viernes, 22 de julio de 2011

Renace el muerto-enfermo (Mi Primera Operación IV y final)

Más o menos así te quedas.
En cuanto ella entra, intento incorporarme desde la cama, pero me pesa el cuerpo más que la gravedad. En ese instante descubro que va a ser una noche difícil.

Tampoco disfruto mucho de la alegría del reencuentro. Demasiado dolor e incertidumbre. Demasiado neurótico también. Por eso, me pongo a pedirle cosas que me distraigan: traeme este libro, el diario, etc. Pero resulta que no puedo leer. Tengo los ojos hinchados como dos cráteres. No tengo un espejo a mano. Ella no me lo dice tampoco.Da igual: lo sé.
Para mi desgracia, falta una de las dos teles: la mía. La verdad es que tampoco la disfrutaría. Durante unos minutos, sin embargo, me parece una burla del destino que hayan arrancado de cuajo la televisión que me tocaba.

A medida que pasan las horas, le digo a mi novia que no voy a dormir. Las quejas van en aumento, sobre todo cuando vienen dos visitantes a hablar con el enfermo de al lado, que está conectado a una bomba de oxígeno y que, por otra parte, no puede decir ni mu. Pobre hombre. Cada vez que tose es como si se le fuera el alma en un esputo.

Se me agria el humor y me porto como un idiota llamando a la señora "cotorra". No me oye, porque no para de hablar, porque la cortina que me separa del vecino no podría contener a mi voz becerril. Además, lo repito varios veces delante de la enfermera y de Nieves. Les pido que abran la ventana a ver si se vuela a dar el coñazo a otra parte.

Cuando se largan, ya ni me acuerdo de las visitas del dolor que me produce mantener la misma postura todo el tiempo. A esto se le suman los efectos de la anestesia, la nariz taponada, una enorme gasa que me da ganas de estornudar. No me quiero justificar, pero supongo que explica el nivel de mi mala leche. A todo esto, las enfermeras me van poniendo bolsas en la guía sin explicarme qué es qué.

Para colmo, no puedo beber agua aún. A eso de las ocho dijeron que podría. Después, pero no confirmaron cuándo, podré tomarme una sopita y un yogurt.

Se hace de noche. Nieves, afortunadamente, ya pasa de mis críticas a todo lo que se mueve. Cambio de posición con la precisión de un caracol escayolado y de repente aparece otra enfermera con una botellita de plástico en forma de calabaza. Que mée, me ordena, con tono simpático.

Juro que lo intento: sentado, de lado, casi del revés... Pero pasan los minutos y no puedo. No se fían de que pueda caminar sin caerme. Así y todo reivindico mi derecho a ir al baño. Lo máximo que consigo es que me dejen estar de pie apoyado en la guía, junto a la cama, y de cara a la ventana desde la que ya no se ve más que oscuridad. Tampoco.

A fuerza de insistir, consigo que me dejen ir al baño. Cometo otra estupidez. Le digo a la enfermera que los hombres mean de pie. No sé por qué. El caso es que en lugar de esa chica aparece otra. Me acompañan hasta el baño. Y como realmente no me siento más mareado que otras veces, les pido que cierren la puerta. Al final, semiabierta, por orden de la enfermera. Me cuesta, pero hago los deberes. Luego, me acompañan hasta la cama donde cuelgo la botella para que la analicen, supongo.

Poco después, descubro que el análisis consiste en ver el color al trasluz y tirar el contenido al retrete. Por fin me dan de beber, pero las molestias van en aumento. Pido la cena. A varias enfermeras. Todas mudas. Para arreglarlo le recuerdo a la enfermera que en un principio iba de simpática que los hombres meamos de pie, que si su novio mea sentado que lo cambie por otro. Una majadería que me paga con una cara de malas pulgas que me dan que pensar que me estoy pasando de la raya.

Dos horas después aparece un enfermero que se parece a Harry Potter con un zumo de piña de 200 ml. Todavía no lo sé. Ésa es mi cena. Aunque, me duele la garganta horrores, me bebo hasta la pajita.

