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El artista: vuelve la magia al cine

Como en los viejos buenos tiempos.
Me da auténtico pavor enfrentarme a una película tan grande como El artista sin notas de prensa ni apenas documentación. Pero, qué caramba, a nadie le importa una opinión de un crítico y menos cuando no cobra ni hay un medio detrás ni se me puede considerar crítico con propiedad.

Hasta hace unas semanas el público se lo pensaba dos veces antes de ir a verla porque está rodada en blanco y negro y, para colmo, es muda. Ahora que suena con fuerza para los Oscar, con permiso de lo nuevo de Payne y Clooney, más de uno está rompiendo barreras mentales y dudo de que se arrepientan.
Al contrario, después de verla quedarán encantados, como cuando revisitas o descubres un clásico no necesariamente mudo. ¿Qué es lo que residía en esas películas míticas como Casablanca o Nosferatu, por confrontar dos géneros tan opuestos, que ya no se encuentra en el cine actual?

Sea lo que sea, El artista, a pesar de sus numerosas trampas, porque ni es totalmente muda ni su blanco y negro tiene mucho que ver con el de las películas que homenajea, pasa por honesta. Sé que suena a contradicción. "Pasar por" parece anticipar una simulación, una falsedad. Pero, ¿cómo puedo demostrar que está filmada e interpretada con honestidad? No lo sé, pero es así.

Parte del mérito se lo debemos al guión, ya no por su estructura, medida, precisa y, como contrapartida, previsible, sino por la hondura con la que se perfilan los personajes. Incluso los secundarios. La perfección de la estructura, ya que he añadido el adjetivo previsible, también logra que la historia discurra de forma mucho más amena que cualquier blockbuster de acción.

Pero hay algo inescrutable en la química entre los dos protagonistas. Ella (Bérénice Bejo) no se parece, con toda la buena labor de vestuario, maquillaje y peluquería, a las estrellas del cine de los años veinte y treinta. Más bien recuerda a una starlette de hoy en día. Él (Jean Dujardin) sí que encaja en la época dorada de Hollywood, aunque resulte más fornido que sus modelos: Errol Flynn, Rodolfo Valentino y un largo etcétera. De cualquier manera, el brillo de los ojos, sus sonrisas, el dominio de los gestos. Son estrellas de cine.

La realidad es que cuando se cruzan sus miradas uno palpa los sentimientos, la pasión latente y la chispa del amor, por cursi que parezca.

Lo demás es un disfrute mayúsculo, una película que para ser una obra maestra tendría que haber cedido parte de sus buenas intenciones en pos de unas pretensiones artísticas más altas.

Pero está bien, con su posmodernismo y todo. Más que bien, excelente. Y a la vista de la filmografía anterior del director, Michel Hazanavicius, podríamos estar ante un milagro.

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