domingo, 20 de marzo de 2011

La casa del abuelo

Estaba allí sentado. Como si esperara a que el tiempo le diera la razón, bajo su techo de parra, en un sillón viejo, en su patio.

Le vi y él me vio, o al menos eso pensé porque no me saludó en cuanto entré por el sendero como solía hacer. Aceleré el paso para que no se levantara del sillón hundido en el suelo de retazos. Me acordé de cuando era al revés y él salía de la casa enseguida que escuchaba el sonido del coche, fuera mi padre o yo.

A pesar de que le temblaban las piernas, sintiendo su esfuerzo en las manos arrugadas sobre el bastón y el brazo del sillón, mi abuelo se levantó.

Estaba allí sentado. Como si esperara a que el tiempo le diera la razón, bajo su techo de parra, en un sillón viejo, en su patio.

Le vi y él me vio, o al menos eso pensé porque no me saludó en cuanto entré por el sendero como solía hacer. Aceleré el paso para que no se levantara del sillón hundido en el suelo de retazos. Me acordé de cuando era al revés y él salía de la casa enseguida que escuchaba el sonido del coche, fuera mi padre o yo.

A pesar de que le temblaban las piernas, sintiendo su esfuerzo en las manos arrugadas sobre el bastón y el brazo del sillón, mi abuelo se levantó.

Yo no lo detuve, porque sé que él necesita levantarse por su cuenta y le gusta que nos demos dos besos cuando nos veamos.

A veces no puedo evitar cogerlo del brazo, porque se le ve frágil y me da mucho miedo que se caiga.

Tiene los ojos vidriosos cuando me saluda y en el momento de darle los dos besos (él apenas mueve ya la cabeza) no sé si llora o si es la maldita conjuntivitis.

Ahora se sentará con mucho esfuerzo en el sillón y me pedirá que me coloque a su lado. No sé si podré evitar seguir con las manos su trabajosa inclinación para sentarse. En cualquier caso, pienso estar allí con él, a la fresca, con más silencios que palabras, sin mirar el reloj, mientras en los árboles frutales, en los almendros, en las tomateras y en las palmeras ocurren cosas que no puedo entender. Él sí las entiende.

En su huerta está todo él y, sin embargo, sé que en ella está viendo muchas cosas que yo soy incapaz de recordar, como por ejemplo la aldea granadina de La Jamula donde se crió. Le veo el perfil desgastado, terroso y de color aceituna; la barba mal afeitada; las gafas de ver de cerca sucias y desprende el olor de siempre.

Se queja de las enfermedades, y se calla el dolor que siente por las cosas que él sólo sabe y que, sin embargo, adivino. Dice que le queda poco y a mí se me escapa que, por favor, viva más tiempo, que lo haga por mí.

Ojalá viva muchos años más, aunque él no quiera. No es egoísmo. Sólo quiero que tenga la oportunidad de ser feliz y que todos los que queremos al abuelo Florencio lo veamos sonreír de nuevo

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