domingo, 6 de octubre de 2013

Crítica de Las brujas de Zugarramurdi: de más a menos

Tras a escuchar a Álex de la Iglesia su pacto secreto para intentar gustar al público a toda costa, entiendo qué es lo que falla en Las brujas de Zugarramurdi para que no acabe resultando una comedia memorable.

Tiene un principio divertido y gamberro, tanto o más que su emblemática El día de la bestia, pero empieza demasiado vertiginosa e hilarante para lo que se avecina después de la segunda mitad del film.


A partir de que los protagonistas, ese trío calavera (niño incluido) que se reparten fuerza, cerebro y corazón, repiten visita a la casa de brujas, toda su química queda anulada por el tópico de la típica mansión gótica y sus brujas de cuento alemán del XIX por más que en la película se le intente dar la vuelta y, sobre todo, se intente españolizar el subgénero.

La escenita gratuita de Carolina Bang calentando los ánimos (recurso que ya usó de la Iglesia en Crimen ferpecto con Kira Miró y que hemos visto en casi todas las películas del landismo y en absolutamente todas las pelis de universitarios yanquis) y la persecución de brujas cual zombis (otra vez, sí) suenan a dejà-vu pese a que alguna carcajada que otra se escucha en la sala de cine, sobre todo gracias a un viejo truco de Hollywood que subvierte el uso del espacio y que no expongo aquí para no fastidiar la experiencia al futuro espectador de la película.

El final se parece al típico despropósito en el que películas de acción (el último Superman, sin ir más lejos) y comedias alocadas de Hollywood están cayendo una detrás de otra. Es esa necesidad de acumular personajes, golpes, huidas, piruetas y efectos en un clímax eterno para acabar, más o menos, como el espectador espera. Se hace largo el correcalles de los últimos quince minutos, seguramente porque a Álex de la Iglesia se le ha olvidado que las comedias funcionan mejor por debajo de la hora y media.

Los mal pensados intuirán que el problema es que no sabía cómo acabarla y por eso estiró el final como un chicle.

Terminar con la frase anterior me parece injusto para una película con interpretaciones notables (en especial Hugo Silva y Terele Pávez) y momentos muy divertidos. Sólo por la primera parte del film merece la pena el esfuerzo de dejarse media paga en la taquilla. Casi diría que la primera secuencia es una de las más hilarantes y bien resueltas que he visto en el manido género de la comedia de acción.

Después, los personajes desbarran, triunfa la estética de videoclip y cuesta seguir los vaivenes de un aquelarre que se convierte en una sesión de discoteca.

Y es una pena, porque la rica historia popular de Zugarramurdi, donde todo evoca al mundo de las brujas, a Inquisición, a magia negra y a muerte y persecución, queda en un segundo plano.


Podría ser que la sombra de El baile de los vampiros, de Polanski, se hubiera cernido sobre la imaginación del afamado director y su reputado guionista. O la taquilla.

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