Luego, devaneo con la idea de que me sirvan la cena prometida pero no llega. Apagan las luces. Intento dormir. Ella sí duerme a mi lado. Yo no. Quizá dos horas. No creo que más. Me despierto a eso de las dos de la madrugada, cierro los ojos, cambio de postura, me mentalizo: yo puedo, todo está en tu cabeza... pero fracaso. Además, descubro que no es un mito: las enfermeras y enfermeros del turno de noche berrean y corren por los pasillos. Un mercadillo ambulante. Me da mucha rabia. Pero no me puedo poner a pegar gritos. Ni la voz me da de sí, ni tengo fuerzas ni me parece que arregle nada.

Al final, a las seis y pico de la mañana, y tras haber jugado mil partidas a un videojuego absurdo de la PSP, despierto a mi sufrida compañera: por favor, que me duerman como sea. Yo no aguanto.

Le dicen que es demasiado tarde. Ella se vuelve a dormir. El vecino se ha quitado todos sus tubos y se ha puesto... a afeitarse con máquina electríca. ¡A las seis de la mañana! Luego, se duerme y santaspascuas.

Amanece del todo. Viene alguien a limpiar. Que ahí tengo las toallas para ducharme. Yo le digo que me quiero ir a casa, y que me ducharé allí. Me pone mala cara y se va (como si le hubiera hecho un feo). Luego viene otra chica y me sirve un desayuno criminal: un zumo de 200 ml de manzana, un té, falsas minitostadas, un dado de mantequilla y otro de mermelada y galletas estilo María. A quién se le ocurre. Galletas María sin leche.

Mi novia, que ya está despierta, se ofrece a comprarme un batido. Antes le he pedido que me den un zumo normal, que los de manzana no me gustan, pero no hay más. Me cago en todo lo que se menea Me da vergüenza portarme así, pero es que ya es mala pata que me den el único zumo que no soporto (sin contar el de tomate, que para mí no es zumo).

Le dan permiso para que lo compre y se va a desayunar. Mientras tanto, devoro como un poseso las tostaditas con la mantequilla. Cuando llega, me pongo las botas con el batido y las galletas. Durante cinco minutos alquilo un piso en la calle Felicidad. Pero una vez termino de desayunar, el objetivo cambia.

Ya sé que no voy a dormir, ya sé que no puedo leer, sé que no hay tele, no tengo ganas de conversación. Por tanto, hay que escapar. Le pregunto a todas las enfermeras, incluido al jefe de enfermeros, cuándo vendrá el doctor a darme el alta. Es que sólo hay uno en Urgencias. ¡Lo que faltaba!

Hora y media más de desatinos. Una visita más al de al lado (pero esta mujer habla menos). Y por fin aparece una doctora a la que tomo por enfermera. Me explica con muy buenas palabras que el jueves que viene me quitarán los dolorosos tapones de las fosas nasales. ¿El jueves? Por favor, doctora, dígale al doctor que me dé cita para antes. Me promete que lo intentará. Estamos a viernes y no puedo soportar la posibilidad de estar así durante casi una semana.

A la que puedo, me visto. Con un poco de ayuda, porque no puedo inclinar la cabeza ni agacharme. La gasa con lo que lleve encima de la nariz, la transporto a casa. Antes de irnos del hospital, me miro detenidamente en el espejo. Nunca pensé que podría parecerme tanto a un zombi. Como no me puede dar el sol (es que quizá también me han convertido en vampiro), volvemos en metro. Al entrar en el piso destartalado de alquiler, pese a los dolores, me da la sensación, por primera vez en mi vida, de que estoy entrando en casa.

Me quedo con eso.

Sigo en el postoperatorio y es mucho más duro de lo que te venden antes de pasar por el quirófano. Algún día explicaré mi proceso, pero con una intención altruista, para que a nadie le den gato con liebre. No son cuatro días y para casa. Una septoplastia puede parecer una tontería con respecto a otras operaciones, pero como mínimo implica quince días de una calidad de vida bastante desmejorada. Si merece la pena o no... Al tiempo.

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