domingo, 18 de noviembre de 2012

Prisioneros en las mesas de saldos

Con todos mis respetos, pero estaba de saldo.
En las buenas librerías no puede faltar una mesa de saldos, donde uno que se las da de tener buen ojo para los libros olvidados espera encontrar una gema por el precio de una entrada de cine.

Sin embargo, lo que debería ser motivo de satisfacción el otro día se me trocó en una desesperanza brutal.

Una tarde cualquiera. Me aproximo a la librería Taifa, en plena calle Verdi de Barcelona, y como siempre que puedo, decido sumergirme en su parte trasera, donde hay libros de segunda mano.

Junto a una mesa de novedades de bolsillo, me llaman la atención otras dos cargadas de libros que, a pesar de haber perdido parte de su lustre, prometen ser nuevos a mitad de precio.



Me acerco a una de las mesas y empiezo a contar ejemplares de Anagrama: una docena al menos. Y entre los autores, varios españole. Lo mismo más o menos sucede con Seix Barral. En general, No conozco a ninguno de los escritores.Alguno será latinoamericano, presumo, aunque por las fotografías que descubro en la solapa parecen todos descendientes del Cid o de Aznar.

Al examinar la otra mesa con saldos idénticos y volver a explorar la primera, descubro que en varias editoriales grandes se repiten nombres de autores ignotos. Es decir, que algún escritor presenta dos libros o más entre los menos vendidos.

Tomo el volumen de uno de ellos por un capítulo cualquiera y empieza así: "hete aquí que meses atrás..." Lo cierro espantado. ¿Será una parodia? Lo reabro: no, es que escribe así novela contemporánea. No recuerdo el nombre del autor, por cierto, pero no es Antonio Prieto.

¿Soy yo o me da la sensación de que incluso los grandes sellos editoriales españoles publican a "gente de la casa", de espaldas al público, y lo más grave, a la literatura?

Cuánto supuesto escritor, cuánto papel bien impreso y qué poco aportan al mundo esos libros que nadie nunca querrá comprar.

Las editoriales españolas funcionan como cualquier empresa española, que cuelga un anuncio buscando un profesional y, pese a las toneladas de buenos currículums, acaban apostando por el conocido de un primo del subdirector. No es muy bueno, pero ya es casi de la casa.

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