lunes, 13 de febrero de 2012

Los descendientes: a vueltas con la familia perfecta

La familia y uno más.
Sería injusto juzgar a la película de Alexander Payne sólo por su moralina. De hecho, a la mayoría de los espectadores les pasará inadvertida.

Voy a tratar de ser justo, de manera que pasaré bajo palio sumarísimo la espinita que me ha dejado Los descendientes y que, a mi juicio, impedirá que se convierta en una película memorable. A pesar de ser un trabajo meritorio, lo de clásico moderno queda automáticamente descartado por su deliberado tono indie, unos ropajes que, con suerte, en unos años resultarán desfasados y extravagantes.

Da la sensación que el verdadero drama que se nos muestra no es la pérdida de un ser querido, ni la siempre complicada relación intergeneracional ni siquiera la sinceridad en la pareja. Lo que escuece es la perspectiva de tener una familia monoparental, que se contempla como un fracaso vital, una derrota sin paliativos.

La escena que cierra el film ilustra perfectamente este argumento. Para mí subraya el mensaje de la historia. De todas maneras, hay demasiados elementos positivos en Los descendientes como para quedarnos con una de las capas que, por desgracia, subyace en el noventa y nueve por ciento de los trabajos que nos llegan de Estados Unidos con cierta voluntad de hacer taquilla.

Se ha comentado mucho la excelencia de la interpretación de George Clooney. Y se han quedado cortos. Sin embargo, tampoco podemos dejar de lado el papel tan jugoso que le ha tocado en suerte. El público recordará durante mucho tiempo al héroe que encarna. Un padre de familia ejemplar, pero sobre todo una persona como las que, por desgracia, no nos encontramos demasiado a menudo por el mundo.

La solidez de los principios de Matt King (George Clooney) resulta ejemplar y lo que es más complicado, creíble. Matt no actúa como lo haría un arquetipo de padre perfecto, sino como un ser humano verosímil porque reúne suficientes contradiciones internas como para poder representar a cualquiera de nosotros, al menos en sus defectos.
Las hijas de Matt y el descarado amigo de la primogénita nos hablan de la desubicación de la autoridad paterna y de una juventud que sigue necesitando referentes pero que, paradójicamente, hace lo imposible por alejarse de los que le pueden guiar. Por cierto, es en el lenguaje de los chavales donde realmente arriesga el film de Payne: los tacos a la hora del desayuno proceden no de los mayores sino de los niños.

Dentro de esta prole, más el invitado, hay que destacar el contrapunto cómico que proporcionan la hija pequeña y el tiparraco que les acompaña. Sin los momentos divertidos que proporcionan la película sería un valle de lágrimas.

A la postre, la película nos muestra, como antes lo hizo American Beauty, que las clases medio-altas estadounidenses también lloran y si en la vida real no lo parece es porque no sabemos siquiera qué ocurre en la casa del vecino. En ese sentido, el cine vuelve a procurarnos el consuelo de que el sufrimiento está más repartido de lo que parece, incluso en Hawaii.

De hecho, tanto rostro pálido y tanto campo de golf en las bellas islas hawaianas no son una casualidad. Al director y coguionista Payne le interesa reflejar también que el paraíso de antaño cada vez se parece más a cualquier enjambre de barrios residenciales de cualquier país desarrollado.

Con todo, lo importante aquí es que un guión con alguna casualidad forzosa se convierte en una historia perfectamente verosímil y, gracias a los actores, muy sentida. Los pañuelos húmedos, la inteligencia satisfecha y, a la postre, un drama potente que se desmarca de los melodramas clásicos de Hollywood y cuyos guiños al cine indie no son más que el reflejo de una realidad.

Lo mejor de una película sólida, sin altibajos, es la relevancia de la mujer del protagonista, a pesar de su estado vegetatitvo. Un matriarcado poderoso y frágil al mismo tiempo a manos de una actriz prácticamente invisible.

2 comentarios:

doctor caligari dijo...

Me gusta ese punto de vista que das a la película sobre el fracaso de la familia monoparental, no lo había visto así. Aunque creo que el fracaso viene más por el pasado de desapego y de falta de cariño que demostraron los progenitores y que luego resulta tan complicado arreglar.
Por otro lado, no entiendo eso de deliberadamente indie. Lo dices como si fuera negativo, cuando yo lo veo simplemente como la forma que tiene de hacer cine Payne, como demostró en 'entre copas'.

David Navarro dijo...

Sí, también puede ser lo que dices, o las dos cosas: no las veo incompatibles.
Respecto a lo de "deliberadamente indie" creo que Entre copas también entra dentro de ese concepto, que siguen otros como Wes Anderson, que es el primero que me viene a la cabeza.
Es fácil de detectar si se trata de un estilo impuesto o de una marca de autor, pero hay que esperar a ver sus próximos trabajos.
Explicar por qué lo llamo deliberadamente indie me llevaría muchísimo tiempo y documentación, pero lo puedo resumir: la estética y la ética de este tipo de películas se salen del patrón blockbuster, pero sin producir fisuras, sin molestar a nadie. Sólo un poquito y eso va desde las gamas de colores hasta el ritmo de la acción, un poquito más lento sin asomarse nunca a Haneke y CIA, desde luego.
No recordaba que Payne dirigió A propósito de Schmidt y va en la misma dirección, o sea que podrías tener razón.
Fíjate en Thomas McCarthy, por ejemplo. Vías cruzadas es cine independiente cien por cien. Ganamos todos es deliberadamente indie, y divertida, como Juno y otras películas que aun así me parecen muy interesantes.