domingo, 19 de diciembre de 2010

Todo el mundo no tiene derecho a opinar en Internet

Lector, tú que me examinas hasta donde ni siquiera imagino, no te sulfures ante el título de este articulillo. No voy a jugar contigo con un embuste provocador ni tendrías que sacar tu espada que siempre esgrimes al ver en peligro la que consideras ley de leyes, la libertad de expresión.

Creo con tanta firmeza en la verdad que esconde el título que espero, por mi salud mental, que alguien me convenza de lo contrario, aunque sea por unos segundos, porque desconfío de las verdades absolutas. No me voy a explayar, porque la evidencia cae por su propio peso.

Digamos que tienes un hijo, un vástago futbolero como el padre, que recibe un ordenador portátil en miniatura por partida doble (el que tú le regalas y el que le obliga a comprar el instituto para que todavía se esfuerce menos).

Tu hijo se conecta a una página de un diario con todas las de la ley como Marca, Mundo deportivo, etc. Le interesa una noticia, hace clic en el texto y tiene acceso al consiguiente debate (imprescindible hoy en día para tejer la red social de marras). ¿Qué va a poder leer? Pues, entre varias teorías trasnochadas de seudoentrenadores y forofos, alusiones a la profesión más vieja del mundo, ofrecimientos sexuales con sarcasmo (nunca entenderé por qué los machotes insisten tanto en que todo el mundo se la chupe) y todo tipo de insultos vejatorios, descalificaciones y, en general, cosas que duelen a ojos de un adulto y que poco bien pueden hacer a tu hijo. ¿Exagero? Haz la prueba... pero contigo mismo.

Pongamos que tienes una hija y que abre una cuenta en Facebook y a los dos días tiene su perfil repleto de ofrecimientos de amistad que la invitan a doctorarse en escenografía pornográfica. ¿Es necesario? De nuevo, si no me crees, create un alter-ego con cuerpo de diosa y dieciocho añitos. Vas a flipar en colores.

Ahora estás tú frente al ordenador. Te apetece ver una página de ésas que llaman de adultos y que los viejos llaman de cochinadas (no se imaginan hasta qué punto). Resulta que con darle al botón correspondiente, ya tienes acceso a los contenidos pornográficos. Por supuesto, has declarado tener más de 18 años. ¿Hace falta algo más que tu clic sincero? O quizá la página principal te ha obligado a inventarte una fecha de nacimiento en la que puedes poner lo que te dé la gana con tal de entrar (esta versión es igual que la otra, pero más hipócrita si cabe). Ya estás dentro.

Tú, que sólo quieres alegrar la vista un rato con señoras o señores muy guapetones, te encuentras con varias ventanitas que te enseñan lo último en zoofilia, en sadomaso e incluso en pedofilia. Tanto si se te pone mal cuerpo como si no, imagina ese efecto en un menor.

La realidad es que Internet es muchas cosas, pero también es un nido de ratas que se aseguran de que se pierdan las formas, se arruine el buen gusto, se estandaricen maneras de ser y estar dudodas y, en general, dan rienda suelta a sus bajos instintos.

No creo que esté escribiendo un texto reaccionario. Sólo advierto de que los niños pueden aprender por la vía rápida (y condicionada a menudo por intereses económicos, o simplemente, por la mala educación) gestos, actitudes, palabras, maneras de entender el amor y el sexo que quizá le corresponda descubrir de una forma más natural, a una edad más tardía o que, simplemente, no merezca la pena que aprendan jamás. Al igual que nunca me ha llamado la atención ver cómo una señora fornica con un perro y ya tengo una edad. Acaso porque creo que algunos contenidos deberían llamarse "para adultos... con graves problemas mentales".

NOTA: Soy consciente de que el asunto tiene difícil solución, quizá por qué habría que abordarlo por separado. Lo intentaré en el futuro en la medida de lo posible. Aunque, dejaré una última reflexión: es un contrasentido que se censure tanto el erotismo y, no digamos la pornografía, en la televisión y que se pasen tantos pueblos en Internet.

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