martes, 8 de octubre de 2013

Estudiar Filología Hispánica en España (una visión parcial)

El pesado del Padre Islas.
De niño y luego de adolescente hubo dos oportunidades en clase de historia para estudiar el Franquismo. Estaba dentro del temario oficial, estaba impreso en el libro (penúltimo tema) y se podía haber explicado sin problemas, pero siempre pasaba algo que nos dejaba a un tema y medio de distancia. Y lo mismo ocurría en los demás colegios e institutos a cuyos alumnos pregunté.

Se podría comparar lo anterior con la literatura contemporánea cuando cursas Filología Hispánica. De nuevo, en la carrera he tenido dos oportunidades de analizar las obras maestras de finales del siglo XX. Sin embargo, ni nos acercamos. En la primera de las oportunidades llegamos hasta La colmena, que ya es quedarse atrás, porque incluso en el instituto tratamos El Jarama.



Ahora tengo otra asignatura sobre la literatura española del XX que promete llegar más lejos, pero me lo veo venir: nos quedaremos en Aldecoa y sus amigos. Como mucho llegaremos hasta El Jarama, de Sánchez-Ferlosio, que por cierto era amigo de los Aldecoa.

Sin embargo, no acabo de entender por qué la asignatura sobre la Ilustración o el Neoclasicismo es obligatoria. A duras penas los expertos pueden rascar literatura regular de ese período. Qué poca literatura de calidad dio el siglo XVIII. Quizá pusieron los cimientos para el Romanticismo, que no digo que no, pero ¡qué insufribles son la mayoría de sus obras moralizantes! Medio año para acabar dándole vueltas al teatro de Moratín, las cartas de Cadalso y los artículos de Larra. Obras que, por otra parte, ya conocía.

Igualmente, es obligatorio estudiar un semestre el Romanticismo español. Uno se imagina que aquí habrá material mucho más interesante que en la Ilustración para acabar descubriendo que hay poco más de lo que ya sabías que era bueno: Bécquer, Espronceda, Rosalía de Castro y cuatro francotiradores con obras en verso, dramáticas o seudonarrativas. Nada que ver con el Romanticismo europeo. Sí, tienen su punto de curiosidad el resto de autores más o menos canónicos, pero no le han cambiado la vida a nadie. Seamos honestos. Ni tampoco van a salir de la biblioteca de la facultad pase lo que pase en este diablo mundo. ¿El duque de Rivas? Por favor, seamos serios.

Vamos: yo fundiría Neoclasicismo y Romanticismo y me quedaría más ancho que largo. No, no creo que se cometiera una injusticia. Al fin y al cabo, se puede añadir alguna optativa sobre cualquiera de los dos períodos, o incluso de los dos. Pero... ¿se puede? Lamentablemente no. Hay decenas de profesores sin clases asignadas porque tienen que investigar durante medio año, pero no se pueden añadir optativas (de hecho, hay profesores asociados que por una miseria dan las clases que tendrían que dar los catedráticos).

En cualquier caso, ese tema, a pesar de que es grave, ya lo he tratado con anterioridad. Sigamos con las propuestas.

Respecto a la literatura contemporánea empezaría al revés, es decir, por la actualidad. Como mínimo por Marías o Vila-Matas. Si se quiere ir a generaciones más jóvenes no me arriesgaría más allá de Martínez de Pisón y después, entonces sí, Marías y Vila-Matas.

En mi opinión, es un crimen quedarse clavado en Azorín y Pío Baroja y dejarse por el camino a Miguel Delibes. Pues eso pasa también. O sea, que no sólo habría que poner la marcha atrás cronológica sino eliminar estaciones de paso. Sinceramente, Mortal y rosa no puede justificar una parada y fonda en Paco Umbral. De acuerdo, Cela tiene el Nobel, pero sus dos grandes obras las escribió al principio de su carrera: ¿vamos a embarcarnos en sus viajes a la Alcarria porque escribió La familia de Pascual Duarte?

