martes, 12 de abril de 2016

Eras mi mejor amigo

No soy ninguno de estos dos fulanos, pero la foto es maja.
Eras mi mejor amigo. Teníamos diez, once, doce, trece años, no lo olvides, y entonces íbamos juntos a todas partes y, cuando necesitaba contar contigo, ahí te tenía.

No podíamos ser más distintos. Tú aprobabas sin dificultades, aunque a veces dabas un traspiés, y lo que nos reíamos, porque ni tú te lo esperabas.

Eras bueno en deportes. Yo, un patoso.

Eras más fuerte y alto que la media. Yo, normal, tirando a debilucho.

A los dos nos gustaba llevar la contraria al régimen establecido y recuerdo haber criticado a todos los maestros y a los niños de sobresaliente alto. No éramos de hacer la pelota, no, y detectábamos enseguida a los que iban en ese plan para neutralizarlos.

Yo no sé qué apreciabas en mí, porque en aquellos años tenía la sensación de irte por detrás en todo. No obstante, conectábamos. En lo único que discrepábamos era en ciertas costumbres de nuevo rico. A pesar de que tu madre era una persona muy sencilla (y bondadosa), no os privabais de ciertos lujos y yo no sabía qué pensar entre tanta crítica de patio de vecinos. Algo de cierto había, pero no comparto las críticas, claro. En tu caso, creo que acabaste asumiendo tus privilegios sin acabar de entender que el dinero costaba ganarlo. Ahí se entiende que ocupáramos toda una mañana en buscar unas zapatillas de unos 70 euros de 1986, un dineral. Aquellas Nike sentaron fatal a algunos, pero tú las lucías todavía con más orgullo. A mí me parecían excesivas, sobre todo teniendo en cuenta mis pobres aptitudes deportivas, pero no lo critiqué nunca (además, las llevaste hasta que reventaron de viejas).

Es verdad que a veces me burlaba de tus compras caras y recuerdo cuando llegaste a clase con aquella camiseta de marca con bandas verticales verdes y blancas. Enseguida empecé la bromita del Betis y creo que hasta inventé una canción. Me las ingenié, eso seguro, para que toda la clase se contagiara. Igual empezaste a odiarme en aquel momento.

En 1988, nuestro octavo curso, con trece años para catorce, la cosa se empezó a torcer.

Puede que mis bromitas fueran a más y no me diera cuenta de que te afectaban (recuerdo que me tiraste al suelo en el patio muy cabreado, pero yo me seguí riendo como si nada y, claro, no saqué conclusiones).

No fue porque tú defendieras al Madrid a muerte y yo al Barça ni por rivalidad alguna (en aquella época yo tenía asumido que no te podía plantar cara en baloncesto y que siempre sacarías mejores notas que yo en general. También sabía que te harías novia mucho antes que yo y así fue).

Será porque te enamoraste de una amiga mía de la infancia (una de las candidatas número uno de mi madre para emparejarme desde siempre),

Puede que aquel chico de las montañas, uno muy velludo, me quitara el puesto (reconozco que le tomé manía al muchacho, porque siempre estabas hablando de él y yo no veía que él hiciera nada especial para caerte tan bien, Al pobre le cayó un mote que tuvo mucho éxito).

Creo que lo que ocurrió tiene que ver con que yo a final de la escolaridad obligatoria seguía siendo un niño, y tú empezaste a madurar antes.

El primero que besó en los labios, el primero que fumó tabaco, el primero que probó otras cosas de liar, etc.

A los 15 años empezaste a cambiar: se te hinchó el vientre como a una persona mayor. También se te agrió el carácter. Cuando hablaba de mis cosas desconectabas enseguida, mirabas hacia otra parte nervioso y, en ocasiones incluso me cortabas para meter tu cuña o para anunciar que tenías algo que hacer (es muy probable que te contara cosas aburridísimas para un joven).

Para cuando tenía 16 años ya eras una presencia esquiva y casi fantasmagórica. Apenas te veía por el instituto. Llegabas con la moto y unas veces entrabas a clase, pero otras veces te largabas por ahí a fumar tus cositas o a pasear a tus conquistas.

Ya te habías iniciado con el sexo, ibas con la moto trucada a toda pastilla, decían que le quitabas dinero a tu madre para pagarte tus vicios... Realidad o leyenda, el caso es que te alejaste.

