martes, 7 de junio de 2011

Hacer ondas en un lago

Me declaro vencido por la vida, por su misterio y por su seriedad que se impone a cualquier intento de gastarle alguna broma, hacerle una caricia o vivirla despreocupado.

Me declaro, además, muerto y enterrado por las leyes de los hombres y por los requisitos que la sociedad me exige para formar parte de ella con pleno derecho.

Los culpables de mi asesinato: la imperiosa necesidad de trabajar para subsistir; la dedicación de un tercio del día, como mínimo, para llegar a fin de mes; el propio concepto de vivir para trabajar y cargar con la sospecha de perder el trabajo durante toda la vida.

Sospechosos: la esclavitud de mantener una vida social activa.
La necesidad de estar delgado, parecer joven, tener muchos hobbies interesantes, viajar a países lejanos e incómodos, ganar dinero, etc.
La obligación de luchar contra las muchas personas que no tienen escrúpulos y te acaban llevando siempre al ring, a no ser que te guste ver cómo se meriendan tu dignidad.

Parte de la condena que he cumplido: he callado muchas veces porque los demás alzan demasiado la voz. He dejado de buscar para que todo siga como está.

Me declaro, pues, abatido por la vida externa, la material y artificiosa, la que han creado los seres humanos.

Respecto a la otra vida, la que de verdad me interesa, la del misterio, también la doy por perdida. Pues si pierdo el interés en descubrir que hay más allá, pierdo mi vida, que es la vida entera para mí. Y supongo que podré aguantar algunos años más desperdiciando sonrisas, perdiendo el tiempo con temas que nada o poco me importan y luchando, como cada cual, para poder ir tirando.

Es triste. De pequeño me imaginaba otra cosa. Pensaba que si seguía aprendiendo, con el tiempo, podría saborear los frutos del esfuerzo.
Lee, y leí.
Trabaja, y trabajé.
Sé responsable, y lo fui.
Mejora día a día, y lo intenté.

Y sirvió de muy poco: sigo sin entender nada. No entiendo, sobre todo, a qué juegan las personas cuando dicen que viven: ¿cómo les puede preocupar más una televisión nueva, un coche o una victoria deportiva que la justicia y la verdad? Lo grave es que a veces, muchas veces, yo me conformo con menos.

Lo más duro es sufrir el silencio de Dios (cuando era muy pequeñito creía que podría hablar siempre con él y que acabaríamos por entendernos). También creí, en algún momento de la infancia. que el muro que los mayores saltaban para llegar antes al colegio se me haría más pequeño con el tiempo. Cuando me asomo a ese muro infranqueable del recuerdo, veo un abismo, tiemblo, y me encuentro solo en la oscuridad total.

En realidad, sólo quiero la paz para hacer ondas en un lago, descubrir los secretos de una melodía, reconocer la Humanidad en los ojos de cada persona que me encuentre y, por supuesto, vivir sin miedo.

4 comentarios:

JESUS dijo...

Sólo quiero darte un consejo, aunque a veces lo que indicas también lo he experimentado, y es que intentes crearte un mundo propio a tu imagen y semejanza, lejos de convencionalismos y donde tú seas el protagonista. He descubierto con los años que todo lo bueno y todo lo malo está en uno mismo. Simplemente intenta cumplir tus sueños. Un abrazo

David Navarro dijo...

Es curioso como siempre interceptáis cuando el artículo es cien por cien sincero. A veces, algunos creen ver en la ficción restos de la realidad, pero en cuanto me desnudo en el blog se percibe. Y no sé por qué.
Te agradezco Jesús lo que me dices, pero el problema viene cuando no hay muchos sueños factibles en el horizonte. Ahora mismo, ya te digo, por dentro me encuentro más insignificante que nunca, pero es que lo externo directamente me da asco (hablo de la sociedad, la política, el trabajo, etc.)
Supongo que es cuestión de rachas.

Mateo dijo...

Vaya tostón. Menos amargarse y más tirar palante, la vida no es fácil para nadie, aunque la nuestra propia parece peor. Somos unos incomprendidos pero en el fondo todos sómos muy parecidos, necesitamos lo mismo. Lo malo es que estamos acostumbrados a desear lo que no tenemos en vez de apreciar todo lo bueno que poseemos. yo creo que hay que aprovechar el tiempo y más a ciertas edades.

David Navarro dijo...

Estimado doctor Mateo, no tiene usted precio como psicoterapeuta. Me recuerda a mi padre. Él diría más o menos lo mismo.
Tienes razón, pero hay momentos en determinadas fases en los que me cuesta tirar "palante". Pero no es capricho, ni victimismo. Es como cuando se te duerme la pierna en el sofá, pero me afecta a todo el cuerpo.
De cualquier manera, te emplazo a que te sigas quejando de mis lloriqueos, porque yo sé que sabrás aceptarlos.
Además, como es un blog egocéntrico (sólo tienes que ver el título), este tipo de artículos son su esencia. Cuantos menos haya de esta temática, mejor para los dos, pero seguro que vendrán más.
Un abrazo.