domingo, 6 de noviembre de 2011

Rajoy, ficha a Mourinho

Todo está relacionado.
Yo no sé si Mourinho es un payaso de paisano, un simple loco o un caradura, pero tengo que admitir que este señor me inspira muy malas ideas. Más que inspirármelas, me las sirve en bandeja.

El otro día, tras meterle siete goles al Osasuna y encajar un solo tanto de los navarros, el tío se planta ante la prensa y, como quien no quiere la cosa, vuelve a coaccionar a los árbitros.

¿También con un 7-1, hijo de una portuguesa? Tal cual. Como le metieron el gol en una falta rapidísima, Mourinho se quejaba amargamente de la falta de un criterio único entre los árbitros.

Ahora en serio. ¿Aquí qué ocurre? Si seguís a los múltiples portavoces del PP os sonará esta táctica. Dicen que los malayos ya lo inventaron hace siglos. Los que sufrieron aquella gota que acababa horadando la cabeza de los torturados la llamaron la tortura malaya... antes de morir.

Es una técnica de desgaste, pero aplicada a los medios de comunicación, a los políticos y a Mourinho, cambia ligeramente.

Se trata de repetir una acusación, una queja, una teoría conspiratoria, etc. hasta que la barbaridad mil veces bombardeada se convierta en un indicio de realidad.

Yo no me invento nada. Desde el fatídico 11M hay medios de comunicación afines al PP que no han dejado de "sugerir" que el PSOE provocó la tragedia para ganar unas elecciones. Ahora mismo, los González Pons, Cospedal, Arenas y compañía tienen varios frentes abiertos. Yo me quedaría con dos torturas malayas que llaman la atención:

-Zapatero, él solo, ha traído la crisis económica a España. Está por ver si también tiene la culpa de la situación en Portugal, Grecia, Estados Unidos...

-Rubalcaba es el pasado. Sin embargo, Mariano Rajoy, que el fin de semana antes del debate tuvo que tomarse dos días libres para no pifiarla como en el debate anterior, representa el cambio.

Como echo de menos a Labordeta. Necesitamos más Labordetas y menos Mourinhos y González Pons. En realidad, ya puestos, me dan envidia los años de la transición cuando nadie se imaginaba que treinta y tantos años después todo olería tanto a podrido.

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