viernes, 24 de julio de 2015

De la distancia nace el olvido

Alguna vez me ha ocurrido que al remontar la cuesta de un camino, con el cielo turbio, he intentado volver a ver aquel penacho gris donde alguien colocó una cruz y, por lo que sea, no lo he podido distinguir.

Esto me ocurrió varias veces.

Luego dejé de recorrer el mismo camino, porque se me antojó monótono y, de esa manera, olvidé para siempre que algunas veces me recreaba en la contemplación del penacho con la cruz plateada.

De alguna forma la cruz y el penacho dejaron de existir. Supongo que también me borré del paisaje si es que alguien, desde los cerros aledaños, me veía pasear de vez en cuando.


La distancia consigue que los recuerdos sustituyan a la realidad. Como todo el mundo sabe, los recuerdos están formados por la memoria y los estados de ánimo.

Los estados de ánimo van ganando terreno a la memoria, y aquello que llamamos recuerdo acaba siendo lo que uno necesita que sea.

¿Qué ocurre cuando uno no quiere recordar?

Entonces la memoria trata de reinterpretar los recuerdos ya destilados por distintos estados de ánimo. Es decir, el cerebro se rebela. A partir de ahí, uno decide si quiere esforzarse para saciar las ansias de conocer la verdad del cerebro o se planta.

Ambos caminos llevan a territorios ignotos y casi aleatorios.

Con las personas sucede lo mismo que con los montes y las cruces, sólo que es algo más complejo, porque si bien los elementos del paisaje suelen cambiar poco, las personas cambian todo el tiempo.

En este punto de mi vida, no consigo ver más personas que las que tengo delante. No reconozco apenas a nadie de la lejanía, por más que se reedifiquen recuerdos en mi interior, de los que desconfío, y creo que hago bien.

Por primera vez en mi vida me muevo sin anclajes en el pasado de ningún tipo. Y esto a la vez que me asusta me da aliento para navegar por nuevos mares.

La ilusión de vencer a la distancia se ha desvanecido. No supe ver que era como luchar contra el tiempo, un imposible.

No he sabido hacerlo para que las personas que algún día significaron algo en mi vida se mantuvieran a una distancia asequible. Ya no consigo verlas. Es inútil tratar de asirlas. Quizá nunca estuvieron ahí del todo. Quizá soy yo el que nunca estuvo allí.

Más que pena es la sensación de asomarme al vacío cuando miro atrás.

Siento que he roto las amarras. Siempre me ha asustado navegar por aguas nuevas, pero hay algo que me asusta más y es la larga travesía en la que me empeñé en recobrar a cada instante las personas que estaban lejos y que no eran ya las mismas y tenían otro horizonte por delante y se fueron -lo digo sin rencor- olvidando de mí a medida que mi imagen se volvía más borrosa en un mar de islas lejanas.

He mentido: duele la pérdida. Es estúpido, es estéril, pero es así. Uno viaja siempre con alguna sombra en el corazón.




Esta canción sonaba todo el tiempo en mi cabeza a la hora de escribir este texto. También he me ha venido a la memoria el recuerdo de algunos viejos amigos que viven lejos de Barcelona y que me gustaría pensar que siempre están ahí, como antaño pensé que estarían, pero que no puedo evitar sentir más lejos que nunca. Es por eso un texto sentimental, sin ninguna motivación ni mensaje oculto. Es un sentimiento que sólo podía explicar así. Nada más que eso.

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