domingo, 22 de diciembre de 2013

Los amigos y la esperanza

Friends will be friends, temazo de Queen.
En alrededor de veintitrés horas he recibido dos llamadas y dos encuentros con amigos, que han sumado en total siete muestras de interés por mi existencia.

Es mucho.

Cada uno, a su manera. Desde la llamada de cuatro minutos aproximadamente hasta la velada nocturna de seis horas, pasando por un encuentro fugaz en un parque, con niños de por medio, con lo que mi importancia quedaba relegada a un tercer o cuarto plano, ya que los pequeños siempre acaparan las atenciones y, además, había un rencuentro entre tres amigos al que asistía como testigo.

En este último encuentro, breve, fui motivo, instrumento y complemento circunstancial. Lo dicho: cada cual me mostró su amistad a su manera y según unas variables que, por suerte, escapan a mi pobre entendimiento.

Todo esto sin contar con las muestras de cariño que se han quedado por el camino, simplemente porque no nos hemos encontrado en el momento y lugar conveniente.

No incluyo, ¡muy mal por mi parte!, la llamada necesaria y cariñosa de mi compañera de fatigas.

Ni el contacto con mi familia, que estúpidamente doy por supuesto.

A mí, que sólo soy un hombre limitado, me parece muy importante que haya más de una decena de personas que hayan alterado el orden natural de sus vidas para hacerme más feliz. Y que esto me haya sucedido en menos de veinticuatro horas casi se podría considerar un milagro.

Cuando vengan las vacas flacas de mi ánimo (de natural, flojo), tiraré de esta sensación. Es más, la estiraré como un chicle hasta que se rompa. Para antes de que suceda habré encontrado un par de motivos para amar la vida. Ésa es mi intención.

No me merezco estos minutos de gloria probablemente, pero no puedo evitar disfrutarlos.

Lo que sí me hará enormemente feliz es que alguien que esté acostumbrado a leer mis críticas, quejas y lamentos se sienta un poco mal porque muestre un lado más luminoso.

Si existe alguien con tan mala fe, por favor que se muestre: las manifestaciones demoníacas alimentan la esperanza de que exista un dios misericordioso.

NOTA: El amigo que me soportó más de seis horas merecería un artículo aparte. Ésa es la verdad. ¿Pero cómo laurearlo sin que los demás se sientan ninguneados o el propio interesado se me suba a las barbas? Yo creo que con esta nota queda todo dicho. En cualquier caso, espero que cuando importaba, en los segundos u horas que durase el encuentro, todos supieran que me estaban haciendo momentáneamente feliz.

1 comentario:

David Navarro dijo...

La sinceridad en literatura es como el excremento a la escultura.

Sincero texto, sí, pero pasteloso. No lo retocaré para que quede como modelo de lo que no debo volver a publicar.