viernes, 18 de octubre de 2013

La audiencia ¿La libre opinión del público o el dictado de unos pocos?

El presunto culpable de que Aída no se deje de emitir nunca.
Nunca lo había visto de este modo, a pesar de que a muchos les puede resultar una obviedad. Pero quiero compartir esta reflexión: ¿quién asegura si un programa de televisión ha salido bien o mal? Debe de haber profesionales que dirijan, rijan, produzcan los contenidos, vamos, los hay, pero en última instancia ¿qué es lo que consigue darle alas o cortárselas a un programa? La audiencia.

Entonces, me planteo la siguiente hipótesis: ¿es posible que si varios profesionales o el director del programa creen que su producto vulnera varias líneas rojas (de calidad, ética, lenguaje televisivo, etc.) la audiencia los condene al ostracismo o a la cola del paro?



Ninguna duda tengo de que habrá trabajadores de la tele que se plieguen a los resultados de la audiencia automáticamente como el mendigo que busca un techo cuando arranca a llover en plena calle.

Dado el caso, tendremos que deducir que en última instancia son los controles de audiencia los que deciden la factura de un producto televisivo.

¿Pero quién o qué determina una audiencia? La respuesta cómoda es el público. La opinión popular y la de los profesionales del mundo televisivo avalan esta teoría. Si aceptamos lo anterior, se puede deducir que el público tiene la tele que se merece. De esa manera, se libran de toda responsabilidad los trabajadores del medio, sus directivos, los anunciantes y todo el engranaje.

En primer lugar, puesto que los datos de audiencia surgen, y eso todo el mundo lo sabe, de unos pocos aparatos repartidos por el estado. ¿Realmente son cifras fiables?.

Estadísticamente sí, opinarán algunos, ¿pero son infalibles?

Si la respuesta es afirmativa, tengo que desconfiar a la fuerza.

En realidad, aquí ocurren una de estos tres supuestos:

a) Puede ser que todo el mundo de la televisión haya aceptado que con 5.000 aparatos en España midiendo los usos y costumbres de decenas de millones de telespectadores ya es suficiente.

b) En realidad, hay cerca de 5.000 audímetros, aunque nadie ha visto uno, pero se complementan estos datos con entrevistas telefónicas, sondeos por Internet, etc.

c) Cualquier televisión, vía TDT, envía un informe sobre los contenidos que vemos a las partes interesadas.

La respuesta b es la comúnmente aceptada. Sin embargo, a mí me parece insuficiente. Confiar presupuestos millonarios, proyectos con mucho trabajo y esfuerzo detrás y equipos humanos a 5.000 aparatitos me parece una barbaridad, pero sinceramente no me creo que el Estudio General de Medios (EGM) y las llamadas de teleoperadores que prácticamente nadie acepta responder solucionen demasiado el panorama.

La respuesta c entra dentro de la conspiranoia, que tanto gusta a día de hoy. ¿Técnicamente es posible? No tengo la menor idea. ¿Conozco alguien que lo sepa a ciencia cierta? No.

Me temo que todo apunta a que una mezcla de las respuesta a y b es la solución al misterio.

Las partes en conflicto, los diferentes canales, productores y programas rivales incluso en las mismas cadenas, han aceptado una forma de medir los resultados que podría distar mucho de la realidad, pero que, al menos, se supone que es neutral.

Como un arbitro, se equivoca en cada partido, del deporte que sea, sobre todo en fútbol y baloncesto, pero se supone que a la larga nadie sale más beneficiado ni perjudicado que otros. Entonces, se asumen los riesgos y se acatan las decisiones de esa especie de tribunal.

¿Cuál es el problema, pues? Básicamente, que una mentira aceptada por un colectivo poderoso y numeroso no deja de ser eso: una mentira.

Y estas mentiras llegan a resultar ofensivas cuando se vierten datos tan complejos y exactos como 5.450.891 espectadores. ¿En serio cinco mil aparatos, las entrevistas por teléfono, a pie de calle o por Internet determinan con tanta exactitud cada día el número de personas que ve un programa?

Desde 2010 parece que sólo dos entidades, Kantar Media y el mencionado EGM, controlan los datos de audiencia en España. Miedo me da rascar en los puestos directivos de estos gigantescos jueces. Además, ¿quién supervisa el funcionamiento EGM y Kantar Media?

En cualquier caso, cuando las cantidades de espectadores, mal medidas, determinan la calidad de un espacio, mal vamos. Y no me gusta terminar un artículo con moraleja, pero igualmente lo he recalcado tanto que no merece la pena que esconda la mano. Ahora bien, me parece que la piedra no va mal lanzada.

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