porque si en tu círculo no se ha establecido la norma, alguien del grupo te lo preguntará tarde o temprano: ¿Tomamos el café aquí (con desánimo) o mejor en otra parte (con sonrisa de oreja a oreja y moviendo la cabeza de arriba abajo como los perritos de los coches)? Ni te resistas. No merece la pena.

Porque esa moda es como una hipoteca, ni con el divorcio te la quitarás de encima. De manera que ya no hay manera de tomarse el café en el mismo sitio que cenas o comes. Tiene que ser siempre en otra parte. Y claro, normalmente te llevan a sitios donde sólo pueden servirte un café y cuatro cosas más. Eso para un no cafetero, que también existimos, es un drama.

Además, los no cafeteros somos muy flexibles a la vez que tradicionales. En un restaurante gallego, esperamos un orujo, en un mexicano, un tequila, en un chino… La cuenta, por favor. Que no, que no, gracias, es que estoy a dieta de chupitos de licor de flores.

Pues todo esto ha empeorado por culpa de las teterías. Me cachis en la mar con la especialización. Antes uno iba al bar para todo. Un bocata, al bar. Un vino, al bar. Un té, en las series inglesas que echaban en el bar El fútbol se veía en el bar; las partidas de cartas se jugaban en el bar. Yo en el bar he visto películas enteras. He leído libros allí, sí lo que nunca he hecho en una biblioteca, lo he hecho en el bar.

Ahora ya no es así. Hay bocaterías, locales especializados en deportes, vinacotecas (que mira que el nombre es feo), cervecerías, el club del jubilado… Y encima te ponen las películas pero les quitan el volumen y te lo cambian por un mix con Bisbal y compañía. ¿Pero para qué ponéis la película? ¿Para fastidiármela si me la alquilo algún día?

Pues bien, uno de esos sitios especializados es la tetería. Lo primero que tienen que saber sobre ese lugar es que siempre lo regenta gente rara. Normalmente son extranjeros que te entienden a medias, o gente del país, como la mojama, pero igual de secos.

Otro tema, la música de las teterías. Sólo pinchan canciones que no se pueden tatarear. Variedad hay, eso sí, pero nunca se pueden cantar, a no ser que hayas pasado un trimestre con los monjes de Silos o sepas mucho japonés.

Luego, aunque a mí esto no me afecta, en las teterías están en contra del café. Le han declarado la guerra perpetua a Juan Valdés y su burra. El otro día a un amigo se le ocurrió pedir un cortado y la señora, que era francesa, se puso como un demonio: “Tenemos 73 tipos de té naturales, no como esos de bolsitas que compra la gente ¿y pide un café?”. Claro, mi amigo se tomó un té, el más caro, más que nada para que no lo expulsaran.

Luego, lo que más me molestó es que todo ese enfado es una excusa, porque realmente odian el café. Tengo pruebas: tienen refrescos, hasta caipirinhas sirven algunos, pero de café nada. Y dije que no me afecta, hombre, pues sí, porque si vas con un grupo de más de una persona, siempre te sale algún cafetero, y a esos como les des un té, ya los tienes cabreados toda la noche. Sobre todo, porque en esos locales tienen la costumbre de sentarte en sitios inverosímiles como los puffs para luego hacerte estudiar. ¿Pero quién se puede sentar cómodamente en un puff? ¿Y si te van a poner a estudiar, no sería mejor una silla de despacho?

En serio, te obligan a hacer los deberes. En las teterías las cartas tienen tantas páginas que es imposible acabártelas antes de que venga el camarero. Además, algunos, por si no fuera suficiente con la cantidad de tés distintos que existen, se dedican a bautizarlos por su cuenta. Que si té de la luna, que si nocturno té del desierto… ¿Cómo que té nocturno del desierto? Ponga el nombre en latín, teinis noctambulus desirtus, o lo que sea, que nos enteremos todos.

En otras teterías el nombre está en su idioma original, con lo cual ya no pispas una. Yo siempre digo: éste. Y me pregunta la camarera: ¿El Wan-Chung-Wai o el Ajarafgagshi?

