jueves, 7 de julio de 2011

Hibernar en verano

Con el calor, la gente se revitaliza. Se apoderan de la playa, de la ropa sexy, de la música insustancial, de los cocktails, de las reuniones con amigos a la fresca...

A mí que me busquen los mismos que encontraron a Bin Laden. Porque no pienso salir de mis múltiples madrigueras. Y tengo suerte, porque aunque pequeñas y nada lujosas tengo varias que me darán cobijo.

La gente se espanta cuando escucha o lee esto: ¿que tan deprimido estás? No. Yo me siento bien. Es lo que hay alrededor lo que me suele molestar. Vamos, no me malinterpretéis. Mi misantropía desaparece en cuanto regresa la buena educación y los mejores sentimientos. La tontería dañina, la euforia gratuita, los empujones y pisotones, las prisas impostadas, los gritos a destiempo... pues no son lo mío.

Soy feliz con cuatro cosas, las que me esmero en elegir durante mucho tiempo. Y con cuatro o cinco personas, las que me soportan porque las quiero tanto que no pueden abandonarme. A las demás las quiero como quiero a los árboles y a los animalitos. Que todo les vaya bien, pero que no me tiren una rama encima ni me muerdan.

Luego, necesito la paz, el aire fresco, el contacto con el agua limpia (sin arenas llenas de colillas ni gente que va a mirar y a que la miren).

¿Sibarita? ¿Pijo? ¿Raro? Recuerda que no soy un producto del Mediamarkt. La máquina de etiquetas no debería funcionar con ninguna persona. Conmigo no tiene ni para empezar.

Dormir, tocar un instrumento, amar, escribir, leer, pasear a la sombra de los árboles. Solo o en pareja. Con amigos lo que se tercie. Pero con los buenos y pocos amigos que me quedan no necesito planear nada. Es como pedirle a un paisaje de la Toscana que me prepare tal color o tal esencia. Ni soñarlo quiero.

A los paripés no pienso acudir. A ninguno. Pondré mil excusas. Siempre hay una que es verdad.

Pensar mucho y hacer balance para corregirme cuanto pueda y pasar página enseguida. Superar las adversidades que se quedan clavadas como espinas de pescado en el paladar. Borrar algún número de teléfono (en realidad quisiera lanzar el móvil muy lejos, pero no lo hago por mi familia). Borrar más de un e-mail.

Sobre todo, renovar ilusiones: volver a empezar sabiendo que el año que viene volveré a empezar. Pero no sé si hibernaré el verano que viene. A lo mejor me da por visitar abruptas calas en islas desiertas y hacerme fotos junto a muchachas en topless. Incluso puede que ocurra algo durante este verano que me saque de mis madrigueras. Espero que sea por placer y no por obligación. Aunque, lo siento por los vitalistas, acabaré volviendo a mi guarida.

Desde luego, voy a conseguir parar el mundo, esa concepción del mundo tan chiquitita que algunos narcisistas tenemos, ese ilusorio planeta que gira en torno a nosotros. El otro mundo, el que dicen que es de verdad, cada vez me interesa menos.

Os voy a revelar un secreto que todo el mundo sabe, pero finge ignorar: hacen falta muchísimas generaciones, mucha sangre y una gran cantidad de sacrificios para cambiar las cosas. Yo puedo arrimar el hombro desde la trinchera, pero no me va el papel de mártir, porque, en realidad, todos los que luchan hoy en día lo están haciendo por los nietos de vuestros nietos.

No sé si lo saben o no, pero la injusticia más grave que es la desigualdad entre los seres humanos, ésa se quedará, casi con toda seguridad, hasta el último día. Ahora no me acuséis de desanimar a los valientes y a las bravas mujeres que se dan de bruces contra eso tan enorme que llamamos Sistema. Si la felicidad es el camino, no la meta, entonces están haciendo lo correcto.

Pero yo soy débil. Lo que hay dentro de mi cabeza pesa más que yo, que ya es decir. Y ya he dicho demasiado.

A todo esto, que nadie sienta pena tampoco. Cada persona de este mundo está demasiado ocupada con su ego o, lo que es peor, la familia nuclear. Por selección natural, los que se acuerden de mí con buenas intenciones, me encontrarán, y tan contentos.

Imagen vía Zoobaq

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