Luego están los olvidados de siempre: Blasco Ibáñez, Mihura, Poncela, J. Sender. ¿Y qué pasa con los hermanos Quintero? Tuvieron un éxito arrollador en sus buenos tiempos, veamos qué hacían, aunque sea como cortina de una escena a otra. Qué ingenuo: si ni siquiera se leen los haikus de Antonio Machado ni se oye hablar de las obras de teatro de los hermanos Machado. Por no hablar de la censura al franquista Manuel...

Con la poesía pasa otro tanto de lo mismo: la frontera se establece en la generación del 27. A veces, y de un salto espectacular, se llega a Blas de Otero y se nombra a Gil de Biedma. Pero no en la facultad, hay que retrotraerse al bachillerato.

Con todo, a mí me fastidia la españolidad de la Filología Hispánica. Puede sonar a chiste: soy consciente de que pocos me van a entender, pero no se puede estudiar el Romanticismo exótico español sin estudiar un poco a Walter Scott o a Lord Byron... ¡o a Victor Hugo! ¿Y los alemanes?

Pasa lo mismo cuando se toca el Modernismo. Todo son referencias breves a los franceses. Que si Verlaine, que si Rimbaud y su influencia. Pero no se lee ni se explica a los poetas simbolistas franceses. Su legado se queda en la coletilla: muy influido por éste o por el otro. Hagamos un ejercicio de despatriacización y olvidémonos de querer asimilar todos los autores del 27. No se puede. ¿Y merece la pena? ¿No sería mejor leer Las flores del mal antes que intentar trazar las fronteras entre Gerardo Diego y Dámaso Alonso?

Con la narrativa latinoamericana, de nuevo hay unos topes y siempre se llaman García Márquez y Vargas-Llosa. Otra vez lo digo: comencemos al revés. Conozcamos aunque sea de pasada a Piglia, Benedetti, Carpentier. Dios mío: algunos llevan años muertos y no se tratan en estudios de Filología Hispánica.

Hay hasta tres oportunidades de estudiar, por el lado de la literatura, el glorioso periodo de la Edad Media donde nos topamos con las obras maestras de siempre y aborrecemos otras nuevas que acaban haciéndose viejas en poco tiempo.

En mi opinión, sólo el siglo de Oro justifica semejante atención. Es realmente complicado seguirle el pulso a aquel período sin dedicarle dos o tres asignaturas. Además, en los siglos XVI y XVII es cuando la literatura española y la propia lengua dan un salto evolutivo importante.

Luego queda el asunto de las especialidades. Si te quieres dedicar al ámbito literario parece excesivo dedicar dos cursos a historia de la lengua, dos a sintaxis (el segundo, un verdadero delirio), uno a lingüística, otro a pragmática y un largo etcétera que incluye ¡retórica latina!

Sí, estoy de acuerdo en ofrecer una cultura general, amplia y contraria al modelo norteamericano de la especialización sin nexos de unión con el mundo exterior, pero entre el uno y el tres... Dejemos que los estudiantes decidan a partir del tercer curso qué itinerario desean seguir. En mi matrícula puedo escoger "especialidad literaria", pero nadie me librará de la segunda tanda de sintaxis si pretendo graduarme.

Es curioso, para finalizar, que prácticamente todos los lingüistas que se estudian sean extranjeros y en toda una carrera de letras, en la que te puedes especializar en literatura, no se toque a Victor Hugo, ni a Edgar Allan Poe ni a Franz Kafka ni a tantos hitos de la literatura universal, maestros de todos los que llegaron después, incluyendo, mal que les pese a algunos, a los escritores en lengua castellana.

Pueden aprovechar la crisis para justificar la explotación de profesores asociados, la abusiva subida de tasas, la eliminación de becas, etc. pero mi propuesta sólo exige repensar lo establecido por herencia de unos tiempos pretéritos. Se trata de cambiar lo que no sirve ni convence.

Mientras no se solucione el desaguisado, seguirán desfilando recién licenciados en Filología Hispánica que se han tenido que tragar el tostón de Fray Gerundio de Campazas (Padre Islas, ver foto) y quizá se sepan El libro del buen amor de memoria, pero, y esto es una tragedia, sólo conocen de oídas a Tolstoi, Kafka, Whitman, Nabokov y podría seguir añadiendo nombres hasta aburrir.

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