¿Y las descripciones de los tés? En serio, tienen que usar una plantilla: “muy aromático y refrescante, con reminiscencias a la cereza, la caña de bambú y un toque de chocolate amargo”. El otro: “muy refrescante y aromático, con reminiscencias a la manzana Golden, el pepito de lomo y un toque de vino de garrafón”. Pero, ¿esto cómo se come? Bueno, ¿cómo se bebe?

Aquí llega la madre del cordero. Imagínese, en una mesa de cuatro, aunque ninguno tiene especial interés por un té en concreto y, por supuesto, nadie entiende ni jota de la carta, ¿cuántos tés distintos se piden? Pues cuatro, por supuesto. Y el camarero, mosca perdido, te trae luego cuatro teteras distintas, a cada cual más difícil de manejar, y encima te dice: éste, cuatro minutos, éste otro, cinco minutos y medio… Y a veces se lía, “éste creo que es el té japonés con cardamono, no, igual, es el té marroquí de la India”. Yo creo que lo normal es que nos acabemos bebiendo el té que no es. De todas formas, ¿quién lo va a notar? Oiga, ¡qué me ha puesto té fucsia del Himalaya en vez de rojo de Camboya!

Entre tanto ceremonial, las teteras de museo, los cantos gregorianos y el olor a incienso por un momento me siento en mitad de una misa. Por eso aprovecho para hacer algo que nunca se puede hacer en mitad de una misa: irme al baño. Además, merece la pena la excursión porque en las teterías los baños son, por defecto, raros hasta decir basta. Cortinillas por todas partes que se te enredan, grifos oxidados, piletas casi planas en las que salpica el agua… Un sinvivir. Y como te bebes casi un litro de agua en menos de media hora, todo el mundo allí, peleándose por el urinario a la altura de un niño de seis años, que es otra moda que no entiendo.

¿Nos estamos volviendo locos o qué? ¿A santo de qué bajan la altura de los urinarios si cada vez somos más altos? Al final, uno que es muy pudoroso, se tiene que arrimar tanto a la cerámica del urinario que acabas dando pasando el parabrisas por donde no debías. O eso, o arriesgarte a que luego toda la sala comente la longitud de tu amiguito en vez de preocuparse por el minutaje del té o, ya que estamos, adivinar si le ha tocado la tetera correcta.

A todo esto, te pones a sudar con la tetera delante y esperando con el cronómetro a que se cumpla el tiempo. Para colmo, una duda te nubla el entednimiento: ¿me estaré bebiendo un té ajeno? Y lo del tiempo no es ninguna tontería. Está demostrado por el instituto… Bueno, que está demostrado. Con el tiempo justo, la teína te despierta. Si te pasas del tiempo, te duerme. Vaya, lo que aprende uno en las teterías. Claro, ya que te hacen estudiar con la carta…

Luego, lo inevitable: te quemas, tiras la mitad, y te bebes lo que queda. Y la verdad es que el sabor no es para tanto. Algunos de bolsa están mejor conseguidos. Eso sí, no te cuestan tres euros y pico como en la mayoría de las teterías. Claro, es que puedes repetir, suelta uno… Hombre, cualquiera le devuelve la tetera a medio terminar. ¿Y si se equivocan y se la sirven a alguien? Ya se habrá pasado de tiempo y se dormirá como un tronco. Y como encima no sirven cafés...

Total, estás cansado de la tetería, y, después de pagar una pasta, le pides a la dueña si te puedes llevar lo que sobra en un vaso de plástico. Madre mía, qué mirada. Aquellos no son ojos, son metralletas. Y eso en los bares de toda la vida no pasaba. Pedías un vaso y te ofrecían hasta el hielo y una cañita. Oiga, a mí me gustaban los bares de antes incluso con sus mesas pegajosas y sus charlas sobre fútbol. Eso sí que era lujo y no las teterías.

David Navarro 2008

NOTA: copiado tal cual de un par de folios arrugados. Pendiente de revisar, de ensayar en voz alta y de vender. ¿Alguien lo quiere comprar?

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