sábado, 4 de julio de 2015

Mad Max y el tedio del desierto

Pinta fiero, pero es fácil de matar. ¿Es esto spoiler?
En rara ocasión me he sentido más soliviantado con las críticas que con las que han aupado a la última Mad Max. Su casi unánime aplauso debería alimentar las sospechas de los espectadores, pero, afortunadamente, el público no lee críticas.

En algunas crónicas se destaca el trabajo del protagonista y, bajo manga, se echa por tierra la labor de Mel Gibson. A mi juicio, su sustituto, Tom Hardy, confunde sobriedad con hieratismo. Su expresión congelada no transmite nada. La de Gibson era la interpretación de un hombre torturado, la de Hardy, la pesadez de un rostro de palo.

En cambio, Charlize Theron sí que imprime fuerza contenida (y desatada) a su personaje. También ayuda que el guión dé más importancia a su papel que al del furioso Max.

Salvo excepciones, uno le pide una historia atractiva a una película para que mantenga su interés. En este caso, el desarrollo de la película se basa en una persecución de ida y vuelta. Él y ella embarcados en el mismo camión. El malvado tirano con sus invencible e interminable cohorte de enemigos. No hay tramas interconectadas, ni demasiado espacio para la sorpresa. El viaje de ida y vuelta sólo distrae por su capacidad para enlazar acrobacias motorizadas e intercambios de disparos y explosiones varias.

En mitad de la travesía por el desierto y por una única vez, una secuencia irrumpe en el territorio del farwest. En realidad, es más la escenificación que el contenido: una dantesca y maravillosa escenificación del territorio baldío, más shakesperiano que miltoniano. Por desgracia, este cambio de tonalidad y de registro dura un suspiro y, lo que es peor, no aporta nada a la historia.

La segunda mitad del film sólo cuenta con un aliciente: saber quién de los buenos, exceptuando a las dos estrellas, caerá en el atropellado rally. El final ya lo conocemos de antemano.
No cuestiono que este film está rodado con nervio, pero tampoco hay que desdeñar que adolece de una monotonía desesperante.

Incluso los efectos especiales y la música se hacen cansinos por repetitivos al ritmo de una grotesca figura posthumanioide, ese punky desquiciado que azota una guitarra eléctrica.

Nada que objetar, empero, a la estética punky vintage y algo zomboide de los siervos del mal. Tampoco al estilo de filmar de George Miller, sobre todo cuando nos transmite el vértigo a ras de la rueda delantera a toda velocidad.

Aprovechando esta breve reflexión, pregunto a los críticos que han ensalzado este Mad Max, poniéndolo incluso por encima del original: ¿no es lo que tanto elogiáis aquí, exactamente lo mismo que criticáis, por gratuito, violento y excesivo en sagas como A todo gas? Entiendo que el empaque visual tiene una intención artística, lograda, además, pero no dejan de ser dos horas de persecuciones a toda pastilla bajo lluvias de plomo y queroseno.

Por cierto, no creo que se justifique el abuso del cliché “nervio narrativo”, porque precisamente se narra muy poco en este film.

Y se agradecería que antes de mitificar a un director se reflexionara un poco sobre su carrera cinematográfica. En este sentido, a un diablo hay que pedirle más actos diabólicos que vejez, y, por ejemplo, sería un despropósito equiparar a Miller con Carpenter sólo porque los dos directores tengan un pie en la tumba.

Por cierto, si yo fuera Mel Gibson respiraría tranquilo por más que algunos críticos hayan aprovechado para dar rienda suelta a su desprecio por el actor. Para mí, al menos, su Mad Max es el que vale. Éste nuevo, pese a su escasez de registros, sale vivo, pero ni mata, ni me parece un digno sucesor del loco de la carretera.


Si al final de la película me hubieran dicho que la verdadera Mad Max era Charlize Theron me habría parecido todo mucho más coherente.

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