martes, 18 de enero de 2011

Quizá merezca la pena capear el temporal y, acaso, disfrutar del viejo amor

A partir de los treinta, ya no sólo pesan los desengaños amorosos de uno, sino los de las personas que quieres.

Algunos son inevitables e incluso positivos. Sin embargo, estoy convencido de que muchas rupturas se evitarían si los miembros de la pareja esperaran a que los nubarrones negros se disiparan. Y a veces es tan sencillo como dejar pasar el tiempo y mantener las distancias mientras la ira y el rencor se impongan a otros sentimientos.

Afianzar una relación cuesta mucho tiempo, muchas energías y todavía más esperanzas e ilusiones. Quebrarla, en cambio, es tan sencillo como dejarse llevar por el desencanto de una mala época.

Ocurre como con un ser humano. Piensa en todos los recursos que se han puesto en marcha para criar y educar a un adolescente. Piensa ahora en todo lo que tuvo que ocurrir para que dos personas decidieran concebir un hijo. Luego, intenta calcular todo el tiempo, dinero, recursos pedagógicos,cariño, etc. que ha sido necesario para hacer de un feto una persona. Sin embargo, un mal golpe en la nunca y, adiós... una vida menos.

La pareja ofrece una complejidad similar al funcionamiento del ser humano. Incluso más. Su fragilidad resulta directamente proporcional a la fortaleza que se le presupone. En este caso no me refiero al poderío físico, que por desgracia no dobla al de un individuo solitario; aquí estoy hablando de lo que hace a una pareja consistente: la complicidad, las vivencias compartidas y, su reverso negativo, la costumbre y el aburrido, muchas veces, día a día.

Por eso, al contrario de lo que mucha gente cree, las parejas deberían poner más de su parte cuando todo parece ir como la seda. Es muy difícil que todo se vaya al traste en los primeros meses cuando la mecha se acaba de prender. Sin embargo, qué duda cabe, la motivación mueve montañas.

Por otra parte, cuando una pareja se hunde, lo mejor que un amigo puede hacer es mantenerse al margen. Cualquiera que cometa el error de intervenir se arriesga a desbaratar el orden natural de los acontecimientos. En primer lugar, es difícil que alguien sea capaz de influir tanto en una persona como para que cambien sus sentimientos. No obstante, una de las más lamentables desgracias que podría ocurrirle al intermediario sería tener éxito. Imagínate por un momento que consigues que dos personas no se separen, dos personas que con el tiempo consuman un proceso de destrucción.

Claro que también podría ocurrir al contrario, que todo saliera bien. Una mala noticia para el entrometido ególatra que casi todos tenemos dentro: de ser así, el celestino no habrá hecho nada más que subrayar lo evidente, que la pareja ya sabía que debía mantenerse unida.

En efecto, las parejas deben seguir su curso natural. Sólo quería transmitir que me gustaría que, antes de romper, las partes implicadas tuvieran la serenidad para meditar y la valentía para actuar como deben. Sin presiones externas. Sin miedo.

Imagen vía: Amor.net

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