domingo, 5 de julio de 2015

La Barcelona de cemento: ¿ecologismo o cicatería?

Parc del turó del Putget: ¿zona verde o secarral?
Ada Colau, ahora que es alcaldesa, debería proponer una política menos ecológica en cuanto a los parques y jardines de Barcelona.

Los anteriores alcaldes de la ciudad decidieron no dañar planta ni árbol alguno al tomar la decisión de poblar de cemento cada plaza y lugar de descanso urbano.

En ocasiones, dejaron una zona plantada con un híbrido entre césped y musgo que enseguida conquistaron los perros y sus dueños, con su don de gentes y su facilidad para esparcir su afición perruna por todos los espacios del parque.

El ayuntamiento de Barcelona ni siquiera da lugar al suspense. Durante el mes de mayo se levantó losa a losa la emblemática Plaça del Diamant, y se la dejó huérfana de su minúscula zona de columpios, de su estatua y de los pocos elementos que rompían su espartana superficie. Casi un mes de ruidosos trabajos, aparatosa máquinas y las dichosas vallas amarillas para encontrarnos con… ¡la misma plaza! Donde había hormigón, hormigón. Donde cemento, cemento. Y la zona infantil, tan pequeña como antes. Y esas absurdas sillas para usuarios de 200 kilos y dos o tres traseros en lugar de los bancos de toda la vida.

Nuestro gozo en un pozo.

Plaça del diamant: dura y espartana.
Para poder retozar en el césped de un parque barcelonés hay que recorrer varios kilómetros en la dirección exacta. No ocurre como con otras ciudades que uno se topa, sin querer, con amables plazas con abundancia de verde o jardines frondosos. La famosa ardilla que recorría la Península Ibérica, en tiempos, tendría que agenciarse un monopatín en Barcelona.

Aparte de la Ciutadella, a la que no le sobran espacios de césped (pero muy desnutridos), en el centro de la ciudad encontramos el Parc de l’Estació del Nord. Lo que parecía un vergel de hierba y suaves colina mullidas para el deleite de los humanos es un inmenso Eurodisney perruno, de modo que las personas tienen que refugiarse en bancos de madera mientras sus impuestos se van en generosos aspersores que riegan el césped que los perros disfrutarán.

A veces, Barcelona ofrece jardines tan exóticos como el de Glòries. A través de las verjas puedes ver árboles jóvenes y huecos de hierba sin explotar. Pero no la catarás. Por algún extraño motivo el recinto siempre se encuentra cerrado.

Este ejemplo constituye una excepción lamentable con respecto a la tacañería hidrográfica del ayuntamiento barcelonés y entraña una paradoja: ¿para qué gastar recursos en agua y jardinería si el ciudadano no puede disfrutar del espacio?

En el otro extremo del cuadro, en las afueras de la ciudad puedes disfrutar de verdaderos parques naturales. Para el ayuntamiento, una medida barata y resultona es delimitar un monte agreste y llamarle parque, o incluso jardines de lo que sea (véase foto del parc del turó del Putget). En verano, son secarrales que expulsan al visitante hacia la ducha quizá para recordarle que la naturaleza de verdad es dura.

La Plaça George Orwell: huérfana de naturaleza.
El otro día mis amigos quisieron visitar el Park Güell. Después de varios minutos rodeando el monte que le da cobijo descubrieron que en la puerta principal les ofrecían acceso directo al conjunto monumental previo pago de ocho euros. Además, les conminaron a soportar el calor haciendo cola durante la hora y media que debían de esperar para entrar. Por suerte, al darle la vuelta al conjunto, mis amigos ya habían visto las partes principales del parque y pudieron desandar el camino hacia otros destinos turísticos. Un parque, con todos los respetos a Gaudí, bastante desértico.


Por supuesto, sé que hay jardines verdes en Barcelona, pero la mayoría están en zonas periféricas, al disfrute de unos pocos privilegiados, y apuesto a que varios de estos parques ya han sido conquistados por la legión canina.

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