viernes, 1 de junio de 2012

Pabellones de muerte

Se saben muchos detalles sobre la entrada a prisión de los asesinos. Reporteros a la entrada de los presidios en las grandes ocasiones e incluso fotos, vídeos, testimonios de gente que pasaba por allí, nuevas imágenes, etc. Sin embargo, se desconoce casi siempre cuál es su destino cuando salen de la cárcel.

Porque, con la actual legislación, el que entra, si no muere repentinamente en la penitenciaría, acaba pisando la calle. Da igual que haya matado a una persona o a cuarenta. Con los descuentos legales incluidos, debería salir de la "trena" en menos de veinte años.

Por ejemplo, el Arropiero, el mayor asesino en serie de este país, con 48 muertes confesas, entró en la cárcel para enfermos psiquiátricos de Fontcalent (Alicante) en 1978 y salió veinte años después, enfermo de un cáncer de pulmón debido a su (dicen) increíble adicción al tabaco. Al poco murió.



El Mataviejas, ya os poedíes imaginar por qué lo llamaban así, murió apuñalado en la cárcel. A éste, a pesar de estar como una cabra, no le internaron en ningún centro especial. Cumplió 24 años de condena. A su entierro sólo asistieron los dos empleados del cementerio. No hay manera de saber qué pena ha recaído en los dos presos que lo apuñalaron, si es que fueron los dos.

Los cuatro hermanos Izquierdo, los dos asesinos más sus dementes hermanas, implicados en el crimen de Puerto Hurraco murieron sin ver la libertad. Las dos mujeres, al parecer, fallecieron de muerte natural en un psiquiátrico en 2005. Al año siguiente, Emilio murió también de muerte natural. Poco después su hermano Antonio se suicidó.

No quiero poner más ejemplos, porque es relativamente fácil escoger los que mejor convengan a mi sospecha. Ni siquiera es una tesis: sólo una sospecha. Me creaís o no, he recabado información sobre estos tres casos de la España negra por casualidad navegando por la cuidada web Suite101. Mi intención era determinar si la cárcel de Fontcalent estaba dedicada a enfermos psiquiátricos como acababa de leer en un libro. Da igual: como es verdad, no suena creíble.

El caso es que me da la sensación de que en España nadie se atreve a abogar por la cadena perpetua y mucho menos por la pena de muerte por una misericordia católica esculpida a lo largo de los siglos. Sin embargo, algunos condenados por asesinato (ahora me viene a la mente también Rafael Escobedo del caso Urquijo) terminan sus días en la cárcel antes de tiempo. A no ser que tengan la suerte de que un cáncer de pulmón les deje respirar un poco de libertad antes de palmarla.

Está claro que no voy a montar un frente para investigar estos hechos y otros muchos a los que no dedicaré ni un solo minuto para no atormentarme con la posibilidad de que mi intuición, o mi desconfianza nata, me esté dando una macabra clave.

A nadie le interesará defender los derechos de estos monstruos que cada generación insiste en fabricar. A mí, la verdad, tampoco. Pero no puedo evitar pensar que tal vez, además de hipócrita, esta sociedad esté llegando a unos límites de cinismo insospechados.

Por si acaso, o para quedarme tranquilo, tenía que compartir mis impresiones. Porque de mí no quiero que se diga nunca que me encontraron mirando para otro lado. Aunque, lo confieso: soy muy ignorante... pero a menudo me gustaría serlo más todavía.

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