martes, 19 de febrero de 2013

La tercera vía

Llega un momento en el que el camino recorrido se difumina. ¿Cómo he llegado a ser quién soy? Y no lo recuerdo todo. Hay fases borrosas. Incluso conexiones causales que no consigo unir. De la sucesión cronológica ni hablemos, ¿qué pasó antes? ¿qué después? Así es difícil saber en el momento que se encuentra uno.

Al fin y al cabo, es lo que importa. Dónde estamos. En qué momento vivimos. Freudianismo aparte, ¿qué más puede importar? Admito, no obstante, que el subconsciente trabaja en la sombra y que se alimenta del pasado. Quizá en algún lugar recóndito del cerebro haya quedado grabada la secuencia completa con sus consecuencias. ¿Quién dijo qué? ¿Quién disparó primero? Quizá por protección, autoprotección, esté oculto tras una maraña de recuerdos inconexos.

La supervivencia. Si somos culpables ante Dios, todos nosotros, y también lo somos para quienes se consideran ateos. ¿Qué otra cosa nos queda que luchar por sobrevivir? No se trata de despedazar al contrario, al otro. Sino de preservar nuestro futuro: que el subconsciente no nos atormente, que la conciencia (para quien no la haya dinamitado) duerma tranquilo, que no se sueñen las mismas pesadillas cada día hasta el fin.

Admito que tengo pesadillas recurrentes. Que me debo de considerar culpable de un montón de cosas. Aunque a tanta gente no he jodido, tal es mi naturaleza un tanto retraída. Por otra parte, me cuesta mucho salir al mundo sin alterar la paz que se presupone. En primer lugar, porque para mí una paz impostada no es más que otro engaño y ahí me sale el ángel exterminador. Por lo demás, soy torpe. Vaya, que la cago sin querer. No necesito ser malvado para hacer el mal.

Tiene esta vida una regla sagrada muy injusta a mi modo de ver. Cuando más necesitas un impulso, menos preparado estás para darlo y menos ayuda recibes. Si todo te va bien, es como deslizarse por un tobogán: las cosas funcionan casi por inercia. Ahora bien, a la que te metes en un berenjenal y te faltan las fuerzas, las espigas crecen dos o tres metros más, el cuerpo te pesa y lo fácil es perderse, sentirse inútil y abandonarse en cualquier montón de paja por la que pasará la máquina cosechadora antes de que despiertes.

Tal y como está concebida la vida en Occidente, todo lleva al caos o a la destrucción final. Nacer para morir ya es de por sí una tragedia que muchos no asumen. Yo el primero. Dado que la supervivencia siempre se impone, incluso en los suicidios pues siempre hay una pequeña parte del suicida que busca su salvación y no tanto su final desgraciado, considero que es el paradigma occidental el que no funciona.

Estamos convencidos de que se muere y adiós a esta vida terrenal, y tal vez las cosas no deban verse así, aunque los argumentos en contra de tan simple secuencia sean poco más que imposibles de defender. A no ser que se cambie la óptica, claro.

Parece que todo pasa por eliminar el yo de la ecuación. Discrepo de que alguien se crea a pies juntillas esta liberación del sujeto de nuestras acciones. Escucho a los maestros budistas sobre todo hablar acerca de cómo desligarse del yo, pero sus discípulos, alumnos o seguidores se vuelcan con ese ente que habla y da consejos y al venerarlo lo convierten en más que un yo, un superyo. ¿Acaso el maestro ha  conseguido desligarse de su yo si se dedica a dar lecciones?

En mi opinión dejar de creer en el yo, en la entidad individual, nos obliga a considerarnos como parte de un todo. No sé si una energía cósmica, porque entiendo que no se puede demostrar. Sí que puede verse claramente como cada uno de nosotros es un eslabón en la evolución. No sólo por la descendencia, sino por nuestros actos, en mayor medida me refiero a lo que le hacemos al planeta, dentro de poco al Universo entero. Un río menos no sólo afecta a nuestra generación si no a las siguientes. Lo mismo ocurre con la deforestación o el deshielo de los casquetes polares. Ya digo: se me escapan otras formas de pensar en la otredad del yo. Y, por supuesto, no consigo creer en la reencarnación a no ser que se demuestre.

