miércoles, 9 de enero de 2013

A la muerte de un amigo

Querido Pedro:



Han pasado diez meses desde que nos dejaste y yo no lo he sabido hasta octubre de 2013.

Ojalá no lo hubiera sabido nunca. Es una de las noticias más tristes que he recibido en la vida.

A pesar de que no nos veíamos a menudo. Y sé que me crees, porque ahora estás en un lugar privilegiado, desde el que se ve todo, y por eso sabrás que en parte pensé que te recordaba a aspectos negativos de tu pasado y nada más que por eso intentaba no molestarte.

O quizá pensé eso para defenderme de una imposibilidad, la de entendernos y la de ayudarte, sobre todo, la de no dejar de querer ayudarte, consciente de tus problemas contigo mismo.

Pensaba, ignorante, que nuestros temas estaban agotados. Veía barreras por todas partes y demasiadas posibilidades de herirte, de meter la pata. Entre el egoísmo y el miedo a quebrar tu frágil estabilidad preferí dejarte correr. Era lo más fácil y lo más difícil a la vez. Un desahogo y un sacrificio.

Tal vez fue una manera rápida de no afrontar mis limitaciones para hablarte como a un igual de esto y de lo otro, y no solamente de tus problemas.

Ojalá te hubiera tratado como a un igual, no como a un enfermo. ¿Quién está sano en este mundo?

En tus momentos más lúcidos, pero también en los menos, me diste una lección de vida, porque para ti lo primero fueron siempre los sentimientos, a pesar de ser capaz de proezas con tu intelecto privilegiado.

Me pregunto si las brumas afectaban a tu mente, como todos creíamos, o sólo a tu alma. Me pregunto hasta qué punto saben lo que se hacen todos aquellos que tratan a la gente, que como tú, sufre cada día un infierno por una enfermedad que parece imposible de aplacar.

No voy a juzgar tu manera de salir de este mundo, porque no sé nada sobre lo que te llevó a tomar una decisión sin vuelta atrás. Ni me consuela saber, creer, que has encontrado la paz que ansiabas. Lo cierto es que me gustaría encontrarte uno de estos días, como la última vez, de camino al cine y que te tomaras algo con nosotros y que sonrieras, porque cuando nos despedimos aquella noche no sabíamos ninguno que sería la última vez y no te quise calentar la cabeza con el ayer ni preocuparte por el futuro. Además, siempre decías que estas bien. Nunca quisiste descargar tu peso sobre los demás. Sin embargo, aquella noche estabas ensimismado, triste. Y lo comentamos como algo normal, sin darle excesiva importancia.

Fue un error más. Ahora cobra importancia por tu muerte, pero el error ya estaba allí.

Todo lo que te diga sobra. Puede que hubiéramos seguido cada uno su camino, pero hoy el mundo me parecería algo más luminoso si supiera que existe la posibilidad de volverte a ver.

Te echaré de menos. Y deseo con toda la fuerza de mi corazón que me guardes sitio en el Cielo para que hablemos alma a alma, sin las podredumbres que nos da esta vida con sus enfermedades, sus obligaciones y sus dramas.

Mi eterna amistad.

David

pd: Publico en la fecha que nos dejaste para que jamás se me olvide, para que sea una fecha de duelo mientras viva, con el tiempo, espero, un motivo para sonreír porque sólo te pueda imaginar allá arriba feliz, como cuando parecías ese niño que algunos no conseguimos sacar de dentro.

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