sábado, 11 de diciembre de 2010

Antes de cortar cabezas, usemos las nuestras

Si los controladores aéreos terminan en la cárcel por abandonar sus puestos de trabajo, no será en nombre de la justicia, sino del linchamiento público.

Claro que la montaron muy gorda. Por supuesto que han explotado en el peor momento, antes del puente más ansiado del año, y en la peor coyuntura, cuando más de la mitad de los españoles daría un dedo por estar en su situación laboral y económica. Pero eso no significa que tengan que renunciar a sus derechos.

Lo que quiero decir es que, independientemente de su estatus, deberían tener la oportunidad de realizar huelgas o, en cualquier caso, de llevar a cabo todas las reivindicaciones que, como grupo, creyeran convenientes. ¿O es que cobrar mucho dinero les obliga a esclavizarse? A fin de cuentas, fue el Gobierno de Aznar el que les subió los sueldos. ¿Tú te negarías a un incremento en la nómina?

Ojo, porque a mí me fastidiaron un viaje. Y eso es lo de menos. Peor lo han pasado otros y te aseguro que he seguido algunos casos por todos los medios de comunicación que me ha sido posible. Tampoco me hacía falta. Es fácil imaginar que entre los afectados se encontraban enfermos que necesitaban seguir un tratamiento, familias que no se encontraban desde hacía mucho tiempo, empresarios que se jugaban un gran capital, parejas que querían adoptar a un niño, gente que quería llevar el féretro de un ser querido a su lugar de origen, y todos los etcéteras que se te ocurran.

Considero que los controladores deben pagar los platos rotos. Pero se me ocurre algo mejor que martirizarlos con la amenaza de ponerlos entre rejas (aunque sé, a ciencia cierta, que el sentido común se impondrá y no pasarán por ese trago). Se me ocurre que, ya que tienen un buen sueldo, respondan con parte de su patrimonio a las pérdidas económicas. Y en el caso de que se encuentren indicios de mala fe en algunos trabajadores, que se les excluya de una profesión para la que quizá no estén ya preparados. Hay muchos más trabajos que pueden hacer. Enviarlos a la cárcel sería salvaje. Darles una indemnización y dos años de paro para que reorienten su carrera es equipararlos a cuatro millones de españoles que han tenido que pasar por un proceso similar: en cuanto no han sido útiles, se han ido a la puñetera calle.

Con todo, no quisiera que perdiéramos de vista unos cuantos datos:
-Es AENA la responsable última del desastre de los controladores.
-Son USCA, su sindicato mayoritario, y el Ministerio de Fomento los principales culpables de que no se haya solucionado el conflicto por medio del diálogo.
-Es el Gobierno, en última instancia, el único organismo que podría haber previsto una huelga encubierta, y el que ha tenido varios años para preparar un equipo militar capaz de sustituir a los trabajadores en rebeldía.
-Además, al Gobierno no le viene nada mal que toda la atención mediática se centre en el problema de los controladores, en los informes de WikiLeaks, etc., etc. Así no se habla del paro, por ejemplo. A la oposición, por lo visto, tampoco le parece mal. Así, ya pueden pedir más dimisiones y seguir acorralando a Zapatero.

Respecto al estado de alarma no creo que haya que poner el grito en el cielo. Los militares de hoy en día no tienen nada que ver con los del 23-F. Por tanto, me parece un mal menor. Supongo que es el factor que menos agravará el estrés de los controladores. Sobre todo, porque no les están apuntando con el fusil. Ahora mismo los controladores deben de estar pasando por un suplicio peor: saberse los enemigos número uno, contemplar la amenaza de la cárcel...

Lo importante de todo este embrollo es que los españoles no se vuelvan a dejar engañar. No queremos las cabezas de los controladores. Lo que queremos, en primera instancia, es que no vuelva a ocurrir un caos similar. Lo último que deseamos es que se produzca un linchamiento sólo porque la gran masa quiera sangre. En la Alemania de los años treinta, la mayoría optó por el nacionalsocialismo de Hitler. Eran muchos, estaban cabreados y durante décadas han tenido que arrepentirse de su gravísimo error.

No hay comentarios: