miércoles, 9 de noviembre de 2011

Low cost generation

Alex, quién te ha visto y quién te ve.
Todavía no nos hemos recuperado de los sustos provocados por los vuelos de bajo coste y ya nos hemos metido en otros andurriales casi tan frustrantes como perder una maleta, sentarte junto a desconocidos en la cola del avión o quedarte en tierra sin previo aviso.

Gracias a la nueva moda de recibir cada día decenas de correos electrónicos con ofertas para el ocio, nuestro principal dolor de cabeza consiste en no acumular más bonos milagrosos de los que podemos permitirnos (por el dinero y por el tiempo).

Algunos tienen trampa, en concreto la mayoría de los que incluyen en su oferta la claúsula Z: es necesario llamar con antelación para confirmar la reserva.

En la práctica, esto significa que el restaurante, el hotel, el spa o el centro de Yoga no te admitirá a no ser que tenga más de la mitad del aforo vacío. Es obvio: los bonos descuento dan publicidad a sus negocios y funcionan muy bien... siempre que la gente los compre, pero no los use. Piénsalo bien: ¿qué buen restaurante o hotel quiere que sus instalaciones se llenen de gente tan pobre que tiene que ir detrás de las ofertas?

Haz la prueba: intenta reservar sin advertirle al personal que tienes un bono y, a continuación, dale una sorpresa: "tengo el descuento de X". Entonces, como por arte de magia presenciarás una auténtica metamorfosis: antes tenías plan y segundos después, no.

El caso es que, a fuerza de insistir, lograrás usar el descuento, aunque no cuando te gustaría. Quizá un jueves fuera de temporada baja, unos meses después. Espera, porque todavía te queda una prueba más. ¿Te has sentido alguna vez como si le debieras la vida a un camarero o a un recepcionista? Pues, prepárate a experimentar esta sensación. Sería injusto asegurar que siempre ocurre así, pero, amiguete, sigue rellenando tus vacíos con bonos de Internet y lo acabarás sufriendo. En serio, a mí me dieron una vez una mesa minúscula en mitad del pasillo cuando había varias mesas vacías mucho más amplias junto a los ventanales.

Más triste es el caso del cine, ahora cineteatro, Alexandra, muy cerca del centro de Barcelona. Antes de los famosos bonos, no conseguían congregar a más de cuatro o cinco personas por sesión. Pero llegaron las funciones de teatro baratas (comedias, monólogos, variedades, etc.) y las películas a 3 euros, y las colas surgieron donde antes sólo había suelo yermo.

Como la memoria es efímera, el otro día fuí a una de esas películas a 5 euros (ya casi no hay a 3, pero me pareció una buena opción). Cosas de la vida, llegué 20 minutos antes, intenté cambiar el bono por una entrada y el tipo de la taquilla, el mismo al que había animado con mi presencia cuando nadie más le daba de comer, me dijo que no me daría la entrada, porque tenía que llegar 30 minutos antes.

Decepcionado, volví a casa, pero pensé en darles otra oportunidad. Hoy he vuelto a reservar una entrada a 5 euros y he leído bien el comprobante: hay que presentarse en taquilla hasta 30 minutos antes del comienzo de la función. Pues bien, he ido una hora y media antes, he hecho la cola correspondiente, y cuando me ha tocado el turno una chica muy simpática me ha dicho que vuelva después, que todavía es pronto.

Al menos, me lo ha dicho con educación, con un poco de empatía, como si no fuéramos una generación de bajo coste. De todas maneras, me he quedado sin ver la película. Y cierta web especializada en espectáculos a buen precio me ha vuelto a amenazar con pedirme la tarjeta de crédito cada vez que intente reservar cualquier entrada. En fin, tenemos lo que nos merecemos. ¿Por consumistas? Puede, pero hay un pecado mucho más grave: estar en la parte baja del orden social y no querer admitirlo.

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