miércoles, 8 de julio de 2015

Poltergeist: subrayando logros ajenos

Un buen remake debería relanzar una historia, cuyo estilo ha envejecido. Pero los mejores revisiones son aquellos que pulen los defectos del original.

Vaya por delante: creo que el Poltergeist original sigue generando las mismas emociones ahora que cuando se proyectó. O séase, que era mala candidata para una actualización. Sin embargo, este remake generó un interés razonable entre los aficionados al género.

Y fui con la esperanza de encontrarme algo nuevo. La realidad es que han cogido el guión y, salvo algunos detalles sin importancia, han respetado cada momento impactante del film original con tedioso respeto.

Donde viste cuerda, encontrarás cuerda, y armario, y televisión, y árbol, y muertos, y todo lo que resultó esencial en la película original está fielmente trasladado en la nueva versión.

Sin embargo, hay algo que no podían copiar tal cual: el reparto. La nueva niña protagonista no parece sacada de un OVNI ni de la trastienda del consultorio de una médium. Ésta es tan terrenal y mona que la achucharías.

Entre la pareja no existe la química necesaria para pasar por un padre y una madre enamorados de su descendencia y de sí mismos.

Dicho esto, merece especial interés el niño, el hermano mediano, que sobrevuela con su interpretación y consigue los únicos momentos inquietantes. ¿Acaso es mérito del “coach” del chaval?

Luego están los sustos, crujidos, golpes, cambios de cámara y apariciones fantasmales. Demasiado predecibles y, de todas maneras, muy subrayadas.

Para colmo, en la película no hay intriga, pues todo el mundo ha visto la primera Poltergeist. Lo que queda, pues, es un film cuya mejor aportaciones un dron que viaja entre dimensiones y una crítica liviana a la incomunicación que producen los aparatos propios de la era de la comunicación, en especial teléfono móvil y televisión plana enorme en el cuarto de una preadolescente.

Lo mejor que se puede decir del film es que, después de verla, no queda ninguna duda que la Poltergeist de 1982 es ya un clásico, aunque no me atrevo aún a cotejarla con obras maestras del terror como El resplandor o El exorcista.


NOTA: La localización en los créditos de Sam Raimi en tareas de producción me produjo un disgusto mayúsculo.

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