miércoles, 9 de febrero de 2011

Un saco de huesos con muy malas pulgas

Me habría gustado volver con un post muy bien trabajado, ingenioso a poder ser, incluso esclarecedor (fruto de mis momentos de euforia en los que me creo capaz de eso), pero no seré yo quien lance torpedos contra mí mismo con un exceso de presión y de presunción.

En cualquier caso, el artículo está en proceso y definitivamente será breve, poco alambicado y sesudo, y tratará sobre blogs. Mejor dicho, sobre mi forma de ver el mundillo de los blogs.

A lo que vamos. Estos días acabo de leer la novela Un saco de huesos, de Stephen King, y tengo que reconocer que es el segundo libro de este autor que devoro en mi vida (sí, sus libros se devoran, aunque esto no es ni una virtud ni un defecto). Del primero no me acuerdo (demasiadas películas basadas en sus libros como para diferenciar esa primera lectura), aunque sé que lo leí a mediados de los ochenta, cuando tenía la edad necesaria para creer que existían libros obligatorios y autores a los que rendir pleitesía. No me debió de impactar demasiado, porque no he vuelto a tocar uno de sus libros hasta hace unos días. Y han pasado casi dos décadas.

Un saco de huesos te pone en la piel de un escritor bloqueado, que perdió a su mujer en un accidente hace cuatro años, y que decide regresar a la mansión vetusta que los dos compraron en la aldea más recóndita de Maine. En principio, para poder escribir y quitarse la presión de un editor que, dicho sea de paso, deja de presionar demasiado pronto.

No parece una premisa demasiado original para empezar, la verdad, pero es que Stephen King controla muy bien el tempo de la acción. Él, además, no necesita arrancar de forma espectacular para que la gente se enganche a sus libros. Ni siquiera necesita contar demasiado en la contraportada. Sus seguidores saben lo que les espera y están deseosos por ir hasta el infierno de la mano de su autor favorito.

Si uno lee una parte del principio al azar encontrará un tono melancólico, contemplativo, de tensa espera, que en las últimas de sus setecientas páginas ha dado paso a un ritmo trepidante, oscuro y, por momentos, sádico.

No es una lectura apropiada para llevarse a la cama antes de dormir, a pesar de que las primeras cien páginas transcurran con cierta calma, al estilo de una novela policíaca.

Tengo que decir, sin embargo, pese a que la novela consigue engancharte y horrorizarte, que Stephen King se maneja mejor en los momentos donde el tiempo parece detenerse, en la descripción de los ambientes y en las escenas donde ocurren cosas y habla gente. Mucho mejor que en la incursión psicológica. Como resultado de lo anterior, cuesta empatizar con cualquiera de los personajes, incluido el protagonista (ojo, porque, en cambio, el personaje de la niña pequeña está bien conseguido).

El tratamiento de las subtramas también presenta un desarrollo peculiar. El autor no se preocupa demasiado por hacerlas encajar en círculos concéntricos, como es moda y costumbre hoy en día. Más bien las inicia y las termina casi linealmente. En primer lugar, la primera. Entre medio, planta la semilla de la segunda. Y cuando remata esa primera subtrama, la segunda ya se ha desarrollado y avanza por su epicentro, y así hasta el final.

Con todo, la trama principal, la que va de principio a fin, el misterio de la casa, sí tiene que ver con todas las subtramas que nacen y mueren por el camino, aunque no le suman ni le restan demasiado. Es como si esa gran trama cobrara vida y ella misma se esforzara en complicarse. Demasiado para mi gusto, porque al fin y al cabo, lo esencial se deja adivinar demasiado pronto.

Por lo demás, en las escenas cruciales del final, Stephen King, desbordado por lo sobrenatural, hace un uso descarado del deus ex machina. A pesar de todo, para esas últimas cuarenta páginas, el autor ha conseguido lo que quería, llevarte hasta allí y, sobre todo, aniquilar el sosiego del lector durante unos días.

No puedo decir que sea una gran novela, porque aparte de que los popes de la crítica literaria me condenarían a la hoguera (por supuesto me importa muy poco), echo en falta una mayor calibración de los sentimientos humanos, que quedan siempre a merced del espectáculo dantesco que nos depara el bueno de King al final de su libro.

Si quieres pasar algo de miedo, un poco de ansiedad y otro tanto de asco y misantropía, dale una oportunidad. Lo que te aseguro es que te lo leerás de cabo a rabo a una velocidad supersónica.

Por cierto, en pocos libros he visto tan justificado el título como en éste. Y ya que saqué a relucir a los popes de la crítica, voy a mojarme un poco más. Supongo que con el tiempo, después de muerto posiblemente, Stephen King se vengará de sus detractores y se colocará en el escalón de los clásicos superventas por encima de otros supuestos competidores como Robin Cook, John Grisham, etc., que caerán en el olvido. Auguro que dentro de unos siglos se hablará de King como de Salgari, Stevenson o Verne, que no es poco.

Merece la pena reflexionar sobre el hecho de que grandes cineastas como De Palma o Kubrick hayan adaptado textos de Stephen King sin ningún remilgo y, sin embargo, los críticos literarios le sigan dando la espalda.

Por cierto, para este año se espera una versión cinematográfica de Un saco de huesos. Dado que el director no me ofrece confianza, y a pesar de sus quince millones de dólares de presupuesto, no creo que nos depare grandes alegrías. Aunque cosas más raras se han visto (ver la magnifíca Cadena perpetura en comparación con la floja La milla verde, ambas basadas en relatos de Stephen King, y dirigidas por el mismo hombre, Frank Darabont).

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