A veces, en vacaciones o en algún fin de semana, te llamaba o intentaba visitarte a casa de sorpresa, pero no estabas nunca y luego no devolvías la llamada.

Tuve que enamorarme por primera vez y ahí sí que te perdí la pista.

Dijeron que te iba mal en la universidad y que estabas trabajando a tiempo parcial en los negocios de tu padre. Justo cuando ya había asumido que eras un mejor amigo del pasado, te encontré en el campus de la universidad. Andaba por allí matando el tiempo y te vi sentado en un banco. Entonces tenía la cabeza más puesta en el incierto futuro laboral que en otra cosa. Ni te inmutaste al verme, pero yo me senté a tu lado. Los dos hablamos como tipos duros, casi veteranos. O sea, sin sacar temas personales ni sentimientos. Comentamos nuestra situación académica y hablamos de lo que haríamos después de la universidad muy por encima. Y en diez minutos despachamos el encuentro. No sé quién se fue primero. Seguramente yo, porque no habría soportado un bostezo más en tu cara.

La siguiente vez que oí hablar de ti me dijeron que te habías casado. Ni siquiera sabía que tuvieras novia formal, y cuando me quise dar cuenta ya tenías hijos y estabas separado.

Años más tarde me enteré que tu padre había muerto y esto fue lo último que supe a ciencia cierta sobre ti.

Ahora nos separan cientos de kilómetros y somos dos extraños. Es probable que no tengamos ya nada en común, ni siquiera rencor por haberme dejado en la estacada cuando necesitaba contar con un mejor amigo.

La figura del mejor amigo me ha estado persiguiendo como una niebla siniestra. Durante años la estuve buscando, travesía en el desierto difícil, y encontré aspirantes, todos insuficientes para mis estándares y algunos incluso destructivos.

No recuerdo cuando me hice a la idea de que el mejor amigo es como un familiar que cuando muere ya no resucita.

Hicimos una cena hará unos años con antiguos compañeros del colegio. Creo que sólo faltaste tú. Al menos yo sólo eché de menos tu presencia, y la de algún amigo más. Luego acabé hablando con los mismos con los que charlaba hacía treinta años en las aulas. Qué cosas.

Si te encuentro en una esquina cuando vuelva por el pueblo supongo que nos reconoceremos, pero antes de hablar contigo necesitaría que ocurriesen cosas, como mínimo un encuentro digital en el que me pusieras al día. De lo contrario, nos diremos hola y adiós.

Es lo que ocurrirá. Yo no soy el chico al que sus amigos buscan desesperadamente por Internet años después de perderle la pista. Tampoco soy el ex novio al que su antigua novia localiza para hacer las paces. Me imagino más bien como el rostro infantil anónimo que nadie consigue asociar con ningún nombre en la típica foto del colegio.

No sé cómo se os han borrado esos recuerdos. Aunque hago como que me olvido de muchas cosas, la realidad, sabedlo, es que no se me ha olvidado apenas nada de la infancia. Y tú, F., quiero que sepas que fuiste mi mejor amigo y que te largaste sin avisar y eso a los 14 años joroba muchísimo. También entiendo que lo hicieras, que te tiraran más las nuevas experiencias aunque no fueran del todo legales ni saludables.

Ahora soy igual de guasón que siempre, pero respeto más al prójimo. Tengo mis principios más o menos fijados, pero soy bastante menos santurrón y, desde luego, he dejado atrás al moralista consejero de antaño.

Si me recuerdas gracias al texto, viejo amigo, ten en cuenta que sobre el papel tengo cierta ventaja. En la horma de la realidad salgo bastante menos favorecido y sí, se me sigue trabando la lengua cuando pretendo contarlo todo a la vez.

Quiero que te vaya bien aunque hagas como que no me has visto. Como siempre has quemado las etapas más rápido que yo, igual te vas a acercando ya a esa edad en la que los viejos recuerdan los hechos memorables de su juventud. Espero que me guardes algún capítulo, aunque no sé si me reconocería en  mis aciertos y desaciertos.

Es posible, lo confieso, que la idea que tengo de mí no se parezca en nada a la realidad que te encuentres. Es posible, incluso, que no entiendas nada de lo anterior y que en tu mente sea un conocido intrascendente en tu vida que dice muchas tonterías.

A menudo, en la vida real los personajes desaparecen de las páginas sin motivo alguno. Por eso creo que escribo, para poder crear mundos donde todo o casi todo tenga una explicación.

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