jueves, 29 de septiembre de 2011

Estar en el medio... ¿de qué?

A mí no me gusta estar en mitad de nada. Prefiero ponerme en primera fila o escabullirme por la parte de atrás.

Los que están en medio sólo pueden abrirse camino a codazo limpio, o dejarse asaltar por la multitud que viene detrás. En otras palabras, o te manchas la mandíbula con la sangre de los demás o con la tuya propia.

Es puro instinto animal. Y yo soy racional, porque me sale mejor pensar que subirme a los árboles.

Tengo una teoría: vivimos en el segundo mundo. Por supuesto que existe el tercer mundo, y el cuarto (dada mi ignorancia no puedo ver más allá del cuarto. Lo prefiero así). Alemania y Estados Unidos, por ejemplo, se engloban en el primer mundo: trabajo malsano, esperanza hueca, riquezas y materialismo a saco. En el segundo mundo está todo el sur de Europa y parte de Sudamérica: paro (o amenaza de paro), rabia contenida, materialismo dubitativo, impotencia y la sensación de que nunca se alcanzará la meta que no es otra que una visión manipulada del primer mundo a través de los medios de comunicación y la cultura.

Aquí es donde el dolor físico supera al intelectual y espiritual. En el tercer mundo la estructura capitalista no ofrece ningún beneficio. Es como la carpa de un circo sin nada debajo. La función siempre está anunciada para el mes siguiente, pero nunca arranca. Faltan hospitales, pero se sabe que existen y se podrían construir. Falta comida, aunque se exportan toneladas de alimentos. Es un quiero y no puedo. Se pasa mal. La gente, para sobrevivir, desarrolla una rica endogamia cultural.

El cuarto mundo está formado por el granero del primer y segundo mundo: ni siquiera tienen una estructura económica y política. Se matan con las armas de los ricos y mueren de hambre, enfermedades, etc. Nadie sabe exactamente qué países o zonas abarcan. Son vistos como animales por los poderosos. Un campo de pruebas para el Infierno.

No diré que prefiero vivir en el cuarto mundo, porque eso no es vivir, es esperar la muerte. Pero casi prefiero el tercer mundo al segundo. Ahí da la sensación de que aún se pueden cambiar las cosas. Está casi todo por hacer. Aunque me temo que las bases ya están instauradas por si acaso se dan las circunstancias para alcanzar una autonomía política plena. Ejemplo: Bolivia (y no me provoca ningún placer dar ejemplos reales).

Si no tuviera conciencia, emigraría ya al primer mundo: allí se trabaja, se consume, se trabaja, se consume y así sucesivamente. Si te gusta trabajar y eres una persona ociosa, es una pasada. Además, las noticias de la tele y de los periódicos te protegen de las injusticias de los otros mundos. Ojos que no ven...

Claro que sé que esto no es asunto de broma. ¿Pero qué le vamos a hacer? Cada uno nace en un mundo y es complicado, más de lo que uno cree, transplantarse a otro de categoría distinta. Sobre todo cuando te haces mayor. En teoría, nada te ata si no tienes hipoteca, hijos o cargas familiares. ¡Y sin embargo, ahí están las cadenas!

Por mi parte, estoy apuntado a esa subteoría que trata de contentarnos diciendo, creo que con algo de razón, que debemos limitarnos a ayudar a nuestro círculo de personas allegadas. No estaría mal del todo si no fuera porque vivir en el segundo y en el primer mundo equivale a restringir el círculo cada vez más. El capitalismo nació en el momento en el que el primer dinosaurio atacó a otro para robarle los pastos (seguramente ya empezó con las bacterias). Es la ley de la selva. Y el hombre capitalista considera que es mejor atacar en solitario. Por eso, no se puede desprender de una sensación de derrota. Incluso los lobos saben que es mejor atacar en manada. Antes de los caballeros andantes, a nadie se le ocurría salir a guerrear sin una multitud.

Nosotros podemos considerarnos derrotados, pero seguimos viendo el cielo más o menos azul cada mañana bajo un techo más o menos seguro. En el cuarto mundo poca gente está por pensar en estas chorradas. Imagínate: ¿Existencialismo o bote de leche condensada? Vale, imagina ahora que llevas cuatro días tomando un brebaje al que llaman sopa.

Creo que no he publicado una reflexión tan narcisista, autocomplaciente y estéril en toda mi vida. Y a mí esto no me gusta, por mucho que el 99 por ciento de lo que hay Internet sean chorradas.

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