viernes, 8 de febrero de 2013

Textos alegres en mi blog: ni de coña

Esta foto (perdón por el anglicismo) apesta!!!!!
Si yo fuera un tipo alegre, que no es lo mismo que feliz ni contento, supongo que no escribiría.

Las mayores tonterías se las he leído a gente que parece siempre alegre. Básicamente, no me creo a la gente que siempre da muestras de experimentar una alegría inmensa. Y cuando se dedican a escribir suelen caer en la trampa: escriben textos alegres. Por eso quieren parecerlo.

Seguramente alguien les dijo alguna vez que el lector ya tiene bastantes dramas con su vida personal, o con las noticias. Por tanto, se obligaron a escribir de forma desenfadada y alegre. Luego, como no quedaba bien con su cara de acelga, la cambiaron por una de tomate que se sabe libre de acabar en un bote de salsa para pasta.



Aunque esté contento, aunque soy feliz en definitiva, dudo que vayáis a leer textos alegres. La verdad: me parece muy soberbio escribir sobre mis alegrías. A mí me gusta que a ti te vaya bien, pero no me cuentes los detalles. Te lo pido por favor: la gente alegre se pone insoportable cuando cuenta pormenorizadamente detalles alegres. Así que no lo intentes o, por lo menos, no me recrimines que no lo lea, porque no lo haré.

Tampoco hagas una tragedia de un drama personal. Eso lo hacemos casi todos. Unos lo dicen y otros no. Normalmente los que abusamos del relato personal trágico solemos acabar ninguneados. Da igual cómo lo dramatices: casi todo lo malo que te ha pasado, ya le ha pasado al que escucha.

Las alegrías también se parecen. La juerga de la noche anterior no tiene por qué derivar en una recreación alegre de los momentos. Qué hondura van a tener los recuerdos de un borracho, por no hablar del que se se pone de pastillas u otros digestivos de dudosa procedencia.

Es inútil explicar la alegría que has sentido al ver a tu abuelo mejorarse de un achaque. No se sostiene la narración. Tendrías que montar una obra de teatro o escribir un soneto maravilloso. Y no te asegura que conectes con tu interlocutor.

Al final se trata de un problema de comunicación: sobrevivir se impone a alegrarse por los demás. De modo, que si a alguien le va demasiado bien, en comparación es posible que tu felicidad no sea tal. De entrada, te obliga a replanteártelo a no ser que tengas todas las respuestas, claro. Creo que la especie humana sostiene inconscientemente que las malas noticias son más beneficiosas para su bienestar personal.

Estéticamente se ve, además. Como alguien detecte que la obra de arte, sea fotografía, pintura, dibujo, etc, fuerza una escena alegre, el rechazo es inmediato. La alegría se consiente en los niños, excepto en los que van de Lacoste y Tommy Hillnoséqué, y en los pobres, pero bien pobres, que no remonten. Si son viejos, mejor.

En realidad, toda esta reflexión desordenada sirve para explicar que en mi caso las alegrías las destilo de otra manera. En este blog no. Si lo sintiera, me esforzaría en cambiarlo. Y fracasaría. ¿Contento?

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