miércoles, 28 de agosto de 2013

Dos grandes pintores para una ciudad pequeña

Una obra de Alguacil que recuerda a Monet.
En la calle Pizarro de La Vila Joiosa, probablemente una de las arterias principales de la ciudad (o pueblo, los que me habéis leído sabéis que los uso indistintamente en referencia a mi lugar de nacimiento) hay abierto desde tiempos inmemoriales un taller de un gran pintor: Evaristo Alguacil. Casi sin anunciarse, muchos aficionados a la pintura han insistido hasta recibir sus clases y quién más o quién menos conoce lo más representativo de su trabajo, sobre todo al óleo, principalmente esas marinas tan personales, tan vileras y universales al mismo tiempo.

Sin embargo, pocos, en relación a la categoría del artista, conocen bien la obra de Alguacil. Creen que es un señor que repite cuadros sobre las casas de colores representativas de La Vila o se dedica solamente al puerto y sus barcos de pesca. Es cierto, y él lo reconoce, que son parte de su sello personal y la gente aprecia estas pinturas por dos motivos: por su calidad y, además, por su fuerte componente emocional, pues extrae la esencia de los escenarios de la educación sentimental de mis paisanos.


Este verano, como novedad, los vileros hablaron mucho de Evaristo Alguacil, porque la noticia corrió como la pólvora: un chino adinerado compró toda su colección expuesta en el casino de Alicante. El tipo se enamoró de los cuadros de Alguacil y algo debía saber de arte porque acababa de comprar un Antonio López. Casi nada.

Santiago plasma una obra muy "sorolliana".
A pocos metros, cerca de los ambientes que el mismo Alguacil ha inmortalizado, en la famosa “costera de la mar”, se encuentra un local escueto en el que Serafín Santiago exhibe sus trabajos más comerciales, unas preciosas acuarelas que en cualquier tamaño sintetizan los enclaves más característicos del pueblo.

También Santiago realiza obras de arte más allá de los emblemas vileros y, además, trabaja con todos los materiales. Incluso realiza cuadros de gran formato al gusto del comprador, como los antiguos maestros del Renacimiento.

Su carrera tuvo un momento álgido, con exposiciones en ciudades de toda Europa, pero las circunstancias de la vida le obligaron a abrir un paréntesis personal que él mismo cuenta a los que visitan su local y ven sus obras expuestas.

Santiago, como Alguacil, conoce su valía y se lamenta, de alguna manera, de que la vida del artista sea tan ingrata. Y no parece que vender acuarelas de gran calidad, originales por supuesto, a diez euros le dé motivos para sentirse esperanzado.

Evaristo Alguacil, en cambio, lleva toda su vida triunfando, pero probablemente ya haya presentido que se le valorará más cuando deje su legado que en vida. Es la maldición del artista. Y eso que no deja de exhibir en cualquier lugar del mundo, pero la indiferencia de la gente hacia el arte en general, los efectos de la crisis y las modas que gobiernan el mercado pictórico le obligan a ponerse serio cuando habla de su trabajo y, casi a la defensiva, se reivindica. Al mismo tiempo que su tono adquiere un tono agridulce, Alguacil se sabe un pintor excepcional. Sin embargo, y pese a la excelente noticia de su éxito en la exposición del Casino de Alicante, hay notas de melancolía en sus palabras.

La situación de Serafín Santiago es diferente: no está en su mejor momento y él lo sabe. Aunque probablemente no entienda por qué su trabajo pasa casi desapercibido para tanta gente. Personalmente, considero que cuando el dolor te atrapa, pierdes perspectiva. Ojalá se le alivie. El mundo necesita artistas y La Vila Joiosa los reclama a gritos.

Triunfante, Alguacil pasa gran parte de la mañana en la trastienda del local, donde da sus clases, donde pinta nuevas obras, pero la gente pasa calle arriba, calle abajo, sin asomarse siquiera al escaparate donde muestra, desde hace muchos años, sus obras más representativas.

He hablado con los dos y he percibido el ensimismamiento del artista. Diferentes personas, además, me han demostrado una actitud de triste resignación ante el ninguneo general de la gran masa.

En el fondo, una melancolía recorre a todos los seres sensibles que dedican su vida a crear y que apuestan su vida a la carta del arte. No es nada fácil. Y aunque ellos dos tienen la suerte de poder vivir de lo que aman, con mayor o menor fortuna, ambos pintores miran al presente con temor y no pueden rezumar optimismo.


A mí me dieron ganas de decirles que llevo toda la vida escribiendo y ya no espero que me lean más de veinte personas. Seguramente porque es mentira, porque en el fondo sé que nunca dejaré de escribir y creo que algún día podré regalar al mundo el fruto de mi esfuerzo en forma de una novela, un cuento… Quién sabe. También es verdad que por mucho que lo hubiera intentado, ninguno de los dos pintores me habría dejado decir tres frases seguidas sobre mis anhelos de crear belleza y vivir de ello. Casi que mejor.

NOTA: Buscad en Google el nombre de los dos pintores y veréis obras de arte, distintas, pero muy notables.

NOTA 2:Urge en La Vila Joiosa un espacio de pintura, un museo, vaya, de pintores vileros, de nacimiento o de adopción.

NOTA 3: Ver NOTA 2 y repetírsela a los políticos antes de gastarse la pasta en otro cóctel o mariscada.

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