La versión cristiana, musulmana y judía, y otras, hablan más de cómo será la vida después de la vida que de la vida tangible. En ese sentido, el yo existe pero es sólo un entrenamiento para otra entidad diferente que nadie aclara qué relación tendrá con los vivos. Quedará el alma, dicen, ¿pero qué significa exactamente? Si ni siquiera se puede demostrar que exista esa alma humana, ¿cómo saber qué parte del yo incorpora el alma? O dicho de otro modo, ¿qué resultado da la resta del yo menos el alma?

Ojalá pudiera cerrar de una vez la puerta a cualquiera de las dos vías anteriores o abrirlas de par en par, pero no puedo. Aunque reconozco que científicamente se podrían echar por tierra las dos variables, la del yo que busca la vida eterna en otro mundo tras morir, y la del individuo que trata de no ser individual sino parte del cosmos infinito. Nadie lo ha demostrado.

Apuesto por una tercera vía, compatible si se quiere con cualquiera de las dos anteriores. Si somos casi literalmente capaces de conseguir alimento de las piedras, si podemos vivir en paz, si se puede conseguir un bienestar social, nuestra obligación es que estos beneficios se repartan entre toda la Humanidad del modo más justo posible. ¿Y por qué, dirán muchos desalmados, desde el cómodo y rico lado del mundo? Por supervivencia. Porque cualquiera de nosotros podría sufrir tanto o más que los que sufren ahora. Por este motivo y un millón más. La otra opción: la ley del más fuerte como ocurre con los animales es poco inteligente y equivale a dejar al azar la existencia de tantos seres que resultan más valiosos por cientos de características que no se corresponden con su fuerza, su instinto asesino y su violencia.

Paralelamente a vivir mejor, no se me ocurre otra empresa global en la que emplear los esfuerzos que las máquinas nos ahorran para conseguir lo básico para vivir que no sea investigar concienzudamente para terminar con la muerte y el terror que este hecho provoca en la Humanidad y que condiciona en extremo nuestra forma de vida.

A fin de cuentas, si Dios existe, podemos ser inmortales. Si sólo somos un producto de la naturaleza, como una roca o una molécula de agua, también podríamos llegar a serlo. Con mucho trabajo y esfuerzo. Se trata de llegar a un acuerdo mundial y no encuentro ningún impedimento para que, mientras no se alcancen conclusiones contradictorias con las diferentes fes, se siga creyendo en la religión que más llene el horror al vacío de una vida que suele acabar en una fosa o en un nicho.

 La pena que más me embarga es que dentro de unos cientos de años otros podrán vivir cuanto quieran, al igual que nosotros sabemos que el mundo no tiene final y nuestros antepasados pusieron la marca cada vez más lejos del finis terrae.

3 comentarios:

doctor galigari dijo...

Hay dos cosas que pudren la naturaleza humana: la muerte y el dinero. La primera, estamos lejos de solucionarla, pero lo intentamos; la segunda, nos dejamos llevar por ella, nos hace más infelices y nos arrastra hacia la primera.

¿Cómo podemos vivir sin pensar en la muerte? A veces es un bálsamo; cada vez me hago más mayor y pienso, ¡coño, para qué me voy a cabrear por esto, si me comerán los gusanos! Además, la inmortalidad, como no vaya acompañada de recursos ilimitados, esperemos que el universo lo sea, es una putada. Imagínate a todo un hormiguero devorando la única hoja de árbol que queda en el universo, ufff, me da miedo. Al final, acabaríamos matándonos unos a otros, como en los inmortales, ¡sólo puede quedar uno!. ;-)

David Navarro dijo...

Me ha perturbado bastante tu comentario, doctor. Creo que tienes razón. Y sin embargo no lo sabía. Supongo que peco de ingenuo. De todas maneras, siempre he pensado que la solución al enigma no se puede encontrar con las coordenadas espacio-tiempo. Esto me tranquiliza, soluciona el enigma de quién creó al creador y desarma tu realista visión de un mundo eterno.

David Navarro dijo...

Eso quiero pensar :-) Ahora.