lunes, 20 de octubre de 2014

Los profesores de instituto y su verdadera labor (miserias de un sustituto, volumen 745)

El sueño de algunos "profes" de secundaria.
En cada instituto en el que he estado me he encontrado con un batallón de profesores que resiste al sentido común y proclama a los cuatro vientos: yo enseño mi materia y punto; que los eduquen en los colegios.

Hablamos de enseñanza pública y de alumnos que tienen entre 12 y 18 años. Recordemos que en España es obligatorio estudiar hasta los 16. Es decir, los institutos están poblados de niños y adolescentes que no tienen otro remedio que acudir a los centros de secundaria. No van de motu propio ni tienen por qué cumplir con las expectativas del alumno ideal.

Si, además, ojeamos los distintos decretos educativos vemos cómo las normativas insisten en el seguimiento de los alumnos y en la importancia del proceso educativo (del Decreto de Secundaria de Catalunya: "el objetivo de la educación es formar al alumnado como personas", etc.). Podría poner que el objetivo es llenar de conocimientos científicos, matemáticos o literarios a los alumnos, pero la realidad es otra.


Educar, cae por su propio peso, es mucho más que soltar un rollo a los chavales.

El hecho de que tantos profesionales se nieguen a educar a los estudiantes tiene una lectura clara: algunos profesores se están embolsando el sueldo íntegro por realizar su trabajo a medias.

Comparemos los dos casos siguientes:

Un profesor se prepara una clase, llega al instituto, explica y se marcha a casa.

Otro profesor prepara diferentes actividades según los distintos niveles de la clase, se ocupa de marcar directrices a los alumnos, que por supuesto no le van a esperar sentados y calladitos, y según transcurre la sesión, adecua la programación al estado real del grupo y si detecta problemas concretos en estudiantes pone en marcha los protocolos necesarios.

El docente del primer ejemplo quiere imitar a un profesor universitario, pero no lo es. De paso, vive muy bien. El segundo no gana para disgustos, tiene menos tiempo libre, pero cumple con su función.

Si lo que digo es cierto, y lo es, ¿por qué ocurre? Porque en la mayoría de centros, los equipos directivos y los compañeros de trabajo prefieren salvaguardar las buenas relaciones con sus colegas a ayudar a implantar una educación de calidad.

En cualquier caso, y dado que existe la libertad de cátedra, ¿cómo se puede saber si un profesor ejerce conforme a sus obligaciones o no? Desde luego, interrogar a los alumnos o irrumpir en sus clases no es un buen método. Mejor realizar reuniones periódicas sobre el funcionamiento del grupo clase. Como en esas reuniones siempre hay quien va a calentar la silla, es tan simple como pedir un informe justificado sobre la evolución de los alumnos.

Si los inspectores de educación revisan estos informes, ningún director ni jefe de estudios tendrá problemas en exigir a sus compañeros que se pongan a trabajar.

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