viernes, 9 de diciembre de 2011

¿Qué hacer con Franco? Por desgracia no es una pregunta retórica

Hasta el día de hoy...
Algo muy grave ocurre en España para que un partido (PSOE), que tuvo que exiliarse cuando un general chiquitito y cruel al que llamaban Paca la culona decidió romper el orden constitucional, no se haya atrevido a desmontar el museo del fascismo que es hoy en día el valle de los caídos.

La excavación en la roca que termina en cruz monolítica se llevó por delante la vida de muchos esclavos que sólo cometieron el error de haber estado en el bando rojo, procomunista y hereje [sic]. Algunos creían en la democracia y en la libertad del individuo, pero muchos se lo tomaron como en realidad fue: resistieron el atropello de unos vándalos que se creyeron por encima del bien y del mal, pero acabaron perdiendo.

El templo del valle de los caídos es, en sí mismo, una metáfora cruel de lo que pasa todavía hoy en España. Entre las paredes del monumento del horror se encuentran los cadáveres de centenares de presos republicanos sin identificar, y en un lugar privilegiado de la basílica, las tumbas de Franco y José Antonio, perfectamente identificados, reverenciados y obsequiados con flores.

Del mismo modo, en las cunetas de las carreteras que se alejan del valle de los caídos se encuentran los muertos que no tienen quien los llore, rodeando en ocasiones los cementerios donde sí se puede honrar a las víctimas mortales del bando franquista.

En el fondo, nuestros políticos han vuelto a defraudar. Es sólo culpa de ellos que los planes para recuperar la memoria histórica se estén convirtiendo en el rollo macabeo partidista que a nadie parece importar.

Cada día que pasa sin que se solucione la injusticia que significa que familias de españoles tengan a sus seres queridos pudriéndose en cualquier fosa es un paso atrás. Digo más: cada vez que la ley no actúa contra aquellos que reivindican el Franquismo, la Democracia pierde credibilidad. Incluso, cuando se pone en entredicho la utilidad de devolver la identidad a los muertos, estoy convencido de que esa discrepancia, por leve o injustificada que parezca, es un insulto.

Superadlo ya, dicen los, ¡qué coincidencia!, portavoces de los reaccionarios. Algunos temas tienen la particularidad de no concluir hasta que alguien los termina. Y es que aunque traten el genocidio franquista como una enorme charca que acabará secándose, en realidad más bien estamos hablando de un cementerio radioactivo.

Dejémonos de tonterías. En este país, incluso los historiadores más prestigiosos han tomado una posición ideológica previa a sus investigaciones. Lo que es peor, cualquier pelagatos ha podido publicar y difundir sus teorías insostenibles sobre el Franquismo. Nuestro estado de derecho debería garantizar que nadie, absolutamente nadie, podrá meter en el mismo saco al bando de los que dieron el golpe de estado y mataron a sus compatriotas por orden del gobierno ilegal de octubre de 1936 y a los que se defendieron de este ataque, aunque obviamente también cometieran atrocidades.

Que quede claro: en las guerras los soldados salen a matar personas y muchos de ellos van más allá, pero la Guerra Civil la provocaron Franco y sus aliados.

Con el valle de los caídos sólo hay que hacer un par de reformas:
-rescatar cuantos cadáveres sea posible y tratar de identificarlos.
-eliminar cualquier símbolo que suscite la peregrinación de fascistas, como ocurre durante todo el año.
-depurar responsabilidades entre la curia católica que ha permitido que la basílica que custodian sea el museo de los horrores que es hoy en día.
-enviar los restos de José Antonio al panteón que seguramente tendrá su familia.
-¿y con Franco? Llamar a su familia para que se lo metan donde les quepa.

Sí, un poco duro el final, pero es que me parece aberrante que la familia Franco se permita el lujo de plantear pulsos al Gobierno negándose a sacar el cadáver del dictador de su privilegiado sepulcro. Máxime cuando todavía disfrutan de las rentas de todas las posesiones y millones de euros que heredaron con la complicidad de una transición acobardada. En efecto, para ser justos la reivindicación no termina aquí: los herederos de Franco han de pagar los impuestos que deben al Estado, devolver las tierras que extirparon de sus víctimas y empezar a pagar las indemnizaciones que merecen todas las víctimas de su sangriento ancestro.

Hasta entonces, la democracia española será siempre una utopía.

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